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EL DOLOR DE ESPALDAA

EL DOLOR DE ESPALDA

PARTE 1

Eran las once de la mañana de un domingo cualquiera en Madrid.

El sol entraba por la persiana a medio bajar, dibujando rayas de luz sobre la alfombra.

Elena intentó girarse en la cama, pero un calambre súbito la devolvió a la realidad.

Era un pinchazo seco, directo, como si un alfiler de fuego se hubiera clavado en su zona lumbar.

—Maldita sea —susurró, apretando los dientes contra la almohada.

Javi, a su lado, roncaba con la placidez de quien no tiene una hipoteca ni una contractura de tercer grado.

Elena se quedó inmóvil, analizando el mapa de su propio dolor.

Sentía la espalda como un bloque de hormigón armado que se había secado mal.

Su fisioterapeuta, un chico con manos de hierro llamado Hugo, se lo había advertido.

—Elena, no puedes pasar diez horas al día sentada en esa silla, por muy ergonómica que digas que es —le decía siempre.

Pero ella no escuchaba.

Ella creía en el diseño sueco, en el soporte lumbar ajustable y en el reposapiés con inclinación variable.

Ochocientos euros de silla que ahora parecían una broma pesada de la oficina de diseño.

Consiguió sentarse en el borde del colchón con la lentitud de un caracol con reuma.

Cada movimiento era una negociación diplomática con sus propios nervios.

—Javi, despierta —dijo, dándole un codazo flojo a su marido.

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