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EL DESPLIEGUE DE LAS FUERZAS

PARTE 1: EL DESPLIEGUE DE LAS FUERZAS

Eran las diez de la mañana de un domingo de agosto en Madrid.

El termómetro de la farmacia de la esquina ya marcaba los veintinueve grados.

Javi sentía una gota de sudor recorriéndole la columna vertebral.

No era solo por el calor.

Era por el silencio que flotaba en el rellano del cuarto piso.

Ese silencio espeso que precede a las grandes batallas de la historia.

Javi sujetaba tres bolsas del Mercadona que pesaban como si llevaran lingotes de plomo.

Dentro, el arsenal: dos tortillas de patatas, filetes empanados y una sandía que amenazaba con reventar el plástico.

—¿Lo tenemos todo, Javi? —preguntó Marta, su mujer, saliendo del piso.

Marta llevaba las gafas de sol puestas, aunque todavía estaban en el pasillo.

Era su armadura de combate.

Llevaba las llaves del coche en la mano derecha, sujetándolas con la firmeza de un estandarte.

—Creo que sí, cariño —respondió Javi, intentando que no le temblara la voz.

—¿Has cogido la nevera azul? —insistió ella.

—Está en el maletero desde anoche.

—¿Y los manguitos de los niños?

—También.

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