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El Despertar del Caballero Oscuro

PARTE 1: El Despertar del Caballero Oscuro

Eran las diez de la mañana de un domingo cualquiera en el centro de Madrid.

El sol entraba con una timidez casi insultante por las rendijas de la persiana del salón.

Elena suspiró mientras terminaba de apurar el último sorbo de un café que ya estaba más frío que el corazón de un prestamista.

En la cocina, el ruido de los cereales chocando contra el cuenco de cerámica marcaba el ritmo de la mañana.

Su hijo, Javi, no comía cereales.

Javi ejecutaba una operación de demolición controlada sobre su desayuno.

Elena lo miraba con esa mezcla de amor infinito y agotamiento crónico que solo las madres conocen.

Hoy no era un domingo cualquiera.

Hoy tocaba “comida familiar” en casa de Marisa.

Marisa, su suegra.

Una mujer cuya capacidad de observación superaba a la de cualquier satélite espía de la Guerra Fría.

Elena sabía que cada detalle de su vida iba a ser escaneado, analizado y, finalmente, sentenciado.

—Javi, cariño, termina ya que tenemos que vestirnos —dijo Elena con una voz que intentaba sonar autoritaria pero que sonaba a súplica.

El niño levantó la vista.

Tenía una mancha de leche en el labio superior que parecía el bigote de un villano de dibujos animados.

—No me voy a poner el pantalón de pana, mamá —sentenció el niño con la firmeza de un juez del Tribunal Supremo.

Elena sintió el primer aviso de una migraña que ya asomaba por el horizonte.

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