Posted in

El Cardenal Posadas: Lo que Salinas Ordenó Callar… y la Autopsia que Prohibió s

El Cardenal Posadas: Lo que Salinas Ordenó Callar… y la Autopsia que Prohibió s

A las 4 de la tarde del 24 de mayo de 1993, mientras una ambulancia trasladaba el cuerpo del cardenal Juan Jesús Posadaso Campo desde el estacionamiento del aeropuerto de Guadalajara hacia la Cruz Roja, otro vehículo se emparejó al de la comitiva eclesiástica. Le pasó un teléfono al nuncio Girólamo Prigione.

 Al otro lado de la línea hablaba el presidente de la República, Carlos Salinas de Gortari. La conversación fue breve. Se le dispensaba la autopsia al cardenal, pese a que era un magnicidio, pese a que tenía 14 balazos en el cuerpo, pese a que era el segundo cargo de la jerarquía católica del país, no habría autopsia.

 Esa fue la orden del presidente. El médico forense Mario Rivas Souousa, el hombre que documentó más de 100,000 autopsias en su carrera profesional, lo dijo años después en cámara sin filtros. Una frase que erizaría a cualquiera, que los disparos al cardenal Posadas no fueron directos, fueron, en sus palabras textuales, directísimos.

 14 balas a menos de 1 m, pólvora en la mandíbula del cadáver, 200 impactos en el automóvil y un agujero gigante en el expediente. La autopsia que el presidente prohibió hacer, lo que vas a escuchar hoy no es la historia de un sacerdote que se cruzó con balas equivocadas. Es la reconstrucción documental de cómo un cardenal de la Iglesia Católica fue ejecutado a plena luz del día en un aeropuerto internacional.

 Como 18 días antes, ese mismo cardenal había sido cacheteado y expulsado violentamente de la oficina presidencial de Los Pinos por José María Córdoba Montoya. Como el portafolios que llevaba ese día con presuntas pruebas de los nexos narcogierno, desapareció esa misma tarde. Como los hermanos Arellano Félix, presuntos autores materiales según la versión oficial, abordaron tranquilamente un vuelo comercial de Aeroméxico minutos después del crimen, sin que nadie los detuviera.

 y como el gobierno mexicano, 33 años después sigue defendiendo la versión más insultante del expediente, que fue una confusión, una confusión. 14 tiros, ropa clerical, alzacuellos blanco y nos pidieron creer que fue una confusión, como si en 1993 en México un sacerdote vestido de negro y un narcotraficente vestido de civil fueran indistinguibles a un metro de distancia, como si la ropa clerical no fuera exactamente el detalle visual que cualquier sicario mínimamente entrenado descarta antes de jalar el gatillo.

 Y si esto ya te parece grave, prepárate, porque lo que vas a descubrir en este documental es como el mismo aparato de poder que 18 meses después mataría a Luis Donaldo Colosio ya estaba funcionando en mayo de 1993 con métodos casi idénticos, los mismos nombres, los mismos protocolos, la misma red, José María Córdoba Montoya, Manlio Fabio Beltrones, Jorge Carrillo Olea, la misma trinidad de operador que después aparecería en el expediente Colosio ya estaba en el expediente Posadas.

 Eso lo documentó la periodista Anabel Hernández hace años y nadie ha podido refutarlo en una sola línea. Yo soy investigador del espectáculo y de los archivos políticos del México contemporáneo. Llevo 26 años metido en los expedientes prohibidos, los que el poder quiso enterrar. Y esta historia, créeme, es de las más oscuras.

Suscríbete ahora mismo porque documentales como este, con los nombres reales, las fechas exactas y los papeles en la mano, no los vas a encontrar en ningún otro canal. Porque todos crecimos creyendo que al cardenal Posada Campo lo mataron por error sicarios drogados que pensaron que era el Chapo Guzmán.

 Pero si eso fue un error, alguien va a tener que explicar por qué el presidente prohibió la autopsia, por qué los asesinos abordaron un vuelo regular sin ser detenidos. ¿Por qué el portafolios desapareció? ¿Y por qué 18 días antes ese mismo cardenal había salido cacheteado de Los Pinos? Para entender lo que pasó esa tarde en el aeropuerto Miguel Hidalgo, hay que volver al hombre que estaban a punto de matar.

 Hay que entender quién era el cardenal y por qué tenía que morir exactamente en mayo del 93. Juan Jesús Posadas Ocampo había nacido el 10 de noviembre de 1926 en Salvatierra, Guanajuato. Hijo único de Juan Bautista Posadas y María Ocampo, una infancia de pueblo. Seminario Desde joven. Ordenación sacerdotal en Roma.

Obispo de Tijuana en 1970. Arzobispo de Guadalajara en 1987. cardenal en 1988, designado por Juan Pablo II. A los 66 años, en mayo del 93, era vicepresidente de la Conferencia Episcopal Mexicana y vicepresidente del Consejo Episcopal Latinoamericano. La segunda voz más poderosa de la Iglesia Mexicana después del cardenal Suárez Rivera de Monterrey.

Pero su poder no estaba en los cargos eclesiásticos, estaba en lo que sabía y en lo que se atrevía a decir. Posadas Ocampo había sido obispo de Tijuana durante 17 años. 17 años en la frontera, 17 años viendo crecer a los arellanos Félix, a los hermanos que después fundarían el cártel de Tijuana.

 17 años escuchando confesiones, recibiendo cartas anónimas, observando como el dinero del narcotráfico empezaba a infiltrar a la sociedad baja californiana. Cuando llegó a Guadalajara en 1987, ya conocía nombres, ya tenía datos, ya había visto la cara de la mafia. Para entender por qué un obispo de Tijuana acumulaba ese tipo de información, hay que entender lo que era Tijuana en los años 70 y 80, una ciudad de paso, la frontera más activa del continente, la puerta de entrada a Estados Unidos para todo lo que viajaba en bolsillos, en

vehículos, en aviones privados. Y en ese tránsito constante, la iglesia local recibía algo que ningún servicio de inteligencia podía recibir. Recibía la confesión de los traficantes que querían absolución antes de morir. Recibía las cartas anónimas de las esposas de los sicarios.

 Recibía las llamadas de las madres de las víctimas. La iglesia en Tijuana era el único confesionario al que un narcotraficante podía acercarse sin ser grabado por la DEA. Y por eso la iglesia sabía cosas que nadie más sabía. Posadas Ocampo durante esos 17 años había construido una red pastoral que llegaba a los rincones más oscuros del mundo del narcotráfico fronterizo.

Conocía a los Arellano desde que eran jóvenes que iban a misa con sus madres. Conocía las casas de seguridad. Conocía los vínculos de los traficantes con la policía local, con la federal, con los agentes aduanes y, a diferencia de otros obispos, no se quedaba con esa información en silencio. predicaba, la denunciaba desde el púlpito, la incluía en sus cartas pastorales y en Guadalajara esa información se siguió acumulando porque Guadalajara en los años 80 y 90 era la capital operativa del cártel del Golfo y posteriormente

Read More