La tarde de domingo en Madrid no perdonaba.
El calor entraba por las rendijas de las persianas de plástico verde, esas que Paco se negaba a cambiar porque «todavía cierran bien».
En el comedor, el aire estaba cargado con el aroma denso de un cocido que ya se había terminado, pero que seguía presente en el espíritu de los comensales.
Paco, el suegro, presidía la mesa con una autoridad que solo dan los años de cotización y el manejo experto de la servilleta de tela al cuello.
Frente a él, Elena jugueteaba con una miga de pan, dándole vueltas sobre el mantel de hule con flores descoloridas.
Jorge, el hijo de Paco y futuro marido de Elena, intentaba hacerse invisible tras su copa de vino tinto con Casera.
No volaba ni una mosca, y si volaba, seguro que lo hacía con cuidado de no molestar a Paco.
El silencio en una casa española después de comer nunca es un silencio vacío; es un silencio preñado de reproches, de siestas pendientes y de digestiones pesadas.
Paco se limpió las comisuras de los labios con un movimiento lento, casi ritual.
Miró a su nuera como quien mira un informe de Hacienda que no termina de cuadrar.
—Entonces —empezó Paco, dejando la servilleta sobre la mesa con la solemnidad de quien firma un tratado de paz—.
—¿Lo decís en serio? —preguntó, aunque ya conocía la respuesta.
Elena suspiró, sintiendo el peso de la tradición cayendo sobre sus hombros como un abrigo de piel en pleno agosto.
—Muy en serio, Paco —respondió ella, intentando mantener un tono de voz que no fuera ni desafiante ni sumiso—.
—Queremos algo sencillo, algo que nos represente —añadió, buscando el apoyo visual de Jorge.
Jorge, sin embargo, estaba muy ocupado estudiando el poso del vino en su copa, como si allí fuera a encontrar el mapa de salida de aquella conversación.
Paco soltó una risotada seca, una de esas que no llevan alegría, sino una carga de ironía fina.
—¿Sencillo? —repitió Paco, paladeando la palabra como si fuera un trozo de carne correosa—.
—Sencillo es ir a comprar el pan, Elena —sentenció el hombre, reclinándose en su silla.
La silla de madera crujió bajo su peso, un quejido que pareció subrayar la importancia del momento.
—Una boda no es algo sencillo —continuó Paco, levantando un dedo índice que había visto demasiados inviernos—.
—Una boda es un compromiso ante el mundo, ante la sociedad y, sobre todo, ante la familia —dijo, bajando el tono para darle un matiz de misterio—.
Elena notó cómo la tensión subía por su columna vertebral, peldaño a peldaño.
—Precisamente por eso, Paco —replicó ella, cruzando los brazos sobre el pecho—.
—Porque es nuestro compromiso, queremos hacerlo a nuestra manera —explicó, tratando de sonar razonable—.
—En el juzgado, con un juez de paz o un concejal, y luego una comida con los más allegados —resumió, simplificando meses de discusiones en pareja—.
Paco negó con la cabeza, cerrando los ojos como si le doliera físicamente escuchar aquellas palabras.
—Una boda en un juzgado no es una boda de verdad —soltó Paco de repente, con una contundencia que hizo vibrar los vasos—.
Elena abrió los ojos de par en par, sorprendida por la crudeza del ataque frontal.
—¿Cómo que no es de verdad? —preguntó, sintiendo que la paciencia empezaba a agotársele—.
—Tiene la misma validez legal, Paco —recordó ella, con la frialdad de quien cita un artículo de la Constitución—.
Paco hizo un gesto de desdén con la mano, como si estuviera espantando una mosca impertinente.
—La ley, la ley… —masculló el suegro, restándole importancia a siglos de jurisprudencia—.
—Yo no te hablo de papeles, hija —dijo, suavizando un poco el tono pero manteniendo el veneno—.
—Te hablo de lo que se siente aquí —añadió, dándose un golpe seco en el pecho, justo encima del bolsillo de la camisa donde guardaba el tabaco—.
—Ir al juzgado a casarse… —hizo una pausa dramática, mirando al techo como buscando inspiración—.
—Parece que vais a renovar el DNI —sentenció finalmente, con una mueca de disgusto—.
El comentario cayó en medio de la mesa como una granada de mano en un estanque de patos.
Jorge no pudo evitar una pequeña risita nerviosa que se le escapó por la nariz, ganándose una mirada fulminante de Elena.
—No te rías, Jorge —le recriminó ella, aunque su voz era más de cansancio que de ira—.
—No es gracioso —añadió, volviendo su atención a Paco—.
—¿Renovar el DNI? —repitió Elena, procesando la comparación—.
—Paco, por favor, no tiene nada que ver —dijo, intentando no perder los estribos—.
—En el juzgado también hay palabras bonitas, hay lectura de artículos, hay música si quieres… —empezó a enumerar, tratando de venderle la idea—.
Paco la interrumpió con un bufido que sonó a motor de tractor viejo.
—Lectura de artículos… —repitió él, con sorna—.
—«Usted tiene derecho a guardar silencio, cualquier cosa que diga puede ser utilizada en su contra» —bromeó, riéndose de su propia ocurrencia—.
—Eso no es una boda, Elena —continuó, volviendo a ponerse serio—.
—Eso es un trámite administrativo, como el que va a pedir una licencia de obras —comparó, disfrutando de su propia retórica—.
—Te falta el cura, te falta el incienso, te faltan los bancos de madera que te dejan la espalda molida —enumeró Paco, como si esas fueran las grandes ventajas de la Iglesia—.
Elena sintió que el calor de la habitación aumentaba un par de grados más.
—Es lo que sentimos nosotros, suegro —dijo ella, haciendo hincapié en el «nosotros» para incluir a un Jorge que seguía en paradero desconocido—.
—No somos creyentes y no vamos a fingir algo que no sentimos —declaró con firmeza, poniendo las cartas sobre la mesa—.
Paco se quedó callado unos segundos, observándola con una mezcla de lástima y terquedad.
—Fingir… —susurró él, como si la palabra le resultara extraña—.
—No se trata de fingir, Elena —dijo, bajando la voz hasta convertirla en un secreto familiar—.
—Se trata de respetar las formas —explicó, como si estuviera dándole una lección de etiqueta—.
—Toda la vida se ha hecho así —añadió, usando el argumento definitivo de cualquier discusión en España—.
—Vuestros abuelos se casaron por la iglesia, vuestros padres se casaron por la iglesia… —empezó la letanía de ancestros—.
—¿Y ahora llegáis vosotros y queréis cambiar el mundo en un despacho con fluorescentes y olor a fotocopiadora? —preguntó, elevando el tono de nuevo—.
Elena respiró hondo, contando hasta diez en silencio para no decir algo de lo que pudiera arrepentirse en la próxima cena de Navidad.
—Los tiempos cambian, Paco —dijo ella, con una paciencia que rayaba lo heroico—.
—Y las personas también —añadió, mirando a Jorge para ver si se dignaba a intervenir—.
Jorge, sintiendo la presión ambiental, dejó la copa y carraspeó, captando por fin la atención de los dos contendientes.
—Papá, Elena tiene razón en una cosa —empezó Jorge, con una cautela digna de un artificiero—.
Paco arqueó una ceja, sorprendido por la traición de su propia sangre.
—No vamos a la iglesia ni para ver los retablos —continuó Jorge, tratando de sonar pragmático—.
—Sería un poco hipócrita aparecer allí de repente solo para que nos echen el agua bendita —argumentó, buscando un punto medio—.
Paco miró a su hijo con una expresión de profunda decepción, como si acabara de confesarle que le gusta la pizza con piña.
—Hipocresía es otra cosa, Jorge —replicó Paco, recuperando el control de la conversación—.
—Hipocresía es que luego queráis ir a los bautizos y a las comuniones de los hijos de vuestros amigos —señaló, lanzando un dardo emponzoñado—.
—Pero para lo vuestro, para lo importante, ahí ya no —añadió, sacudiendo la cabeza—.
—A Dios no se le engaña —sentenció Paco, con una gravedad que parecía sacada del Antiguo Testamento—.
Elena se echó hacia atrás en la silla, agotada por la circularidad del debate.
—Nadie está intentando engañar a Dios, Paco —dijo ella, frotándose las sienes—.
—Simplemente no creemos en él de la forma en que tú crees —explicó, tratando de ser pedagógica—.
Paco soltó un gruñido, un sonido que era mitad desacuerdo y mitad gases del cocido.
—Bueno, vale, de acuerdo —concedió Paco, levantando las manos en señal de una tregua temporal—.
—Supongamos que a Dios le da igual vuestro papelito del juzgado —dijo, aunque su cara indicaba que a Dios no le daba igual en absoluto—.
—Pero hay alguien a quien no vais a poder convencer tan fácilmente —anunció Paco, con una sonrisa maliciosa empezando a dibujarse en su rostro—.
Elena y Jorge se miraron con una mezcla de miedo y curiosidad.
—¿A quién? —preguntó Elena, aunque en el fondo de su corazón ya conocía la respuesta.
Paco se tomó su tiempo para responder, recreándose en el suspense de la situación.
Bebió un último sorbo de vino, dejó la copa con un tintineo metálico y se inclinó hacia adelante.
—A vuestra abuela —soltó Paco, como si estuviera nombrando a la jefa de un cartel—.
El nombre de la abuela, Doña Virtudes, resonó en el comedor como el toque de queda en una ciudad asediada.
—A Dios no se le engaña —repitió Paco, clavando la mirada en Elena—.
—Pero a vuestra abuela tampoco —sentenció, con una seguridad que no admitía réplica—.
—Y ya sabéis cómo se pone cuando le tocan sus tradiciones —añadió, dejando la amenaza flotando en el aire cargado de la tarde—.
Elena sintió un escalofrío a pesar de los treinta y cinco grados que marcaba el termómetro de la cocina.
La abuela Virtudes era una fuerza de la naturaleza, una mujer que medía un metro cincuenta pero que era capaz de doblegar la voluntad de un regimiento de infantería con una sola mirada de desaprobación.
—Paco, no metas a la abuela en esto —pidió Elena, aunque sabía que era una batalla perdida—.
—Yo no la meto, Elena —se defendió Paco, con una falsa inocencia que no engañaba a nadie—.
—Ella se mete sola —dijo, encogiéndose de hombros—.
—Y cuando se entere de que su nieto preferido se va a casar en un sitio donde se pagan las multas de tráfico… —dejó la frase en el aire, para que la imaginación de los jóvenes hiciera el resto—.
Jorge tragó saliva, visualizando la cara de su abuela al recibir la noticia.
La tensión en la mesa se había vuelto casi sólida, un muro invisible que separaba dos mundos, dos formas de entender la vida y, sobre todo, dos formas de celebrar un banquete.
Paco sonrió internamente, sabiendo que acababa de jugar su mejor carta.
La partida no había hecho más que empezar.
En la cocina, el reloj de pared seguía marcando el tiempo con un ritmo monótono, ajeno al drama que se desarrollaba a pocos metros.
Paco se levantó de la silla, un movimiento que indicaba que la primera parte de la audiencia había terminado.
—Voy a por los puros —anunció, como si fuera a buscar armas de destrucción masiva—.
—Pensadlo bien, chicos —dijo desde la puerta, volviendo la cabeza por un momento—.
—Un DNI se renueva cada diez años —recordó, con un brillo de picardía en los ojos—.
—Pero una boda es para siempre, o al menos eso dicen los que saben de estas cosas —añadió antes de desaparecer por el pasillo—.
Elena se quedó mirando el mantel, sintiendo que la miga de pan que había estado manipulando se había convertido en un símbolo de su propia resistencia.
—¿Qué vamos a hacer, Jorge? —susurró ella, sin levantar la vista—.
Jorge extendió la mano y le apretó suavemente los dedos.
—No lo sé, Elena —admitió él, con una voz cargada de incertidumbre—.
—Pero creo que el juzgado va a ser el menor de nuestros problemas —añadió, mirando hacia la puerta por donde había salido su padre—.
Fuera, en la calle, el sol seguía castigando el asfalto, indiferente a las bodas, a las leyes y a las abuelas que no aceptan un «no» por respuesta.
El silencio volvió al comedor, pero era un silencio diferente, uno que ya estaba planeando el siguiente movimiento.
Paco regresó al comedor con una caja de puros que guardaba como si fuera el tesoro de la nación.
Era una caja de madera vieja, con el barniz levantado por las esquinas y un aroma que recordaba a las barberías de antes.
Se sentó de nuevo, esta vez con una parsimonia que indicaba que se disponía a dar el golpe de gracia.
—A ver —dijo, mientras cortaba la punta del puro con una navajita que sacó del bolsillo de su pantalón de tergal—.
—No quiero que penséis que soy un antiguo —empezó, mintiendo descaradamente—.
Elena arqueó una ceja, pero decidió no interrumpir el preámbulo.
—Yo entiendo que ahora todo es moderno —continuó Paco, encendiendo el puro con una cerilla de madera—.
—Que si el amor es lo que importa, que si los papeles no significan nada… —recitó, soltando la primera bocanada de humo—.
El humo se elevó en espiral, formando una nube grisácea sobre la mesa del comedor.
—Pero hay una cosa que se llama «decoro» —dijo Paco, saboreando la palabra tanto como el tabaco—.
—Y el decoro dice que las cosas importantes se hacen con pompa —sentenció, golpeando suavemente la mesa con el nudillo—.
—¿Vosotros habéis visto el juzgado de aquí al lado? —preguntó, mirando a los dos jóvenes—.
Elena asintió lentamente, sabiendo exactamente a qué se refería.
—Paredes de color crema sucio —empezó Paco la descripción de los horrores—.
—Carteles de «prohibido fumar» por todos lados —añadió, haciendo un gesto con su propio puro—.
—Gente esperando para divorciarse o para declarar por un robo de gallinas —exageró, llevándose el drama al terreno de lo absurdo—.
—¿Ese es el ambiente que queréis para vuestro gran día? —preguntó, entornando los ojos—.
Elena tomó aire, preparándose para el contraataque.
—Paco, no todos los juzgados son así —replicó ella, tratando de mantener la compostura—.
—Hemos mirado un palacete que el ayuntamiento cede para estas cosas —explicó, sacando su propia artillería de catálogos mentales—.
—Tiene un jardín precioso, techos altos, una escalinata de mármol… —describió, intentando pintar una imagen que convenciera al suegro—.
Paco hizo una mueca de escepticismo, como si le estuvieran hablando de un parque de atracciones en Marte.
—Mármol frío —dijo Paco, con un desprecio absoluto—.
—En la iglesia de San Judas Tadeo, las piedras tienen alma —contrapuso, poniéndose poético por primera vez en toda la tarde—.
—Tienen el sudor de generaciones, tienen el eco de los rezos —continuó, subiendo el tono de su discurso—.
—Allí entras y notas que estás en un sitio serio —añadió, asintiendo para sí mismo—.
Jorge intervino, intentando bajar la conversación a la tierra.
—Papá, en San Judas Tadeo no hay quien aparque —recordó, apelando al sentido práctico de su padre—.
Paco le lanzó una mirada que habría congelado el mismísimo infierno.
—¿El aparcamiento? —preguntó Paco, con una voz que destilaba incredulidad—.
—¿Me estás diciendo que vas a comprometer la salvación de tu alma y el orgullo de tu familia por un sitio donde dejar el coche? —inquirió, elevando el drama a niveles operísticos—.
Jorge se encogió de hombros, sabiendo que había tocado un punto débil pero necesario.
—Solo digo que la logística también cuenta —murmuró Jorge, volviendo a su refugio de vino con Casera—.
Elena decidió que era el momento de cambiar de táctica y atacar el flanco emocional.
—Paco, lo que queremos es que sea un día feliz para todos —dijo ella, suavizando su expresión—.
—Si vamos a la iglesia solo por compromiso, estaremos tensos, nos sentiremos fuera de lugar —confesó, buscando la empatía del suegro—.
Paco suspiró, dejando salir una nube de humo que pareció envolver sus pensamientos.
—La felicidad es un concepto muy moderno, Elena —dijo él, con una sabiduría de bar de barrio—.
—En mis tiempos, uno no se casaba para ser feliz en el momento —explicó, mirando hacia un punto lejano en la pared—.
—Se casaba para construir algo, para aguantar los chaparrones —añadió, haciendo una metáfora meteorológica—.
—Y para aguantar los chaparrones, hace falta un techo sólido, no un despacho de la administración —concluyó, volviendo a su idea fija—.
La conversación parecía haber llegado a un punto muerto, un empate técnico entre la modernidad práctica y la tradición sentimental.
Sin embargo, Paco todavía no había desplegado toda su estrategia.
Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, una postura que en su lenguaje corporal significaba «ahora viene lo serio».
—Hablemos de la celebración —propuso Paco, con un cambio de tono que sorprendió a los jóvenes—.
—Si lo hacéis por lo civil, ¿qué tipo de comida tenéis pensado dar? —preguntó, con un interés repentino—.
Elena se relajó un poco, pensando que el terreno gastronómico sería más seguro.
—Habíamos pensado en un cóctel largo, algo dinámico —explicó ella, con entusiasmo—.
—Diferentes estaciones de comida: una de sushi, otra de quesos del mundo, un cortador de jamón por supuesto… —enumeró, esperando la aprobación de Paco—.
Paco la escuchaba con una expresión que iba de la sorpresa al horror más absoluto.
—¿Estaciones? —repitió Paco, como si estuviera hablando de paradas de metro—.
—¿Me estás diciendo que la gente va a tener que comer de pie, persiguiendo a un camarero con una bandeja de trozos de pescado crudo? —preguntó, con una indignación creciente—.
Elena asintió, intentando defender la modernidad del concepto.
—Es mucho más fluido, la gente habla más entre sí… —argumentó ella—.
Paco soltó una carcajada que sonó como una ametralladora vieja.
—Fluido dice… —se burló Paco, negando con la cabeza—.
—Lo que va a ser fluido es el cabreo que se va a pillar tu tío Genaro cuando vea que no tiene una silla donde asentar sus cien kilos —vaticinó, con una precisión casi profética—.
—Un banquete de boda en condiciones requiere tres cosas —anunció Paco, levantando tres dedos—.
—Mesa con mantel blanco, un menú con nombre y apellidos, y un plato de carne que no se lo salte un galgo —dictaminó, cerrando el puño—.
—Eso de comer de pie es para las inauguraciones de las tiendas de ropa —comparó, con un desprecio absoluto—.
—En una boda se viene a comer, a beber y a sentarse —concluyó, como si estuviera dictando una nueva ley de Murphy—.
Elena sintió que el palacete con jardín empezaba a desmoronarse en su imaginación ante el peso de los cien kilos del tío Genaro.
La visión de Paco sobre el mundo era una estructura sólida, sin fisuras, donde cada pieza encajaba en un puzzle de décadas de antigüedad.
—Paco, podemos poner sillas, no es un problema —intentó mediar Elena, sintiendo que perdía terreno—.
—No es el sitio, Elena, es el espíritu —insistió Paco, volviendo a su tema principal—.
—Si empiezas quitando la iglesia, acabas dando de comer de pie y poniendo música de esa que parece que se ha estropeado el tocadiscos —vaticinó, refiriéndose probablemente a cualquier cosa que no fuera un pasodoble—.
—Y luego está lo de la abuela —recordó Paco, volviendo a usar su arma secreta—.
—Virtudes ya ha comprado el vestido —soltó Paco, dejando caer la bomba informativa—.
Jorge y Elena se quedaron de piedra.
—¿Cómo que ha comprado el vestido? —preguntó Jorge, con la voz un poco más aguda de lo normal—.
—Si aún no hemos dicho ni la fecha oficial —añadió Elena, sintiendo que la situación se le escapaba de las manos—.
Paco se encogió de hombros, con la calma de quien sabe que tiene los refuerzos en camino.
—Vuestra abuela tiene un sexto sentido para estas cosas —explicó Paco, con un brillo de orgullo en los ojos—.
—Vio que Jorge estaba más tonto de lo normal y que Elena miraba revistas de esas de novias que parecen catálogos de cortinas —dijo, con su habitual delicadeza—.
—Así que se fue a la modista de toda la vida y le dijo: «Prepárame algo para una boda en San Judas Tadeo» —reveló Paco, disfrutando de la cara de pánico de los jóvenes—.
—Y os digo una cosa —añadió, bajando la voz hasta convertirla en un susurro grave—.
—A Virtudes le puedes decir que no hay postre, le puedes decir que el vino está picado… —empezó a enumerar las posibles ofensas—.
—Pero no le puedes decir que el vestido que le ha costado media pensión lo va a lucir en un juzgado al lado de un cartel de «ventanilla cerrada» —sentenció Paco, con una solemnidad absoluta—.
Elena cerró los ojos por un momento, tratando de visualizar la escena.
La abuela Virtudes, con su vestido de seda y su tocado, entrando en el juzgado de guardia mientras un policía nacional le pide que pase el bolso por el escáner.
La imagen era, a la vez, cómica y aterradora.
—Esto es chantaje emocional, Paco —dijo Elena, abriendo los ojos y mirando fijamente a su suegro—.
Paco sonrió, una sonrisa ancha que mostraba los dientes amarilleados por el tabaco y el café.
—No, hija, no —negó Paco, con una suavidad que daba más miedo que sus gritos—.
—Esto es familia —corrigió, dándole un nuevo significado a la palabra—.
—Y en esta familia, las cosas se hacen de una manera —añadió, dejando claro que no había espacio para la negociación—.
La tarde seguía avanzando, y las sombras en el comedor empezaban a alargarse, como si también quisieran participar en la discusión.
Paco se levantó de nuevo, esta vez para ir a la cocina a por una botella de anís.
—¿Queréis una copita? —ofreció, aunque sabía que la respuesta sería negativa—.
—Ayuda a digerir las verdades —dijo, riendo entre dientes mientras se alejaba—.
Elena miró a Jorge, que parecía estar en estado de shock tras la noticia del vestido de la abuela.
—Dime que tienes un plan, Jorge —suplicó ella, con un hilo de voz—.
Jorge la miró, con una expresión que mezclaba la derrota y el amor incondicional.
—Mi plan era casarme contigo en una playa de arena blanca, solos los dos —confesó él, con una sonrisa triste—.
—Pero creo que mi padre tiene razón en algo —añadió, bajando la voz—.
—¿En qué? —preguntó Elena, temiendo la respuesta—.
—En que a la abuela no se le engaña —dijo Jorge, suspirando—.
—Y mucho menos si ya tiene el vestido —concluyó, mientras el sonido de la botella de anís al abrirse resonaba desde la cocina como una campana de iglesia llamando a rebato.
Elena se hundió un poco más en su silla, dándose cuenta de que la boda civil, su sueño de sencillez y modernidad, empezaba a parecerse cada vez más a una utopía inalcanzable frente a la maquinaria pesada de la tradición familiar española.
Pero Elena no era de las que se rendían sin luchar.
Si Paco quería guerra, tendría guerra, aunque fuera entre puros, anís y vestidos de modista.
La batalla por la boda no había hecho más que empezar, y el terreno de juego estaba cada vez más embarrado por las expectativas, los sentimientos y, sobre todo, por el miedo a la mirada de la abuela Virtudes.
Paco regresó de la cocina con tres copitas de anís, aunque sabía que Elena no bebería.
Las dejó sobre la mesa con un golpe seco, un gesto que marcaba el inicio del tercer acto de aquel drama dominical.
—A ver, hijos —dijo, sentándose de nuevo y recuperando su posición de patriarca—.
—No os lo toméis como algo personal —pidió, con una falsa modestia que no colaba—.
—Yo solo quiero lo mejor para vosotros —aseguró, mientras se servía un chorrito más de anís—.
Elena lo miró fijamente, con una intensidad que habría hecho flaquear a un hombre con menos callo social que Paco.
—Lo mejor para nosotros, Paco, es lo que nosotros decidamos —le recordó ella, con una calma que empezaba a resultar inquietante—.
—Porque nosotros somos los que nos vamos a despertar al día siguiente casados —añadió, subrayando el concepto de autonomía—.
Paco soltó un bufido de esos que sirven para desprestigiar cualquier argumento juvenil.
—Casados… —repitió él, saboreando el anís—.
—Estar casados es un estado mental, Elena —filosofó Paco, que ese día estaba especialmente inspirado—.
—Pero la boda… la boda es un espectáculo —sentenció, moviendo la mano como si estuviera dirigiendo una orquesta—.
—Es como el fútbol —comparó, usando su metáfora universal—.
—Tú puedes jugar un partido en el parque con tus amigos, y vale, le das patadas al balón —admitió, con condescendencia—.
—Pero jugar en el Bernabéu, con la afición gritando, con el césped cortado al milímetro… —dejó la frase en suspenso—.
—Eso es casarse por la iglesia —concluyó, con una lógica que para él era aplastante—.
Jorge, que parecía haber recuperado un poco de aliento, decidió entrar de nuevo en la liza.
—Papá, pero es que el Bernabéu cuesta una pasta —señaló, yendo al punto que sabía que le dolería a su padre—.
—¿Tú has visto lo que piden hoy en día por abrir una parroquia para una boda? —preguntó, con una mezcla de indignación y realismo económico—.
—Que si el donativo para el cura, que si las flores que te obligan a comprar en la floristería del primo del sacristán, que si el organista que solo sabe tocar tres canciones… —enumeró Jorge, viendo cómo la cara de Paco cambiaba de color—.
Paco se puso un poco rojo, no se sabía si por el anís o por la mención del dinero.
—El dinero es lo de menos cuando se trata de la fe —dijo Paco, aunque su voz sonó un poco menos segura—.
—¡Y un jamón, Paco! —saltó Elena, aprovechando la brecha—.
—No se trata de fe, se trata de un negocio —acusó ella, sin cortarse un pelo—.
—Y nosotros no queremos entrar en ese juego —añadió, sintiendo que por fin ganaba algunos puntos—.
Paco se quedó callado, dándole vueltas a la copita de anís.
Sabía que en el tema económico tenía las de perder, especialmente en los tiempos que corrían.
Pero Paco tenía más recursos que un político en campaña electoral.
—Bueno, vale —concedió Paco, cambiando de estrategia sobre la marcha—.
—Supongamos que el juzgado es más barato —admitió, a regañadientes—.
—Pero, ¿habéis pensado en las fotos? —preguntó, lanzando un nuevo anzuelo—.
Elena y Jorge se miraron, desconcertados por el giro de la conversación.
—¿Las fotos? —repitió Elena, sin entender a dónde quería llegar—.
—¡Las fotos! —exclamó Paco, como si estuviera revelando el secreto de la eterna juventud—.
—Toda la vida vais a tener que ver ese álbum —les recordó, señalando un mueble donde acumulaba recuerdos de otras épocas—.
—¿Qué queréis enseñarle a vuestros hijos dentro de veinte años? —preguntó, poniéndose en plan visionario—.
—¿Una foto vuestra delante de un extintor y un cartel de «prohibido fijar carteles»? —ironizó, con una puntería cruel—.
—¿O una foto bajando las escaleras de una iglesia centenaria, con la luz entrando por las vidrieras y la gente tirándoos arroz como si no hubiera un mañana? —describió, con una épica digna de Hollywood—.
Elena sintió que el argumento de las fotos era superficial, pero sabía que tenía un peso real en la psique familiar.
En la España de Paco, si algo no salía bien en la foto, es como si no hubiera sucedido.
—Hay fotógrafos estupendos que hacen maravillas en cualquier sitio, Paco —intentó defenderse ella, aunque su voz sonó un poco débil—.
Paco soltó una carcajada de incredulidad.
—Milagros a Lourdes, hija —replicó él, con su habitual repertorio de frases hechas—.
—Un fotógrafo puede ser muy bueno, pero no puede quitar el olor a oficina rancia que tienen los juzgados —sentenció, como si el olor pudiera capturarse en una imagen digital—.
—Y luego está el tema del arroz —añadió Paco, como si fuera una cuestión de seguridad nacional—.
—¿Habéis preguntado si dejan tirar arroz en el juzgado? —inquirió, con una ceja levantada—.
Jorge y Elena se quedaron en silencio. No lo habían preguntado.
—Os lo digo yo: no dejan —respondió Paco a su propia pregunta, con un aire de triunfo—.
—Dicen que si la gente se resbala, que si es un peligro, que si las palomas… —enumeró las posibles excusas administrativas—.
—Una boda sin arroz es como un jardín sin flores, como un gin-tonic sin hielo —comparó, con una tristeza fingida—.
—En la iglesia, en cambio, te tiran arroz, pétalos y si te descuidas te tiran hasta garbanzos —bromeó, recuperando su buen humor—.
—Porque allí se celebra la vida, no se firma un contrato de arrendamiento —concluyó, volviendo a su carga ideológica—.
Elena empezaba a sentirse como si estuviera en un combate de boxeo donde su oponente no dejaba de moverse, cambiando de guardia constantemente.
Cuando creía que lo tenía acorralado con la lógica, él saltaba con la tradición; cuando usaba el dinero, él saltaba con la estética.
Pero entonces, Elena recordó algo que le devolvió la esperanza.
—Paco —dijo ella, con una sonrisa que al suegro no le gustó nada—.
—Dime una cosa —empezó, preparándose para el golpe—.
—¿Tú te acuerdas de la boda del primo Luisito? —preguntó, con una intención que cortaba el aire—.
Paco se tensó visiblemente. La boda del primo Luisito era un tema tabú en la familia desde hacía cinco años.
—¿Qué tiene que ver Luisito ahora? —refunfuñó Paco, intentando desviar la atención—.
—Luisito se casó por la iglesia, en la catedral nada menos —recordó Elena, recreándose en los detalles—.
—Tres horas de misa, un coro gregoriano que daba miedo y un cura que se olvidó el nombre de la novia tres veces —enumeró, con una precisión quirúrgica—.
Jorge empezó a sonreír, dándose cuenta de por dónde venía el ataque.
—Y luego, en el convite —continuó Elena, sin darle tregua a Paco—.
—La mitad de los invitados se durmieron durante el sermón y la otra mitad se fue antes de la tarta porque no aguantaban más —remató, con una victoria clara en los ojos—.
Paco se quedó mudo, buscando una defensa en el fondo de su copa de anís.
—Luisito siempre ha sido un exagerado —logró decir finalmente, con la voz un poco quebrada—.
—No fue la iglesia, fue el cura, que era un pesado —intentó justificar, aunque sabía que la comparación le había hecho daño—.
—Exacto, Paco —aprovechó Elena, cerrando la trampa—.
—Eso es lo que queremos evitar —explicó, con una suavidad victoriosa—.
—Queremos que la gente venga a vernos a nosotros, no a escuchar a un señor que no nos conoce de nada contarnos cómo tenemos que vivir nuestra vida —sentenció, dejando claro su punto de vista—.
El silencio volvió a reinar en el comedor, pero esta vez era un silencio de reflexión.
Paco parecía estar procesando el golpe, buscando una forma de recuperar la iniciativa.
Miró a Elena, luego a Jorge, y finalmente a la foto de la abuela Virtudes que presidía el mueble del salón desde un marco de plata.
—Está bien —dijo Paco, después de lo que pareció una eternidad—.
—Veo que habéis pensado en todo —admitió, con una honestidad sorprendente—.
Elena y Jorge respiraron aliviados, pensando que por fin habían ganado la batalla.
Pero Paco no era un hombre que se rindiera tan fácilmente.
—Sin embargo —añadió, y ese «sin embargo» pesó más que todo lo anterior—.
—Hay un detalle que se os ha escapado —anunció, con un brillo en los ojos que no presagiaba nada bueno—.
—¿Qué detalle? —preguntó Jorge, con una desconfianza total—.
Paco se inclinó hacia adelante, bajando la voz hasta convertirla en un susurro cargado de intención.
—El cura de San Judas Tadeo se jubila el año que viene —reveló, como si fuera una información clasificada de los servicios de inteligencia—.
—¿Y a nosotros qué nos importa? —preguntó Elena, sin ver la relevancia del dato—.
—Os importa mucho —replicó Paco, con una sonrisa triunfante—.
—Porque el que viene a sustituirlo es el padre Mateo —anunció, esperando el efecto de sus palabras—.
Jorge abrió los ojos de par en par. El padre Mateo había sido su profesor de religión en el colegio y era conocido en todo el barrio por ser un hombre moderno, deportista y que daba misas de quince minutos.
—¿El Mateo? —preguntó Jorge, con un interés que no pudo ocultar—.
—El mismo —confirmó Paco, asintiendo con la cabeza—.
—Ese que dice que las bodas tienen que ser divertidas, que pone música de los Beatles en la consagración y que deja que los perros entren en la iglesia si se portan bien —describió Paco, vendiendo la moto con una habilidad magistral—.
Elena miró a Jorge, viendo cómo la determinación de su futuro marido empezaba a tambalearse ante la perspectiva de una boda con banda sonora de los Beatles.
—Paco, eso no cambia nuestra falta de fe —intentó intervenir Elena, viendo que perdía a su aliado—.
—Claro que no, hija —concedió Paco, con una generosidad sospechosa—.
—Pero si el sitio es bonito, el cura es un tío enrollado, el banquete es con mesa y mantel y la abuela Virtudes está feliz con su vestido… —empezó a sumar factores—.
—¿No os parece que es un trato mejor que el despacho del juzgado de guardia? —preguntó, dejando la pregunta en el aire como una invitación irresistible—.
Elena se dio cuenta de que Paco acababa de hacerle una oferta que era difícil de rechazar, no por convicción religiosa, sino por pura paz familiar.
Había usado sus debilidades, sus afectos y hasta sus gustos musicales para arrastrarlos de nuevo hacia el terreno de la tradición.
—Tenemos que hablarlo, Paco —dijo Elena, buscando una salida elegante—.
—Claro que sí, habladlo, habladlo —animó Paco, levantándose de la silla con la agilidad de quien se siente ganador—.
—Yo voy a echar un vistazo a la quiniela —anunció, dándose por satisfecho—.
—Pero recordad una cosa —dijo desde la puerta, volviéndose por última vez—.
—A Dios no se le engaña, a la abuela tampoco… y a vuestro suegro, menos todavía —sentenció, con una guiñada de ojo antes de desaparecer en el pasillo—.
Elena se quedó mirando a Jorge, que ya estaba tarareando «All You Need Is Love» en voz baja.
—Ni se te ocurra, Jorge —le advirtió ella, aunque en el fondo sabía que la resistencia estaba llegando a su fin—.
—Es que el padre Mateo es un crack, Elena… —se justificó él, encogiéndose de hombros—.
La tarde en Madrid seguía siendo calurosa, pero en aquel comedor, el aire parecía haberse refrescado un poco, como si la sombra de la iglesia de San Judas Tadeo ya estuviera proyectándose sobre ellos, con su mezcla de incienso, tradición y, ahora también, un toque de modernidad inesperada.
La batalla por la boda parecía haber entrado en su fase final, y el juzgado empezaba a parecer un recuerdo lejano frente a la ofensiva total de Paco.
Paco se instaló en su sillón orejero, el que tenía la forma exacta de su espalda tras décadas de uso, y encendió la radio para escuchar los resultados de la jornada.
Sin embargo, su mente no estaba en los goles, sino en la victoria estratégica que acababa de conseguir en el comedor.
Elena y Jorge, por su parte, se habían quedado en la mesa, rodeados por los restos de la batalla: las copitas de anís vacías, las migas de pan y el aroma persistente del puro de Paco.
—No podemos ceder así como así, Jorge —dijo Elena, aunque su voz carecía de la contundencia de hace una hora—.
—Si aceptamos lo de la iglesia, Paco se va a creer que tiene derecho a decidir sobre todo lo demás —advirtió, visualizando ya las futuras discusiones sobre el nombre de los niños o el color de las cortinas del salón—.
Jorge suspiró, pasándose una mano por el pelo con un gesto de cansancio infinito.
—Ya lo sé, Elena, tienes razón —admitió él, buscando su mirada—.
—Pero piénsalo un momento —propuso, inclinándose hacia ella—.
—Si nos casamos por el juzgado, mi padre va a estar dando la tabarra el resto de su vida —vaticinó, con un realismo que dolía—.
—En cada cena, en cada cumpleaños, nos va a recordar que «fuimos a renovar el DNI» —dijo, imitando perfectamente la voz de Paco—.
Elena no pudo evitar una sonrisa amarga. Sabía que Jorge tenía razón. Paco era un hombre de ideas fijas y memoria de elefante.
—Y luego está mi madre —añadió Jorge, bajando aún más la voz—.
—Ella no dice nada porque no quiere líos con mi padre, pero ya la has visto hoy —señaló hacia la cocina, donde se oía el tintineo de los platos al ser lavados—.
—Ha estado callada todo el tiempo, pero tenía esa cara de «ay Dios mío, qué va a decir la gente» —explicó, captando la esencia de la preocupación materna—.
Elena suspiró, sintiendo que el peso de la opinión pública familiar era una losa demasiado grande para su espíritu rebelde.
—Es injusto, Jorge —se quejó ella, con un tono de frustración—.
—Es nuestra boda, se supone que tiene que ser el día más feliz de nuestra vida, no una gestión para contentar a todo el vecindario —reclamó, defendiendo su derecho a la felicidad individual—.
—Bienvenida a la familia, cariño —bromeó Jorge, dándole un beso suave en la mano—.
—Aquí la felicidad se reparte entre todos, y si sobra algo, nos lo quedamos nosotros —añadió, con una filosofía que resumía siglos de convivencia mediterránea—.
En ese momento, la puerta de la cocina se abrió y apareció Conchi, la madre de Jorge, secándose las manos en el delantal.
Se acercó a la mesa con esa timidez característica de quien no quiere molestar pero tiene un mensaje vital que entregar.
—¿Queréis un poco de café? —ofreció, mirando alternativamente a Elena y a su hijo—.
—No, gracias, Conchi, estamos bien —respondió Elena, intentando forzar una sonrisa amable—.
Conchi se quedó allí de pie, dudando un momento, hasta que finalmente se decidió a hablar.
—He oído lo que decía Paco de la abuela Virtudes —empezó, bajando la voz como si las paredes tuvieran oídos—.
—No le hagáis mucho caso, ya sabéis cómo es —dijo, intentando quitarle hierro al asunto—.
Elena sintió un rayo de esperanza. ¿Quizás tenía una aliada en la suegra?
—Pero… —añadió Conchi, y ese «pero» fue como un jarro de agua fría—.
—Es verdad que la mujer está muy ilusionada —confesó, con una tristeza real en los ojos—.
—Dice que es lo último que le queda por ver antes de irse con el abuelo —soltó la bomba emocional definitiva—.
Elena y Jorge se quedaron mudos. El chantaje emocional de Paco era nivel aficionado comparado con la artillería pesada de Conchi.
—No digas eso, mamá, que la abuela está como un roble —protestó Jorge, aunque se le notaba afectado—.
—Como un roble sí, pero los robles también se cansan —replicó Conchi, con una metáfora forestal que habría firmado el propio Paco—.
—Solo os digo que lo penséis —añadió, antes de volverse hacia la cocina—.
—A mí me da igual, yo solo quiero que seáis felices —aseguró, lanzando la frase reglamentaria de toda madre española—.
—Pero si podéis ser felices y que la abuela no llore en el convite, pues mejor para todos —remató, cerrando la puerta tras de sí—.
Elena se tapó la cara con las manos, sintiendo que el cerco se cerraba definitivamente.
—Estamos perdidos, Jorge —murmuró ella desde detrás de sus dedos—.
—No hay salida —sentenció, aceptando la derrota—.
Jorge la rodeó con el brazo, atrayéndola hacia él.
—Bueno, míralo por el lado bueno —intentó animarla—.
—El padre Mateo nos dejará poner la música que queramos —le recordó, buscando el punto positivo—.
—Y el banquete… bueno, podemos negociar lo de las «estaciones» con mi padre —propuso, intentando salvar algo del plan original—.
Elena levantó la cabeza, con un brillo de determinación renovada en los ojos.
—Vale —dijo ella, con una firmeza que sorprendió a Jorge—.
—Aceptamos la iglesia —anunció, haciendo que Jorge soltara un suspiro de alivio—.
—Pero con condiciones —añadió, levantando el dedo índice—.
—Primera condición: nada de sermones de una hora —empezó a enumerar—.
—Segunda: yo elijo las flores, y no van a ser las de la floristería del primo del sacristán —continuó, marcando su territorio—.
—Y tercera: va a haber sushi en el cóctel, aunque Paco tenga que comerlo con tenedor y cuchillo —sentenció, cerrando el trato—.
Jorge se rió, sintiendo que por fin había luz al final del túnel.
—Hecho —aceptó él, sellando el acuerdo con un beso—.
—¿Vamos a decírselo al General? —preguntó, refiriéndose a su padre—.
—Vamos —asintió Elena, levantándose de la silla—.
Caminaron hacia el salón, donde Paco seguía escuchando la radio, aparentemente ajeno a las negociaciones de alto nivel que se habían producido a pocos metros.
—Paco —llamó Jorge, entrando en la habitación—.
El suegro bajó el volumen de la radio y los miró por encima de sus gafas de lectura.
—Dime, hijo —respondió, con una calma que Elena ahora sabía que era pura fachada victoriosa—.
—Hemos tomado una decisión —anunció Jorge, mirando a Elena para coger fuerzas—.
—Nos casamos en San Judas Tadeo —declaró, dejando las palabras flotar en el aire del salón—.
Paco no saltó de alegría, ni gritó, ni siquiera sonrió abiertamente.
Se limitó a asentar con la cabeza, como si estuviera recibiendo la noticia de que el tiempo iba a mejorar al día siguiente.
—Es una decisión sensata —comentó Paco, con una sobriedad ejemplar—.
—Vuestra abuela se va a poner muy contenta —añadió, volviendo a su radio—.
Elena y Jorge se dieron la vuelta para irse, sintiendo que habían cumplido con su deber filial.
Pero justo cuando estaban a punto de salir del salón, la voz de Paco los detuvo.
—¡Ah, por cierto! —exclamó el suegro, como si se acabara de acordar de un detalle sin importancia—.
—He estado hablando con el tío Genaro esta tarde —reveló, con un tono de voz que hizo que a Elena se le pusieran los pelos de punta—.
—Y me ha dicho que conoce a un grupo de tunos que son la caña —anunció Paco, con un entusiasmo renovado—.
—Dicen que por un módico precio os animan el convite y os cantan el «Clavelitos» a la salida de la iglesia —propuso, con una sonrisa de oreja a oreja—.
Elena miró a Jorge. Jorge miró a Elena.
La guerra por la boda civil había terminado, pero la batalla por la supervivencia estética acababa de entrar en una fase nueva y mucho más peligrosa.
—¡Ni hablar de tunos, Paco! —gritó Elena, mientras salía corriendo hacia la cocina, seguida de cerca por un Jorge que ya no sabía si reír o llorar—.
Paco, en su sillón, volvió a subir el volumen de la radio, con una sonrisa triunfante dibujada en la cara.
Sabía que lo de los tunos era demasiado, pero en la negociación, siempre hay que pedir el doble para quedarse con la mitad.
Y Paco, después de todo, era un maestro en el arte de la política familiar.
Fuera, el sol empezaba finalmente a ponerse sobre Madrid, tiñendo el cielo de un color naranja que recordaba al de los puros que Paco tanto disfrutaba.
La boda por la iglesia ya era una realidad, y con ella, la promesa de una celebración que, para bien o para mal, nadie en la familia olvidaría jamás.
Porque al final del día, en una boda española, lo de menos es quién firma los papeles; lo importante es que todos, desde el suegro hasta la abuela con su vestido nuevo, sientan que han ganado un trocito de felicidad en medio del caos cotidiano.
Y si para eso hacía falta un poco de incienso y unos cuantos «Beatles» en el órgano, Elena y Jorge estaban dispuestos a pagar el precio.
Todo sea por la paz, el amor y, sobre todo, para que nadie confunda su boda con una renovación del DNI.