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El calor entraba por las rendijas de las persianas de plástico verde, esas que Paco se negaba a cambiar porque «todavía cierran bien».

La tarde de domingo en Madrid no perdonaba.

El calor entraba por las rendijas de las persianas de plástico verde, esas que Paco se negaba a cambiar porque «todavía cierran bien».

En el comedor, el aire estaba cargado con el aroma denso de un cocido que ya se había terminado, pero que seguía presente en el espíritu de los comensales.

Paco, el suegro, presidía la mesa con una autoridad que solo dan los años de cotización y el manejo experto de la servilleta de tela al cuello.

Frente a él, Elena jugueteaba con una miga de pan, dándole vueltas sobre el mantel de hule con flores descoloridas.

Jorge, el hijo de Paco y futuro marido de Elena, intentaba hacerse invisible tras su copa de vino tinto con Casera.

No volaba ni una mosca, y si volaba, seguro que lo hacía con cuidado de no molestar a Paco.

El silencio en una casa española después de comer nunca es un silencio vacío; es un silencio preñado de reproches, de siestas pendientes y de digestiones pesadas.

Paco se limpió las comisuras de los labios con un movimiento lento, casi ritual.

Miró a su nuera como quien mira un informe de Hacienda que no termina de cuadrar.

—Entonces —empezó Paco, dejando la servilleta sobre la mesa con la solemnidad de quien firma un tratado de paz—.

—¿Lo decís en serio? —preguntó, aunque ya conocía la respuesta.

Elena suspiró, sintiendo el peso de la tradición cayendo sobre sus hombros como un abrigo de piel en pleno agosto.

—Muy en serio, Paco —respondió ella, intentando mantener un tono de voz que no fuera ni desafiante ni sumiso—.

—Queremos algo sencillo, algo que nos represente —añadió, buscando el apoyo visual de Jorge.

Jorge, sin embargo, estaba muy ocupado estudiando el poso del vino en su copa, como si allí fuera a encontrar el mapa de salida de aquella conversación.

Paco soltó una risotada seca, una de esas que no llevan alegría, sino una carga de ironía fina.

—¿Sencillo? —repitió Paco, paladeando la palabra como si fuera un trozo de carne correosa—.

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