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El Asqueroso Secreto que le costó la Vida a la esposa de Peña Nieto (LA GAVIOTA)  s

El Asqueroso Secreto que le costó la Vida a la esposa de Peña Nieto (LA GAVIOTA)  s

11 de enero de 2007, 050 de la madrugada. Enrique Peña Nieto llama a su esposa desde Santa Fe. Cuando entra al cuarto, una hora después, Mónica ya está muerta en la cama. Pero esa madrugada, mientras Mónica agonizaba sola en Toluca, su esposo guardaba un secreto asqueroso, un secreto con nombre, con dirección y con 2 años y medio de edad. 19 años después.

 Nadie lo ha contado todavía. Quédate hasta el final porque vas a saber qué le costó la vida a Mónica y por qué la mujer que el país conoció después como la gaviota nunca fue la verdadera segunda esposa. Antes de llegar a esa madrugada, hay algo que tienes que entender, porque lo que ocurrió en aquella casa de Toluca no empezó esa noche.

 Empezó casi 10 años antes [música] en una oficina del gobierno del Estado de México, donde una mujer joven recién salida de una carrera de administración de empresas [música] pidió permiso para subir al despacho del jefe de finanzas. Su nombre era Maritza Díaz Hernández y el hombre que la recibió esa mañana se llamaba Enrique Peña Nieto.

 Mónica Pretelini Saens tenía 44 años cuando murió. Había nacido el 30 de noviembre de 1962 en Toluca. Hija de un médico militar, criada en un ambiente de disciplina y formalidad. [música] educada en colegios privados de la capital mexiquense. Casada el 12 de febrero de 1994 con un joven priista que en aquel entonces apenas era pasante de derecho con ambiciones medianas y un padrino político que se llamaba Arturo Montiel.

De esa unión nacieron tres hijos, Paulina, Alejandro y la pequeña Nicole, que vino al mundo el primero de marzo del año 2000. Mónica era discreta, no daba entrevistas largas, no buscaba cámaras, se vestía con sobriedad, prefería los tonos neutros, hablaba bajo. Cuando su esposo ganó la gubernatura del Estado de México el 16 de septiembre de 2005, ella aceptó el cargo de presidenta del DIFE mexiquense con la misma sobriedad con la que había aceptado todo lo demás.

visitas a hospitales en municipios pobres, entregas de despensas en jornadas de domingo, eventos de inauguración con flores en la mano y discursos breves. Ese era el papel que el sistema le había asignado, ser la cara amable del nuevo gobernador, y lo cumplía sin queja. Quienes la trataron de cerca en el DIF cuentan lo mismo.

Mónica era una mujer enérgica. Llegaba puntual a las 8 de la mañana, salía pasadas las 7 de la tarde, [música] hacía ejercicio tres veces por semana en el gimnasio de la residencia oficial. No fumaba, bebía con moderación. Sus colaboradores juraron en los días posteriores a su muerte que no la habían visto enferma, que no la habían visto débil, que no había mostrado un solo síntoma visible de las crisis, que después dijeron que la mataron.

 Y aquí aparece la primera cifra que nadie ha querido explicar. 44 años, tres hijos, cero antecedentes públicos de epilepsia. Cero hospitalizaciones previas y una muerte fulminante en un hospital privado de Santa Fe en menos de 10 horas. Guarda este [música] dato en tu mente. Para entender lo que pasó en la madrugada del 11 de enero, hay que viajar al pasillo del DIFE de Toluca, dos años antes.

 Es el invierno de 2005. Mónica acaba de tomar posesión como presidenta. Su agenda es intensa. Recorre municipios donde la gente la recibe con flores. Pero algo en su entorno cercano empieza a notar un cambio que nadie sabe cómo nombrar. Las personas que trabajaban con ella esos años describieron después un patrón.

Mónica empezó a llegar más tarde. Se le veía cansada. Hubo días en que canceló eventos sin explicación. Las salas de espera se vaciaban después de avisos de última hora. La oficina hablaba en susurros sobre la primera dama estatal que parecía dormir mal. Algunos pensaron que era el estrés del cargo.

 Otros, los que conocían los pasillos del palacio de gobierno, sabían que el problema era otro. El gobernador pasaba más tiempo fuera de casa del que pasaba dentro y cuando estaba dentro casi nunca dormía en la habitación [música] principal. La agencia Proceso publicó algo el mismo día de la muerte de Mónica que casi nadie leyó porque estaba enterrado debajo del aluvión de esquelas.

Esa nota [música] decía dos cosas que conviene repetir despacio. Primera, que Mónica llevaba varios meses separada del gobernador. Segunda, que la víctima sufría severas alteraciones nerviosas y emotivas que la habrían orillado a consumir por un largo periodo medicamentos para poder dormir. Esa nota apareció el 12 de enero de 2007 a las 8 de la mañana.

 firmada por la propia agencia, es decir, antes de que el aparato del gobierno mexiquense lograra controlar la narrativa. Lo que Proceso no dijo aquel día, pero que vas a entender en unos minutos, es por qué Mónica llevaba meses separada. Y la razón no era la política. La razón tenía nombre de mujer y vivía a poca distancia.

 Los meses previos a la muerte de Mónica tienen escenas concretas que vale la pena ordenar. En octubre de 2006, cuando se acercaba el primer aniversario de la gubernatura, Mónica empezó a faltar a eventos protocolarios donde antes era cara fija. En noviembre dejó de acompañar a su esposo a la sesión de fin de año del Comité Ejecutivo Nacional del PRI en la Ciudad de México.

 En diciembre canceló dos visitas oficiales a comunidades rurales del norte del estado. una de ellas con menos de 24 horas de aviso. La explicación oficial siempre fue la misma. Malestar pasajero. [carraspeo][música] La explicación que circulaba en los pasillos era distinta. Mónica había descubierto algo [música] y lo que había descubierto le quitaba el sueño.

 Volvamos a la madrugada del 11 de enero. La versión oficial de la noche apareció en dos lugares y nunca terminó de cuadrar. La primera versión la dio el propio Peña Nieto a través de su columnista de cabecera, Joaquín López Dóriga, en su columna en privado de milenio del viernes 12 de enero. Peña Nieto contó que un poco después de la medianoche, a las 0:50 ya del jueves, llamó por teléfono a su esposa para decirle que ya iba a regresar, que estaba en Santa Fe, que llegó, que entró al cuarto sin encender la luz, que le susurró al oído que le hiciera un lugar

en la cama, que ella no le respondió, que insistió, que nada, que alarmado, encendió la luz y que la vio muerta. La segunda versión vino del hospital. El neurólogo Paul Skurovic Bialic, médico tratante del hospital AC de Santa Fe, declaró que Mónica fue ingresada con un cuadro crítico de convulsiones epilépticas alrededor de las 3 de la madrugada, que fue conectada a ventilador, que se le colocaron varios catéteres, que a las 10 de la mañana se le practicó un electroencefalograma que confirmó muerte cerebral por

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