PARTE 1
El asfalto de Madrid burbujeaba como una sopa de alquitrán bajo el sol de julio.
Era ese tipo de domingo en el que los pájaros no cantaban, sino que buscaban desesperadamente una sombra donde entregar el alma.
Elena sentía que su propia piel se había convertido en una armadura de lija pegajosa.
Cada paso que daba hacia el portal de su suegro era un acto de fe.
Javi, su marido, caminaba dos pasos por delante, cargando una sandía de ocho kilos como si fuera un artefacto explosivo.
Él no decía nada, pero el sudor le bajaba por las patillas formando un río bravo que moría en el cuello de su polo.
Llegaron al rellano y el olor a humedad antigua y a sofrito de domingo los recibió como una bofetada.
Elena pulsó el timbre con el dedo índice, que se sentía extrañamente hinchado por el calor.
Al otro lado de la puerta de madera oscura, se oyeron los pasos lentos y rítmicos de Don Paco.
Eran pasos de un hombre que no tenía prisa, porque la prisa, según él, era lo que mataba a la gente en verano.
Se oyó el descorrer de tres cerrojos, una cadena de seguridad y, finalmente, el crujido de la bisagra.
Don Paco apareció en el umbral, impecable, con su guayabera de lino y unos pantalones de pinzas que parecían ignorar las leyes de la termodinámica.
No tenía ni una gota de sudor en la frente.
—Pasad, pasad, que se escapa el fresco —dijo Don Paco con esa voz de barítono jubilado que tanto le caracterizaba.
Elena entró en el salón y sintió que el tiempo se había detenido en 1984.
Las persianas estaban bajadas hasta el último milímetro, dejando la estancia en una penumbra sepulcral.
Apenas un par de rendijas dejaban pasar unos haces de luz donde bailaban motas de polvo en suspensión.
Era el búnker contra el calor que Don Paco construía cada mañana a las siete de cero.
—Hola, Paco, ¿cómo estás? —preguntó Elena, intentando que su voz no sonara como un graznido de sed.
—Aquí, hija, manteniendo el tipo, que este año el sol viene con malas intenciones —respondió él mientras cerraba la puerta con parsimonia.
Javi dejó la sandía sobre la mesa del comedor, que estaba cubierta por un tapete de ganchillo protegido por un hule transparente.
—Papá, hace fuera cuarenta grados, te lo digo en serio —bufó Javi mientras se abanicaba con la mano.
Don Paco se encogió de hombros y se dirigió hacia la cocina.
—La calle es para los valientes y para los turistas, Javi, que no saben lo que es un verano castellano.
Elena no podía pensar en otra cosa que no fuera el interior de la nevera.
Sentía la lengua pegada al paladar, como si hubiera estado masticando polvorones en mitad del desierto.
—Voy a por un poco de agua, Paco, de verdad que me muero —dijo ella, avanzando hacia la cocina sin esperar respuesta.
Entró en el pequeño recinto, donde el azulejo blanco brillaba bajo la luz fluorescente.
Vio la nevera, ese electrodoméstico blanco y bendito que albergaba el milagro del frío.
Sus dedos rodearon el asa de plástico y tiraron con una urgencia casi religiosa.
El aire frío salió de golpe, acariciándole el rostro, y Elena cerró los ojos por un segundo, disfrutando del éxtasis.
Allí estaba, al fondo, una botella de cristal de un litro, condensada, con esas gotitas de agua resbalando por el vidrio que parecían diamantes líquidos.
La sacó con una mano temblorosa de anticipación.
Ya se imaginaba el contacto del hielo con su garganta abrasada.
Pero justo cuando iba a coger un vaso de la encimera, una sombra se proyectó sobre el suelo de terrazo.
Don Paco estaba apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una expresión de alarma genuina.
—¡Quieta ahí! —exclamó él, como si Elena estuviera a punto de ingerir veneno para ratas.
Elena se quedó paralizada, con la botella a medio camino de su pecho.
—¿Qué pasa, Paco? —preguntó ella, asustada por el tono de urgencia.
Don Paco dio un paso adelante y señaló la botella con un dedo acusador.
—¿Agua fría de la nevera? ¡Te vas a quedar sin garganta, Elena! —sentenció con una gravedad que ríete tú de las tragedias griegas.
Elena miró la botella y luego a su suegro, procesando la información.
—Paco, que estamos a 38 grados en la calle y aquí dentro no bajaremos de los 30 —respondió ella, intentando mantener la calma.
Don Paco negó con la cabeza, con una suficiencia que solo dan los años de experiencia en la supervivencia mesetaria.
—Peor me lo pones, hija mía, peor me lo pones.
Se acercó a ella y, con una delicadeza firme, le arrebató la botella de las manos para dejarla de nuevo sobre el estante de la nevera.
—El agua se bebe del tiempo, de toda la vida de Dios —añadió mientras cerraba la puerta de la nevera con un golpe seco.
Elena sintió que el calor volvía a subir por sus piernas con una intensidad renovada.
—Suegro, beber agua del tiempo ahora mismo es como beber sopa de hospital —protestó ella, señalando la encimera donde descansaba una jarra de barro.
Paco sonrió, una sonrisa cargada de sabiduría ancestral y de una terquedad inamovible.
—Es mucho más saludable para el estómago, Elena, créeme que te lo digo por tu bien.
Javi apareció en la cocina, atraído por el sonido de la discusión incipiente.
Miró a su mujer, vio su cara de desesperación, y luego miró a su padre, que mantenía su posición de guardián de las tradiciones térmicas.
—Papá, déjala que beba agua fría, que venimos caminando desde el metro —intercedió Javi, aunque con poca convicción.
—Javi, tú te callas, que desde que vives en ese piso con aire acondicionado se te han olvidado los fundamentos básicos de la biología —le espetó Don Paco sin mirarlo.
Elena sentía que el vapor empezaba a salirle por las orejas.
—¿Biología, Paco? ¿Qué biología dice que beber agua a temperatura ambiente cuando el ambiente es un horno es bueno para nadie? —preguntó Elena, subiendo un octavo el tono de voz.
Don Paco se sentó en una de las sillas de formica de la cocina y se preparó para dar su lección magistral.
—El cuerpo, Elena, tiene una temperatura —empezó a explicar, moviendo las manos como un director de orquesta.
—Si tú le metes un chorro de agua a tres grados, le das un susto al organismo que no sabe por dónde le viene el aire.
—Se te cierran los poros de la garganta, se te bloquea el diafragma y el estómago se te pone como una piedra.
—¿Tú quieres un corte de digestión en seco? Porque así es como se consiguen.
Elena se apoyó en la encimera, sintiendo que la realidad se volvía un poco borrosa por la deshidratación.
—Paco, el corte de digestión es un mito si solo bebes agua, lo que quiero es no combustionar espontáneamente —replicó ella.
—Mito, dice… —murmuró Paco mirando al techo—. Mi primo Germán, en el verano del 72, se bebió un vaso de gaseosa fría después de una paella y estuvo tres días que no podía ni articular palabra.
—Se le quedó la voz como a un ratón de dibujos animados por culpa del choque térmico.
Javi se rascó la nuca, atrapado entre la lealtad conyugal y el respeto al dogma paterno.
—Hombre, papá, lo de Germán es que también se comió medio kilo de torreznos antes de la gaseosa —recordó Javi tímidamente.
—¡Los torreznos no tienen nada que ver! —tronó Paco—. Fue el frío, que le paralizó las cuerdas vocales.
Elena miró la jarra de barro que estaba sobre la mesa, esa que Paco llamaba “el botijo de la era”.
Sabía que el agua allí dentro estaría a unos “agradables” veinticinco grados, lo cual, comparado con el anhelo de su garganta, era como beber lava derretida.
—Paco, por favor, solo dos hielos —suplicó Elena, bajando el tono a un nivel de negociación humanitaria.
—¡Ni hablar! El hielo es el enemigo del hombre en verano —sentenció el suegro, levantándose de nuevo.
—Toma, bebe de esta, que esta jarra mantiene el punto exacto que el cuerpo necesita para no sufrir.
Le tendió un vaso de cristal grueso, de esos que regalan con la nocilla, lleno de un líquido transparente que no mostraba ni la más mínima señal de condensación.
Elena aceptó el vaso con una resignación que rozaba la tragedia.
Miró el agua.
No había burbujas.
No había frescura.
Había, simplemente, agua a temperatura ambiente en un piso que parecía el cuarto de máquinas de un transatlántico.
Acercó el vaso a sus labios y el primer sorbo le supo a derrota.
Era agua que no refrescaba, solo hidrataba de una forma técnica y aburrida.
—¿Ves? —dijo Paco, observándola con orgullo—. ¿A que ya notas cómo el estómago te lo agradece?
Elena tragó y sintió que el agua bajaba por su esófago como una masa pesada y tibia.
—Noto que me estoy bebiendo un charco de agosto, Paco —respondió ella, dejando el vaso sobre la mesa con un golpe seco.
—Eso es porque tienes el paladar maleado por la modernidad —concluyó el suegro, volviendo al salón con el paso firme de quien acaba de salvar una vida.
Elena miró a Javi, que se había servido otro vaso de la misma jarra para no entrar en conflicto.
—Si me muero hoy de un golpe de calor, quiero que pongas en mi tumba: “Murió por no llevarle la contraria al suegro” —susurró Elena.
Javi sonrió con tristeza y le dio un beso en la frente, que sabía a sal y a resignación.
La comida no había hecho más que empezar.
PARTE 2
El comedor de Don Paco era un santuario de la penumbra y el olor a cera de muebles.
Elena se sentó a la mesa, sintiendo cómo sus muslos se pegaban irremediablemente a la silla de madera barnizada.
En el centro de la mesa, un plato de jamón del bueno sudaba su propia grasa bajo la escasa luz que se filtraba por las persianas.
Paco apareció de la cocina portando una fuente de ensalada de pimientos asados que todavía humeaba ligeramente.
—Paco, ¿los pimientos también están calientes? —preguntó Elena, rozando el borde de la desesperación.
—Se llaman pimientos asados, Elena, no pimientos helados —respondió él con una lógica aplastante—. Si los metes en la nevera, pierden todo el aceite y se quedan como cartón.
Elena miró a Javi, buscando un aliado que no existía.
Javi estaba ocupado intentando separar dos lonchas de jamón con una precisión de cirujano.
—Papá, es que con este calor, algo fresquito entraría mejor —dijo Javi, tratando de ser el mediador internacional de la mesa.
Paco se sentó en la cabecera, se colocó la servilleta de tela en el cuello de la guayabera y los miró a ambos con una mezcla de lástima y reproche.
—Es que no aprendéis. El calor se combate con calor.
—¿Habéis visto alguna vez a un beduino en el desierto bebiendo una Coca-Cola con hielo?
Elena suspiró, sabía que esta analogía era la favorita de su suegro.
—No, Paco, los beduinos beben té caliente —respondió ella mecánicamente, habiendo oído la historia cien veces.
—¡Exacto! ¿Y por qué? —preguntó Paco, señalándola con el tenedor—. Porque el té caliente te hace sudar, y el sudor es el aire acondicionado natural del cuerpo.
—Si tú bebes frío, el cuerpo se engaña, deja de sudar y te recalientas por dentro como un motor de un Seat Panda en la subida de un puerto.
Elena se imaginó a sí misma como un Seat Panda echando humo por el capó.
—Pero Paco, yo no soy un beduino en el Sahara, soy una administrativa de Madrid que solo quiere que no le arda la campanilla al tragar —replicó ella.
Paco ignoró el comentario y empezó a servir los pimientos.
—Tened, comed esto, que tiene mucho hierro y os va a dar fuerzas para aguantar la tarde.
El almuerzo continuó entre el sonido de los cubiertos chocando contra la loza y el zumbido lejano de un ventilador de aspas que Paco se negaba a encender porque “solo remueve el aire caliente y te da tortícolis”.
Elena miraba de reojo la jarra de agua del tiempo.
Cada vez que bebía, sentía que su temperatura interna subía un grado más.
Sentía el vaho del agua en la nariz antes de que el líquido tocara sus labios.
Era una tortura refinada, una especie de inquisición térmica impuesta por un hombre que creía firmemente en las teorías medicinales de la posguerra.
—Paco, por curiosidad —dijo Elena, dejando el tenedor—, ¿qué opinas de los helados de postre?
Paco soltó una carcajada que resonó en todo el salón.
—¿Helados? Los helados son una invención de los dentistas para romperte los empastes y de los laboratorios para darte faringitis.
—Donde se ponga una buena fruta del tiempo, que se quite toda esa química congelada.
Javi intervino, quizá sintiendo que Elena estaba a punto de levantarse y meter la cabeza en el congelador del suegro.
—Papá, trajimos una sandía. Está en la encimera. Pero claro, habrá que enfriarla un poco, ¿no?
Paco puso cara de circunstancias, como si le hubieran propuesto profanar una tumba.
—La sandía se come al natural. Si la enfrías, se le rompe la fibra y lo que comes es agua con azúcar sin ninguna propiedad.
—Además, la sandía fría después de comer… eso es una bomba de relojería para el colon.
Elena cerró los ojos y contó hasta diez en tres idiomas diferentes.
Podía sentir una gota de sudor recorriendo lentamente su columna vertebral, como una hormiga de fuego.
—Paco, con todo el respeto del mundo —empezó Elena, tratando de usar su voz más diplomática—. La ciencia ha avanzado un poco desde que los beduinos inventaron el té.
—Existen los frigoríficos por una razón. El ser humano ha luchado durante milenios para dominar el frío y no morir de hipertermia.
Don Paco se limpió la boca con la servilleta, con una parsimonia que empezaba a resultar irritante.
—La ciencia, Elena, es lo que dicen en la tele para venderte cacharros.
—La sabiduría es lo que hacía mi abuela, que vivió hasta los noventa y siete años bebiendo agua del botijo que dejaba a la sombra de la parra.
—Y nunca, escúchame bien, nunca se quejó de la garganta ni tuvo un aire en el estómago.
—Porque el agua del tiempo respeta el ritmo de las vísceras.
Elena sintió que sus propias vísceras estaban empezando a organizar una manifestación de protesta.
—Pero es que tu abuela vivía en un pueblo de Ávila, Paco, donde las noches refrescan —apuntó Javi—. Aquí en Madrid las paredes desprenden calor hasta en Navidad.
—Da igual —insistió Paco—. El principio es el mismo. El frío es una agresión.
—Tú no entras en una iglesia gritando, ¿verdad? Pues al cuerpo no se le entra con un líquido a cero grados. Se le entra con respeto.
Elena miró su vaso. El agua parecía tener vida propia, pequeñas partículas de nada flotando en un caldo de transparencia sospechosa.
Se imaginó abriendo la nevera de nuevo, agarrando un cubito de hielo y pasándoselo por las sienes.
Incluso se imaginó lamiendo la escarcha del congelador como si fuera el manjar más exquisito del mundo.
—¿Sabéis cuál es el problema de vuestra generación? —continuó Paco, animándose con su propio discurso—. Que queréis gratificación instantánea.
—Tenéis calor, y queréis frío ya. Tenéis hambre, y queréis comida ya.
—No sabéis esperar a que el cuerpo se adapte. No sabéis disfrutar de la temperatura natural de las cosas.
Elena bebió un trago largo de su agua tibia, sintiendo cómo el líquido se acomodaba perezosamente en su estómago.
—Paco, no es gratificación instantánea, es instinto de supervivencia —dijo ella con un suspiro.
—Mira, si ahora mismo me dieras a elegir entre un millón de euros y una jarra de agua con mucho hielo y una rodaja de limón, me lo tendría que pensar seriamente.
Paco soltó una risita burlona.
—Eso es porque tienes el juicio nublado por el bochorno.
—Come un poco más de pimiento, que eso te asienta la cabeza.
La tensión cómica en la mesa se podía cortar con el mismo cuchillo con el que Paco troceaba el pan (pan del día anterior, porque el pan fresco “fermenta en el camino y da gases”).
Javi miraba su reloj, calculando cuánto tiempo faltaba para que pudieran huir de vuelta a su piso con aire acondicionado.
Pero sabía que la visita al padre era sagrada, y que el rito del agua del tiempo era solo el principio de una larga tarde de teorías fisiológicas alternativas.
—Por cierto —dijo Paco como quien no quiere la cosa—, esta tarde vamos a dar un paseo por el retiro, que dicen que bajo los árboles se está de gloria.
Elena sintió que el mundo se detenía.
—¿A las cuatro de la tarde, Paco? ¿En el Retiro? —preguntó ella, con los ojos como platos.
—Claro, el movimiento ayuda a que el cuerpo gestione mejor el calor —respondió él, como si fuera la cosa más lógica del mundo—. Eso sí, nos llevaremos una cantimplora. Del tiempo, por supuesto.
Elena se dejó caer contra el respaldo de la silla, derrotada.
Estaba atrapada en un bucle temporal de sabiduría popular y temperaturas tibias del que no parecía haber escapado posible.
PARTE 3
El reloj de pared del salón, un carrillón que Paco aceitaba con la precisión de un relojero suizo, dio las tres y media.
Cada campanada sonaba en los oídos de Elena como un mazo golpeando un yunque al rojo vivo.
La comida había terminado, pero el suplicio térmico estaba alcanzando su cénit.
Paco se levantó de la mesa para preparar el café, un proceso que en su casa llevaba el tiempo necesario para construir una catedral.
—Paco, el café… ¿no podría ser con hielo? —aventuró Elena, con la esperanza de que el postre trajera alguna concesión.
Don Paco se detuvo en seco, con la cafetera italiana en la mano, y la miró como si hubiera sugerido quemar un museo.
—¿Café con hielo? Elena, por el amor de Dios, que eres una mujer leída —dijo él, negando con la cabeza—. El café con hielo es agua sucia.
—El contraste del café hirviendo con el hielo produce una reacción química que quema el grano por segunda vez.
—Te destroza el estómago y te pone los nervios como cuerdas de guitarra. El café se toma solo, corto y muy caliente.
Elena miró a Javi, que se había rendido totalmente y ahora miraba fijamente una mancha en el hule de la mesa.
—Es para que el cuerpo transpire, Elena —murmuró Javi, repitiendo la lección de su padre como un mantra de supervivencia.
—¡Exacto! —exclamó Paco desde la cocina—. ¡Mi hijo empieza a recobrar el sentido común!
—Si bebes café caliente, el poro se abre. Si se abre el poro, el sudor sale. Si el sudor sale, te refrescas. Es física pura, de la de antes.
Elena se pasó la mano por el cuello, que estaba empapado.
Sentía que si alguien encendía una cerilla cerca de ella, estallaría en llamas debido al alcohol del vino tinto (también del tiempo) que Paco le había servido durante la comida.
—Paco, si sudo más, me voy a convertir en un charco y vais a tener que recogerme con una fregona —protestó ella.
—Eso es que estás soltando toxinas —respondió el suegro con una sonrisa de satisfacción—. Estás limpiando el motor.
Paco regresó al comedor con tres tacitas de porcelana fina que desprendían un vapor denso y aromático.
El calor que emanaba de las tazas se sumó al ambiente ya de por sí cargado, creando una especie de microclima tropical en el centro de la mesa.
Elena miró el líquido negro y humeante.
Podía ver las pequeñas burbujas de aceite en la superficie, bailando burlonas.
—Bebe, bebe, que esto te va a asentar los pimientos —insistió Paco, sentándose y dando un sorbo ruidoso a su propia taza.
Elena tomó la tacita con la punta de los dedos. Estaba tan caliente que casi podía sentir el calor traspasando la porcelana.
Acercó la boca y un chorro de aire abrasador le golpeó la cara.
—Está… estupendo, Paco —mintió ella, sintiendo que su lengua empezaba a atrofiarse.
—¿Ves como no hacía falta el hielo? —dijo Paco, dándole un golpecito amistoso en el brazo—. El hielo es para los que no saben degustar.
En ese momento, un silencio pesado cayó sobre el salón, solo roto por el tic-tac del reloj y el lejano rumor de un motor de coche en la calle.
Elena sentía que el aire pesaba toneladas.
De repente, se fijó en la jarra de agua que todavía estaba sobre la mesa.
Estaba medio vacía, y el agua parecía haber adquirido una viscosidad extraña por el calor ambiental.
—Paco —dijo Elena, rompiendo el silencio—, ¿tú nunca, ni una sola vez en tu vida, has bebido un vaso de agua con hielo en agosto?
Paco dejó su taza sobre el plato y se puso serio, adoptando un aire confesional.
—Una vez lo hice. En el año 82, durante el Mundial.
Elena y Javi se inclinaron hacia delante, intrigados por lo que parecía ser el relato de un pecado original.
—Hacía un calor que los perros se pegaban a las sombras de los postes —continuó Paco—. Estaba en un bar viendo el partido de España contra Irlanda del Norte.
—Perdimos, por cierto. Un desastre. El caso es que me puse nervioso y le pedí al camarero un vaso de agua con mucho hielo.
—Me lo bebí de un trago. Así, sin pensar.
—¿Y qué pasó? —preguntó Elena, fascinada.
Paco hizo una pausa dramática y se tocó el pecho.
—Sentí como si un rayo me atravesara desde la garganta hasta el ombligo.
—Me quedé doblado en la barra. No podía respirar. El camarero me tuvo que dar unos golpes en la espalda porque se me había cortado el flujo de la sangre al cerebro por el frío.
—Desde ese día, me prometí que nunca más insultaría a mi organismo de esa manera.
Elena procesó la historia. Sabía perfectamente que aquello probablemente había sido un simple flato o un ataque de gases por la tensión del fútbol, pero para Paco era una verdad mística.
—Paco, pero eso fue un caso extremo… —empezó ella.
—¡Extremo es este calor! —le interrumpió él—. Y el cuerpo es una máquina de precisión. Si tú a un coche que está a cien grados le echas agua helada por el radiador, ¿qué pasa? ¡Que se raja el bloque!
—Pues nosotros igual, Elena. Somos de carne y hueso, no de acero inoxidable.
Javi se levantó para ir al baño, probablemente para echarse un poco de agua (del tiempo) en la nuca sin que su padre lo viera.
Elena se quedó a solas con Don Paco.
—Mira, hija —dijo él, suavizando el tono—, sé que me tenéis por un viejo cascarrabias con manías raras.
—Pero he visto a mucha gente caerse redonda en la calle por no saber gestionar el calor.
—La gente bebe frío, se cree que está bien, y de repente, ¡pum!, golpe de calor porque el cuerpo ha dejado de refrigerar por fuera.
Elena le miró a los ojos. Había una preocupación genuina en ellos.
Paco no lo hacía por fastidiar, ni por tacañería con el gasto del frigorífico.
Realmente creía que estaba protegiendo a su familia de una catástrofe biológica inminente.
—Lo entiendo, Paco, de verdad —dijo Elena, intentando empatizar—. Pero es que a veces la sensación de calor es tan agobiante que el cerebro te pide a gritos algo helado.
Paco asintió con la cabeza, comprensivo.
—El cerebro es un embustero, Elena. El cerebro quiere lo fácil. Pero el estómago… el estómago es el que manda.
—Si el estómago está contento y a su temperatura, el resto del cuerpo le sigue.
Se levantó y fue hacia la cocina. Elena oyó el sonido de la puerta de la despensa abriéndose.
—Toma —dijo Paco volviendo con un paquete de membrillo y un poco de queso manchego—. Come un poco de esto. El dulce te va a dar la energía que te ha robado el sol.
Elena miró el queso y el membrillo. Eran las cuatro de la tarde, hacía cuarenta grados y acababa de tomar un café hirviendo tras unos pimientos asados calientes.
Lo último que su cuerpo necesitaba era la densidad de un queso curado y un bloque de azúcar.
Sin embargo, vio la cara de ilusión de su suegro y no pudo negarse.
—Gracias, Paco. Eres un sol —dijo ella, con una ironía que él no captó.
—No, el sol es el que está ahí fuera —rio él—. Yo solo soy un hombre precavido.
Javi volvió del baño con la cara sospechosamente húmeda.
—Bueno —dijo Javi—, ¿nos vamos al Retiro o vamos a esperar a que baje un poco el sol?
—¡Qué esperar ni qué esperar! —exclamó Paco, poniéndose su sombrero de panamá—. A esta hora es cuando se ve quién es de Madrid y quién no.
—Coged las cantimploras. Las he llenado hace diez minutos para que el agua vaya asentándose.
Elena se levantó, sintiendo que sus piernas pesaban como troncos de roble.
Caminó hacia la salida, pasando por delante de la nevera.
Por un momento, su mano rozó la puerta blanca.
Podía sentir el leve calor que desprendía el motor del frigorífico trabajando a pleno rendimiento para mantener el frío en su interior.
Un frío que ella no probaría ese día.
—¡Vamos, Elena! —gritó Paco desde el rellano—. Que se nos va la tarde y hay que aprovechar el airecito de los árboles.
“¿Qué airecito?”, pensó Elena mientras salía al pasillo.
Pero ya no tenía fuerzas para discutir. Había aceptado su destino: un domingo de transpiración extrema, sabiduría popular y, sobre todo, mucha, muchísima agua del tiempo.
PARTE 4
El paseo por el Retiro fue, como Elena había previsto, una expedición a la superficie de Marte, pero con más estatuas y familias de turistas al borde del colapso.
Don Paco caminaba a un paso ligero, con las manos entrelazadas detrás de la espalda, como si estuviera paseando por los pasillos de un hospital.
Cada pocos metros, se detenía para señalar un árbol o comentar la arquitectura de un kiosco, ignorando por completo el hecho de que el aire quemaba al entrar en los pulmones.
Javi y Elena le seguían como dos sombras languidecidas, arrastrando los pies sobre la tierra seca del parque.
—¿No notáis la diferencia? —preguntó Paco, deteniéndose bajo un castaño de indias que apenas proyectaba una sombra rala—. Aquí la temperatura baja por lo menos cinco grados.
Elena miró un termómetro digital que había en un puesto de barquillos cercano.
Marcaba 39 grados.
—Paco, si esto es estar de gloria, no quiero saber qué es el infierno —respondió Elena, abanicándose con el folleto de una exposición que había recogido por el camino.
Paco sacó la cantimplora de aluminio de su bolsa de tela.
Era una cantimplora vieja, con abolladuras que contaban historias de excursiones de los años setenta.
—Bebed un trago —ofreció él, extendiendo el recipiente—. Pero despacio, a sorbos pequeños, que el agua hay que masticarla.
Elena cogió la cantimplora. Estaba tibia al tacto.
Al desenroscar el tapón, no salió ni rastro de ese vapor frío que ella tanto anhelaba.
Bebió. El agua sabía a metal y a verano eterno.
—¿A que sabe a vida? —preguntó Paco, observándola con una intensidad casi religiosa.
—Sabe a tubería, Paco —respondió ella con sinceridad brutal, aunque con una sonrisa cansada para no herirle demasiado.
—Eso es el aluminio, que le da carácter —replicó él, recuperando la cantimplora para darle un trago largo y sonoro—. ¡Ahhh! Esto es lo que mantiene a un hombre en pie.
Siguieron caminando hasta llegar al estanque grande.
El agua del estanque estaba verde y estancada, reflejando un sol implacable que cegaba a cualquiera que se atreviera a mirar.
Había gente en las barcas, remando con un esfuerzo que a Elena le parecía propio de galeras romanas.
—Mira esos —dijo Paco, señalando a unos jóvenes que bebían latas de refresco sacadas de una bolsa de hielo—. Esos mañana están todos en el ambulatorio con placas en la garganta.
—Y luego dirán que ha sido un virus. ¡No señor! Ha sido el hielo, que es un traidor.
Elena se sentó en un banco de piedra que quemaba a través de sus pantalones de lino.
—Paco, tengo que confesarte algo —dijo ella, decidida a terminar con la farsa térmica.
Paco se sentó a su lado, quitándose el sombrero para limpiarse el sudor de la nuca con un pañuelo de tela perfectamente doblado.
—Dime, hija.
—Amo el frío. Amo los cubitos de hielo que tintinean en el vaso. Amo esa sensación de que el cerebro se te congela por un segundo cuando bebes un granizado.
—Amo el aire acondicionado a dieciocho grados, aunque tenga que ponerme una rebeca dentro de casa.
—Y creo firmemente que el agua del tiempo es un invento para tiempos de escasez que ya no necesitamos.
Javi, que estaba apoyado en un árbol cercano, miró a su mujer con una mezcla de admiración y miedo.
Don Paco no se enfadó. Se quedó mirando al horizonte, hacia el Palacio de Cristal, con una expresión de nostalgia.
—Sabes qué pasa, Elena… —dijo él tras un largo silencio.
—Que cuando yo era pequeño, en casa no había nevera.
—Había un fresquero, un armario con rejillas que se ponía en la parte más sombría del patio.
—Y el agua se traía de la fuente en botijos de barro.
—Teníamos que aprender a disfrutar de lo que había. Teníamos que convencer al cuerpo de que esa temperatura era la ideal, porque no había otra.
—Con el tiempo, uno se acostumbra a sus propias mentiras hasta que se convierten en verdades.
Elena sintió que algo se ablandaba en su interior.
—Pero ahora tenemos neveras, Paco —dijo ella suavemente.
—Lo sé —asintió él—. Y son un invento maravilloso para guardar el jamón y que no se eche a perder.
—Pero para el agua… ay, hija, para el agua me quedé en el fresquero.
—Siento que si me rindo al hielo, me estoy rindiendo a la edad. Me estoy volviendo uno de esos viejos que necesitan comodidades para sobrevivir.
—Mientras beba agua del tiempo y camine por el Retiro a las cuatro de la tarde, siento que sigo siendo el mismo chaval que aguantaba las siegas en el pueblo sin rechistar.
Elena le puso una mano en el hombro.
—Paco, puedes beber agua fría y seguir siendo un tipo duro. No es incompatible.
Don Paco sonrió y se puso de nuevo el sombrero de panamá, ajustándoselo con un gesto decidido.
—Puede ser. Pero por hoy, ya que estamos aquí, vamos a terminar la cantimplora como hombres y mujeres de provecho.
Se levantaron y empezaron el camino de vuelta hacia la salida del parque.
El sol empezaba a bajar, adquiriendo ese tono naranja intenso que baña Madrid en las tardes de verano, convirtiendo los edificios en bloques de oro viejo.
Cuando llegaron de nuevo al portal del piso de Paco, Elena sintió que había sobrevivido a una prueba iniciática.
—Bueno —dijo Paco mientras se despedían en la puerta—, ha sido un domingo estupendo.
—Javi, la sandía que os habéis dejado… ¿queréis que os la parta ahora para que os llevéis un trozo?
Javi miró a Elena, pidiendo permiso con los ojos.
—Paco —dijo Elena con una sonrisa pícara—, quédate tú la sandía. Pero hazme un favor.
—Dime.
—Mete un trocito pequeño en la nevera. Solo diez minutos. Pruébalo. Y si mañana te duele la garganta, te prometo que te traigo un caldo caliente hecho por mí.
Paco soltó una carcajada que resonó en el hueco de la escalera.
—Está bien, acepto el trato. Pero solo porque eres tú.
Elena y Javi bajaron las escaleras y salieron a la calle.
El aire seguía siendo cálido, pero ya no abrasaba.
Caminaron en silencio hacia su coche, sintiendo el cansancio de un domingo de tradición y calor.
En cuanto entraron en el vehículo, Javi arrancó el motor y puso el aire acondicionado al máximo de potencia.
—¿Sabes qué es lo primero que voy a hacer al llegar a casa? —preguntó Javi mientras el frío empezaba a salir por las rejillas.
—Si no es meter la cabeza en el congelador, no quiero saberlo —respondió Elena, cerrando los ojos y dejando que el aire gélido le golpeara la cara.
—Voy a llenar un vaso de tubo con tanto hielo que no quepa el agua.
—Y me lo voy a beber mirando una foto de mi padre.
Elena se echó a reír, una risa fresca y liberadora que parecía limpiar todo el polvo del Retiro de sus pulmones.
—Pobre Paco —dijo ella—. Realmente cree que nos está salvando la vida.
—Es un romántico de la termodinámica —concluyó Javi mientras ponía el coche en marcha.
Llegaron a su piso veinte minutos después.
Elena fue directa a la cocina.
Abrió su propia nevera, moderna, de acero inoxidable, con dispensador de hielo y luz LED azulada.
Sacó una botella de agua que estaba casi a punto de congelarse.
Llenó un vaso, añadió tres hielos grandes y se quedó mirando cómo el cristal se empañaba instantáneamente.
Bebió.
Sintió el frío bajando por su garganta, intenso, cortante, casi doloroso.
Sintió cómo su cuerpo daba un pequeño respingo ante el choque térmico.
Y entonces, se acordó de la cara de Paco y de su cantimplora de aluminio abollada.
—¿Está buena? —preguntó Javi desde el salón.
Elena miró el vaso, sintiendo el frescor recorriendo sus venas.
—Está gloriosa, Javi. Absolutamente gloriosa.
Sin embargo, dejó el vaso a medio terminar sobre la encimera.
Se dio cuenta de que, por extraño que pareciera, ya no sentía tanto calor.
Quizá los pimientos asados, el café hirviendo y el agua tibia de la cantimplora habían hecho su trabajo después de todo.
—Oye, Javi —gritó ella hacia el salón.
—¿Qué?
—Saca la sandía que tenemos nosotros aquí.
—¿La pongo en el congelador? —preguntó él con entusiasmo.
Elena hizo una pausa, mirando el vaso de agua helada.
—No —respondió ella con una sonrisa extraña—. Déjala fuera. Vamos a comerla del tiempo. Solo por ver qué pasa.
Se oyó el silencio de Javi desde la otra habitación, procesando la traición.
—¡Te ha lavado el cerebro! —exclamó él finalmente.
Elena no respondió. Simplemente se sentó en el sofá, disfrutando de la primera brisa de la tarde que entraba por la ventana.
No sabía si era la sabiduría de Don Paco o simplemente que el sol se estaba poniendo, pero por primera vez en todo el día, se sentía en paz con el termómetro.
Bebió un último sorbo de su agua con hielo, que ahora ya empezaba a derretirse.
—Mañana llamo a Paco —pensó Elena—, para ver cómo va esa garganta.
Porque al final, entre el frío de la modernidad y el calor de la tradición, lo único que importaba era que el domingo siempre terminaba con una llamada de familia.
Aunque fuera para discutir, una vez más, sobre si el agua debe beberse del tiempo o directamente del Polo Norte.