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El asfalto ardiente y el filtro “Valencia”a

Parte 1: El asfalto ardiente y el filtro “Valencia”

El sol de las cuatro de la tarde caía sin piedad sobre la carretera de Extremadura.

El asfalto parecía una sustancia líquida y burbujeante dispuesta a tragarse los neumáticos.

Dentro del habitáculo de aquel Seat Ibiza gris plateado, el ambiente no era mucho mejor.

Javier sostenía el volante con las dos manos, apretando los nudillos hasta que se le quedaban blancos.

Tenía la camisa pegada a la espalda por culpa de un sudor frío y traicionero.

El aire acondicionado del coche emitía un soplido asmático, un lamento inútil que solo lograba mover el aire caliente de un lado a otro.

A su lado, en el asiento del copiloto, Verónica no parecía notar los cuarenta grados a la sombra.

Ella estaba en otra dimensión.

Ella habitaba en el universo paralelo de los cinco gigas de cobertura.

Mantenía el teléfono móvil a escasos centímetros de la nariz, con el brazo izquierdo extendido en un ángulo perfecto de cuarenta y cinco grados.

Buscaba la luz.

Siempre buscaba la luz.

—Cari, no te muevas ahora, que el sol nos da de lado y me hace sombra en la ojera —dijo Verónica, sin apartar los ojos de la pantalla.

Javier no se movió, principalmente porque estaban metidos en una retención kilométrica a la altura de Móstoles.

El camión de los helados que tenían delante no había avanzado ni tres metros en los últimos diez minutos.

—No me muevo, Vero —respondió Javier, con una voz que pretendía ser calmada pero que arrastraba el peso de una lija del número cuatro.

—Es que si te echas un poco hacia la izquierda, el reflejo del parabrisas te quita las arrugas de la frente —insistió ella, deslizando el pulgar por la pantalla con una velocidad envidiable.

Javier suspiró.

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