El ASESINAT0 Que NADIE Pudo RESOLVER | José Francisco Ruiz Massieu y Los Salinas s
El 28 de septiembre de 1994, a las 9:30 de la mañana, un hombre delgado esperaba recargado en la pared de un estacionamiento en la calle La Fragua, en pleno corazón de la Ciudad de México. Llevaba un periódico enrollado bajo el brazo. Dentro del periódico ocultaba una pistola 9 mm cargada con balas expansivas.
Balas diseñadas para causar el máximo daño posible al entrar en un cuerpo humano. Balas que explotan al impactar, que destrozan tejidos y órganos que convierten una herida en una sentencia de muerte. El hombre se llamaba Daniel Aguilar Treviño. Tenía 28 años. Era campesino, originario de un ejido llamado Corralejo, en el municipio de San Carlos, Tamaulipas.
No tenía estudios. Vivía con sus padres en una casa de palma y adobe en medio de la nada. Nunca había estado en la Ciudad de México. Ah, no conocía a la persona que estaba a punto de matar. A pocos metros de ahí, en el hotel Casa Blanca, junto al monumento a la revolución, José Francisco Ruiz Maie terminaba una reunión con 180 diputados electos del PRI.
Era el secretario general del partido más poderoso de México. Era excuñado del presidente Carlos Salinas de Gortari. Era el hombre que en pocas semanas coordinaría la bancada priista en la Cámara de Diputados. Era un intelectual brillante, un abogado respetado, un político con futuro. José Francisco Ruiz Maer no sabía que le quedaban exactamente 3 minutos de vida.
Cuando salió del hotel y se dirigió a su automóvil, el campesino Tamaulipeco caminó hacia él, sacó la pistola del periódico y sin decir una sola palabra le disparó a quemarropa en el cuello. N la bala expansiva hizo exactamente lo que estaba diseñada para hacer. Entró por el cuello de Ruis Mw y explotó dentro de su cuerpo.
La sangre comenzó a brotar de manera incontrolable. El político más poderoso del PRI, después del presidente se desplomó en su propio automóvil con la vida escapándosele por una herida del tamaño de un puño. Lo que siguió a ese disparo cambiaría la historia de México para siempre, porque el asesinato de José Francisco Ruiz Maie no fue solo un crimen, fue el principio del fin del salinismo.
Fue un escándalo que involucró al hermano del presidente de la República, a una bruja que desenterró huesos en una finca de lujo, a millones de dólares ocultos en bancos de Houston y a un suicidio en Nueva Jersey que hasta hoy genera sospechas y teorías de conspiración. Ah, esta es la historia del segundo magnicidio de 1994, la historia de cómo una familia política se despedazó a sí misma.
La historia que demostró que en el México del PRI hasta el hermano del presidente podía ordenar un asesinato. Y la historia de como la justicia mexicana entre montajes con brujas y testimonios comprados nunca pudo establecer la verdad de lo que realmente pasó aquella mañana de septiembre. Pero para entender por qué mataron a José Francisco Ruiz Maieu, primero tenemos que entender quién era este hombre y sobre todo tenemos que entender su relación con una de las familias más poderosas y más oscuras de la política mexicana, Los Salinas de Gortari.
José Francisco Ruiz Maieux nació el 22 de julio de 1946 en Acapulco, Guerrero. En una época en que el puerto era sinónimo de glamur y sofisticación. México vivía su época dorada del cine y Acapulco era el destino favorito de las estrellas de Hollywood. Era un lugar de lujo, de dinero, de conexiones con el poder.
La familia Ruis Maieux no era cualquier familia. Venían de una tradición de altos burócratas e intelectuales. Su abuelo, Wilfrido Mir fue uno de los fundadores del Instituto Politécnico Nacional, una de las instituciones educativas más importantes de México. Su tío Guillermo Macie Helguera dirigió el Politécnico y fundó el CONAIT, el organismo que regula la ciencia y la tecnología en el país.
Desde pequeño, José Francisco mostró una inteligencia fuera de lo común. Era el típico niño que leía mientras los demás jugaban, el que sacaba las mejores calificaciones sin aparente esfuerzo. Sanael, que hacía preguntas que incomodaban a sus maestros porque demostraban que sabía más que ellos. Estudió derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México, la institución más prestigiosa del país.
Se tituló en 1969. con una tesis sobre la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio, pero no se conformó con un título. Estudió también historia en la Universidad Iberoamericana y para completar su formación viajó a Inglaterra a hacer un posgrado en ciencia política en la Universidad de Esse, una de las mejores en su campo.
Hablaba inglés, francés e italiano con fluidez. Leía vorazmente filosofía, historia, derecho, literatura. Escribía con elegancia y precisión. Publicó varios libros sobre derecho constitucional y administración pública que todavía se estudian en las universidades mexicanas. En 1979 ganó el Premio Nacional de Administración Pública por su obra La empresa pública, un estudio de derecho administrativo sobre la experiencia mexicana.
José Francisco Ruiz Maieux era, en pocas palabras un intelectual brillante en un sistema político que valoraba la lealtad ciega por encima del talento. Un hombre de ideas en un mundo de complicidades, un reformista en un partido que se resistía a cualquier cambio. Pero lo que realmente catapultó su carrera no fueron sus libros ni sus títulos académicos, fue su matrimonio.
En algún momento de los años 70, José Francisco conoció a Adriana Salinas de Gortari. Era una mujer de carácter fuerte, temperamental, de una familia política ambiciosa. Su hermano Carlos era un joven economista con conexiones en las más altas esferas del poder. Otro hermano, Raúl, bueno, era un hombre impulsivo, violento según algunos testimonios, que años después sería conocido como el hermano incómodo.
José Francisco y Adriana se enamoraron. O quizás fue conveniencia mutua, o quizás fue un poco de ambas cosas. Sea como fuera, se casaron. Y con ese matrimonio, el brillante abogado de Acapulco quedó vinculado para siempre a uno de los clanes políticos más influyentes de México. Hay que entender lo que significaba casarse con unas Salinas de Gortari en aquella época.
El padre Raúl Salinas Lozano había sido secretario de industria y comercio con el presidente Adolfo López Mateos. Era un hombre de enorme poder e influencia. Sus hijos estaban destinados a gobernar México. Gracias a esa conexión familiar, la carrera de José Francisco despegó como un cohete.
Fue oficial mayor y subsecretario de planeación en la Secretaría de Salud. Fue secretario general de gobierno de Guerrero en 1981. Cada ascenso, cada nombramiento llevaba el sello invisible de la familia Salinas. Y en 1987, cuando su cuñado Carlos Salinas ya era el hombre más poderoso de México después del presidente Miguel de la Madrid, José Francisco recibió el premio mayor.
Fue designado gobernador de Guerrero. No había ganado ninguna elección. No tenía base política propia. Su carrera había transcurrido en la Ciudad de México, en oficinas de gobierno, lejos del contacto con la gente. Pero nada de eso importaba. En el México del PRI, los gobernadores no se elegían, se designan.
Y José Francisco Ruiz Maieux había sido designado por el dedo del poder. Gobernó Guerrero de 1987 a 1993. 6 años que transformaron al Estado. Modernizó la administración pública, construyó carreteras, escuelas, hospitales. Impulsó programas educativos para combatir el analfabetismo. Promulgó leyes para proteger las culturas indígenas.
Creó instituciones culturales. Quienes lo conocieron durante esos años lo describen como un gobernador atípico. Leía libros durante las giras. Citaba a filósofos en sus discursos. Se interesaba genuinamente por la historia de Guerrero. Organizó la Semana altamiranista un festival cultural en honor al escritor Ignacio Manuel Altamirano, nacido en Tixla.
Pero su gobierno también tuvo sombras. Guerrero era un estado pobre, violento, con grupos guerrilleros en la sierra y narcotraficantes controlando territorios. Ruis Maieux navegó esas aguas turbulentas con pragmatismo, haciendo los pactos necesarios para mantener la paz. Nos fueron pactos limpios y mientras tanto, su matrimonio con Adriana Salinas se desmoronaba.
Los detalles del divorcio nunca se hicieron públicos del todo, pero los rumores que circularon eran escandalosos. Se hablaba de infidelidades, de humillaciones, de escenas violentas. Según testimonios que surgirían años después en las investigaciones del asesinato, cuando Adriana descubrió supuestas anormalidades en la relación entre su esposo y su hermano Carlos, montó en cólera.
Lo que siguió fue una confrontación brutal que dejó marcas en todos los involucrados. Raúl Salinas, el hermano mayor, habría presenciado parte de esa escena y, según algunos testimonios, juró vengarse del guerrerense. A su debido tiempo, habría dicho, “Cuando llegue lo que va a venir.” Esas palabras resonarían años después, toa cuando Raúl Salinas fue acusado de ordenar el asesinato de su excuñado.
A pesar del divorcio, José Francisco mantuvo una relación de trabajo con Carlos Salinas. El presidente lo necesitaba. Ruis Maieux era uno de los pocos priistas con credibilidad intelectual, capaz de articular un discurso de modernización que diera legitimidad al régimen salinista. Del matrimonio con Adriana quedaron dos hijas, Claudia y Daniela. Claudia Ruiz.
Mas Salinas heredaría la vocación política de su padre. Llegaría a ser secretaria de turismo, secretaria de relaciones exteriores y presidenta nacional del PRI. Décadas después ocuparía exactamente el mismo cargo que tenía su padre cuando lo asesinaron. Secretaria general del partido. José Francisco se volvió a casar, esta vez con Fernanda Riverol, una mujer ajena al mundo de la política.
Na con ella tuvo un hijo, Federico Francisco, una nueva familia, un nuevo comienzo. Para 1993, cuando terminó su periodo como gobernador de Guerrero, José Francisco Ruiz Maie parecía tenerlo todo. Prestigio intelectual, poder político, una nueva familia que lo hacía feliz y el respaldo del presidente de la República a pesar del divorcio con su hermana.
Lo nombraron director general del Infonavit, el Instituto que administra los créditos de vivienda para los trabajadores mexicanos. Era un cargo importante con presupuesto millonario y capacidad de generar lealtades políticas. Y un año después, en mayo de 1994, le dieron el cargo que lo convertiría en blanco, secretario general del PRI.
Pero 1994 no era un año cualquiera. Era el año en que México se desmoronaba, el año en que todas las certezas del sistema priista se vinieron abajo, a el año de la sangre. El primero de enero de 1994, mientras los mexicanos celebraban el año nuevo y la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, el ejército zapatista de liberación nacional se levantó en armas en Chiapas.
Miles de indígenas armados con fusiles viejos y palos tomaron ciudades, declararon la guerra al gobierno y pusieron en evidencia la miseria que el salinismo había ocultado bajo su discurso de modernización. El país amaneció conmocionado. En las pantallas de televisión, un hombre con pasamontañas y pipa que se hacía llamar subcomandante Marcos desafiaba al presidente Salinas.
Hoy decimos basta”, declaró. El México del primer mundo que prometía Salinas era una fantasía. El México real era el de los indígenas sin tierra, sin salud, sin educación o que habían decidido morir peleando porque ya no tenían nada que perder. El gobierno negoció un cese al fuego. Los zapatistas se replegaron a la selva, pero la herida estaba abierta.
El prestigio de Salinas, que hasta entonces parecía intocable, comenzó a resquebrajarse y entonces vino el golpe definitivo. El 23 de marzo de 1994, Luis Donaldo Colosio fue asesinado en Tijuana. El candidato presidencial del PRI, el sucesor designado por Salinas, el hombre que debía continuar el proyecto salinista, recibió dos balazos en un miting de campaña en la colonia Lomas Taurinas.
México entró en shock. El país se paralizó. Las teorías de conspiración se multiplicaron. ¿Quién había matado a Colosio? ¿El narcotráfico, el propio sistema priista? Carlos Salinas, que supuestamente se había distanciado de su candidato o la versión oficial habló de un asesino solitario llamado Mario Aburto. Nadie creyó esa versión.
30 años después, el caso Colosio sigue sin resolverse. Sigue siendo una herida abierta en la memoria colectiva de México. Ernesto Cedillo, que había sido coordinador de campaña de Colosio, fue designado como candidato de emergencia. Era un economista gris, sin carisma, que nunca había soñado con ser presidente.
Pero el sistema lo necesitaba y el sistema siempre conseguía lo que necesitaba. José Francisco Ruiz Maie como secretario general del PRI jugó un papel central en esos meses turbulentos. organizó la campaña de Cedillo cuando nadie sabía cómo organizar una campaña. Coordinó a los candidatos a diputados y senadores.
Mantuvo unido al partido en el momento más difícil de su historia y ganaron en agosto de 1994. Y Ernesto Cedillo fue electo presidente con más del 48% de los votos. El PRI sobrevivía, el sistema continuaba. Pero José Francisco Ruiz Maieu tenía ideas que incomodaban a muchos. Quería reformar al PRI, quería democratizarlo, quería que los candidatos fueran elegidos por los militantes, no designados por el presidente.
Quería independizar al partido del gobierno. Eran ideas peligrosas en un sistema construido sobre el control absoluto. Había priistas poderosos que veían en Ruis Maur una amenaza. Dinosaurios del partido que no iban a permitir que un intelectual de Acapulco les quitara sus privilegios. Y según algunos testimonios, también había alguien en la familia Salinas que no iba a permitir que José Francisco siguiera ascendiendo.
La mañana del 28 de septiembre de 1994, da José Francisco Ruiz Maie despertó temprano en su casa de la Ciudad de México. Tenía una agenda apretada. A las 8 de la mañana se reuniría con 180 diputados electos del PRI en el hotel Casa Blanca. La reunión era crucial. En pocas semanas comenzaría la nueva legislatura.
Ruis Macío sería el coordinador de la bancada priista en la Cámara de Diputados. Más de 300 legisladores bajo su mando. Un poder enorme. Posiblemente sería el próximo presidente de la Cámara. Llegó al hotel a tiempo, desayunó con los diputados, les habló de sus planes para la legislatura, de las reformas que impulsarían, del papel que jugaría el Congreso en el nuevo gobierno de Cedillo.
Después de la reunión tenía previsto ir al Instituto Federal Electoral. Habría un debate entre Porfirio Muñoz Ledo, el eterno opositor, y Jorge Carpizo, el ex procurador. Quiero terciar y está bueno el cartel. les dijo a los diputados con su característico sentido del humor. A las 9:28 de la mañana, la reunión terminó. José Francisco se despidió de los legisladores, estrechó manos, intercambió bromas, caminó hacia la salida del hotel.
Lo acompañaban el diputado electo Eriiberto Galindo y el subsecretario del PRI, Roberto Ortega Lomelí, conversaban de política mientras caminaban hacia los autos estacionados en la calle La Fragua. Ruis Massur decidió manejar el mismo. Era algo que hacía a menudo, a pesar de que tenía chóer, le gustaba la independencia, le gustaba no depender de nadie.
Le pidió a su chóer que se fuera en el auto de atrás. subió a su buic de cuatro puertas, placas 972 GCS. Encendió el motor, metió la palanca de velocidades en drive o comenzó a girar hacia la derecha sobre la calle La Fragua para salir a paseo de la Reforma. En ese momento, Daniel Aguilar Treviño se despegó de la pared del estacionamiento, donde había estado esperando durante horas.
caminó hacia el auto con paso decidido. Sacó la pistola 9 mm de entre las hojas del periódico. Los testigos que estaban cerca dicen que todo pasó muy rápido. Un segundo, Ruis Mair estaba arrancando su auto. Al siguiente, un hombre flaco con el pelo casi rapado estaba junto a la ventanilla apuntándole con una pistola.
Daniel Aguilar Treviño apretó el gatillo una vez. La bala expansiva atravesó el vidrio de la ventanilla y se incrustó en el cuello de José Francisco Ruiz Maieu. El sicario intentó disparar de nuevo, pero la pistola se encasquilló. El mecanismo falló, no pudo dar un segundo tiro. Buchó a correr.
Corrió entre la gente que comenzaba a gritar. Corrió hacia Paseo de la Reforma. corrió sin saber exactamente hacia dónde iba, porque nunca había estado en la ciudad de México y no conocía las calles. Un policía de la bancaria industrial lo vio correr, lo persiguió, lo alcanzó a pocos metros del lugar, lo derribó, lo esposó.
Daniel Aguilar Treviño, el campesino de Tamaulipas, que acababa de asesinar al segundo hombre más poderoso del PRI, fue capturado en menos de 5 minutos. Mientras tanto, José Francisco Ruiz Maieux agonizaba en su automóvil. La bala expansiva había hecho exactamente lo que estaba diseñada para hacer. Había entrado por el cuello y había explotado.
Había destrozado arterias, venas, tejidos. La sangre brotaba por botones. El piso del auto se llenó de rojo. El diputado Heriberto Galindo, toque que estaba junto a él cuando recibió el disparo, intentó ayudarlo. Le gritó que resistiera, le apretó el cuello tratando de detener la hemorragia. Llegaron los paramédicos, sacaron a Ruiz Macio del auto, lo subieron a una ambulancia, salieron a toda velocidad hacia el hospital español.
José Francisco Ruiz Maieur llegó al hospital todavía con vida, todavía con un hilo de conciencia, todavía luchando, pero había perdido demasiada sangre. La herida era demasiado grave. Los médicos hicieron lo que pudieron. No fue suficiente. Una hora después del disparo, a las 10:30 de la mañana del 28 de septiembre de 1994, José Francisco Ruiz Maer fue declarado muerto.
Tenía 48 años. Dejaba dos hijas, un hijo pequeño, una esposa que lo amaba y un país sumido en el horror. Apenas 6 meses después del asesinato de Luis Donaldo Colosio, hay otro líder del PRI había sido ejecutado a plena luz del día en el corazón de la capital, a unos pasos del monumento a la revolución. ¿Qué estaba pasando en México? ¿Quién estaba matando a los políticos del partido en el poder? Era el narcotráfico, era una guerra interna del PRI, era algo todavía más oscuro.
Las preguntas se multiplicaban, las respuestas no llegaban y el miedo se extendía como una plaga por todo el país. El presidente Carlos Salinas reaccionó de inmediato. En cuestión de horas tomó una decisión que parecía audaz, pero que resultaría catastrófica. Nombró a Mario Ruiz Maieu, hermano de la víctima.
como subprocurador especial para investigar el crimen. Mario Ruis Mao era también un personaje importante de la política mexicana. Había sido secretario general de la UNAM, subsecretario de Gobernación da embajador de México en Dinamarca. En ese momento era subprocurador general de la República, el segundo cargo más importante en la procuraduría de justicia.
Era un hombre brillante como su hermano, pero también era un hombre ambicioso, un hombre que sabía moverse en las aguas turbias del poder mexicano, un hombre que, como se descubriría después, tenía secretos oscuros que ocultar. Poner al hermano de la víctima a cargo de la investigación parecía una forma de garantizar que se llegaría a la verdad.
¿Quién tendría más motivación para encontrar a los culpables que el propio hermano del asesinado? En realidad fue el principio de una cadena de mentiras, traiciones y encubrimientos que convirtieron el caso Ruis Macier en uno de los mayores escándalos de la historia mexicana. La investigación avanzó rápido en los primeros días.
Demasiado rápido, dirían algunos después. Daniel Aguilar Treviño, el sicario, habló sin mucha resistencia. Confesó que lo habían contratado para matar a Ruiz. que le habían pagado 50,000 pesos, equivalentes a unos $,000 de la época, una cantidad ridículamente baja para asesinar a uno de los hombres más poderosos de México. Dio nombres.
Dijo que lo había reclutado un hombre llamado Jorge Rodríguez González. Jorge era hermano de Fernando Rodríguez González, quien trabajaba como secretario técnico de la Comisión de Recursos Hidráulicos en la Cámara de Diputados. un burócrata menor del Congreso, aparentemente sin ninguna conexión con el crimen organizado ni con las altas esferas del poder.
También mencionó a su primo Carlos Ángel Cantún Arba quien le había entregado el arma homicida y y reveló el nombre del supuesto autor intelectual, Manuel Muñoz Rocha, diputado federal por Tamaulipas. Muñoz Rocha era un político de nivel medio. Había sido gerente regional de Ban Rural, el Banco de Desarrollo Agrícola.
Había aspirado a la gubernatura de Tamaulipas, pero había tenido que conformarse con una diputación. Coordinaba la fracción Tamaulipeca en la Cámara y era secretario de la Comisión de Asuntos Hidráulicos. ¿Por qué un diputado de provincia habría ordenado asesinar al secretario general del PRI? Las explicaciones no cuadraban. Se hablaba de rivalidades políticas, de reformas que Ruis Macio impulsaba y que afectaban intereses en Tamaulipas, pero nada de eso explicaba un magnicidio.
En una semana, las autoridades detuvieron a 14 personas relacionadas con el crimen, Daniel Aguilar Treviño y Fernando Rodríguez fueron procesados. Ambos recibieron sentencias de 50 años de prisión. El caso parecía encaminarse a una resolución, pero había un problema enorme. Manuel Muñoz Rocha había desaparecido.
El diputado Tamaulipeco pidió licencia de su cargo el 29 de septiembre, un día después del asesinato. Ese mismo día, su esposa Marcia Cano habló con él por teléfono. Lo notó agitado, nervioso. Él le pidió que se cuidara. Fue la última vez que escuchó su voz. A partir de ese momento, Manuel Muñoz Rocha se esfumó de la faz de la Tierra.
Nadie volvió a verlo, ni su esposa, ni sus colaboradores, ni sus amigos, ni la policía. Se ofreció una recompensa millonaria por información sobre su paradero. Su foto apareció en periódicos, noticieros, carteles pegados en las calles. A agentes mexicanos y estadounidenses lo buscaron en ambos lados de la frontera. Nada.
Muñoz Rocha había desaparecido como si la tierra se lo hubiera tragado. ¿Había oído al extranjero? ¿Estaba escondido en algún rancho de Tamaulipas? ¿O lo habían matado para silenciarlo para que no pudiera revelar quién realmente había ordenado el asesinato de Ruis Maie? Mientras la búsqueda de Muñoz Rocha se convertía en obsesión nacional, Mario Ruiz Maieux comenzó a nacer acusaciones cada vez más graves.
El 23 de noviembre de 1994, menos de 2 meses después del asesinato de su hermano, Mario convocó a una conferencia de prensa. Lo que dijo ese día quedó grabado para siempre en la memoria colectiva de México. parado frente a decenas de periodistas con el rostro desencajado por la rabia y el dolor.
Mario Ruiz Master acusó a la cúpula del PRI de obstaculizar la investigación del asesinato de su hermano. Señaló directamente a Ignacio Pichardo Pagasa, presidente del partido. Señaló a María de los Ángeles Moreno, secretaria general. Dijo que había una conspiración desde las más altas esferas del poder para impedir que se llegara a la verdad.
y entonces pronunció las palabras que se volverían legendarias. El pasado 28 de septiembre, una bala mató a dos Ruis Maieu. A uno le quitó la vida y al otro le quitó la fe y la esperanza de que en un gobierno priista se llegue a la justicia. Los demonios andan sueltos y han triunfado. Los demonios andan sueltos y han triunfado. La frase resonó en todo el país.
Era la confesión de un hombre derrotado, pues el reconocimiento de que el sistema era tan podrido que ni siquiera el hermano de la víctima, con todo el poder del Estado a su disposición podía hacer justicia. Mario Ruiz Macio renunció a la subprocuraduría ese mismo día. se fue del gobierno convertido en una especie de héroe trágico, el hermano que había intentado hacer justicia y había sido bloqueado por el sistema corrupto.
Escribió una columna en un periódico. Publicó un libro titulado Yo acuso, donde denunciaba la corrupción del sistema priista y narraba su lucha por esclarecer el asesinato de José Francisco. Millones de mexicanos lo admiraban. veían en él a un hombre honesto que se había atrevido a enfrentar al poder, un justiciero que había sacrificado su carrera por la verdad.
Pero la historia de Mario Ruiz Maie apenas comenzaba y y tendría un final mucho más oscuro de lo que nadie imaginaba. El primero de diciembre de 1994, Ernesto Cedillo tomó posesión como presidente de México. El sexenio de Carlos Salinas había terminado oficialmente. Cedillo llegó al poder con la promesa de ser diferente, de acabar con la corrupción, de hacer justicia en los casos que habían ensangrentado al país.
Nombró a un nuevo procurador general, Antonio Lozano Gracia, un abogado panista. Era la primera vez en décadas que un miembro de la oposición ocupaba ese cargo. Lozano Gracia nombró a Pablo Chapa Besanilla como fiscal especial para investigar los asesinatos de Colosio y Ruis Maieu. Chapa Bezanilla era un abogado ambicioso decidido a hacer carrera con estos casos.
Estaba dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias, o al menos eso parecía. La investigación tomó un giro dramático. Los interrogatorios a los detenidos revelaron que alguien más estaba detrás del asesinato, alguien mucho más poderoso que el diputado Manuel Muñoz Rocha. Fernando Rodríguez González, el hombre que había reclutado a los sicarios, cambió su declaración.
dijo que Muñoz Rocha no actuaba solo, que había alguien arriba de él dando las órdenes, alguien que había proporcionado el dinero y la logística para el asesinato. El nombre que dio era impensable. Raúl Salinas de Gortari, el hermano mayor del expresidente Carlos Salinas, el cuñado de la víctima, el hombre que supuestamente había jurado venganza por el divorcio escandaloso con su hermana Adriana.
La acusación era una bomba nuclear en la política mexicana. Si era cierta, significaba que el hermano del presidente que acababa de dejar el poder, había ordenado el asesinato de un líder de su propio partido. Significaba que la familia más poderosa de México era una familia de asesinos. El 28 de febrero de 1995, exactamente 5 meses después del asesinato de Ruis Mur, agentes federales llegaron a la casa de Adriana Salinas de Gortari en la colonia Las Águilas, en la Ciudad de México.
Raúl Salinas estaba ahí. Los agentes le dijeron que necesitaban que los acompañara a la PGR para colaborar con una investigación. Raúl aceptó. Pensó que era un trámite rutinario. No lo llevaron a la PGR, lo subieron a un helicóptero y lo trasladaron directamente al penal de Almoloya de Juárez, la prisión de máxima seguridad más temida de México.
Da Raúl Salinas de Gortari fue acusado formalmente de ser el autor intelectual del asesinato de su excuñado, José Francisco Ruiz Mau. La noticia sacudió al país como un terremoto. El hermano del expresidente en la cárcel, acusado de magnicidio. Era algo que parecía imposible, era algo que cambiaba todas las reglas del juego político mexicano.
Carlos Salinas reaccionó con furia y desesperación. El primero de marzo de 1995 apareció en una humilde casa del barrio de San Bernabé en Monterrey. Convocó a la prensa y anunció que se declaraba en huelga de hambre. dijo que el arresto de su hermano era una venganza política, que Ernesto Cedillo, el hombre al que había hecho presidente, lo estaba traicionando, que había un complot para destruir a la familia Salinas y culparla de todos los males de México.
La imagen de Carlos Salinas, el expresidente todopoderoso, haciendo huelga de hambre en una casa de cartón, fue patética y al mismo tiempo reveladora. El hombre que había gobernado México con Mano de Hierro durante 6 años, que había privatizado empresas, firmado tratados internacionales, sofocado rebeliones, ahora estaba reducido a mendigar atención pública negándose a comer.
La huelga de hambre duró 36 horas. Después de una reunión con enviados del presidente Cedillo, Salinas aceptó terminar su protesta. A cambio, se dice, obtuvo garantías de que su familia no sería perseguida más allá de lo que ya estaba sucediendo. Días después, Carlos Salinas abandonó México.
Se fue a vivir a Irlanda, un país sin tratado de extradición con México. Desde ahí, lejos del escándalo, seguiría los acontecimientos que destruyeron el legado de su gobierno. juicio contra Raúl Salinas se convirtió en el espectáculo político más grande del sexenio de Cedillo. Cada audiencia era noticia de primera plana. Cada testimonio revelaba detalles más sórdidos sobre la familia del expresidente.
Apareció María Bernal, una española que había sido amante de Raúl durante años. Contó historias de lujo, desmedido, viajes en aviones privados, fiestas extravagantes, propiedades millonarias. Raúl Salinas, mientras su hermano gobernaba México, había acumulado una fortuna inexplicable. Apareció el teniente coronel Chávez Ramírez, jefe de seguridad de Raúl.
Declaró que en 1993, en una reunión en Palacio Nacional había escuchado a los hermanos Salinas y a su padre Raúl Salinas Lozano hablar de José Francisco Ruiz Maie. Lo que dijo era escalofriante. Según Chávez Ramírez, da la familia había concluido que Ruiz Maieux se les había salido ya del jacal y que era un estorbo para el salinismo y que por lo tanto requería su eliminación inmediata.
Este testimonio fue anexado al expediente, pero por razones que nunca quedaron claras, no fue usado como prueba principal en el juicio. Los jueces lo consideraron insuficiente para demostrar la responsabilidad directa de Raúl Salinas. La prueba más espectacular, sin embargo, estaba por llegar y vendría de la fuente más inverosímil imaginable, una bruja.
Francisca Cetina era una mujer de unos 50 años que vivía en Itapalapa, una de las colonias más populares de la Ciudad de México. Practicaba la cartomancia, el budú, la lectura del tarot. Sus clientes la conocían como la paca. Según la paca, ella había sido consejera espiritual de Raúl Salinas de Gortari desde hacía años.
Le leía las cartas, le traía amuletos de África para darle suerte en sus negocios, le hacía trabajos de protección contra sus enemigos. En octubre de 1996, 2 años después del asesinato de Ruis Maieu, la paca se presentó en las oficinas del fiscal Pablo Chapa Besanilla. Traía información explosiva. Dijo que sabía dónde estaba el cuerpo de Manuel Muñoz Rocha, el diputado desaparecido que supuestamente había organizado el asesinato.
Según la paca, Raúl Salinas había matado a Muñoz Rocha con sus propias manos. Lo había citado en una casa de las lomas en la ciudad de México y ahí, en presencia de sus cómplices, lo había golpeado hasta la muerte con un bat de béisbol. Después, según la bruja, Raúl había ordenado descuartizar el cuerpo y los restos habían sido enterrados en una finca de su propiedad, una finca llamada El Encanto, ubicada en Cuajimalpa, en las montañas que rodean la Ciudad de México.
La paca entregó al fiscal un anónimo de cuatro hojas con todos los detalles, un croquis indicando exactamente dónde estaba enterrado el cuerpo, información que según ella le había llegado de fuentes espirituales. Lo que siguió fue uno de los episodios más surrealistas, más vergonzosos, más increíbles de la historia judicial mexicana.
El 9 de octubre de 1996, el fiscal Pablo Chapa Besanilla organizó un operativo espectacular en la finca El Encanto. Llevó a la Paca al lugar. Convocó a decenas de periodistas y cámaras de televisión. Desplegó peritos forenses, policías, excavadoras. Todo el país estaba pendiente, la transmisión era en vivo.
A millones de mexicanos veían en sus pantallas como la bruja caminaba por los jardines de la finca del hermano del expresidente. La paca dijo que sentía vibraciones negativas en el lugar, que el pasto no olía a hierba, que había cosas sobrenaturales en el encanto. Señaló un punto específico en el jardín. Ahí dijo, estaba enterrado Manuel Muñoz Rocha. Los peritos comenzaron a excavar.
Cavaron durante horas mientras las cámaras transmitían cada palada de tierra. La tensión era insoportable y entonces encontraron huesos. El fiscal Chapa Besanilla no pudo contener la emoción. Frente a las cámaras, frente a millones de mexicanos, gritó con éxtasis. Es Muñoz Rocha. Es Muñoz Rocha. permitieron que la paca se acercara a los restos.
La bruja cerró los ojos, movió las manos sobre los huesos como si pudiera sentir su energía. Ma y declaró con voz solemne, “Sí, es él. Siento su presencia.” El escándalo era total. Si esos huesos eran de Manuel Muñoz Rocha, significaba que Raúl Salinas no solo había ordenado el asesinato de Ruis Maieu, sino que también había matado personalmente al hombre que organizó el crimen.
Lo había asesinado para silenciarlo y había enterrado su cuerpo en su propia finca como evidencia de su poder absoluto. La PGR pagó a la paca casi 4 millones de pesos por su colaboración. Era una recompensa enorme por información que supuestamente venía de poderes sobrenaturales. Pero había un problema.
Un problema que destruiría todo el caso. Un problema que convertiría la investigación en el aszme reír del mundo. Cuando los peritos mexicanos y estadounidenses analizaron los huesos encontrados en el encanto, descubrieron la verdad. Los huesos no pertenecían a Manuel Muñoz Rocha. De hecho, ni siquiera eran los restos de una sola persona.
Eran huesos de varios cadáveres mezclados, huesos que no coincidían entre sí, huesos que llevaban enterrados mucho más tiempo del que habría sido posible si fueran de Muñoz Rocha. La investigación reveló el fraude más grotesco imaginable. Los huesos habían sido desenterrados de un panteón por Joaquín Rodríguez Cortés, yerno de la paca.
eran los restos de su propio padre, Joaquín Rodríguez Ruiz, y de otros familiares enterrados en la misma tumba. La noche del 3 de octubre de 1996, días antes del hallazgo televisado, el yerno de la paca había ido al panteón, había abierto la tumba familiar, había sacado los huesos y los había llevado a la finca El Encanto para enterrarlos en el jardín.
El problema fue que ama en la oscuridad de la noche no se dio cuenta de que en la tumba había restos de varias personas. Los huesos se mezclaron y cuando los peritos los analizaron, descubrieron que no podían pertenecer a un solo individuo. Todo había sido un montaje, una farsa, un espectáculo macabro con huesos desenterrados y una bruja que cobraba millones por mentir.
¿Por qué? Las explicaciones fueron contradictorias y nunca quedaron del todo claras. La paca declaró que Raúl Salinas la había amenazado desde la cárcel de Almoloya, que le había llamado por teléfono y le había dicho que dañaría a una de sus hijas si no seguía sus instrucciones. Según ella, el plan era sembrar pruebas falsas para desprestigiar a los fiscales y hacer que el caso se derrumbara.
Otros especularon que había sido el propio fiscal Chapa Besanilla quien organizó el montaje. A que estaba desesperado por encontrar pruebas contra Raúl Salinas y había fabricado evidencia con la ayuda de la paca. Otros más pensaron que había sido una operación de inteligencia del gobierno diseñada para hundir definitivamente a la familia Salinas.
La verdad nunca se supo. Lo único cierto es que el hallazgo del encanto fue un fraude colosal que hizo el ridículo a la justicia mexicana ante el mundo entero. El 6 de febrero de 1997, la paca y sus cómplices fueron arrestados. La bruja fue sentenciada a más de 9 años de prisión por fraude procesal, falsedad de declaraciones y otros delitos.
Pasó 12 años encerrada en el penal de Santa Marta a Catitla antes de ser liberada en 2008. Cuando salió se fue a vivir con su hermana a una colonia de Iztapalapa. Nunca volvió a hablar públicamente del caso. Pablo Chapa Besanilla el fiscal que había dirigido el espectáculo del encanto, huyó a España cuando comenzaron las investigaciones en su contra.
Desde allá envió una carta confesando los detalles del montaje, esperando evitar la extradición. No funcionó. Fue extraditado a México y también terminó en la cárcel. El caso contra Raúl Salinas quedó gravemente debilitado por el escándalo de la paca. La defensa argumentó que toda la investigación estaba contaminada por fraudes y montajes, que no se podía confiar en ninguna de las pruebas presentadas.
Pero los jueces no desestimaron el caso por completo. Había otros testimonios, otras evidencias y sobre todo había un contexto de corrupción y abuso de poder que hacía plausible la acusación. El 21 de enero de 1999, después de un juicio que duró casi 4 años, Dur. Raúl Salinas de Gortari fue declarado culpable del asesinato de José Francisco Ruiz Maieux.
La sentencia 50 años de prisión, la condena máxima permitida por la ley mexicana. En su resolución, el juez Ricardo Ojeda Borquez reconoció que había resentimiento entre Raúl y José Francisco. El divorcio escandaloso con Adriana, las diferencias políticas, los conflictos acumulados durante años. Pero el juez también admitió que no podía determinar con exactitud el móvil del crimen.
“El móvil solo lo sabe el autor intelectual”, escribió en su sentencia. Raúl Salinas siempre negó su participación. Desde su celda en Almoloya insistió una y otra vez en que era inocente, que era víctima de una venganza política orquestada por el presidente Cedillo, que los testigos habían sido comprados o torturados para declarar en su contra.
a su hermano Carlos desde su exilio en Irlanda publicó artículos y libros defendiendo a Raúl. Acusó a Cedillo de traiciones y de usar el caso Ruiz Macio para destruir políticamente a la familia Salinas. El caso siguió su curso por los tribunales durante años. apelaciones, revisiones, recursos legales y finalmente en 2005 el giro final.
Un tribunal de apelaciones determinó que las pruebas contra Raúl Salinas eran insuficientes, que el testimonio de Fernando Rodríguez González, el principal testigo que lo acusaba, no era confiable, que había indicios de que ese testimonio había sido obtenido mediante el pago de $00,000. El 14 de junio de 2005, después de más de 10 años en prisión, Raúl Salinas de Gortari fue puesto en libertad.
Pagó una fianza de 32 millones de pesos. Su hermano Carlos, desde el extranjero reunió el dinero en apenas 3 días. La verdad legal es la verdad histórica en este caso, declaró Raúl al salir de la cárcel. Siempre fui inocente. La opinión pública mexicana reaccionó con indignación. Para millones de personas, la exoneración de Raúl Salinas era la prueba definitiva de que en México los poderosos podían matar y salir impunes, de que la justicia era para los pobres, no para las familias presidenciales.
Raúl Salinas fue exonerado también de los otros cargos que enfrentaba: enriquecimiento ilícito, lavado de dinero, tráfico de influencias, le devolvieron propiedades, le regresaron cuentas bancarias. El gobierno suizo, que le había confiscado más de 100 millones de dólares en cuentas sospechosas, terminó devolviéndole 74 millones.
El hermano incómodo terminó libre, rico y sin cargos criminales. La justicia mexicana no pudo tocarlo. Pero la historia tiene otros hilos que seguir. Y uno de los más oscuros es el destino de Mario Ruiz Maieu, el hermano de la víctima que había prometido hacer justicia. Mientras Raúl Salinas era juzgado en México, Mario vivía un infierno personal al otro lado de la frontera.
Después de renunciar a la subprocuraduría en noviembre de 1994, Mario se había convertido en una figura pública admirada. El hermano valiente que había enfrentado al sistema, el hombre que había pronunciado las palabras inmortales. Los demonios andan sueltos y han triunfado. Pero cuando el nuevo gobierno de Cedillo comenzó a revisar la investigación del caso Ruis Maieu, descubrieron algo perturbador.
Mario Ruis Maw había manipulado el expediente. A había eliminado de las declaraciones de los testigos todas las referencias a Raúl Salinas de Gortari. Había borrado testimonios, había destruido evidencia. El hombre que públicamente exigía justicia para su hermano en privado estaba protegiendo al presunto asesino.
¿Por qué? La explicación más plausible era aterradora. Mario Ruiz Maie también estaba involucrado en los negocios sucios de la familia Salinas. Proteger a Raúl era protegerse a sí mismo. En febrero de 1995, cuando la nueva fiscalía comenzó a acercar a Mario, él decidió huir del país. Compró un boleto de avión a España con escala en Newark, Nueva Jersey.
Era una ruta extraña para llegar a Madrid, pero Nworkark tenía una ventaja. Era territorio estadounidense donde las autoridades mexicanas no tenían jurisdicción inmediata. Un, el plan de Mario era simple, quedarse en Estados Unidos el tiempo necesario hasta que las aguas se calmaran y después continuar hacia Europa. Pero algo salió mal.
Cuando llegó al aeropuerto de Newwork, los agentes de aduanas de Estados Unidos le hicieron una pregunta rutinaria. ¿Trae usted más de $10,000 en efectivo? Mario dijo que no, pero cuando revisaron su equipaje encontraron 46,000 en billetes, dinero que no había declarado, dinero cuyo origen no podía explicar de manera satisfactoria.
Fue detenido por violación de leyes aduanes, una infracción menor en teoría, pero fue suficiente para que las autoridades estadounidenses comenzaran a investigar las finanzas de Mario Ruiz Maieu. Lo que descubrieron los dejó boquia abiertos. Mario tenía cuentas bancarias en el Texas Commerce Bank de Houston.
da cuentas que contenían más de 9 millones de dólares. 9 millones de dólares. Entre diciembre de 1993 y febrero de 1995, Mario había depositado enormes cantidades de dinero en efectivo en esas cuentas, cantidades que oscilaban entre 90 y 8000 y 800,000 por depósito. El dinero llegaba en maletas, transportado desde México en vuelos comerciales por un intermediario llamado Jorge Sergios.
¿De dónde había salido ese dinero? Mario dio varias explicaciones, cada una más inverosímil que la anterior. Primero dijo que era dinero de la familia, que los Ruis Maie eran una familia adinerada y que habían decidido sacar sus ahorros de México por miedo a una crisis económica provocada por el. Después dijo que eran bonos que la presidencia de México pagaba a los altos funcionarios.
Una especie de compensación extra en efectivo antes de la que no había registros oficiales. Finalmente insinuó que el dinero pertenecía a su hermano José Francisco, y que él simplemente estaba custodiándolo después de su muerte. Las autoridades estadounidenses no le creyeron. Según el Departamento de Justicia de Estados Unidos, esos millones provenían de una fuente mucho más siniestra, el narcotráfico.
Mario Ruiz Maieu, como su procurador de la República, había estado a cargo de perseguir a los cárteles de droga más poderosos de México. Era el segundo hombre más importante en la lucha contra el narcotráfico. Pero según la acusación estadounidense, en lugar de perseguir a los narcos, Mario los protegía. A cambio de inmunidad judicial, los cárteles le pagaban millones de dólares en sobornos, dinero que él depositaba pacientemente en sus cuentas de Houston.
Mario fue acusado de lavado de dinero y conspiración. Quedó bajo arresto domiciliario en un departamento de Nueva Jersey mientras se desarrollaba su proceso legal. Su esposa María Eugenia Barrientos y su hija de 10 años, Regina lo acompañaban. Durante casi 4 años, Mario vivió en ese departamento vigilado.
No podía salir, no podía trabajar, no podía hacer otra cosa que esperar el resultado de juicios y apelaciones interminables. En 1997, un jurado en Houston determinó que el gobierno de Estados Unidos podía confiscar los 9 millones de dólares de las cuentas de Mario. El dinero fue declarado producto de actividades criminales. La familia Ruiz Maie nunca lo recuperó.
Mario siguió peleando. Contrató a los mejores abogados que pudo encontrar. Tony Canales o el mismo abogado que representaba a narcotraficantes como Juan García Ábrego, líder del cártel del Golfo. Katy Fleming, una experta en casos de extradición, siguió proclamando su inocencia en cada oportunidad. siguió acusando al gobierno mexicano de perseguirlo políticamente.
Escribió cartas a periodistas, a políticos a quien quisiera escucharlo. Pero la situación se volvía cada vez más desesperada. México seguía pidiendo su extradición. Los cargos en su contra se multiplicaban y el dinero para pagar a los abogados se estaba acabando. El 10 de junio de 1999, un juez de inmigración declaró a Mario Ruiz Mas deportable a México.
La extradición era inminente. Si regresaba a México, enfrentaría cargos de obstrucción de justicia por haber manipulado la investigación del asesinato de su hermano. Na cargos de encubrimiento por haber protegido a Raúl Salinas y posiblemente cargos relacionados con narcotráfico. Mario tenía 48 años, la misma edad que tenía su hermano José Francisco cuando lo asesinaron.
La misma edad a la que parecía destinado a ver destruida su vida. El 15 de septiembre de 1999, víspera de las fiestas de independencia de México, Mario Ruiz Maieux fue encontrado muerto en su departamento de Nueva Jersey. La causa oficial sobre dosis de antidepresivos, suicidio. Mario había dejado dos cartas, una privada dirigida a su familia donde se despedía de su esposa y su hija y una pública que sus abogados dieron a conocer después de su muerte.
En la carta pública, Mario siguió proclamando su inocencia hasta el final o y lanzó una última acusación devastadora. Para encontrar a los homicidas de mi hermano, hay que iniciar una investigación que empiece por Cedillo. Él y yo supimos que no era ajeno a los dos crímenes políticos de 1994. Mario Ruiz Maie acusaba desde la tumba al presidente Ernesto Cedillo de estar involucrado en los asesinatos de Colosio y de José Francisco Ruiz Maieu.
La acusación era explosiva y también era imposible de probar o refutar porque el único que podía dar detalles estaba muerto. El entonces procurador de México, Jorge Madrazo Cuellar, respondió con desprecio a la carta póstuma. Mario Ruiz Mas vivió mintiendo y murió mintiendo, pero las sospechas sobre la muerte de Mario nunca desaparecieron del todo.
Nadie fuera de su círculo íntimo vio el cuerpo. El funeral fue privado. No hubo autopsia pública. Las circunstancias del suicidio quedaron envueltas en misterio. Años después circularon rumores de que Mario no había muerto realmente, que había entrado a un programa de protección de testigos del gobierno estadounidense, que seguía vivo en algún lugar con otra identidad, protegido por quienes querían que guardara silencio sobre lo que sabía.
En 2008, según algunos reportes, comenzó a circular información en Washington sobre el supuesto paradero de Mario Ruiz Maieu. Información que sugería que el exfuncionario seguía vivo. Su abogada Katy Fleming, desmintió categóricamente esos rumores. Dijo que había asistido al funeral, que había visto el cuerpo, que Mario definitivamente estaba muerto.
Pero en un caso plagado de mentiras, montajes, brujas que siembran huesos y testigos que cambian sus declaraciones por dinero, es difícil saber qué creer. La familia Ruis Maier quedó marcada por la tragedia de una manera casi mitológica. José Francisco y Mario no fueron los únicos hermanos que murieron de manera violenta.
En enero de 1965, cuando José Francisco tenía apenas 18 años, dos de sus hermanos menores, Wilfrido y Roberto, fueron asesinados a tiros en Acapulco. Eran prácticamente unos niños. Las circunstancias de esas muertes nunca quedaron del todo claras. Se habló de un asalto, de una riña, de un ajuste de cuentas.
Lo único cierto es que dos niños de la familia Ruis Maie murieron baleados mucho antes de que José Francisco y Mario alcanzaran la fama y el poder. Cuatro hermanos, cuatro muertes violentas, una familia destruida por una maldición que parecía perseguirla generación tras generación. Tuch. ¿Y qué pasó con los demás involucrados en el asesinato de José Francisco Ruiz Maie? Daniel Aguilar Treviño, el campesino tamaulipeco que apretó el gatillo aquella mañana de septiembre, sigue en prisión más de 30 años después. Su sentencia original de
50 años fue reducida a 42 años y medio en 2017, después de que un tribunal determinó que no había tenido una defensa adecuada durante su juicio original. se ordenó investigar si había sido torturado para obligarlo a confesar. En una entrevista concedida desde la cárcel al periodista J. Jesús Lemus, Daniel dijo con franqueza brutal, “Me llamo Daniel Aguilar Treviño.
Yo soy el matón de Ruis Maieu.” Confesó que lo hizo por dinero, que le pagaron 50,000 pesos, que nunca conoció a la víctima, que simplemente le dijeron que había que matar a un señor que salía de un hotel. Y él lo hizo. No sé si fue malo o si fue bueno, dijo sobre su crimen. De lo que sí estoy seguro es de que el trato que me han dado en la cárcel ha sido bueno.
Fernando Rodríguez González y su hermano Jorge siguen presos cumpliendo sentencias por su participación en el complot. Carlos Cantún Arváez, el primo de Daniel que le entregó el arma, también sigue encerrado. Manuel Muñoz Rocha, el diputado Tamaulipeco, señalado como autor intelectual del asesinato, nunca apareció.
En 1999 fue declarado oficialmente desaparecido. En 2009, la orden de aprención en su contra prescribió por el paso del tiempo. Si sigue vivo en algún lugar, ya no puede ser procesado por el crimen. Su esposa, Marcia Cano, mantiene que la última vez que habló con él fue el 29 de septiembre de 1994, un día después del asesinato.
Notó su voz agitada. Él le pidió que se cuidara, colgó el teléfono y desapareció para siempre. Está muerto, lo mataron para silenciarlo, como afirmó la paca, o sigue vivo en algún lugar, escondido con otra identidad, protegido por quienes no quieren que hable. Nadie lo sabe. El paradero de Manuel Muñoz Rocha es uno de los muchos misterios sin resolver de este caso. Francisca Cetina, la paca.
Salió de prisión en 2008 después de cumplir más de una década encerrada. Se fue a vivir con su familia a Iztapalapa. Tiene un lunar en medio de las cejas que le da un aire de misticismo. Prefiere no hablar del caso que la hizo famosa. 30 años después del asesinato de José Francisco Ruiz Maieu. La pregunta fundamental sigue sin respuesta.
¿Quién ordenó matarlo y por qué? La versión oficial, la que quedó en los expedientes judiciales. Uno dice que fue Manuel Muñoz Rocha, actuando por motivos políticos nunca clarificados. Pero Muñoz Rocha era un diputado de provincia sin el poder ni los recursos para organizar un magnicidio por su cuenta.
Alguien tuvo que darle las órdenes, alguien tuvo que proporcionar el dinero. La versión más extendida, la que cree la mayoría de los mexicanos, dice que fue Raúl Salinas de Gortari, que se vengó del hombre que humilló a su hermana Adriana con un divorcio escandaloso, que eliminó a alguien que se había vuelto un obstáculo para los intereses de la familia, pero Raúl fue exonerado legalmente.
Los tribunales determinaron que no había pruebas suficientes para condenarlo. Hay quienes creen que el asesinato fue ordenado desde más arriba, que el propio Carlos Salinas o incluso su sucesor Ernesto Cedillo estuvieron involucrados a que José Francisco Ruiz Maie sabía demasiado sobre los oscuros manejos del poder en México y por eso tenía que morir.
Y hay quienes piensan que nunca sabremos la verdad, que el caso Ruis Maie, como el de Colosio quedará para siempre en las sombras. Un recordatorio de que en el México del siglo XX el poder podía matar con impunidad absoluta. Lo que sí sabemos es que el asesinato de José Francisco Ruiz Maie marcó el fin de una era.
Fue el golpe final al prestigio del salinismo. Fue la prueba de que el sistema priista se estaba devorando a sí mismo. 1994 fue el año en que México perdió la inocencia. El levantamiento zapatista en enero, el asesinato de Colosio en marzo, el asesinato de Ruis Mau en septiembre, la crisis económica en diciembre, cuando el peso se devaluó y millones de familias perdieron todo.
Nada volvió a ser igual después de ese año terrible. José Francisco Ruiz Maie era un intelectual brillante, un político reformista, un hombre que quería cambiar al PRI desde dentro. Murió a los 48 años. en la calle de un balazo en el cuello ejecutado por un campesino analfabeta que cobraba 50,000es por matar. Su hija Claudia heredó su vocación política.
Llegó a ser secretaria de turismo con Peña Nieto, secretaria de Relaciones Exteriores, presidenta nacional del PRI, el mismo partido donde asesinaron a su padre. En octubre de 2022, durante un debate en el Senado sobre la militarización del país, el senador Félix Salgado Macedonio mencionó a José Francisco Ruiz Macio. Dijo que había sido una especie de crimen de estado y que lo había mandado asesinar Carlos Salinas de Gortari.
Claudia Ruiz Macio, a punto de romper en llanto, le pidió que no mencionara a su familia para defender lo indefendible. 30 años después, el dolor sigue ahí. Fresco, vivo, incurable. Las preguntas siguen sin respuesta. Los responsables siguen sin castigo. Los demonios, como dijo Mario Ruiz Maer en su famoso discurso, siguen sueltos.
Y en el México de hoy, donde cada día aparecen cuerpos en fosas clandestinas, donde los políticos son asesinados con frecuencia escalofriante, donde la impunidad es la norma y la justicia la excepción. El caso de José Francisco Ruiz Master nos recuerda una verdad dolorosa. A veces los crímenes más atroces nunca se resuelven.
A veces los culpables mueren de viejos en sus camas. A veces los demonios triunfan. Si llegaste hasta aquí, ya conoces una de las historias más oscuras de la política mexicana. Un magnicidio a plena luz del día, una familia destruida por la violencia. Una bruja que sembró huesos de sus propios familiares. Millones de dólares ocultos en bancos extranjeros.
Un suicidio en el exilio que dejó más preguntas que respuestas y un misterio que 30 años después sigue envenenando la memoria de México. ¿Qué crees tú? ¿Quién ordenó matar a José Francisco Ruiz Maieur? Fue Raúl Salinas, vengándose del hombre que despreció a su hermana. Fue Carlos Salinas eliminando a alguien que sabía demasiado. ¿Fue alguien más? ¿Alguien cuyo nombre nunca se pronunció en los tribunales? Déjame tu opinión en los comentarios.
Y si te interesa conocer más historias de los crímenes que marcaron a México, suscríbete al canal y activa la campanita para no perderte ningún video. Porque en este país la historia oficial casi nunca es la verdad y las historias que no se cuentan son las que más necesitamos escuchar. Nos vemos en el próximo