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EEUU condenó al ASESINO SERIAL de MEXICANAS en Texasf

EEUU condenó al ASESINO SERIAL de MEXICANAS en Texasf

Maldito asesino. Maldito [risas] desgraciado. Maldito. Los gritos de la madre de Melisa Ramírez resonaron en la corte 406. Por primera vez veía al hombre acusado de haber asesinado a su hija, el agente de la patrulla fronteriza, Juan David Ortiz. Pensé mucho en la niña porque la niña de ella llora mucho, la sueña mucho y cuando lo vi, sentí algo que quería correr detrás de él.

Nosotros, el jurado, encontramos al acusado Juan David Ortiz, culpable del delito de asesinato capital, como se le acusa en la acusación y cómo se le instruye en este cargo firmado por el jurado presidente. Este es su veredicto correcto. Sí, gracias. Gracias. Después de un camino judicial inusualmente breve, Juan David Ortiz permanece recluido en Texas.

 Su nombre quedó ligado para siempre a uno de los casos más inquietantes del Estado, no solo por la brutalidad de los crímenes, sino por la identidad de quién los cometió. Ocurrió en septiembre de 2018 cuando una serie de hechos que se extendió durante 12 días mantuvo en vilo a una ciudad acostumbrada a mirar hacia otro lado.

Mujeres vulnerables caminando de noche, una doble vida cuidadosamente sostenida y un odio que permaneció oculto hasta que fue demasiado tarde. Esto es Final Sentence. Era lunes 3 de septiembre de 2018. Mientras Estados Unidos comenzaba el receso de Labor Day y la temporada de la NFL arrancaba con expectativa, Laredo vivía un calor seco y sofocante, [música] típico del sur de Texas.

 En pleno verano, las calles del centro permanecían vacías bajo el sol abrasador, pero San Bernardo Avenue mantenía su rutina nocturna. Esa franja de cuadras al norte del downtown era conocida por todos como The Prostitute Blocks, un lugar donde la vulnerabilidad se vendía por $50 y las sombras ocultaban tanto miseria como peligro. Melisa Ramírez tenía 29 años.

Madre de dos hijos, había caído en la adicción años atrás y las calles se habían convertido en su única forma de sobrevivir. Semas antes, en la mesa de su cocina, había hecho una predicción escalofriante frente a su cuñada. No voy a estar aquí por mucho tiempo. Alguien me va a matar.

 Nunca dijo de quién tenía miedo, solo que creía que moriría baleada. Esa noche del 3 de septiembre, una camioneta Dodge blanca se detuvo cerca de ella. Al volante iba un hombre que conocía desde hacía tiempo. La había recogido antes. Le había dado dinero para drogas. Habían tenido sexo en su camioneta y en parques. Para Melissa era un cliente más, uno de los regulares.

Sin motivos para desconfiar, subió al vehículo. El hombre condujo hacia el norte, alejándose de las luces de la ciudad. Tomó la Texas Highway 255, un camino rural que cortaba entre campos secos y oscuridad. Melissa le pidió detenerse. Necesitaba orinar. salió de la camioneta, caminó unos pasos, se agachó.

 En ese instante, el conductor descendió del vehículo, sacó una pistola Heckler y Cock calibre 40 y le disparó múltiples veces. Una bala atravesó su mandíbula, dos más su cuello. El cuerpo cayó en el polvo. No hubo testigos, solo el sonido de los disparos rompiéndose en la quietud del campo. El hombre volvió a la camioneta. cerró la puerta y manejó de regreso a Laredo.

 Al día siguiente, un ranchero que trabajaba en la zona encontró el cuerpo de Melisa sobre el camino de tierra. 10 días después, la camioneta blanca volvió a recorrer San Bernardo Avenue. La noche del jueves 13 de septiembre, Claudin An Luera, otra trabajadora sexual amiga de Melisa, subió a la camioneta. El conductor la conocía bien.

 Era su cliente desde hacía meses. Durante el trayecto, Clodine preguntó por Melissa. Quería saber qué le había pasado. Eso lo incomodó. El hombre la llevó fuera de los límites de la ciudad por la US83. Cuando ella intentó salir del vehículo, giró hacia atrás y le disparó en la cabeza. Cludine cayó al piso, pero seguía viva.

 Un conductor que pasaba la encontró minutos después. todavía con pulso, y llamó a emergencias. La trasladaron al hospital, donde murió horas más tarde sin recuperar la conciencia. Tenía 42 años y cinco hijos. La policía empezó a sospechar que tenían un asesino serial en las calles. El viernes 14 de septiembre por la noche fue [música] el turno de Erika Peña.

Tenía 26 años y conocía al hombre de la camioneta desde hacía meses. Él le daba dinero para drogas, la llevaba a comprarlas y luego tenían sexo. La relación, decía ella, había dejado de ser puramente transaccional. Él era amable, inteligente, gracioso, un tipo normal. Pero esa noche algo estaba mal. El hombre la llevó a su casa en un barrio tranquilo de clase media.

 Dentro, Erika mencionó los asesinatos de Melissa y Claudine. El hombre se puso nervioso. Le dijo que había sido el penúltimo en estar con Melisa, que la policía podría encontrar su ADN. Erika sospechó de él inmediatamente, sintió náuseas, salió a vomitar. Él le dijo que necesitaba comer y la llevó a una gasolinera Circle K.

 Estacionó la camioneta entre dos tráilers vacíos detrás de la tienda. Cuando ella volvió a mencionar a Melissa, él sacó la pistola y la apuntó directamente al pecho. Erika luchó. Él le arrancó la camisa, pero ella logró salir del vehículo y corrió hacia el frente de la gasolinera gritando por ayuda. Un oficial de la Texas Department of Public Safety estaba cargando gasolina en su patrulla.

 Ella se lanzó hacia él en shock y le contó todo. El arma, el hombre, la camioneta blanca. Le dio un nombre, David. El oficial tomó nota de cada detalle y llamó refuerzos. Se emitió un bolo para localizar el vehículo. La policía llegó de inmediato a la gasolinera. Erika Peña estaba en shock, hiperventilando, sin camisa. Me sacó la pistola y me quería subir y yo empecé a gritar, “¡Help me, help me!” Ya se fue.

Sí. Ay, me asusté bastante. La subieron a una patrulla y la trasladaron a la estación para tomarle declaración completa. Allí, entre pausas y lágrimas, dio los datos que cambiarían el curso del caso. El atacante se llamaba David. Conducía una camioneta Dodge Blanca y vivía en un barrio residencial del norte de Laredo.

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