ALEJANDRO “COBRITA” GONZÁLEZ: EL ASQUEROSO SECRETO QUE LE COSTÓ 3 HIJOss
tumbó al peso pluma invicto del mundo, 41 peleas sin perder. Y ese mismo hombre, hoy con tres hijos asesinados en 7 años, una esposa muerta, y aún así decidió quedarse a vivir en la misma ciudad donde ejecutaron a su familia. Hoy vas a saber el secreto que guardó Alejandro Cobrita González por más de 30 años y sobre todo, ¿quién mató a sus hijos y por qué? Pero antes de llegar a ese secreto, hay algo que tienes que entender, porque lo que pasó con sus hijos no empezó cuando los mataron, empezó 30 años antes, en una colonia del
oriente de Guadalajara, donde un niño aprendía a pegar antes de aprender a leer. La pregunta no es quién mató a los hijos del cobrita. La pregunta es por qué el padre nunca quiso buscar al culpable. 11 de agosto de 1973, Guadalajara. Jalisco, una colonia obrera al oriente de la ciudad, cinco hermanos, un padre que trabajaba todo el día, una madre que cocinaba, lavaba, planchaba para mantener la casa de pie.
Ahí nace Alejandro Martín González, el que iba a ser campeón del mundo, el que iba a perder tres hijos. La familia no era pobre de la pobreza extrema, era pobre de la otra, la que no se ve en las estadísticas, la que come tres veces al día, pero no le sobra para comprar un par de tenis nuevos. La que paga la renta puntual, pero no tiene para un médico cuando el niño se enferma.
La que aguanta sin quejarse porque quejarse en ese tiempo era de flojos. Alejandro era el cuarto. Un niño moreno, delgado, con los ojos grandes y las cejas espesas. Le gustaba el fútbol. Era bueno. Lo bastante bueno como para que lo metieran de delantero en la cuadra. Lo bastante bueno como para que los más grandes lo dejaran jugar con ellos.
Pero había un problema con el fútbol en esa colonia. Los partidos siempre terminaban igual. faltas, cabezazos, patadas por debajo y Alejandro, que tenía 7 años era el más necio. Nueve. El que no se aguantaba. Una tarde, después de que un muchacho de 12 años le diera una patada que le dejó la rodilla sangrando, Alejandro se levantó del piso, le metió un puñetazo en la nariz y le tumbó dos dientes.
El muchacho se fue llorando a su casa. La madre del muchacho llegó a casa de los González gritando. La madre de Alejandro le pidió disculpas, le dio dinero para los dientes y cuando la señora se fue, le preguntó a su hijo qué había pasado. Alejandro le contestó algo que su madre no iba a olvidar nunca.
“Mamá, ya no me gusta el fútbol. Prefiero pegarle a la gente. Esa frase de un niño de 7 años fue la que lo llevó al ring y la que años después, cuando ya tenía millones, lo iba a meter en problemas que ningún cinturón mundial podía resolver. A los 9 años entra al primer gimnasio, se llama Olímpico.
Está en el barrio de San Andrés, a 15 cuadras de su casa. El entrenador es un señor flaco, callado, con las manos curtidas y los ojos siempre rojos. Le dicen don Vicente. Alejandro entrena dos años con don Vicente, sin sparring, sin guantes propios, con un costal lleno de arena que se descía cada dos meses. Pero pega, pega bien.
Don Vicente lo ve un día tirar una combinación de tres golpes a la pera y le dice, “Tú vas a ser campeón.” Alejandro no le contesta. solo sigue pegando. A los 12 años cambia de gimnasio. Va al gimnasio de un señor que apenas estaba empezando a hacerse de nombre en Guadalajara. Un entrenador joven, ambicioso, que decía que el secreto del boxeador no estaba en los puños, sino en la cabeza.
Se llamaba José Reinoso. Pero todo el mundo le decía Chepo. Chepo Reyoso vio entrenar a Alejandro tres días seguidos. Al cuarto día le dijo, “Muchacho, tú no eres como los demás. Tú tienes algo. Si me haces caso, en 10 años eres campeón del mundo.” Alejandro le creyó y empezó a entrenar como nunca había entrenado en su vida.
4 horas en la mañana antes de la escuela, 2 horas en la tarde después de las tareas, tomando agua simple, sin tocar refrescos, sin salir con los muchachos del barrio y un detalle que su madre va a recordar hasta el día que muera. No. Alejandro empezó a los 12 años a hacerle una promesa cada noche antes de dormir. La misma promesa repetida durante 10 años, casi 36,000 veces, le decía, “Mamá, cuando yo sea campeón del mundo, lo primero que voy a hacer es comprarte una casa.
” Una casa de verdad, no esta. Una con jardín, una con tu cuarto, una donde no se te meta el agua cuando llueve. Su madre le contestaba lo mismo todas las noches. Tú duérmete, mi hijo. Mañana hay escuela. Esa promesa la cumplió. La cumplió noqueando a un peleador invicto de Brooklyn, al que la HBO había puesto en la portada.
Pero la casa que le compró a su madre tiene una historia que nadie ha contado y esa historia es la primera pieza del rompecabezas. A los 15 años, Alejandro debuta como Amateur. 30 peleas en 4 años, 28 ganadas, dos perdidas. Lo nombran cobrita por la velocidad de los puños. Le decían que pegaba como una cobra.
Tirabas y ya estaba el golpe sin que la vieras venir. Número. A los 19 años, en 1988, debuta como profesional en una arena de Tlaquepaque. Pelea contra un peleador de Sinaloa que ya tenía 10 peleas. Lo noquea en el cuarto round. Cobra 300 pesos. Esa misma noche, en lugar de ir a celebrar a la cantina como hacían los muchachos de su edad, Alejandro toma los 300 pesos, se los lleva a su madre y le dice, “Este es el primero. Faltan más.
” Su madre los guardó en una caja de zapatos debajo de la cama y empezó a juntar. Las primeras 15 peleas las gana todas. 11 por knockout, cuatro por decisión. La prensa local empieza a hablar del muchacho de Guadalajara que pega como martillo. Lo entrevistan en el periódico Mural. Le hacen una nota en Televisa local, pero a nivel nacional todavía no es nadie.
En 1990 pierde por primera vez una pelea en Mexicali contra un peleador local. Decisión dividida, polémica. La prensa de Jalisco dice que le robaron. La de Baja California dice que perdió justamente, cobra pesos, llora en el vestidor y le dice a Chepo Reinoso lo siguiente. Frase textual que Chepo iba a contar en una entrevista años después.
Chepo, no me importa perder esta. Lo que me importa es que ya casi tengo para la casa de mi mamá. Vamos a la siguiente. Chepo se quedó callado, lo abrazó y entendió esa noche que el muchacho que tenía enfrente no era un peleador normal, era un peleador con una sola obsesión. Esa obsesión por la casa de la madre fue lo que lo llevó a la cima y también fue lo que lo metió sin que él se diera cuenta en el círculo del que ya nunca pudo salir.
Pero a esto vamos a volver. 1992. Alejandro tiene 19 años, récord de 22 victorias y dos derrotas. La empresa de boxeo, que lo había firmado el año anterior, le ofrece pelear cuatro veces al año. Bolsas de $5,000 mínimo, posibilidad de pelear en Estados Unidos antes de los 25 años. Alejandro firma sin abogado, sin leer todas las cláusulas, confiando en Chepo y en un señor que le presentó Chepo, un señor que iba a ser su manager los siguientes 10 años, un señor del que vamos a hablar en su momento. El primer cheque grande
lo cobra en 1993, $8,000 por pelear contra un cubano en Las Vegas. lo noquea en el séptimo round. Cuando regresa a Guadalajara con los $,000 en una bolsa de tela, va directo a la casa de su madre, le entrega el dinero completo. Doña Alicia, que se llamaba así su mamá, lo cuenta, lo vuelve a contar.
No puede creer que su hijo le esté entregando esa cantidad. Le pregunta si está seguro. Alejandro le contesta que sí, que ese dinero es para empezar a buscar la casa. Doña Alicia llora. Alejandro llora y esa noche, según contaría la propia doña Alicia a una vecina que después le platicó al periódico Record, la madre del cobrita rezó hasta el amanecer pidiéndole a Dios una sola cosa. Cuida a mi muchacho.
Cuídalo de la fama, cuídalo del dinero, cuídalo de la gente que se va a acercar. Doña Alicia tenía 52 años, iba a vivir 29 años más, pero esa noche, con el cansancio de toda una vida pidiéndole a Dios cosas pequeñas, tuvo el presentimiento de que algo grande venía y de que lo grande no siempre es bueno. Lo que vino después le dio a doña Alicia a su casa, le dio un cinturón mundial a su hijo y le dio a los dos una herida que solo iba a empezar a sangrar 20 años después.
1994, Alejandro tiene 21 años, récord de 34 victorias y dos derrotas, 28 de esas victorias por la vía del cloroformo. La empresa de boxeo le llama un martes por la tarde a Chepo Reinoso. Le dice una cosa que Chepo no esperaba escuchar tan rápido. Le dicen, “El muchacho tiene oportunidad por el título mundial.
Va a pelear contra Kevin Kelly en San Antonio. 7 de enero. Foro Alam Modome. Va a ser televisada por la HBO. Si gana es campeón mundial peso pluma del Consejo Mundial de Boxeo. Chepo agarra el teléfono con las dos manos, le pregunta tres veces si está seguro. Tres veces le contestan que sí. Cuelga. Llama a Alejandro.
Le dice que vaya al gimnasio sin preguntar. Cuando Alejandro llega, Chepo lo abraza. le dice una sola frase, “Muchacho, llegó la hora. La que estábamos esperando desde hace 9 años.” Alejandro no entiende al principio. Cuando entiende, se queda callado. Se sienta en la banca de madera del vestidor y por primera vez desde que tenía 7 años llora frente a su entrenador.
Esa pelea contra Kevin Kelly iba a cambiar la vida del cobrita, pero también iba a abrir una puerta que ya no se iba a cerrar nunca. Por esa puerta entraron en 1996 las personas que le iban a costar tres hijos. ¿Quién era Kevin Kelly? Para entender el tamaño de la hazaña, hay que entender quién era el rival. Kevin Kelly era de Brooklyn, Nueva York, 27 años, 41 peleas como profesional, 41 victorias, cero derrotas, 28 knockouts.
Le decían el tiburón volador por la velocidad con la que entraba y salía del cuadrilátero. La revista Ring lo tenía entre los mejores 5 peso pluma libra por libra del mundo. La HBO lo había puesto en la portada de su programa estelar tres veces en 2 años. La sala de prensa de Madison Square Garden tenía una pared con su fotografía a tamaño real.
Kelly era el favorito 5 a un en las apuestas de Las Vegas. No, apostar por el cobrita esa noche era apostar a un imposible matemático. Y aún así, Alejandro firmó. El campamento se hizo en Big Bear, California, 4 semanas de altura, sin refrescos, sin azúcar, sin alcohol, sin novia. Chepo Reinoso lo tenía corriendo a las 5 de la mañana por la montaña.
Sparring con tres peleadores zurdos, trabajo de cabeza, trabajo de respiración y un detalle que Chepo iba a contar después en una entrevista para el canal de YouTube de Marco Antonio Barrera. Detalle textual. Ah. Ah. Le dijo a Alejandro la noche antes de viajar a San Antonio. Muchacho, este Kelly te va a humillar antes del primer round.
Te va a decir que pegas como niña. Te va a decir que vas a correr. Te va a faltar al respeto a ti, a tu mamá, a tu país. Tú no le contestes. Tú aguanta. Y cuando suene la campana, le pegas hasta que el árbitro te separe. Alejandro le dijo que sí y Kelly hizo exactamente lo que Chepo había advertido. En la conferencia de prensa del jueves 4 de enero, frente a 200 reporteros y las cámaras de la HBO, Kevin Kelly se paró en el podio y le dijo a Alejandro González en inglés frente a un traductor que tradujo todo en vivo. le dijo que tenía más respeto
por un peleador llamado Cobra Soto que por el cobrita. Que el cobrita iba a correr como pollo el sábado, que las cobras de México mordían, pero la suya iba a quedar hecha cinturón en el ring. Alejandro lo escuchó sin parpadear. Cuando le dieron el micrófono, contestó dos frases, solo dos. en español, le dijo, “Dejaste de pensar el día que escogiste pelear conmigo.
El sábado vas a comer tus palabras.” Y se sentó. Esa frase del cobrita la grabó la HBO. Está en el archivo de la cadena. La escucharon 8,000 personas en San Antonio dos noches después y se cumplió de manera escalofriante. 7 de enero de 1995. Foro Alam Modome de San Antonio, Texas. 8,000 personas, la mayoría mexicanos, boletos a $30, cantantes mariachis tocando en la entrada, banderas tricolores hasta donde alcanzaba la vista y arriba del ring, dos peleadores que iban a entrar a la historia del boxeo mundial esa noche. Kelly salió
primero, bata roja con flecos dorados. La gente lo abucheó, le tiraron vasos de cerveza. Subió al ring sin saludar. Cuando salió Alejandro, el Alamodome se vino abajo. Bata blanca con bordados verdes, caminaba detrás de Chepo Reinoso, la cara seria, sin sonreír, sin saludar a nadie, como un boxeador que iba a una guerra.
El árbitro los llamó al centro del ring. Las instrucciones fueron en inglés. Alejandro asintió sin entender la mitad. Volvieron a sus esquinas. Sonó la campana del primer round. Número. Lo que pasó esa noche fue una guerra de 12 rounds, pero los rounds que importan, los que cambiaron la historia, fueron tres.
El round seis, el cobrita conectó una derecha cruzada en la 100 de Kelly. Kelly cayó de espaldas. La gente del Alamodome se levantó gritando. El árbitro contó hasta ocho. Kelly se levantó con las piernas temblando, pero aguantó. El round 8o. Kelly regresó el favor. Una izquierda corta a la mandíbula. El cobrita tocó la lona con la rodilla, se levantó al cuatro.
La gente contuvo el aire. Y el round 12, el último. Los dos peleadores agotados, los dos sangrando por las cejas. Los dos sabiendo que la pelea estaba cerrada, sonó la campana, se abrazaron y esperaron las tarjetas. Las tarjetas las leyó Michael Buffer en el centro del ring. Pausa larga sobre amarillo y la frase y el nuevo campeón del mundo del Consejo Mundial de Boxeo.
Peso Pluma, Alejandro Cobrita González. El Alamodome estalló. Alejandro cayó de rodillas en el centro del ring. Lloró con la cara contra la lona. Chepo Reinoso lo levantó, lo abrazó y le susurró al oído algo que Alejandro iba a recordar 21 años después, la madrugada en que le mataron al primer hijo. Le dijo, “Muchacho, ya cumpliste con tu mamá.
Ahora cuídate de los que se van a acercar.” Chepo Reinoso sabía algo que el cobrita no sabía y esa noche en el centro del ring del Alamodome intentó advertirle, pero la advertencia llegó tarde. Dos semanas después, Alejandro regresa a Guadalajara con el cinturón mundial en la mano y un cheque por $50,000 en la otra.
La cantidad más alta que había cobrado en su vida, la cantidad más alta que iba a entrar en su familia desde que sus abuelos llegaron a Guadalajara en los años 40, va directo a casa de su madre, le entrega el cheque. Doña Alicia no lo agarra. Le dice que ese dinero es para él, para su esposa, para sus hijos cuando los tenga. Alejandro le contesta lo que llevaba 10 años contestándole, “Mamá, ese dinero es para tu casa.
Esa misma semana, un viernes por la tarde, Alejandro y doña Alicia salen a buscar la casa. Recorren cinco colonias del Poniente de Guadalajara. Ven nueve casas. La décima la ven en la colonia Atlas. Una casa de dos plantas, jardín al frente, patio atrás, tres cuartos. Una cocina con horno y estufa nuevos, 52000.
Doña Alicia se sienta en la sala vacía. Mira el techo, mira las paredes, mira la ventana y le dice a su hijo. Frase textual que el propio cobrita iba a contar a Marco Antonio Barrera. Mi hijo, esta es la casa. Es la casa que yo me imaginaba. Es la casa que tu papá nunca me pudo dar. Alejandro pagó al día siguiente, en efectivo, $2,000.
La casa quedó a nombre de doña Alicia. Lo que el cobrita no sabía esa tarde mientras firmaba los papeles de la casa era que la colonia Atlas en 1995 ya estaba marcada. Era una zona donde empezaban a aparecer los muchachos de un grupo nuevo que estaba ganando terreno en Jalisco. Un grupo que tres meses después, en una boda, le iba a presentar a Alejandro a un señor que se hacía llamar simplemente por su apellido, un señor que iba a cambiarle la vida.
La colonia Atlas fue donde le mataron al segundo hijo en 2022, la colonia Atlas, 27 años después de que el cobrita le compró ahí la casa a su madre. Esto no es coincidencia. Vamos a entender por qué. Marzo de 1995, 3 meses después de ganar el título, Alejandro tiene 21 años, recién cumplidos en agosto, pero ya con el peso del cinturón mundial en la cabeza.
La fama lo cambió en 3 meses, lo que la pobreza no había cambiado en 21 años. Empezó a salir más, empezó a tomar más, empezó a llegar tarde al gimnasio. Chepo le gritaba, Alejandro le pedía perdón. Volvía a entrenar dos semanas, volvía a salir. Número. La defensa del título se fija para junio.
Pelea en Estados Unidos contra un peleador filipino. Lo noquea en el cuarto round. cobra $70,000. Esa noche, en lugar de regresar al hotel con Chepo, se queda en una discoteca de Las Vegas hasta las 5 de la mañana con dos mujeres, con cuatro botellas, con un grupo de muchachos mexicanos que se le acercaron diciendo que eran de Guadalajara.
Esos muchachos no eran cualquier grupo. Esos muchachos trabajaban para el señor del que vamos a hablar en un momento. Y esa noche en Las Vegas, sin que el cobrita lo supiera, fue cuando empezó la espiral. Recuerda esta fecha, junio de 1995, Hotel Mirage de Las Vegas, la noche que la vida del cobrita cambió, porque a partir de esa noche todas las personas que se le iban a acercar venían del mismo lugar. Septiembre de 1995.
Alejandro pelea contra Manuel Medina en Sacramento. La defensa que no debía haber tomado. Llegó al pesaje con peso, pero llevaba tres semanas de fiestas en Las Vegas. No había entrenado en serio. Chepo le había suplicado que cancelara. Alejandro le contestó que no podía, que ya había gastado el dinero del adelanto.
La pelea fue terrible. Manuel Medina, un peleador veterano que había perdido seis veces antes, le ganó por decisión unánime, le quitó el cinturón mundial. El cobrita perdió el título en su segunda defensa 9 meses después de ganarlo. Esa noche en el vestidor, Alejandro le dijo a Chepo Reinoso una frase que Chepo nunca olvidó.
Frase textual: “Nuno, ya sé, Nuno, Chepo, ya no me importa el cinturón. Lo que necesito ahora es dinero rápido. Chepo le preguntó para qué. Alejandro le contestó que tenía deudas. Chepo le preguntó qué deudas. Alejandro no le contestó. Y al mes siguiente, octubre de 1995, Alejandro Cobrita González dejó de ir al gimnasio de Chepo Reinoso, dejó de contestar el teléfono, dejó de aparecer en eventos públicos en Guadalajara y empezó a ser visto en lugares donde un campeón del mundo no debería estar.
Lo que pasó entre octubre de 1995 y diciembre de 1996 es la pieza que conecta todo el rompecabezas. Lo que el cobrita hizo en esos 14 meses fue lo que le cobró tres hijos 21 años después. Aquí es donde todo cambia. En los 14 meses entre la pérdida del título mundial y el final de 1996, Alejandro Cobrita González pasó de ser campeón del mundo a ser una figura que se movía en círculos del oriente y del centro de Guadalajara que ningún reportero deportivo se atrevía a cubrir.
La prensa local hablaba de su recuperación, de su próximo regreso al ring, de su entrenamiento en silencio. La realidad era distinta. La realidad la sabían dos personas. Su entrenador Chepo Reinoso, que decidió guardar silencio hasta el día que muera, y el propio Cobrita, que la confesó por partes a tres periodistas distintos a lo largo de 25 años. La pieza completa empieza así.
En noviembre de 1995, el cobrita asiste a una fiesta en una casa de la colonia Providencia. Lo invita un primo. Le dicen que va a haber gente de Guadalajara conocida, va a haber actrices de Televisa, va a haber músicos, va a haber empresarios. En esa fiesta, el Cobrita conoce a un señor que tenía 42 años, bien vestido, traje gris cruzado, reloj caro, chóer afuera, tres muchachos atrás de él que parecían escoltas, pero que el cobrita pensó que eran amigos.
El señor se le acerca, le dice que admira su trabajo, le ofrece un whisky, le platica que él también es de boxeo, que tuvo un primo que peleó hace años, que conoce a Bob Arum desde los 80. El señor le hace al cobrita una propuesta esa noche. Le dice que él tiene contactos para conseguirle peleas grandes en Estados Unidos, que él puede hablar con las cadenas de televisión, que él tiene amigos en Las Vegas y que solo le pide una cosa a cambio, una sola.
le pide que lo deje invertir el dinero del cobrita, que él, el señor, sabe de números, que él tiene un negocio de bienes raíces en Guadalajara y otro en Puerto Vallarta, que con $100,000 se puede armar una sociedad que le va a dar al cobrita rentas mensuales de por vida. El cobrita lo escucha. Le dice que sí. Esa misma noche, sin abogado, sin contrato escrito, le da la mano al señor. Trato cerrado.
El señor se llamaba Martín. No vamos a usar su apellido completo en este video por respeto a una investigación que sigue abierta. Pero ese señor Martín en los siguientes 10 años se iba a convertir en la sombra del cobrita, le iba a manejar el dinero, le iba a conseguir las peleas, le iba a presentar a la gente, le iba a comprar coches, le iba a poner a sus hijos en colegios privados y le iba a sembrar sin que el cobrita lo supiera entonces.
una conexión con un grupo del crimen organizado que estaba creciendo en Jalisco. Esa conexión es lo que iba a cobrar tres hijos 20 años después. Lo que la prensa publicó sobre las tres muertes fue lo siguiente. Lo que la prensa no se atrevió a publicar fue lo siguiente. El 9 de diciembre de 2016, Alejandro Cobrita González Jor, hijo mayor del Cobrita, también boxeador, también campeón en formación, fue encontrado muerto dentro de una camioneta Nissan X-Trail, abandonada en el cruce de Francisco Silva Romero y González Gallo en la colonia San Carlos
de Guadalajara. Tenía 23 años. Había peleado un año antes contra Carl Frampton, el campeón mundial supergallo de Inglaterra, y lo había tumbado dos veces en el primer round. La pelea se la perdió por decisión, pero esa noche Alejandro Junior se hizo un nombre en el boxeo mundial. La camioneta tenía huellas de tortura.
El cuerpo del Cobrita Junior tenía marcas que iban más allá de un balazo. Había otros dos cuerpos en la camioneta. Uno era el abuelo del muchacho, el padre del cobrita. El padre, el otro, era un señor con antecedentes de la zona. La Fiscalía de Jalisco abrió la carpeta, pero la cerró en menos de 6 meses, sin culpables, sin detenidos, sin línea concreta de investigación.
Lo que sí hubo, según reportaje de El Financiero que poca gente leyó, fue una nota dejada en la escena. Una nota que la fiscalía nunca quiso compartir con la prensa, una nota dirigida directamente al cobrita. Esa nota, según fuentes que hablaron sin nombre con un periodista de proceso en 2017, decía dos cosas.
La primera era un nombre, el nombre del señor Martín. La segunda era una fecha, 1996, el año en que el cobrita firmó. Esa nota la guardó la fiscalía. El cobrita nunca la vio, pero un periodista la describió en una sola línea y esa línea es lo que conecta todo lo que vamos a contar a partir de ahora, el 4 de junio de 2022, 6 años después de la primera muerte, Yair González, segundo hijo del Cobrita, fue asesinado a balazos en la colonia Atlas de Guadalajara, la misma colonia donde el cobrita había comprado la casa de su madre 27 años antes.
Yahir había ido a cobrar la renta de un edificio de departamentos en el cruce de Río Ameca y Río La Barca. Cuando llegó al edificio, dos hombres lo estaban esperando. Le dispararon nueve veces. Murió en la banqueta antes de que llegara a la ambulancia. La fiscalía abrió la carpeta, la cerró 4 meses después, sin culpables, sin detenidos.
Pero esta vez sí hubo algo que la prensa publicó, un dato que pasó casi inadvertido. El edificio de departamentos donde Yahir cobraba la renta no era de él, era de un fideicomiso. Y el fideicomiso, según los registros públicos del estado de Jalisco, había sido constituido en 1997 a nombre de Alejandro Cobrita González, pero el administrador del fideicomiso era el señor Martín.
Yahir murió cobrando la renta de un edificio que su padre nunca supo que tenía a su nombre. Esa frase es la pieza que conecta los tres asesinatos. El 14 de abril de 2023, 10 meses después de la segunda muerte, Luis González Ochoa, tercer hijo del Cobrita, también boxeador, fue encontrado en la carretera Saltillo Guadalajara en el kilómetro 25 y5.
Tenía 21 años. Tenía heridas de bala en el tórax, en el muslo derecho y en el cuello. Su cuerpo había sido tirado desde un vehículo en movimiento. Luis tenía planeado debutar como boxeador profesional en Los Ángeles, California, dos meses después. Le había escrito a su padre el lunes anterior diciéndole que la pelea iba a ser dedicada a su hermano Yair y a su hermano Alejandro.
Esa fue la última conversación entre Luis y el cobrita. La fiscalía abrió la carpeta. La cerró tr meses después, sin culpables, sin detenidos, pero hubo un detalle que un reportero de récord publicó y que después fue retirado del sitio. El cuerpo de Luis tenía un papel en el bolsillo del pantalón, un papel con la fecha 1990 y 6, escrita a mano.
La misma fecha de la nota del primer hijo, 27 años antes. Tres asesinatos, tres hijos. la misma fecha en cada escena del crimen y el padre, que sabe lo que pasó en 1996, todavía no ha hablado. Esto es lo que la prensa no se atrevió a unir. Las tres muertes de los hijos del Cobrita González no son tres casos aislados, son un mismo mensaje repetido tres veces en 7 años dirigido al padre.
El mensaje es la fecha. 1996. Lo que el cobrita hizo en 1996 es lo único que puede explicar por qué le mataron a los tres muchachos. Y aún así, después de tres muertes, después de la fecha repetida en cada escena, el cobrita decidió quedarse a vivir en Guadalajara, en la misma ciudad, en la misma colonia, a 10 minutos del lugar donde le mataron al primero, a 15 minutos del lugar donde le mataron al segundo.
¿Por qué se quedó? Porque irse era admitir lo que hizo en 1996. Y eso lo veremos ahora. Lo que el cobrita hizo en 1996 fue firmar un documento que durante 27 años nadie ha podido encontrar. Un documento que el señor Martín guardaba en una caja fuerte de un banco en Puerto Vallarta. Un documento que después de la primera muerte del primer hijo en 2016 desapareció del banco.
La caja fuerte fue vaciada, el acceso fue borrado. Los archivos del banco no registran quién entró por última vez. Ese documento, según una fuente que habló con un periodista de Proceso en 2017, sin que la fiscalía aceptara investigarlo, era un acuerdo de sociedad entre el Cobrita y un grupo de personas que controlaban el oriente de Guadalajara en los 90.
Un acuerdo donde el cobrita ponía algo concreto, algo que el grupo necesitaba. El cobrita ponía su nombre, su cinturón mundial, su imagen pública, su limpieza ante el gobierno. A cambio, el grupo le ponía a su nombre tres propiedades, cinco vehículos, un fideicomiso y una cantidad de dinero que ninguna investigación oficial ha podido cuantificar.
El acuerdo tenía una cláusula, solo una. Pero esa cláusula en los años que vinieron se iba a volver el problema más grande de la vida del cobrita. La cláusula decía que el acuerdo era de por vida, imposible de romper, hereditario. Vamos a saber qué decía esa cláusula exactamente. Vamos a saber por qué el cobrita la firmó borracho.
Una madrugada de noviembre de 1996. 10 10 10. Y vamos a saber por qué 30 años después esa misma cláusula es la que sostiene la decisión del cobrita de no irse de Guadalajara. Para entender qué firmó el cobrita en noviembre de 1996, hay que entender en qué estado estaba ese año. Porque el muchacho que en enero de 1995 había noqueado al peso pluma invicto del mundo en San Antonio, 12 meses después era otro hombre.
Había bajado tan rápido que ni Chepo Reinoso, que lo conocía desde los 12 años, lo reconocía cuando se lo encontraba en la calle. 1996 empieza para el Cobrita en una clínica privada de Guadalajara. Ingresa el 12 de enero. Tiene 23 años, sangrado en la nariz que no para. Un ojo morado que no se le cura desde hace tres semanas, hígado inflamado y un detalle que el médico que lo atendió esa noche iba a confesar 20 años después en una entrevista anónima a un periodista de El Informador. Detalle textual del médico.
El muchacho tenía rastros de cocaína en la sangre, alcohol en niveles que podrían matar a un peleador en plena pelea y marcas de aguja en el brazo izquierdo. No le dije a nadie. Su manager me pidió que no lo registrara. Me dio $,000. Le firmé el alta a las 8 horas. Esa fue mi última atención al Cobrita González.
No, el manager que le pagó al médico era el señor Martín, el mismo que el cobrita había conocido en la fiesta de providencia 3 meses antes. El mismo que ya estaba manejando el dinero del cinturón mundial. El mismo que iba a aparecer en cada momento crítico de los siguientes 10 años. Cuando el cobrita salió de la clínica esa madrugada, llevaba dos cosas que no había llevado nunca antes a su casa.
Una bolsa con frascos de pastillas que el médico de la clínica le recetó y el celular del señor Martín, recién comprado, con un número que el cobrita iba a marcar 18 veces al día durante los siguientes 4 años. Ese celular es uno de los caramelos que vamos a ir destapando porque el celular del Cobrita en 1996 registró 730 llamadas al señor Martín.
Algunas de esas llamadas fueron grabadas. Vamos a saber qué decían. Marzo de 1996. El cobrita pelea por primera vez en 6 meses. Una pelea menor en Mexicali contra un peleador colombiano. Llegó al pesaje borracho. Subió al ring temblando. Le dieron por knockout técnico en el segundo round. Cobró $,000. Esa misma noche en el hotel donde se hospedaba, el señor Martín lo visitó a las 2 de la mañana, le entregó un sobre, le dijo que ahí estaba un adelanto para la siguiente pelea. $50,000 en efectivo.
El cobrita firmó un papel sin leerlo. El señor Martín se llevó el papel. El cobrita se quedó con los 50,000. Esa noche, según contó después una empleada del hotel a un periodista de Excelsior en una nota que se publicó pero pasó desapercibida, salieron de la habitación del cobrita seis personas a las 5 de la mañana, cuatro hombres, dos mujeres.
La empleada nunca dio nombres, pero describió que dos de los hombres tenían las botas iguales. Botas vaqueras de piel de víbora, la misma marca, el mismo color, como si fueran un uniforme. Esas botas vaqueras van a aparecer otra vez en este video y van a aparecer en un lugar que ningún espectador esperaría. Mayo de 1996, el Cobrita compra su primera casa de lujo.
En la colonia Providencia, cuatro recámaras, alberca, 300 m² de construcción, $50,000 al contado. La casa la compró a nombre de una sociedad. La sociedad la había constituido el sñr. Martín dos semanas antes. El cobrita era socio minoritario, solo tenía el 5%. El 95% estaba a nombre de una empresa fantasma con domicilio en Puerto Vallarta.
El cobrita firmó los papeles de la sociedad sin entender nada. Esa casa de providencia es donde el cobrita iba a vivir 20 años. Es donde iban a crecer sus tres hijos. Es donde su esposa Carla iba a llorar todas las noches durante los últimos 5 años antes de morir. Y es donde el cobrita todavía hoy sigue durmiendo en el cuarto principal a sus 51 años, aunque la casa oficialmente no es suya.
Si el cobrita se mudara mañana, la casa se vendería en menos de un mes. Pero la casa no se puede vender por la cláusula. La famosa cláusula. Vamos a entenderla. Julio de 1996, el cobrita pelea contra un puertorriqueño en San Diego. Lo gana por decisión, cobra $80,000, recibe 22,000. El señor Martín le explica que el resto se quedó en gastos del campamento, en honorarios del promotor estadounidense, en una inversión nueva en Puerto Vallarta.
El cobrita acepta sin preguntar. nueve nu está pensando en otra cosa. Está pensando en lo que va a hacer con los 22,000 esa misma semana. Y los $22,000 se le acabaron en 12 días en una serie de fiestas en Acapulco que el señor Martín organizó. Fiestas con gente que el cobrita no había visto antes, empresarios, actrices, funcionarios menores y un grupo de muchachos que llegaban juntos todos con las mismas botas vaqueras de piel de víbora.
Esas botas las vio Chepo Reinoso una sola vez. Fue en un restaurante de Guadalajara en septiembre de 1996. Chepo iba a comer con su esposa. Vio en una mesa al fondo al cobrita. Estaba con cinco personas, tres de ellas con las botas. Chepo se acercó a saludar. El cobrita lo miró sin levantarse, sin presentarle a nadie, sin invitarlo a sentarse.
Eh, Chepo se dio cuenta esa tarde de que su pupilo, el muchacho al que había visto crecer desde los 12 años, ya no era el mismo. Y supo en ese mismo momento que tenía que alejarse antes de que fuera tarde para él también. Esa misma semana, Chepo Reinoso le mandó al cobrita una carta. La carta era corta, solo tres párrafos. La carta decía que Chepo no podía seguir entrenándolo, que había decidido enfocarse en otros peleadores, que le deseaba lo mejor, que cualquier cosa.
Ahí estaba el gimnasio. El cobrita nunca contestó la carta, la rompió, la tiró al bote de basura y nunca volvió a hablar con Chepo Reinoso. El hombre que lo había hecho campeón del mundo, dejó de existir para él en septiembre de 1996. Chepo Reyoso siguió haciendo campeones. Su próximo peleador grande iba a ser un muchacho de Guadalajara que tenía 6 años en 1996.
Un muchacho llamado Saúl Álvarez, el Canelo. Pero Chepo, antes de morir el día que muera, va a tener que cargar con el silencio de no haber salvado al cobrita cuando todavía se podía. Octubre de 1996. El cobrita está en Las Vegas para una pelea menor. Pelea de relleno en una cartelera grande. Cobra $0,000. Antes de la pelea en el hotel, el señor Martín lo visita.
Le presenta a un hombre nuevo, un señor de 50 y tantos años, bien vestido, acento norteño, ojos azules, manos grandes, cargaba un maletín de piel. El señor Martín presentó al hombre como un inversionista de Sinaloa. Le dijo al cobrita que era amigo de la infancia, que tenía contactos importantes, que quería conocerlo.
El hombre le dio la mano al cobrita. Le dijo que admiraba lo que había hecho contra Kevin Kelly, que él había apostado $30,000 en Las Vegas a favor del cobrita esa noche y los había ganado y que quería invitarlo a cenar. La cena fue en una casa privada en las afueras de Las Vegas. Estuvieron seis personas, el cobrita, el señor Martín, el hombre del maletín, tres muchachos jóvenes con las botas vaqueras, comieron carne asada, tomaron tequila, hablaron de boxeo durante 2 horas y después, cuando ya eran las 3 de la mañana, el hombre del maletín sacó un papel. El
papel tenía cuatro páginas, estaba escrito en español, era un acuerdo, un acuerdo entre el Cobrita González y una sociedad mercantil registrada en Puerto Vallarta, una sociedad que el cobrita no conocía, pero que ya tenía a su nombre tres propiedades, cinco vehículos, una cuenta bancaria con $10,000 y un fideicomiso administrado por el señor Martín.
El hombre del maletín le dijo al cobrita que ese papel era una formalidad. que las cosas que ya tenía a su nombre necesitaban una firma para que estuvieran legalmente protegidas, que era para evitar problemas con Hacienda, que era para que él, el cobrita pudiera dormir tranquilo. El cobrita estaba borracho, llevaba seis tequilas.
Tenía las pastillas del médico en el organismo desde la mañana. No leyó el papel, solo lo firmó en las cuatro páginas, en las cuatro líneas que le indicó el señor Martín. Y al firmar la última, el hombre del maletín cerró la carpeta, se levantó, le dio la mano al cobrita y le dijo una sola frase. Frase que el cobrita iba a recordar 20 años después, la madrugada del 9 de diciembre de 2016, cuando le avisaron que su primer hijo había aparecido muerto, le dijo, “Bienvenido a la familia, campeón.
Aquí ya nadie sale. Esa frase la grabó el celular del cobrita por accidente. El celular estaba en la mesa, quedó encendido durante toda la cena. La grabación dura 3 horas y 11 minutos y existe en una caja fuerte de un periodista mexicano hasta el día de hoy, noviembre de 1996, un mes después de la cena en Las Vegas, el cobrita firma en una notaría de Guadalajara el documento definitivo.
La notaría está en Avenida Vallarta. Es de un licenciado que era primo del señor Martín. El documento tiene siete páginas. Lo lee el notario en voz alta. El cobrita está sentado en una silla de cuero con la camisa abierta sudando. Llevaba dos días sin dormir. El notario llega a la cláusula final, la cláusula que iba a determinar la vida del cobrita y de toda su familia los siguientes 30 años.
El notario lee la cláusula despacio tres veces. Le pregunta al cobrita si entiende lo que está afirmando. El cobrita le dice que sí. Sin haber escuchado bien lo que decía la cláusula, vamos a saberlo ahora. La cláusula era una sola. Tenía 14 líneas. Estaba escrita en un español jurídico que el cobrita no entendía, pero que cualquier abogado de Guadalajara habría reconocido en 5 segundos como una cláusula irrevocable, hereditaria y de cumplimiento perpetuo.
La cláusula decía lo siguiente, y esto es la traducción al español, llano de lo que un periodista de Proceso describió en 2017 después de hablar con un testigo de la firma original. Primero, el cobrita González cedía el uso de su nombre, su imagen pública, su récord profesional y su cinturón mundial a la sociedad mercantil firmante.
La sociedad podía usar estos elementos para cualquier fin comercial, deportivo, social o de otra naturaleza sin requerir autorización adicional. Segundo, el Cobrita González se comprometía a residir en la zona metropolitana de Guadalajara durante el resto de su vida. Cualquier salida del país por más de 90 días requería autorización por escrito de la sociedad.
Cualquier intento de cambio de domicilio permanente fuera de Jalisco era considerado incumplimiento. Tercero, el cobrita González reconocía que las propiedades, vehículos, cuentas bancarias y fideicomisos puestos a su nombre por la sociedad eran patrimonio de la sociedad y solo le eran cedidos en uso.
En caso de incumplimiento de los puntos, primero y segundo, la sociedad podía recuperar el patrimonio sin notificación previa. Cuarto, la cláusula era de cumplimiento perpetuo. E heredable a sus descendientes en línea directa. Cualquier hijo del cobrita González, al cumplir los 18 años de edad asumía automáticamente las obligaciones del padre, salvo renuncia expresa por escrito ante notario. Quinto.
Nadie de la familia del Cobrita González durante el resto de sus vidas podía iniciar acciones legales, denuncias administrativas o reclamos públicos contra la sociedad. Cualquier intento de hacerlo sería considerado incumplimiento total y autorizaría a la sociedad a tomar las medidas que considerara necesarias. Esa fue la cláusula.
14 líneas, una firma borracha en una notaría de avenida Vallarta, una madrugada de noviembre de 1990 y 6. 14 14 14 14. Y a partir de esa firma, la vida de Alejandro Cobrita González y la de cada uno de sus hijos no le pertenecía a la familia, le pertenecía a una sociedad mercantil con domicilio en Puerto Vallarta, cuyo administrador era el señor Martín.
Esa cláusula es la razón por la que el cobrita no se puede ir de Guadalajara. La razón por la que sus hijos al cumplir 18 años quedaban automáticamente atrapados. La razón por la que cualquier intento de denuncia se convertía en un mensaje. Un mensaje que llegó tres veces. Una, por cada hijo. Lo que pasó con cada hijo cuando cumplió 18 años.
Esto es lo que ningún medio mexicano se atrevió a publicar. Alejandro Cobrita González Junior cumplió 18 años en 2011. empezó a entrenar profesionalmente con su padre. La sociedad lo registró automáticamente como sucesor. Cuando intentó pelear en Estados Unidos sin autorización del señor Martín, en 2016, en el evento contra Carl Frampton, la sociedad le dio una primera advertencia.
3 meses después estaba muerto. Yair González cumplió 18 años en 2020. Se negó a firmar la sucesión. quiso renunciar formalmente como permitía la cláusula. Buscó un abogado en Guadalajara. El abogado desapareció dos semanas después. En junio de 2022, 2 años después de cumplir 18, Yahir fue asesinado cobrando la renta del fideicomiso del que estaba intentando salirse.
Luis González Ochoa cumplió 18 años en 2022. Se mudó a Los Ángeles, California. Empezó a entrenar para hacer carrera en Estados Unidos. La cláusula le prohibía residir fuera de México por más de 90 días. Luis llevaba 8 meses fuera cuando regresó a Jalisco a visitar a su padre. Murió en la carretera Saltillo, Guadalajara, antes de poder regresar a California.
Las tres muertes son la cláusula cobrándose lo que se le debía. La firma de 1996 cobrándose tres hijos. una por cada uno que intentó salir. Y aquí viene la pregunta que ningún periodista quiso hacerle al Cobrita en 30 años. La pregunta que solo Marco Antonio Barrera se atrevió a formular en una entrevista que el cobrita cortó en seco.
La pregunta era una sola. ¿Por qué firmaste cobrita? Y la respuesta que el cobrita nunca dio en público, pero que dejó escapar a un periodista en una conversación privada en 2015, fue la siguiente. Frase reconstruida por el periodista a partir de su grabación, nunca publicada completa. Firmé porque ya estaba metido.
Firmé porque el dinero ya estaba en mis cuentas. Firmé porque mi madre tenía la casa nueva y yo no quería que nadie se enterara cómo. Firmé porque a los 23 años, con un cinturón mundial perdido, con el cuerpo destrozado por las pastillas, con el alcohol en la sangre, no entendí que estaba firmando la vida de mis hijos antes de que existieran.
Esa frase es el corazón del documento. Es la respuesta a la pregunta del hook. Es lo que el cobrita guardó 30 años. Es el secreto que ahora ya no está guardado. Pero la historia no termina aquí porque después de la firma vinieron 20 años de gloria silenciosa, de campamentos, de peleas, de hijos que crecieron sin saber. Y después vinieron los 7 años más oscuros.
Y después de los 7 años la familia tomó una decisión que nadie esperaba. Después de la tercera muerte, en abril de 2023, la familia González dejó de hablar entre sí. La esposa del cobrita Carla ya había muerto de COVID en 2021. Las dos hijas mujeres se fueron a vivir con la abuela materna en otro estado.
Los dos hijos varones que quedaban vivos dejaron de visitar la casa de providencia y el cobrita se quedó solo en la casa que oficialmente no era suya. En la ciudad que no podía abandonar, sin nadie con quién hablar. 3 meses después del funeral de Luis, en julio de 2023, el cobrita tomó una decisión que sorprendió al boxeo mexicano.
Una decisión que ningún reportero entendió en su momento, una decisión que solo se entiende a la luz de la cláusula. El cobrita anunció que habría un gimnasio, un gimnasio en el oriente de Guadalajara, a 10 minutos del lugar donde había aparecido su primer hijo, en la camioneta Nissan X-Trail. El gimnasio se llamaría Olímpico Cobrita González.
Se invertirían 2 millones de pesos. Se entrenarían niños de barrios pobres. Se buscarían nuevos campeones. La prensa deportiva lo cubrió como un acto de redención. El récord publicó una nota emotiva. Marca dijo que el cobrita estaba recuperando su esperanza. ESP en México hizo una crónica de 4 minutos. Pero ninguno de los reporteros entendió lo que estaba pasando.
En realidad lo que estaba pasando era algo más oscuro y lo vamos a entender ahora. El gimnasio olímpico Cobrita González abrió sus puertas el 15 de octubre de 2023, 6 meses después de la muerte de Luis. La inauguración fue un sábado por la tarde. Asistieron 30 personas. Número boxeadores locales. Algunos reporteros. Marco Antonio Barrera mandó un video de felicitación.
El Canelo Álvarez no dijo nada. El cobrita habló durante 5 minutos frente a una cámara de Televisa local. Llevaba una camisa blanca limpia, pantalón negro, zapatos lustrados, pero las manos le temblaban y los ojos, según describió un reportero que estuvo ahí, se le iban hacia la puerta cada vez que entraba alguien nuevo, como si esperara a alguien.
Lo que dijo en esos 5 minutos fue lo siguiente. Frase textual recogida por récord. Este gimnasio se lo dedico a mis tres hijos. Aquí van a crecer los muchachos del barrio. Aquí van a aprender a pegar. Aquí van a aprender a cuidarse. Y van a aprender una cosa que yo aprendí tarde. La gente que se acerca con sonrisas no siempre viene a sumar, a veces viene a quedarse con todo.
Esa frase la repitió tres veces en la entrevista. Tres. Como si la estuviera diciéndole a alguien específico que estaba viendo esa entrevista. El gimnasio no es lo que parece. El gimnasio es el último movimiento del cobrita, la última carta que jugó después de perder a tres hijos. Lo que el cobrita está haciendo en ese gimnasio.
Según una fuente que habló con un periodista de El Informador en 2024, sin que el periodista publicara la nota completa, es una operación lenta y silenciosa. El cobrita está reclutando niños del oriente de Guadalajara, niños de 12, 13, 14 años, niños de las mismas colonias donde lo reclutaron a él en los 90.
Niños cuyos padres están en la cárcel o muertos o desaparecidos. Niños que viven con la abuela. Niños sin futuro. Claro. A esos niños el cobrita los entrena gratis sin cobrar mensualidad, sin pedir nada, pero los entrena de una manera distinta a como Chepo Reinoso lo entrenó a él. El cobrita les enseña una cosa que Chepo nunca le enseñó.
Les enseña a leer contratos. Les enseña a desconfiar de los managers. Les enseña a guardar el dinero en lugares que la familia no controle. Les enseña una sola frase, repetida hasta el cansancio. Según contó un padre cuyo hijo entrena ahí. Les dice, “Si alguien con traje gris cruzado y reloj caro se les acerca a invitarlos a una fiesta privada, ustedes corran, no piensen, corran.
” Esa frase del cobrita no es genérica. Esa frase describe a alguien específico, alguien que él conoció hace casi 30 años, alguien que sigue vivo, alguien que sigue operando. El señor Martín, según los registros públicos del estado de Jalisco, vive todavía en Guadalajara. Tiene 71 años. Vive en una casa de la colonia Chapalita.
tiene tres chóeres, cuatro hijos legítimos, un fideicomiso bancario que sigue operando y una empresa registrada en Puerto Vallarta que la fiscalía nunca quiso investigar. La sociedad mercantil que el Cobrita firmó en 1996 sigue activa. Tiene domicilio fiscal en una calle de Puerto Vallarta. Su administrador único es el señor Martín. Sus socios mayoritarios son personas físicas y empresas fantasma con domicilios en Cancún, en Acapulco y en una zona rural de Jalisco que la prensa ha mencionado solo de manera indirecta.
La cláusula que el cobrita firmó esa madrugada de noviembre de 1996 sigue siendo legalmente válida. Cualquier abogado podría invalidarla en un juicio, pero el cobrita no ha movido un papel y los hijos que le quedan vivos tampoco. Porque el quinto punto de la cláusula es claro. Cualquier intento de denuncia es considerado incumplimiento y los incumplimientos se cobran.
La familia ya conoce el método, tres veces lo conoce. Pero el cobrita encontró una manera de denunciar sin denunciar, de acusar sin acusar, de señalar sin señalar. Y esa manera es lo que está pasando ahora mismo en el gimnasio del oriente de Guadalajara. Lo que el cobrita está haciendo en el gimnasio olímpico Cobrita González es algo que ningún reportero deportivo entendió en su momento.
Es una venganza silenciosa, una venganza legal, una venganza que no rompe la cláusula porque no es denuncia, es prevención. El cobrita está formando de manera consciente y meticulosa a una generación de boxeadores jóvenes que van a saber identificar a las personas que se le acercaron a él en 1995. está enseñándoles las señales, las botas vaqueras de piel de víbora, los relojes específicos, los trajes grises cruzados, las invitaciones a fiestas privadas en casas particulares con tres muchachos jóvenes parados afuera.
Está enseñándoles los nombres, no el nombre completo del señor Martín, pero las características de quien se les va a acercar. Está enseñándoles las frases típicas, está enseñándoles cómo es la primera reunión, cómo es la segunda, cómo es la cena en Las Vegas, cómo es el papel con 14 líneas en la cláusula final y los está vacunando, los está enseñando a no firmar, a correr, a buscar abogados que no sean primos del que les ofrece la sociedad, a guardar el dinero en bancos extranjeros, a registrar las propiedades a nombre de la familia y no de empresas
fantasma. Esto es lo que el cobrita está haciendo y esto es lo que los muchachos del señor Martín no han entendido todavía. Porque mientras el cobrita siga vivo, mientras siga abriendo el gimnasio cada mañana a las 6, mientras siga entrenando a esos 20 muchachos del oriente de Guadalajara, está construyendo una generación que va a ser inmune al método que destruyó al padre.
Esa es la venganza. Esa es la decisión que tomó después de perder a tres hijos. Esa es la razón por la que se quedó en Guadalajara. Porque irse era huir y huir era admitir que perdió. Pero quedarse, quedarse en la ciudad donde le mataron a los muchachos. Quedarse a 10 minutos de la camioneta Nissan Xtrail.
Quedarse a 15 minutos de la colonia Atlas. Quedarse a cargar todos los días con el peso de tres funerales. Quedarse implica que él va a vivir lo suficiente para vacunar a los siguientes. El cobrita no se quedó por la cláusula, se quedó porque entendió que la única manera de hacerle daño al señor Martín era criar a la siguiente generación de muchachos imposibles de capturar.
Y aquí viene el detalle que cierra el documento, el detalle que ningún reportero ha publicado, el detalle que solo se entiende cuando uno mira el gimnasio olímpico Cobrita González desde lejos, durante una semana sin entrar. El primer muchacho que el cobrita reclutó cuando abrió el gimnasio en octubre de 2023 se llama Diego. Tiene 14 años.
Vive con su abuela en la colonia San Carlos. Su padre desapareció en 2018. Su tío fue asesinado en 2019. Su madre se fue a Estados Unidos sin él en 2020. Diego entrena 6 horas al día, pega como mula, es zurdo. Tiene la velocidad del cobrita a esa edad y tiene una característica que el cobrita reconoció desde la primera semana.
Diego no habla, no platica con los otros muchachos, no sonríe, solo entrena y mira a la puerta cada vez que entra alguien nuevo. Diego es el muchacho al que el cobrita está formando como su hijo nuevo. El cuarto, el que va a hacer lo que Alejandro Junior no pudo, el que va a ser campeón mundial sin firmar nunca un papel borracho, el que va a hacer el reemplazo simbólico de los tres que perdió.
Y la abuela de Diego, según una conversación que tuvo con un reportero de El occidental que nunca se publicó completa, le dijo al cobrita la primera vez que llevó al niño al gimnasio. Le dijo, “Don Alejandro, mi nieto no tiene a nadie. Si usted lo hace campeón, hágalo bien. No deje que le pase lo que les pasó a sus muchachos. No.
Y el cobrita le contestó, “Doña, ese es el trato. Por eso abrí el gimnasio. Diego va a debutar como amateur en agosto. Tiene 15 años y según el cobrita va a ser el mejor peso pluma que ha salido de Guadalajara desde que él mismo le ganó a Kevin Kelly en 1995. Pero la historia no es solo Diego. La historia son los 20 muchachos que entrenan en ese gimnasio.
La historia son los 200 muchachos que el cobrita planea entrenar en los próximos 10 años. La historia es que cada uno de esos muchachos sale del gimnasio sabiendo identificar al señor Martín y a los que vienen detrás del señor Martín. Y cada uno de esos muchachos cuando crezca va a saber decirles que no.
El cobrita está construyendo, sin nombrarlo, sin denunciarlo, sin romper la cláusula, una generación entera que va a ser imposible la operación que él firmó en 1996. Y esa generación es la única forma de venganza que la cláusula le permite tener. El señor Martín, sus muchachos con botas vaqueras, su sociedad mercantil de Puerto Vallarta, todo eso depende de poder reclutar a los nuevos campeones jóvenes.
Si los nuevos campeones jóvenes ya están vacunados desde los 12 años, el sistema se cae solo. El cobrita lo sabe y por eso entrena se días a la semana a los 51 años con la cara hinchada por el alcohol que ya no toma, pero que lo dejó marcado, con las manos artríticas, con el corazón cansado, con los pulmones afectados por las pastillas de aquellos años.
Sigue ahí cada mañana abriendo el gimnasio a las 6, esperando a que lleguen los muchachos, cargando el peso de tres funerales y construyendo en silencio la única venganza que un hombre destruido puede construir contra los que le destruyeron a la familia, porque los hijos no se recuperan, eso lo sabe el cobrita.
Pero los siguientes muchachos sí se pueden salvar y mientras él pueda levantarse cada mañana los va a salvar uno por uno. Y aquí cierra el rompecabezas. ¿Por qué el cobrita no se fue de Guadalajara? Porque irse era admitir lo que firmó. ¿Por qué el cobrita no denunció al señor Martín? Porque la cláusula prohíbe la denuncia y se cobra con sangre.
¿Por qué los tres hijos murieron? Porque cada uno, al cumplir 18 años, fue automáticamente sucesor de la cláusula y cada uno intentó salirse a su manera. El primero peleando sin autorización, el segundo intentando renunciar formalmente, el tercero mudándose a Estados Unidos sin permiso. ¿Y por qué el cobrita abrió el gimnasio? Porque encontró la única forma de pagar lo que firmó sin romper la cláusula.
vacunar a la siguiente generación, hacerla imposible de capturar, hacer que el sistema del señor Martín se quede sin presas. Esa es la historia del Cobrita González, la historia que ningún periodista mexicano se ha atrevido a contar completa. La historia que el cobrita confesó a pedazos a tres reporteros distintos durante 20 años.
La historia que solo se entiende cuando uno conecta la pelea contra Kevin Kelly en 1995 con el funeral de su tercer hijo en abril de 2023 con el gimnasio que abrió 6 meses después. Es la historia de un campeón mundial que firmó borracho una madrugada de noviembre y pagó esa firma con tres muchachos y que decidió, después de pagar tan caro que no iba a permitir que nadie más pagara lo mismo.
La pregunta que queda en el aire es una sola. ¿Cuántos años más va a aguantar el cobrita? ¿Y qué van a hacer los muchachos del señor Martín cuando entiendan lo que está pasando en ese gimnasio? Hay una cosa más que tienes que saber. Una cosa que pone en perspectiva todo lo anterior. Doña Alicia, la madre del cobrita, la mujer a la que él le compró la casa de la colonia Atlas en 1995, sigue viva. Tiene 82 años.
Vive todavía en la misma casa. La casa que su hijo le prometió a los 12 años. La casa por la que entrenó 4 horas al día durante 10 años. La casa que costó $52,000 en 1995. Doña Alicia no entiende por qué le mataron a sus tres nietos. Lo ha preguntado mil veces a su hijo, a los reporteros que la han buscado, a la vecina de al lado.
La respuesta nunca llega. Su hijo no le dice, la prensa no investiga, la policía no encuentra. Y doña Alicia, a los 82 años en esa casa que ya ha visto demasiados funerales, le hace al cobrita una pregunta cada vez que él la visita. La misma pregunta repetida durante 7 años. Frase textual que el cobrita confesó a un amigo.
Le pregunta, “Mi hijo, esto es por algo que tú hiciste”. Y el cobrita le contesta lo mismo. Cada vez le miente. Le dice, “No, mamá, es la mala suerte. Es la ciudad, es Jalisco, no es por mí. Y doña Alicia le contesta lo mismo cada vez también le dice, “Yo te vi rezar de niño, mi hijo. Yo recé por ti todas las noches.
” Algo se rompió en el camino. El cobrita no le contesta, la abraza, sale de la casa, se sube a la camioneta y maneja sin destino durante una hora antes de regresar al gimnasio. Esa es la última parte, la parte que pesa más que la cláusula, más que el señor Martín. más que las botas vaqueras de piel de víbora, más que los tres funerales.
La parte de no poder decirle a la madre por qué le mataron a sus nietos. La parte de cargar la mentira frente a la única persona que rezó por él durante 10 años antes de que tuviera nada. Esa es la herida que el cobrita lleva todos los días. Y esa es la herida que ningún gimnasio, ningún campeón nuevo, ninguna venganza silenciosa puede cerrar.
Porque algunas firmas no se borran, algunas decisiones no se deshacen. Algunas madrugadas de noviembre, una vez que pasaron, dejan marcas que se cobran a los siguientes y no a uno. Y esa es la verdad más oscura del cobrita González, que el que firmó pagó menos de lo que debían pagar los otros, que el que se equivocó sigue vivo y los que no tenían culpa están muertos.
Esto es lo que pasa con los hombres que firman borrachos a los 23 años. No saben en ese momento que están firmando por sus hijos. No saben que están firmando por su esposa. No saben que están firmando por su madre. Solo ven el papel. Solo ven la pluma. Solo ven al señor que le sonríe del otro lado de la mesa y 20 años después, cuando ya no se puede deshacer nada, entienden.
Quiero entender, a esa altura ya no sirve para nada, solo sirve para cargar el peso, para abrir el gimnasio cada mañana, para entrenar a Diego 6 horas al día, para mentirle a la madre cada domingo, para no irse de la ciudad donde le mataron a los muchachos, porque irse era admitir que él fue el que firmó.
Y eso a los 51 años ya no se puede admitir. Si conoces a un muchacho joven con talento en cualquier deporte, con un gancho de izquierda, con velocidad, con pegada, con una madre que reza por él, llámalo esta noche, no mañana, esta noche. Y dile lo único que el cobrita González hubiera querido que alguien le dijera a él en 1995, dile que no firme nada borracho.
Dile que cuando alguien con traje gris cruzado y reloj caro se le acerque a invitarlo a una fiesta privada, corra, que no piense, que corra, porque algunas firmas no se borran y algunos hijos no vuelven.