Los fines de semana los pasaba en Arenas Pequeñas de Jalisco, Mazatlán. La costa. Nadie sabía que era el hijo del rayo de Jalisco. Nadie, salvo los que inevitablemente se enteraban porque en el mundo de la lucha libre los secretos duran poco. A los 6 meses de cargar ese doble secreto, luchador en la noche, estudiante de día sin que su padre supiera, ganó el campeonato de las costas del Pacífico.
Y a los 10 meses alguien avisó al padre. La llamada llegó a la casa. El padre habló con su esposa. Ella le pasó el teléfono. Hablaron, ella colgó y le dijo al hijo, “Llévate esta maleta a Ciudad de México mañana. Tu papá la necesita.” Esa noche el hijo metió en su propia maleta su equipo de Rayan, por si acaso, por si había chance de alguna lucha, porque tenía 17 años y era ansioso, y la lucha libre ya era su vida, aunque nadie lo supiera.
Llegó a Ciudad de México y lo primero que vio fue un cartel en la entrada de la función, un cartel que nunca había visto, un cartel que nadie le había anunciado. Y en ese cartel, impreso en letras grandes, para que no hubiera duda, aparecían dos nombres juntos por primera vez en la historia, Rayo de Jalisco y Rayo de Jalisco Junior.
Y ese güey, ¿quién es?, pensó el hijo. El segundo era él. Y su padre ya lo había decidido todo. Cuando se encontró con su padre antes de la función y le preguntó qué estaba pasando, la respuesta fue sencilla y directa como siempre. Pon el equipo ese, vas a ser tú, no te pases. Así debutó como Rayo de Jalisco Junior, con las botas del padre que le quedaban grandes, con las mallas que le sobraban por los cachetes porque el padre era más alto, con un nombre que nadie le había explicado del todo y que ese mismo día empezó a entender que pesaba toneladas,
pero todavía no entendía cuánto. Los primeros meses como Rayo de Jalisco Junior fueron una lección de humildad que nadie le había advertido. El nombre abría algunas puertas, sí, pero también cerraba otras, porque había luchadores en el circuito que veían al Hijo del Rayo con la misma desconfianza con la que se ve a cualquier privilegiado, que llega sin haber pagado la cuota completa.
Y aunque él llevaba años pagando esa cuota, entrenando en secreto, luchando en pueblos de la costa, durmiendo en camionetas de 18 horas reclinable, nadie en esos camerinos lo sabía todavía. tuvo que demostrarlo noche a noche, plaza a plaza con el cuerpo, porque después de ese debut inesperado, el padre le dijo algo que el hijo tardó en procesar.
Tiene mi apoyo, pero usted busque su trabajo. No lo iba a llevar de la mano. No lo iba a meter en los programas. No lo iba a presentar como su heredero. Si quería ser luchador, que lo fuera, pero que lo ganara. Y aquí viene lo que casi nadie sabe. El hijo fue a tocar puertas. Fue a Guadalajara a la Arena Coliseo con don Julián Sánchez, el promotor del circuito de Occidente.
Llevó sus programas, llevó su licencia, llevó el currículum de un joven que había luchado mano a mano con figuras de primera. Estaba convencido de que ese currículum bastaba. Don Julián ni lo miró, agarró los programas y los empujó a un lado. Sin voltear a verlos, siguió escribiendo lo que estaba escribiendo y sin levantar la vista dijo, “No hay lugar.
Así, sin explicación, sin mirarlo a los ojos, con un gesto que decía claramente que ese muchacho no merecía ni cinco segundos de atención. El hijo tomó sus cosas y se fue sin escena, sin drama y empezó a golpear otras puertas. Fue con don Gustavo Salazar en Puebla. Le gustó, lo contrató.
A las pocas semanas ya llenaba la arena Puebla los domingos. Se hizo un ídolo en Puebla antes de haber pisado la Arena México. Ganó máscaras ahí. Ganó el respeto del público ahí. Y entonces ocurrió algo que el hijo nunca esperaba. El señor Salvador Lutero, el jefe máximo de la empresa mexicana de lucha libre, el hombre más poderoso del pancracio en esa época, lo mandó llamar a su oficina en la Arena México.
El hijo fue, le mostró sus programas. Lutero los miró y sin muchas vueltas le dijo, “Te estás codeando con los buenos. Muy bien. Aquí al fondo esta programación de una vez pasa para que te tomen en cuenta. Acceso directo a la Arena México, a la catedral de la lucha libre, el sueño de cualquier luchador de esa generación.
Y el hijo dijo que no, literalmente dijo que no. Explicó que quería ser local en Guadalajara primero, que antes de la Arena México quería ganarse la plaza de donde venía. Lutero colgó el teléfono de inmediato y llamó a Guadalajara. Le habló a don Julián, el mismo que había tirado sus programas sin mirarlos, y le dijo que atendiera al Rayo Junior.
Así de voladita. El cambio fue inmediato, de la puerta cerrada a la primera fila en dos llamadas telefónicas. Recuerda ese patrón, lo vas a ver repetirse. Durante 9 meses luchó en el circuito de Occidente. La empresa de Ciudad de México mandó a pedirle tres veces. Las dos primeras dijo que no. A la tercera, convencido por el señor Plata, el programador que creía en él, dijo que sí y llegó a la Arena México.
Pero eso no fue lo que esperaba encontrar. El señor Salvador Lutero tenía una filosofía muy clara sobre los luchadores, una filosofía que el Rayo Junior aprendió de la manera más directa posible. Una noche llegó a la oficina con el tobillo tan hinchado que no podía ponerse el zapato. Llegó en chancla, le mostró el tobillo, le explicó que no podía luchar y Lutero lo miró fijo a los ojos y dijo las palabras que el junior repetiría toda su vida.
Mire joven, le voy a decir una cosa. El rayo de Jalisco ni se enferma ni se lástima. Eso fue todo. Fin de la conversación. El Rayo Junior se levantó, dio media vuelta y se fue. No a descansar, a luchar. Esa fue la escuela. Y en esa escuela construyó algo que pocos de su generación igualaron. No fue fácil. No porque el nombre de su padre no abriera puertas las abría, claro que sí, sino porque ese mismo nombre generaba expectativas que era imposible no sentir.
Cada vez que alguien veía llegar al Rayo Junior, lo primero que pensaba era en el Padre y entonces tenía que hacer el doble de trabajo para que lo vieran a él, no a la sombra del apellido. La gente no me quería al principio, reconocería después. Veían la imagen de mi papá y como que no me querían a mí. Entonces tenías que sacrificarte doble para demostrar que tenías la capacidad y vaya que la tenía.
Alcanzó a luchar contra el Santo, contra Blue Demon. Todavía alcanzó a Black Shadow, contra René Guajardo, contra Ray Mendoza, contra el Ángel Blanco, contra Aníbal, los grandes de la era dorada, los que construyeron la lucha libre mexicana, le vieron actuar y le tomaron en serio. Y entonces llegaron los campeonatos.
El campeonato nacional peso completo lo ganó seis veces. Seis. Cada vez que se lo quitaban lo recuperaba, no como accidente, como sistema, como la demostración de que su lugar en lo alto no dependía de nadie más que de él mismo. El campeonato mundial semicompleto de la NBA, cuando la NBA era la NBA, cuando ese título valía lo que valía, lo tuvo por 2 años consecutivos.
En el primer año realizó 18 defensas, 18 en el segundo alrededor de 20 y por 2 años seguidos fue reconocido como el mejor campeón mundial por número de defensas. Un récord que según él mismo nadie ha podido romper desde entonces. Además, el campeonato mundial de parejas del Consejo, el Mundial de tercias, el mundial completo, 52 máscaras ganadas, 26 cabelleras.
En una ocasión luchó de pareja con el gigante González, el luchador mexicano de casi 2,30 que después pasó a la WW y vio de cerca lo que era la diferencia de escala física en el ring. “Pareces un pollo a su lado”, diría después riendo. Pero también trabajó con él, le respetó, lo valoró y entonces vino la rivalidad que definió una era.
100 caras habían sido amigos. Habían entrenado en el mismo gimnasio con el profesor Velasco. Habían llegado casi al mismo tiempo a Ciudad de México desde Guadalajara. Los dos persiguiendo el mismo sueño. Y en algún momento, sin que ninguno de los dos pudiera explicar exactamente cuándo ni por qué, algo se rompió entre ellos.
Fue en la Arena Coliseo, en una lucha donde eran compañeros de pareja. El rayo tenía agarrado a un rival cuando de pronto llegó 100 caras con unas patadas voladoras y se las pegó a él, a su propio compañero. El impacto fue tal que el rayo salió volando por encima de las cuerdas y cayó en la segunda fila de butacas. Ahí empezó todo.
Durante 5 años, desde 1985 hasta 1990, se enfrentaron en cada rincón de México, Monterrey, Puebla, Guadalajara, la Arena México, la Arena Coliseo, donde se anunciaban juntos. El cartel se agotaba, la gente se quedaba afuera. La rivalidad era tan caliente que en una ocasión se pelearon dentro de las oficinas de la empresa, tumbaron una mesa de cristal y Paco Alonso tuvo que llamarlos a los dos como a niños traviesos para separarlos.
Pero 100 caras no fue la única historia oscura de esos años. Bajo toda esa gloria había algo que crecía en silencio, algo que el público no podía ver desde sus butacas, algo que solo se haría visible una noche específica en una arena específica con un rival específico. Y aquí es donde todo cambia. Dos veces estuvo a punto de morir encima de un bring. No es una hipérbole.
No es el lenguaje exagerado de los promotores de lucha libre. Dos veces, en dos noches distintas, en dos arenas distintas, el cuerpo de este hombre estuvo al borde de apagarse para siempre. La primera fue en la Arena Coliseo de Ciudad de México, una lucha de campeonato contra máscara año 2000. El segundo era 100 caras.
El Rayo Junior tenía un estilo reconocible. Corría hacia las cuerdas tomando velocidad con el cuerpo entero y desde ahí lanzaba su tope. No era solo un movimiento, era una firma. La gente lo reconocía en cuanto empezaba a correr. Esa noche corrió hacia las cuerdas y vio que 100 caras intentaba bajar la cuerda para que el golpe fuera peor.
El intento fue a medias y el rayo chocó de lado contra el acero. El acero. Lo que el público generalmente no sabe y que el rayo mencionó como un detalle que pareciera menor, pero que no lo es, es que las cuerdas de los rings profesionales no son de soga, son de acero cubierto con manguera de goma, metal sólido envuelto en plástico para que no corte, pero al impacto, metal.
El impacto fue tan brutal que el cuero cabelludo se separó del cráneo. Literalmente, el tejido que cubre la cabeza se levantó desde el punto del golpe y al venir de vuelta hacia el ring semiinconsciente, se golpeó la ceja contra el borde del cuadrilátero, dos heridas abiertas en cuestión de segundos.
Lo llevaron a la enfermería y ahí empezó la segunda parte del problema. No había ambulancia, no había servicio médico adecuado. El encargado de la función había incumplido con todos los requisitos de seguridad. Había un médico de comisión que entró al cuarto, lo vio sangrando y no hizo absolutamente nada.
Se quedó parado como si estuviera esperando que el problema se resolviera solo. Ringo Mendoza estaba ahí, le ponía una toalla en la cabeza, la exprimía, volvía a ponerla. La toalla se empapaba en segundos. La bestia salvaje estaba ahí. Ese rudo enorme, ese hombre de aspecto feroz que intimidaba solo con entrar a una habitación, agarró al médico por la bata y le puso la cara a 2 cm de la suya.
Usted tiene que hacer todo por él y donde le pase algo voy sobre usted. Pero el médico ya estaba asustado y el encargado de la función no estaba por ningún lado. Los teléfonos de la empresa estaban bajo llave, no había ambulancia, no había nada. El rayo seguía sangrando en esa mesa y entonces empezó a ver la luz. No es una metáfora.
Empecé a ver destellos azules, diría después. Ya no veía bien. Me empezaba a asumir en algo como esponjas y la vista ya nublada. Y entonces, como luchador, ya sabes, lo único que se me ocurrió decir fue, “No me dejen morir aquí. Regrésenme al ring. Allá me muero.” Nadie le hizo caso. Cruzó los brazos sobre el pecho y se dejó ir.
Y en ese momento, justo en ese momento donde ya no podía más, pensó en sus hijos, en su esposa y algo dentro de él. dijo que no, que todavía no. Alguien consiguió un teléfono celular. Llamaron a la Cruz Roja. Cuando llegaron y le preguntaron qué día era, respondió, “El peor día de mi vida.
” Los paramédicos dijeron, “Está bien, está bien, sigue en sus cabales.” La primera operación fue de emergencia, rápida porque no había tiempo de hacerla bien. Dos semanas después, necesitó una segunda cirugía para limpiar el tejido que había muerto. Más de 60 grapas en el cráneo, decenas de puntos, la cicatriz que guarda hasta hoy.
Pero eso, aunque parezca imposible de creer, no fue lo peor. Lo peor llegó después con otro rival, con otra noche, con otro tipo de oscuridad. El nombre era Andrés Reyes y el público lo conocía como Universo 2000, el hermano mayor de los reyes Muerte, un atleta de 125 kg de músculo que se movía en el ring con una facilidad que asustaba, una máquina física que no tenía miedo de nada ni de nadie.
Esa noche en la Arena Coliseo Universo 2000 aplicó el Martinete. El Martinete es la llave prohibida por excelencia en la lucha libre. La razón es simple. Se toma el rival de cabeza con los brazos aprisionados contra el cuerpo para que no pueda amortiguar el impacto y se cae de rodillas contra el canvas. Todo el peso del que aplica la llave cae directo sobre el cuello del que la recibe con 125 kg.
bien abrazado y saltando hay un video. Existe para quien quiera buscarlo y tenga el estómago para verlo. Lo que se ve en ese video es escalofriante. El cuello del Rayo Junior se dobla al impacto de una manera que no debería doblarse. Y él cae y no se mueve. Él no subió a ganarme una lucha, diría después en entrevistas con la voz todavía cargada de algo entre rabia y certeza.
Él subió a acabar con mi carrera. Las cervicales desaparecieron. No como expresión, como diagnóstico médico. Los espacios intervertebrales se cerraron, los huesos de la columna servicial quedaron rozando entre sí, sin acolchamiento, sin protección, el sistema nervioso en riesgo directo, la posibilidad real de parálisis permanente o de muerte.
Lo llevaron a Guadalajara en ambulancia sin operar, solo a esperar que la inflamación bajara lo suficiente para que alguien pudiera entrar a reparar el daño. 28 días en cama sin mover un solo dedo. Su esposa, la mujer que había estado a su lado en cada lesión, en cada cirugía, que había llegado en avión desde Guadalajara cuando le abrieron la cabeza en la Coliseo, le daba de comer en la boca, le ayudaba con cada necesidad.
Y él, que en su vida no había aguantado más de una semana en reposo por ninguna lesión, que se había ido a una gira 5co días después de una operación de cadera, con las puntadas todavía puestas, ese mismo hombre lloraba todos los días a diario. Cada mañana lloraba pidiendo que me dieran chance de caminar. Recordaría años después.
Dame chance de dar un paso, Diosito. Dame chance de dar un paso y yo me encargo de los demás. Y los especialistas llegaban y me decían, “Su carrera, olvídese, ya no va a volver a luchar. Si puede caminar, agradezcaselo. Pero hay algo en esta historia que duele de una manera diferente en poder moverse.
Y el Consejo Mundial de Lucha Libre no llamó. Cuando Paco Alonso llamó por fin, el rayo ya tenía preparadas una promesa hecha, no a personas, sino a una máscara, de que el día que la pierda se retira. y un padre al que sigue dando vida cada vez que se pone el equipo y sube al ring. No sé si el Rayo de Jalisco Junior encontró lo que buscaba aquella noche de noviembre de 1975, cuando tomó las botas demasiado grandes de su padre y debutó sin haberlo planeado.
No sé si el peso de ese apellido lo aplastó o lo hizo más grande. No sé si es posible cargar el nombre de otro durante medio siglo y salir al otro lado siendo alguien propio. Pero sí sé una cosa. Esta noche del 21 de septiembre, la maleta abierta en la sala de milpa alta no fue un descuido. Tal vez todo estaba pensado desde mucho antes de lo que nadie suponía.
¿Tú qué crees? ¿Se puede cargar el nombre de alguien más toda la vida y aún así construir el tuyo propio? O cuando llevas la máscara de tu padre, en el fondo siempre eres el hijo de alguien. Cuéntame abajo si este documental te llegó, compártelo con alguien y suscríbete si todavía no lo has hecho. La próxima semana otra historia que no vas a encontrar en otro sitio.