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VIUDA acoge a una pareja de ancianos abandonados, pero la verdad sorprende a todos

Hay días en que el silencio aquí pesa más que el azadón. Me despierto antes que el sol, como siempre lo hice. Pero ahora ya no es para prepararle el café a José. Hace 3 años que se fue y todavía pongo dos tazas en la mesa sin querer. La mano se va sola. La costumbre es más terca que el recuerdo.

 Mi nombre es Rosa. Rosa María de la Concepción, viuda a los 42 años, dueña de un pedazo de tierra que se empeña en expulsarme. Este ranchito aquí en el interior, lejos de todo, era del padre de José. Pasó a José y ahora está conmigo. O estaba, porque el banco me lo quiere quitar. 30 días fue el plazo que me dieron.

 30 días para juntar lo que no tengo. Para pagar una deuda que creció como la mala hierba después de las aguas. La luz me la cortaron hace dos meses. Uso un quinqué de petróleo. El olor a combustible se pega en la ropa, en la piel, en el pelo. Por la noche la flama baila y hace sombras en la pared.

 Y a veces me quedo mirando aquello como si fuera compañía. Porque compañía de verdad no tengo. Los vecinos están lejos. El camino de terracería desaparece en medio del monte y yo, pues, yo me quedé. José murió debajo del tractor viejo. Volcó en la bajada de la barranca. Yo no estaba con él. Cuando lo encontraron, ya era tarde.

Dijeron que fue rápido. Yo nunca creí eso. Creo que el dolor siempre tarda, incluso cuando el cuerpo se detiene, el ánima se queda ahí presa tratando de entender. Después del entierro, la vida se volvió otra cosa. Se volvió a levantarse temprano para cuidar las gallinas, remendar cercas, deshiervar la milpa pequeña que todavía da algo de maíz.

 Se volvió contar monedas en la mesa de la cocina y decidir si compro tortillas mañana o si lo guardo para el banco. Se volvió a mirar al horizonte y no saber si todavía quiero quedarme o si nada más no tengo a dónde ir. Aquella noche estaba contando el dinero. 65 pesos con50 era todo. La letra del banco era de 100. Me reí sola de esa forma amarga en que uno se ríe cuando ya no aguanta llorar.

Guardé las monedas dentro de la lata de galletas y soplé al quinqué para ahorrar petróleo. Fue cuando lo oí. Un rechinido, madera vieja, una rueda girando despacio en la tierra seca. Me detuve. El corazón latió distinto. Nadie pasa por aquí después de que oscurece. El camino no lleva a ningún lado. Termina en el potrero de don Claudino, 3 km adelante.

 Quien viene aquí viene porque quiere. Y yo no esperaba a nadie. El sonido se fue acercando. Rechinido, pausa. Rechinido, pausa. Como si la carreta estuviera cansada. Como si ni ella quisiera continuar. Me levanté despacio, agarré la linterna vieja que cuelga en el clavo de la pared. La pila estaba débil, la luz salía amarilla y temblorosa.

 Aún así, fui hasta la ventana. Allá afuera, la noche estaba cerrada, luna nueva. El monte desaparecía en lo oscuro y el viento traía ese olor a tierra seca mezclado con pastizal. Encendí el quinqué de nuevo, lo puse en la mesa y fui hasta la puerta. Abrí solo una rendija. El vehículo paró justo frente al portón. No era una carreta de verdad, me di cuenta después.

 Era un carrito de mano adaptado de esos que usan los pepenadores para juntar fierro viejo, tirado por un hombre viejo encorbado que apenas podía mantenerse en pie. A su lado, una mujer todavía más vieja agarrándolo del brazo para no caerse. Me quedé parada. No sabía si cerrar la puerta o salir. El miedo y la curiosidad se peleaban dentro de mí. La mujer levantó la cabeza.

Incluso de lejos, incluso con la luz débil, se podía ver que temblaba. No era de frío, era de cansancio, de miedo, de abandono. Oiga, señorita. Su voz salió finita, casi perdiéndose en el viento. Tendrá un rinconcito para que pasemos la noche. El pecho se me apretó. Agarré la linterna y bajé los tres escalones del porche.

 La tierra estaba dura bajo mis guaraches. Me acerqué al portón. La luz amarilla de la linterna los iluminó a los dos. Él tenía la barba toda blanca, dispareja y los ojos hundidos. Ella usaba un vestido gastado color gris y sostenía un costalito de tela en las manos, un costal pequeño, demasiado ligero para hacer equipaje de verdad. ¿De dónde vienen?, pregunté y mi voz salió más seca de lo que quería.

 De la central de autobuses, respondió el viejo, y su voz era gruesa pero cansada. Nuestro hijo nos dejó ahí tempranito en la mañana, se detuvo, tragó saliva, continuó, dijo que ya no se podía más, que ya era hora de que nosotros desapareciéramos. La mujer bajó la cabeza, no lloró, solo la bajó, como quien ya no tiene fuerzas ni para eso.

 Me quedé allí parada, sosteniendo la linterna. Dentro de mí las voces discutían. Una decía, “Cierra esa puerta, rosa, apenas tienes para ti. No puedes cuidar a nadie más. El banco viene ahí, la deuda está ahí, vas a perder todo.” La otra voz era más baja, pero más pesada. Decía, “¿Y si fuera tu madre? Y si fuera José tirado en una central camionera esperando que alguien tuviera piedad.

 Miré el costalito que la vieja sostenía. Era tan pequeño. Adentro, yo sabía, no había nada de valor, solo lo que sobra cuando todo te es arrebatado. Respiré hondo. El viento trajo el olor de la lluvia que todavía no había caído. Allá en el fondo del cielo, un trueno roncó bajo. Abrí el portón. Aquí nadie duerme al sereno, dije. Y fue ahí que todo comenzó.

Entraron despacio como quien pide permiso hasta para respirar. El viejo que después me dijo que se llamaba Joaquín, arrastraba los pies. La vieja, Antonia le agarraba el brazo con las dos manos y los dos parecían un solo cuerpo quebrado apoyándose para no derrumbarse. Los llevé adentro.

 La casa era pequeña, cocina, sala y dos cuartos. Todo apretado, todo sencillo. El quinqué en la mesa daba esa luz débil que dejaba más sombra que claridad. Arrié la silla para que Antonia se sentara. Ella me miró como pidiendo permiso. Solo después de que hice una señal con la cabeza, fue que se sentó despacio, soltando un suspiro largo que parecía guardado desde hacía días.

Joaquín se quedó de pie sosteniendo el costal. No lo soltaba. Sus manos temblaban. “Siéntese, don Joaquín”, dije señalando la otra silla. Obedeció. puso el costal en el suelo entre las piernas y se quedó mirando sus propias manos. Manos grandes, llenas de callos y venas saltadas, manos de quien trabajó la vida entera.

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