Posted in

Todas huían del heredero viudo… hasta que ella se quedó y descubrió por qué nadie aguantaba

Miren ustedes, si hay un lugar en esta tierra donde el luto se pegó a las paredes como mojo, ese era la hacienda, la soledad. Y no lo digo por adornar, no lo digo porque hasta el aire que se respiraba allí era pesado, frío, como si la alegría hubiera sido expulsada a patadas hacía ya mucho tiempo. La soledad era inmensa, una mole de piedra y tejas rojas enclavada en el valle, dueña de las mejores tierras y, por desgracia, dueña también del alma más atormentada de toda la región, don Camilo San Román. Camilo era el

heredero, el patrón, el amo de todo. Joven, sí, no pasaba de los 30 y pocos con ese porte recio que asusta y ese bigote bien cuidado que te dice que el hombre no está para juegos. Pero lo que realmente lo definía no era su fortuna, sino su dolor. Hace poco más de un año, la señora, su esposa, había muerto.

 Una pena corta, dicen, pero fulminante. Y con ella se había ido cualquier rastro de piedad o buen humor que Camilo pudiera haber tenido. Se convirtió de la noche a la mañana en un fantasma en vida. caminaba por los pasillos con ese paso firme y pesado, los hombros tensos, la mirada fija en un punto que solo él conocía.

 Y si uno se cruzaba con él, era mejor rezar un Padre Nuestro, porque el regaño venía seguro y venía duro. La soledad, que antes había sido el orgullo de la familia, se convirtió en una cárcel de tristeza. Y claro, ¿quién quería trabajar en una casa así? Las criadas, pobrecitas no duraban ni un mes. Entraban con la esperanza de un buen sueldo y salían corriendo a la primera tormenta que desataba el patrón.

Que si el café estaba tibio, que si el polvo en la biblioteca, que si la ropa no olía a la banda. La excusa daba igual. El miedo era el motor que las empujaba a huir. Doña Elena, la cocinera, una mujer ya entrada en años y con más aguante que una mula, lo resumía bien. Aquí no se trabaja, mi hija. Aquí se sobrevive a la tristeza del patrón y si él te mira, te congela el alma.

 Y justo en medio de este panorama desolador llegó Clara. Clara no era de esas muchachas que se adornan con cintas ni que tienen la cara llena de coloretes. Era una joven humilde, de manos fuertes, curtidas por el trabajo duro en el campo, pero con unos ojos grandes, color miel, que reflejaban una bondad que no se veía mucho por esos lares.

 Ella venía de lejos, de un pueblo donde la pobreza apretaba tanto que el aire dolía al respirar. Tenía que mandar dinero a su madre y a sus hermanos pequeños. Y cuando le ofrecieron trabajo en la famosa Hacienda San Román, a pesar de las advertencias, no lo dudó. “Dicen que el patrón es un demonio”, le dijo una vecina el día antes de partir.

 Clara solo apretó la bolsa de tela donde llevaba sus pocas pertenencias. Peor demonio es el hambre, doña”, contestó con voz suave, pero firme. Así que llegó a la soledad en un atardecer rojizo, cuando las sombras ya se alargaban y el silencio de la hacienda era casi ensordecedor. Doña Elena la recibió en la cocina, un lugar cálido y lleno de olores a especias que contrastaba con el frío del resto de la casa.

 la miró de arriba a abajo con esa expresión de lástima que solo las mujeres mayores saben poner. Bienvenida seas, criatura. Soy Elena y te advierto una cosa, muchacha. Reza mucho y mantente invisible. Clara dejó su bolsa en el suelo de mosaico. Clara para servirle, doña Elena. Y haré mi trabajo, no se preocupe. Preocupada estoy, créeme.

 La última duró tr días. Se fue gritando que el señor Camilo tenía ojos de tigre y que la iba a despedazar. Clara, sin inmutarse, se puso el delantal. Sabía que su necesidad era su armadura. Ella no buscaba lujos ni sonrisas, solo un sueldo. La primera semana fue un ensayo de terror para las otras tres criadas que quedaban.

 Todas se llamaban María o Lupita y todas eran expertas en el arte de evaporarse. Se movían por la casa como ratones, pegadas a las paredes, susurrando, siempre listas para esconderse si escuchaban el temido sonido de las botas de don Camilo. Clara, en cambio, trabajaba y trabajaba bien. Le habían asignado las habitaciones de huéspedes, que nunca se usaban porque Camilo ya no recibía a nadie, y la limpieza del ala oeste, que incluía el estudio del patrón.

 El estudio. Ese era el epicentro de la tormenta. Nadie se atrevía a entrar más que para dejar la comida y salir corriendo. Se decía que Camilo dormía allí entre libros y papeles y que la atmósfera estaba cargada de su mal humor. El primer día que Clara tuvo que limpiar el estudio, se armó de valor. Las otras criadas la miraban con los ojos como platos desde el pasillo.

 No entres, Clara, te lo ruego. Si te ve, te echa. Si no limpio, me echa por no limpiar”, respondió Clara con lógica aplastante. Abrió la puerta de madera oscura. El estudio era inmenso, con techos altos y anaqueles llenos de libros viejos. Olía a tabaco frío, tinta y sí, a esa tristeza densa que impregnaba toda la hacienda, pero también olía a abandono.

 El escritorio de Camilo era un caos de papeles y plumas. Había un jarrón de cristal en una esquina vacío y empolvado. Clara no era de las que hacen el trabajo a medias. Si iba a limpiar, iba a limpiar bien. Pasó la escoba con cuidado, sacudió el polvo de los libros y luego con la valleta húmeda se dedicó al escritorio.

 Movió los papeles con respeto, limpiando el barniz oscuro de la madera. Mientras limpiaba, se encontró con un retrato pequeño guardado boca abajo. Era la foto de la esposa fallecida, una mujer muy hermosa, de cabello oscuro y una sonrisa triste. Camilo la había guardado allí como si no quisiera verla, pero tampoco pudiera deshacerse de ella.

 Clara sintió una punzada de compasión. No miedo, no compasión por el dolor tan grande que había endurecido a su patrón. Ella terminó su tarea dejando el estudio impecable, pero antes de irse se detuvo. Había algo en el jarrón vacío que le molestaba, un espacio muerto. Esa tarde, mientras volvía de su descanso, Clara hizo algo que ninguna otra criada se habría atrevido a hacer.

 Caminó hasta el jardín trasero que estaba descuidado, pero aún tenía algunos rosales silvestres resistiendo al abandono. Cortó tres capullos de rosa blanca recién abiertos con el rocío de la tarde aún pegado a los pétalos. Al día siguiente, temprano, antes de que Camilo se levantara, Clara regresó al estudio. Colocó las rosas blancas en el jarrón vacío con un poco de agua limpia.

 No buscaba nada, solo que el olor a tabaco y tristeza se disipara un poco, que hubiera algo vivo en ese lugar de muertos. Salió tan rápido como entró, sin hacer ruido, su corazón latiéndole fuerte, no por miedo al patrón, sino por la audacia de su acción. Mientras seguimos este camino de secretos y corazones rotos, no olviden que estas historias solo continúan si ustedes nos dan ese empujoncito.

Read More