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“Ese Niño No Estará Solo” — Dijo El Hacendado Solitario Cuando Nadie Más Quiso Hacerse Cargo

Lorenzo Valdivia erraba una mula vieja en el corral cuando el animal pateó el poste y derramó el cubo de agua sobre la tierra caliza. No maldijo. Recogió el cubo, lo llenó de nuevo en la pila y volvió a empezar, porque Lorenzo era de los hombres que no gastan energía en quejarse de lo que ya está derramado.

 El sol de Durango pegaba vertical sobre su espalda ese sol blanco de las 2 de la tarde que aplana los contornos y hace que la sierra al fondo parezca pintada sobre el cielo. Fue a Sabache el que lo detuvo. El caballo giró las orejas hacia el poniente y resopló con ese ruido corto y seco que no era miedo sino señal.

 Lorenzo soltó la mula, se limpió las manos en el pantalón y miró hacia los linderos de la propiedad. No vio nada distinto al matorral reseco, alisache color erumbre, a la barranca que cortaba la tierra como una vieja herida mal cerrada. Pero aabache seguía mirando en esa dirección y a Lorenzo le había costado demasiado no hacer caso a las cosas que un buen caballo ve antes que los ojos humanos.

Caminó hacia allá. Lo que encontró al fondo del predio en el jacal de adobe que su padre había levantado en tiempos de la hacienda próspera y que nadie habitaba desde hacía más de 15 años, no era lo que esperaba encontrar. Ni siquiera sabía que esperaba encontrar algo, pero ahí estaba.

 Una mujer joven, sola, con una barriga de 8 meses que se adivinaba incluso bajo el rebozo gastado con que intentaba cubrirse. Y Lorenzo Valdivia, que llevaba 11 años cargando la culpa de una hija que se fue sin que él peleara por retenerla, sintió que el suelo le fallaba debajo de los guaraches. Porque Dios a veces no responde preguntas, a veces manda personas.

 Si crees que nunca es tarde para hacer lo que debiste haber hecho, suscríbete a Cuentos del Viejo Campo y activa la campana. Esta historia te va a llegar a un lugar que no esperabas. En el norte de México, durante los años que siguieron a la revolución, cuando la Tierra seguía siendo motivo de pleito, aunque los caudillos ya estuvieran muertos, las haciendas del estado de Durango vivían una época extraña.

 Ni el orden viejo del porfiriato, ni el orden nuevo de la reforma agraria habían terminado de cuajar. Las tierras cambiaban de mano, los hombres cambiaban de bando y en medio de todo eso, algunas propiedades quedaban suspendidas en el tiempo, ni prósperas ni completamente abandonadas, como esperando una señal que no llegaba. La hacienda, el rincón del olvido, era de ese tipo, 400 hectáreas de tierra parda sobre la falda de la sierra, con pastizales que en temporada de lluvia se ponían verde oscuro, pero que en esta época del año crujían bajo las botas

como papel viejo. un casco de adobe y cantera labrada que el padre de Lorenzo había construido con los jornaleros de tres generaciones, con portal ancho, patio central, donde antiguamente se apilaban costales de maíz, y un huerto que Rosario había llenado de bugambilias el primer año de casados.

 Bugambilias que seguían brotando cada primavera con una fidelidad que a Lorenzo le parecía casi una ofensa, porque la mujer que las plantó llevaba 11 años bajo tierra y las flores no parecían haberse enterado. Lorenzo tenía 41 años y vivía solo en esa vastedad desde hacía más tiempo del que le convenía contar. No era hombre que llamara la atención por su aspecto, aunque tampoco era hombre que pasara desapercibido, de estatura mediana, espalda ancha, de quien conoce el trabajo pesado desde chamaco, piel quemada de un color entre

cobre y tabaco, bigote espeso que no recortaba con mucha frecuencia, siempre usaba camisa de manta color crudo, ceñida al pecho con un cinturón de cuero viejo y un sombrero de fieltro gris que se había amoldado. tan perfectamente a su cabeza que parecía parte de él como las orejas o el ceño. Se quitaba el sombrero para saludar a la gente porque su madre se lo había enseñado así, que hombre que no descubre la cabeza no merece que nadie lo escuche.

 Pero hacía tanto que no saludaba a nadie, que el gesto se había vuelto un recuerdo muscular antes que un acto consciente. Don Evaristo Calderón llevaba 40 años en esa hacienda. había llegado de chamaco con el abuelo de Lorenzo, se había quedado con el padre y se había quedado con él, no por costumbre, sino por esa especie de lealtad que los hombres del campo desarrollan hacia la tierra misma y que va más allá de quien la pose un momento dado. Tenía 63 años.

 Era delgado como un hilo de agua en verano, con manos tan grandes y callosas que parecían hechas de otro material que el resto del cuerpo, y poseía la cualidad que solo tienen los viejos, que han visto mucho sin perderse demasiado. La de decir cosas importantes con pocas palabras en el momento exacto en que necesitan ser dichas.

Baristo no juzgaba a Lorenzo por su silencio, pero tampoco fingía que el silencio era buena señal. Cuando Lorenzo pasaba días enteros sin pronunciar más que monosílabos, Evaristo aparecía en el portal, se sentaba en el Equipal, tomaba su café con ambas manos y decía cosas como, “Caballo que se queda quieto mucho tiempo en el mismo lugar, termina echando raíz, patrón, y árbol que echa raíz no puede ir a ningún lado.

” Lorenzo escuchaba, no respondía y Evaristo se levantaba sin esperar respuesta, porque sabía que ciertas semillas necesitan temporada larga antes de germinar. La verdad que Lorenzo cargaba era una verdad de esas que no se comparte en la cantina ni se confiesa fácil en el atrio de la iglesia. La cargaba adentro, en el lugar exacto donde el pecho se junta con el estómago.

Ese lugar donde el peso físico y el peso moral se confunden y duelen igual. Se había casado con Rosario Montalvo a los 27 años en la capilla de Santa Cruz del Desierto con mariachi de cuatro piezas y mole que hizo la mamá de ella con chiles que había guardado desde la cosecha anterior. Rosario era mujer de esas que convierten cualquier espacio en algo habitable.

 No era pregonera de su carácter, no hacía escándalo de su alegría, simplemente estaba presente con una plenitud que llenaba los cuartos sin que uno se diera cuenta de cómo. Puso macetas en el portal, aprendió a tostar el café en comal de barro, cantaba canciones de su tierra mientras amasaba. Y cuando Estrella nació, el año siguiente del matrimonio, la hacienda entera pareció encontrar para qué existía.

 Estrella era chiquita y decidida. Tenía los ojos oscuros y grandes de la madre y la terquedad callada del padre. Y Lorenzo, cuando la cargó por primera vez, recién nacida, todavía rojita y arrugada y chillando con unos pulmones que no correspondían a su tamaño, sintió un amor que no sabía que cabía en el pecho humano, un amor que dolía de tan pesado, un amor que hacía que la vida anterior, toda la vida anterior, pareciera un borrador.

 Pero el campo da y el campo quita. Y quien vive pegado a la tierra sabe que no sirve de nada preguntarle razones a lo que viene del cielo. Cuando Estrella tenía 4 años, una fiebre mala recorrió los ranchos de la sierra. No era cosa que el médico de Santa Cruz supiera curar, o quizás sí la sabía curar, pero llegó tres días tarde, que en Tierra Fría viene a ser lo mismo.

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