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El imperio reducido a cenizas: Así son los oscuros días de aislamiento, súplicas y olvido de Benjamín Arellano Félix en prisión

El sonido metálico de una pesada puerta de acero cerrándose es, desde hace más de una década, la única banda sonora en la vida de Benjamín Arellano Félix. Atrás, muy atrás, quedaron los vibrantes años ochenta y noventa, cuando su apellido era sinónimo de terror, poder absoluto y una riqueza incalculable en la frontera norte de México. Conocido en el mundo del hampa como “El Señor” o “El Min”, Benjamín fue el gran cerebro financiero y operativo del Cártel de Tijuana, una organización que dictó las reglas del narcotráfico internacional a sangre y fuego. Sin embargo, hoy su realidad es diametralmente opuesta. El exlíder criminal, ahora un anciano que supera los 70 años, vive confinado en la frialdad de una prisión federal estadounidense, aislado del mundo, olvidado por muchos y enfrentando el peso de una justicia que se niega a perdonarlo.

De la cima del mundo criminal al encierro absoluto

Para entender la magnitud de la caída de Benjamín Arellano Félix, es necesario recordar desde dónde cayó. Durante más de dos décadas, él y sus hermanos construyeron un imperio criminal que controlaba gran parte del flujo de narcóticos hacia el sur de California. Eran intocables. Se codeaban con la alta sociedad, corrompían autoridades a los niveles más altos y eliminaban a sus rivales con métodos de una brutalidad sin precedentes. Su poder parecía infinito, hasta que el cerco comenzó a cerrarse.

Su vida de lujos y evasión terminó de golpe en marzo de 2002, cuando fuerzas especiales del Ejército Mexicano lo capturaron en

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