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Abandonada Por Su Padre, Compró un Rancho Viejo Con Cerdos Flacos… Luchó Sola Por Salir Adelante

Llegó al rancho con el recibo de compra en la bolsa y cuatro cerdos flacos que el vendedor no había mencionado. No porque se le hubiera olvidado, porque había calculado que si los mencionaba Marcela iba a regatear y que si regateaba la venta se complicaba y que los cerdos en ese estado no eran asset, sino problema y que el problema era más fácil de heredar que de vender.

 Marcela los encontró en el corral del fondo cuando recorrió el rancho por primera vez. Los cuatro parados en la tierra seca con esa quietud de animales que han aprendido que esperar, es la única estrategia disponible cuando nadie viene a alimentarlos con regularidad. los miró. Los cerdos la miraron la Y Marcela pensó que ese rancho que acababa de comprar con lo que le quedaba de los ahorros de 4 años de trabajo en la empacadora de San Luis Potosí tenía más problemas de los que el anuncio había prometido. Pensó también que se quedaba

todas formas. Si esta historia ya te movió algo, dale like ahorita, porque lo que Marcela construyó en ese rancho de San Luis Potosí con cuatro cerdos flacos que nadie quería y sin que nadie le ayudara a hacerlo, es del tipo de historia que cuando termina uno no sabe bien si aplaudir o llorar  o las dos cosas al mismo tiempo.

 Dale like y quédate en el centro norte de México, en esas tierras de hchacha y pastizales, donde el sol pega diferente al del altiplano y diferente al del desierto, con esa luz específica de llanura que no tiene donde esconderse y que por eso lo ilumina todo con esa honestidad que las sierras y los valles no tienen.

 Relatos como este existen en el silencio de quien no cuenta lo que pasó porque está demasiado ocupado construyendo lo que viene después. Marcela Vega tenía 28 años y su padre la había abandonado cuando tenía 16. No con violencia ni con escena, con esa manera específica del abandono que no tiene cara reconocible, porque no ocurre en un día, sino en la acumulación de días en que la persona que debería estar presente elige no estarlo, hasta que un día uno se da cuenta de que ya no está y que la fecha exacta en que dejó de estar es imposible de precisar porque fue

gradual. con esa gradualidad de las cosas que se van sin avisar. Su madre había muerto cuando Marcela tenía 9 años. Su padre había estado presente los primeros años después, de esa manera disminuida de hombre que no sabe ser padre sin la madre que mediaba entre los dos. y después había ido estando menos hasta que el trabajo en el norte se convirtió en razón permanente de ausencia que al principio tenía teléfono y después tuvo cada vez menos teléfono y al final tuvo silencio.

 Marcela había crecido con su abuela materna, que era mujer de carácter y de trabajo, y que le había enseñado lo que le había podido enseñar en los años que habían tenido juntas antes de que la abuela también se fuera. con esa enfermedad que en los viejos llega sin aviso y que cuando llega no negocia.

 A los 18 años Marcela estaba sola, no en el sentido dramático, en el sentido práctico de quien no tiene red familiar, que respalde las decisiones difíciles y que por eso aprende a tomar las decisiones difíciles sola con esa autosuficiencia específica de quien no tuvo otra opción que desarrollarla. Había trabajado 4 años en la empacadora de Chiles de San Luis Potosí en el turno de las 5 de la mañana, que era el turno que nadie quería y que ella había pedido porque pagaba diferencial de horario.

 Y porque el diferencial acumulado en 4 años era la diferencia entre tener suficiente para algo y no tenerlo. Lo que había tenido suficiente para hacer era comprar ese rancho, no rancho grande ni en buenas condiciones. Rancho pequeño en las afueras de un municipio de San Luis Potosí, con casa de adobe, corral, pozo, terreno árido con potencial de temporal y un precio que era exactamente lo que los 4 años de turno de las 5 de la mañana habían producido.

 El anuncio no mencionaba los cerdos. El vendedor, que era hombre de unos 50 años con esa prisa específica de quien quiere cerrar antes de que el comprador tenga tiempo de pensar demasiado, había mostrado la casa y el pozo y el corral con esa eficiencia de presentación que evita detenerse en los detalles que complican.

 Marcela había firmado. Y cuando recorrió el rancho sola, después de que el vendedor se fue con el dinero y el recibo, había encontrado los cerdos. Cuatro. Flaco de esa manera que habla de semanas de alimentación insuficiente con ese pelo opaco de animal que ha sobrevivido con lo mínimo, y con esos ojos pequeños y oscuros de los cerdos que no tienen la expresividad de los perros ni la profundidad de los caballos, pero que en ese momento miraban a Marcela con esa atención específica de animal que ha aprendido que cuando alguien nuevo

aparece en el corral puede significar que algo va a cambiar. Marcela los miró. Los cuatro la miraron y Marcela pensó que su padre la había abandonado a los 16, que su abuela se había ido a los 18, que había pasado 4 años sola en el turno de las 5 levantando lo que necesitaba para este momento, que había llegado hasta aquí sola, que cuatro cerdos flacos que nadie había mencionado no eran razón suficiente para que ese momento fuera diferente al que había imaginado.

 fue al pozo, subió agua, la llevó al corral. Los cuatro cerdos se acercaron al bebedero con esa urgencia de animal que esperaba exactamente eso. Y Marcela pensó que ese rancho, con todo lo que tenía y con todo lo que le faltaba era suyo, que eso era suficiente para empezar. El rancho se llamaba el Saus, según el letrero de madera que colgaba torcido en la portería con esa letra de quien lo puso hace tiempo, y que el sol y el viento de San Luis Potosí habían ido desvaneciendo hasta que las letras eran más adivinadas que leídas. Marcela  lo enderezó

esa primera tarde con un clavo que encontró en el cobertizo con esa determinación de quién sabe que los gestos pequeños importan porque son los que uno hace cuando nadie está mirando y que por eso dicen más sobre lo que uno piensa hacer que cualquier declaración en voz alta. recorrió el rancho con esa metodología que había desarrollado en la empacadora, donde el primer día en cualquier proceso nuevo requería evaluación completa antes de cualquier acción, porque actuar sin evaluar era perder tiempo dos veces, una haciendo lo

incorrecto y otra corrigiéndolo. La casa tenía dos cuartos. El principal con el techo completo, las paredes de adobe sólidas, aunque el reboco caído en tramos largos que dejaban ver el adobe seco adentro con esa textura de material que ha resistido lo que ha tenido que resistir.

 el cuarto trasero más pequeño con el techo hundido en el rincón norte, de una manera que no era colapso inminente, pero que era trabajo urgente antes de las lluvias de temporal, que en esa parte de San Luis Potosí llegaban en julio con esa intensidad de lluvia que el centro norte acumula durante meses de sequía y que suelta de golpe cuando llega.

 El fogón de adobe en la cocina estaba limpio, que era señal de uso reciente, con ese negro de ollin que habla de fuego activo no hace mucho tiempo, la mesa de madera con su banca, la repisa con ollas de peltre alineadas con ese orden de quien las usa y las devuelve, porque el orden en la cocina es condición de funcionamiento y no estética.

 El pozo en el centro del patio era el más importante. Lo había evaluado primero antes que cualquier otra cosa, porque sin agua el resto de la evaluación era académica. La roldana era vieja pero sólida. La cuerda tenía vida todavía. Bajó el balde. El agua subió limpia con esa temperatura de subsuelo que en San Luis Potosí en esa época del año era considerablemente más fría que el aire de afuera, con ese olor limpio que el agua de pozo bien conservado tiene y que era diferente al olor del agua de la llave de la ciudad donde había vivido 4 años. Buena agua fue al

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