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Un sacerdote fue arrojado a un pozo por hablar de la Virgen María… pero Ella lo cubrió con su manto

Necesitan guía, pero tenga cuidado. Cuando escuché el nombre del pueblo, un escalofrío recorrió mi espalda. Del pozo. El mismo símbolo de mi sueño. Sentí que el cielo me estaba hablando con claridad. Empaqué pocas cosas mi breviario, el cáliz. una imagen de la Virgen de Guadalupe que había heredado de mi madre y una libreta donde solía escribir mis pensamientos.

 Antes de salir me arrodillé frente al altar y murmuré: “Madre santa, si es tu voluntad, guíame. Si este pozo es oscuridad, que tu luz me acompañe.” El viaje comenzó al amanecer. La carretera se iba estrechando a medida que me internaba entre montañas cubiertas de nubes. Los pueblos quedaban atrás como sombras dormidas.

 A cada curva el paisaje se volvía más salvaje. Los árboles parecían viejos guardianes. Las piedras guardaban secretos. Al caer la tarde, el camino terminó en un sendero de tierra que descendía hacia un valle profundo. Allí, como escondido del mundo, se alzaba San Lorenzo del pozo. El lugar era silencioso, demasiado silencioso.

 Apenas se escuchaban gallos o perros. Las casas eran de adobe las calles de piedra y en el centro se erguía una iglesia antigua con la torre partida por un rayo. En la puerta me esperaba una mujer de rostro arrugado y mirada triste. “¿Es usted el nuevo padre?”, preguntó. “Si soy el padre, Andrés Santiago.” “Dios lo ayude”, dijo persignándose.

Aquí los hombres ya no rezan y las campanas llevan años mudas. Entré al templo. El olor a humedad y cera vieja me envolvió. El altar estaba cubierto de polvo. Donde debía estar la imagen de la Virgen, solo quedaba un espacio vacío, una marca en la pared, como si la hubieran arrancado con violencia. Sentí un nudo en la garganta.

 ¿Qué pasó aquí?, pregunté. La mujer bajó la mirada, la sacaron, padre. Dijeron que ella trajo desgracias. Desde entonces, el pozo del cerro no deja de llorar. Esa noche me alojé en la vieja casa parroquial. El viento golpeaba las ventanas y las sombras parecían moverse solas. En mi oración pedí fuerzas, pero mientras rezaba escuché claramente el sonido de gotas cayendo.

Plug plog plog. No provenía del techo ni de la lluvia, venía de debajo de la casa. Tomé una linterna y seguí el sonido hasta una trampilla en el suelo medio cubierta por una alfombra. La abrí y sentí un aire helado subir desde la oscuridad. Abajo, una escalera de piedra descendía hacia hacía un pozo antiguo.

Bajé unos escalones el corazón desbocado. En la penumbra vi agua moviéndose suavemente como si respirara. Y entonces lo escuché una voz de mujer, la misma del sueño, que me decía, “Aquí comienza, hijo, aquí donde el agua guarda el dolor de mis hijos olvidados.” Subí temblando. Caí de rodillas frente al altar vacío.

 Entendí que no era coincidencia. El pueblo, el nombre, el pozo, todo era parte del llamado. Al amanecer, las campanas del templo sonaron por primera vez en muchos años. Nadie las tocó y sin embargo su eco recorrió el valle. La gente salió de sus casas asustada mirando al cielo. Yo estaba allí en la puerta de la iglesia sosteniendo mi rosario y repitiendo una sola frase: “La Virgen no nos ha olvidado.

 No sabía entonces que esas palabras encenderían la chispa del conflicto, que por predicarlas el odio se levantaría y que aquella oscuridad bajo mis pies sería algún día mi prisión.” El pozo MP me esperaba, pero aún no lo sabía. Al día siguiente comencé a tocar puerta por puerta con una canasta de pan y el deseo de aprender los nombres antes de hablar de milagros.

La primera casa me la abrió un hombre de mirada seca, los brazos cruzados como un muro. Se llamaba Rodrigo Vargas, aunque todos con un respeto extraño le decían don Rodrigo. Me dejó pasar, pero no me ofreció asiento. Observó mi sotana como si fuera un desafío y dijo sin rodeos que aquí no querían imágenes ni rezos a nadie, que no fuera Dios, que la Virgen solo había traído desgracias y sequías, y que los que insistían en su nombre terminaban mal.

Padre, no despierte lo que ya duerme”, remató señalando con la cabeza hacia el cerro. Su gesto señaló sin nombrarlo, el pozo. Esa tarde en el atrio se me acercaron en silencio tres mujeres. Llevaban rebozos oscuros y ojos que parecían pedir permiso para llorar. La mayor se llamaba doña Remedios, la misma que me había recibido el primer día.

 A su lado venían Amalia y Luz, madre e hija. Me contaron con palabras medidas que la imagen de la Virgen había sido sacada de la iglesia una noche de luna hace años, cuando un niño cayó al pozo y murió ahogado. Dicen que el padre de entonces culpó a la imprudencia, pero don Rodrigo agitó al pueblo con un rumor que la Virgen había apartado sus ojos, que había consentido el mal.

 Entraron al templo, arrancaron la imagen y la arrojaron a la corriente del río como quien expulsa a una extranjera. Desde entonces el pozo no era pozo, era herida. El agua sube aunque no llueva, padre”, susurró doña Remedios. Y cuando alguien reza por ella, se escuchan voces abajo. Quise preguntar por el niño por su nombre, por su tumba, pero bastó ver como Amalia apretó la mano de su hija para entender que aquella historia le estaladraba el pecho.

 Con el caer de la tarde llamé a una reunión dentro de la iglesia. Llegaron apenas nueve personas. Los demás miraban desde lejos detenidos en las esquinas, sin atreverse a cruzar el umbral. El polvo danzaba en el aire cortado por los ases de luz que se colaban por los vitrales quebrados. Nos sentamos en un banco sin micrófonos ni discursos.

 Les pedí que me contaran cómo rezaban antes, qué cantos recordaban, qué promesas habían hecho en otros tiempos. Un viejo llamado Eusebio, cuyas manos estaban marcadas por la leña, entonó sin querer un estribillo a media voz. y los demás lo siguieron como si sus gargantas recordaran más que su mente. En mitad del canto, la campana de la torre resquebrajada dio un golpe seco, uno solo, sin que nadie tirara de la soga.

Nos miramos sin decir palabra. Nadie huyó, pero nadie sonró. Comprendí que la fe en San Lorenzo del Pozo iba a ser, primero que nada, una paciencia de cirujano sobre una carne temblorosa. Por la noche, al escribir en mi libreta, una gota cayó sobre la página como una lágrima pesada. No llovía. Otra más cayó y luego otra.

Seguí el rastro hasta la trampilla del suelo. Abrí, descendí con la linterna y el rosario en la mano. El aire estaba frío con un olor a tierra mojada y piedra. El agua allá abajo respiraba. Madre, dije, sí. Y el murmullo subió como si respondiera. No era una palabra, era un pulso, un latido, un sí. Regresé a mi cuarto con una calma extraña y un miedo tan humano que tuve que quedarme despierto escuchando el silencio hasta que clareó el cielo.

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