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Testiomonio de una médica ex protestante: ‘Vi a la Virgen María salvar a mi paciente’.

Me crié dentro de una tradición protestante, una comunidad evangélica independiente [música] de esas pequeñas de barrio, donde todo el mundo se conoce y los hermanos se cuidan [música] entre sí. Era una comunidad llena de personas sinceras que amaban a Dios con todo el corazón. No tengo nada malo que decir de ellos, al contrario, [música] les debo mucho.

 Fue ahí donde aprendí que Dios existe, que la oración [música] funciona, que la vida tiene un sentido más grande que lo que se puede ver. El problema, si es que se puede [música] llamar problema, no estaba en la gente, estaba en las preguntas [música] que nadie podía responderme. Desde joven tuve una mente [música] inquieta. Me hacía preguntas que incomodaban un poco a los mayores, no porque quisiera ofender, [música] sino porque genuinamente quería entender preguntas sobre la historia de la iglesia, [música] sobre por qué había tantas

denominaciones diferentes, si todos leían la misma Biblia. sobre quién [música] tenía la autoridad para interpretar las escrituras. Me respondían siempre con buena intención, [música] pero las respuestas no terminaban de cerrar el círculo. Con el tiempo aprendí a guardar esas preguntas [música] para mí.

 Me dije que quizás no había respuestas para todo y que lo [música] importante era vivir bien y amar a Dios. Entonces llegó la medicina. Estudiar medicina fue para [música] mí como abrir una puerta que nunca más pude cerrar. No porque la ciencia me alejara de Dios, sino sino porque me hizo entender la magnitud de lo que no sabemos.

 Cuanto más [música] estudiaba el cuerpo humano, más me maravillaba el sistema nervioso, la forma [música] en que el corazón late 70 veces por minuto durante décadas sin descanso. La manera en que las células se organizan para [música] defender al organismo de una infección. Todo eso para mí gritaba [música] que había algo más grande detrás de todo, un orden, una inteligencia.

 [música] Pero en el ambiente universitario hablar de Dios no era bien visto, no de manera abierta la [música] al menos había una especie de presión silenciosa que empujaba [música] a los estudiantes de medicina a separar la fe de la práctica. [música] La fe era para la vida personal, la ciencia era para el trabajo.

 [música] Y yo que siempre quise pertenecer, quise ser tomada en serio. Fui aceptando esa separación [música] poco a poco, sin darme cuenta del daño que me estaba [música] haciendo. No perdí la fe, pero la fui guardando en una caja, una caja pequeña, bien cerrada, que abría los domingos por la mañana y volvía a [música] cerrar el lunes cuando llegaba al hospital.

Durante 30 años viví así, médica de lunes a sábado, [música] creyente los domingos. Nunca me pareció contradictorio porque [música] nunca me detuve a pensarlo de verdad. Era cómodo, era funcional, me permitía ser [música] respetada en mi trabajo y seguir sintiéndome una persona de fe al mismo tiempo.

 Pero Dios, que tiene una paciencia [música] que ningún ser humano puede comprender, estaba esperando el momento exacto. [música] Ese momento llegó una noche de turno mucho después de que yo había dejado de buscar respuestas. Era [música] tarde. La unidad de cuidados intensivos estaba en ese silencio [música] pesado que solo existe en los hospitales de madrugada.

 Un silencio [música] que no es tranquilidad, sino tensión contenida. Los monitores sonando, las enfermeras moviéndose sin hacer ruido, las luces bajas [música] en los corredores. Para mí era el ambiente más familiar del mundo. [música] Llevaba décadas trabajando en ese tipo de silencio. Entonces llegó él, un hombre de 34 años, víctima de un accidente de moto, colisión [música] frontal, a alta velocidad, sin casco, llegó en estado crítico, trauma cráneoencefálico [música] grave, múltiples fracturas, hemorragia interna. [música] Cuando lo

vi por primera vez tendido en esa camilla con los equipos conectados [música] y el equipo de emergencia trabajando sobre él, pensé lo que siempre pienso en esos [música] casos. Vamos a hacer todo lo que podemos. Y eso es lo que hicimos. La cirugía fue larga, la noche fue [música] larga y cuando terminó, cuando ya habíamos hecho todo lo que la medicina [música] permitía, el pronóstico seguía siendo sombrío.

Inducimos el coma para proteger [música] el cerebro. Los estudios mostraban un daño neurológico severo. Le expliqué a la familia con toda la delicadeza que pude que la [música] situación era muy grave, que haríamos todo lo posible, pero que debían prepararse para [música] distintos escenarios. Recuerdo la cara de la madre.

 Recuerdo sus manos entrelazadas [música] frente al pecho y sus labios moviéndose en silencio. No lloraba. Oraba. [música] Esa imagen se me quedó grabada. Aunque en ese momento no supe por qué. [música] Los días siguientes fueron difíciles. El paciente no mejoraba. Los valores neurológicos se mantenían estables [música] en lo malo.

 Cada mañana llegaba, revisaba el prontuario, hablaba con el equipo y cada mañana la respuesta era la misma, sin cambios significativos. [música] Pero afuera del hospital estaba pasando algo que yo no sabía [música] todavía. Una tarde, al salir a tomar aire, vi a un grupo de personas [música] en la calzada frente a la entrada del hospital.

 No era una manifestación, no hacían ruido. Estaban [música] sentados o de pie en silencio, con rosarios en las manos orando. [música] Había adultos mayores, jóvenes. Algunos niños se turnaban, [música] entraban y salían en grupos pequeños, pero la corriente de oración nunca se interrumpía. Alguien [música] me dijo que eran familiares del paciente y vecinos de su comunidad de barrio, que llevaban [música] días así rezando el rosario sin parar, pidiendo la intercesión de la Virgen María.

 Confieso que en ese [música] momento sentí dos cosas al mismo tiempo. Por un lado, un respeto genuino. Esa entrega, [música] esa fe tan visible y tan silenciosa a la vez me conmovió. Por otro lado, mi mente de médica pensó con una [música] frialdad que hoy me avergüenza un poco. La ciencia ya hizo lo suyo.

 La oración [música] no cambia la biología. Qué equivocada estaba. En la quinta noche algo pasó. No voy a exagerar [música] ni adornar lo que sucedió porque la verdad sola ya es suficientemente poderosa. Estaba revisando los monitores del paciente, [música] haciendo el control de rutina de madrugada cuando los valores empezaron a [música] cambiar.

 No de golpe, no de manera dramática, sino con una suavidad que [música] casi parecía imposible. La actividad cerebral, que había estado prácticamente [música] plana durante días, comenzó a mostrar señales que no correspondían a ningún patrón conocido de recuperación. No era lo que esperábamos, no era lo que los estudios [música] predecían.

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