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Revelaciones de un ex pastor: San Agustín destrozó mis argumentos y me hizo CATÓLICO.

 

Empecé a [música] leer primero con curiosidad intelectual, después [música] con algo que ya no podía disimular. necesidad. Leí teología, leí filosofía cristiana, [música] leí las escrituras por primera vez en serio, sin querer refutarlas, sino entenderlas. [música] Y en ese proceso encontré a Cristo, no como [música] concepto, como persona, como alguien que me conocía antes de que yo lo buscara.

 Esa conversión fue genuina, fue real, fue el momento más importante de mi vida. hasta ese punto y [música] me integré a una comunidad cristiana evangélica, una comunidad buena, [música] llena de gente sincera, de personas que amaban a Dios con todo lo que tenían. No tengo nada malo que decir de ellos. Aprendí muchísimo.

 [música] Ahí me enseñaron a leer la Biblia con disciplina, a orar, a servir, a liderar. [música] Me formaron y con el tiempo me llamaron a pastorear una congregación pequeña en el campo cerca de donde vivía. Acepté ese llamado sin titubear, [música] pero hay algo que también me transmitieron y que yo recibí sin cuestionarlo, un cierto rechazo a todo [música] lo que tuviera que ver con la Iglesia Católica.

No era odio, no era violencia, era más bien una desconfianza [música] instalada, casi automática. Cada vez que alguien mencionaba el catolicismo, venían inmediatamente [música] las advertencias. Ojo con las tradiciones humanas, ojo con lo que se [música] añade a la palabra. Y el tema de María, ese [música] era el más delicado de todos.

 María era, en mi círculo, una especie de tema prohibido. [música] Se la mencionaba apenas de pasada, como si hablar demasiado de ella fuera un peligro. La madre de Jesús. Sí. Una mujera, [música] sí, pero nada más. Cualquier cosa que fuera más allá de eso era inmediatamente [música] catalogada como devoción romana, como algo que desviaba la atención [música] de Cristo.

Yo heredé esa postura, la prediqué, la defendí, la asumí como parte de mi [música] identidad teológica y durante años ni siquiera me pregunté si era correcta. Así era mi vida, tranquila. ordenada, [música] segura dentro de sus propios límites hasta que llegó esa noche frente a la pantalla. Era tarde, mi esposa ya dormía.

 Yo estaba en mi estudio, [música] como tantas otras noches, metido en uno de esos foros de debate teológico [música] en internet que hoy me parecen un mundo completamente distinto al que habito. En esos [música] foros se discutía de todo: interpretación bíblica, historia de la iglesia, diferencias doctrinales entre [música] protestantes y católicos.

 Yo participaba con frecuencia, me gustaba debatir, creía que era una forma de defender la fe. [música] Esa noche, un usuario católico me lanzó una pregunta que en el momento [música] me pareció fácil de responder. Me dijo, con una calma que me irritó más que cualquier [música] agresividad. ¿Cómo puede un cristiano que dice respetar la historia de la Iglesia ignorar lo que los padres más grandes [música] de la fe dijeron sobre María? Respondí con seguridad.

 Le dije [música] que los padres de la Iglesia no enseñaban lo que la tradición católica moderna pretendía, que había una [música] distancia enorme entre los primeros siglos y la mariología actual, que si uno leía a los padres con honestidad, [música] encontraría que María no ocupaba ese lugar central que el catolicismo le daba.

 Él me respondió con una sola palabra, Agustín. Y ahí me quedé quieto. Agustín de [música] Ipona, el hombre que para muchos protestantes y evangélicos es prácticamente un héroe. El teólogo de la gracia, el que desarrolló [música] la doctrina de la predestinación, el que combatió el pelagianismo, el que escribió las [música] confesiones.

Agustín era en mi mundo intelectual casi de los nuestros. Era el argumento histórico que los evangélicos usaban para mostrar que la teología reformada tenía raíces profundas. Agustín [música] era confiable y ese usuario me estaba diciendo que Agustín hablaba de María de una manera que yo desconocía. Mi primer [música] instinto fue de rechazo.

 Seguramente estaba sacando frases de contexto. [música] Seguramente había una explicación. Los católicos siempre hacen eso. [música] Pensé. toman un párrafo suelto y construyen toda una doctrina encima. Yo iba a demostrar exactamente [música] eso. Le respondí, “Está bien, dame las referencias, [música] las voy a leer.” Y las leyó.

 Pero eso, eso ya [música] es parte de lo que viene después. Lo que quiero que entiendan ahora es el estado de ánimo con el que abrí [música] esos textos. Yo no era un hombre que buscaba convertirse. Yo no tenía ninguna simpatía [música] oculta por el catolicismo. Yo era un pastor convencido, con años de ministerio encima, con una congregación que dependía de mí, con una [música] identidad teológica sólida y bien construida.

No había en mí [música] ninguna puerta entreabierta hacia Roma, ninguna. Abrí los escritos de Agustín [música] como se abre la guarida de un adversario. Seguro de que iba a salir victorioso. Esa seguridad no duró mucho, porque hay algo que nadie te dice cuando llevas años estudiando teología desde un solo ángulo.

 El día que [música] te obligas a leer las fuentes originales sin filtros, sin el resumen que alguien más hizo de ellas, el suelo puede moverse bajo tus pies, [música] no de golpe, no como un terremoto, un sino como cuando caminas sobre tierra que creías firme y de [música] repente sientes que cede, apenas 1 milro, pero lo suficiente para que tu cuerpo lo registre.

 Eso fue lo que me pasó esa primera noche. Abrí el primer texto. Era uno de los sermones del obispo de Ipona, uno de los hombres más grandes que ha dado la historia del pensamiento cristiano. [música] Un hombre que había sido pecador, que había vivido en la oscuridad, que había luchado [música] contra sus propias pasiones y había encontrado a Dios al final de un camino [música] largo y doloroso.

un hombre que conocía lo que era la gracia, no [música] como concepto teológico, sino como experiencia personal. Ese hombre [música] hablaba de María y no hablaba de ella como yo esperaba. No la nombraba de pasada. No la reducía [música] a un papel secundario en la historia de la salvación. La colocaba en el centro del misterio de la encarnación.

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