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Renunciar a 20 años de adventismo me dejó solo: Mi doloroso escape al Catolicismo.

Hasta ahí nada malo. Eso es verdad. Pero con el [música] tiempo esa idea fue creciendo dentro de nuestra comunidad hasta convertirse en algo más complicado. La salud [música] empezó a sonar como señal de bendición. La enfermedad [música] empezó a sonar manit como otra cosa. Nadie lo decía directamente.

 Nadie subía al púlpito y anunciaba que los enfermos eran [música] menos espirituales. No era tan explícito, pero estaba ahí flotando en el aire, en los comentarios al margen, en las miradas, en las frases que se decían con buena intención, pero que dejaban una marca. Hermano, si usted ora más, su cuerpo va a responder. La fe verdadera mueve montañas [música] y también sana.

Ha revisado si hay algo sin confesar. A veces el cuerpo habla lo que el alma calla. Yo mismo decía algunas de esas cosas. Me avergüenza reconocerlo, pero es la verdad. Yo era parte de esa cultura. Enseñaba que la disciplina, la obediencia y la fe producían bienestar. Y durante años funcionó, o al [música] menos eso creí. Tenía buena salud.

Seguía los principios que nos enseñaban sobre alimentación, descanso, ejercicio. Me sentía bien y en mi cabeza, sin darme cuenta, fui conectando eso. Me cuido, obedezco a Dios y por eso estoy bien. Esa lógica, esa lógica [música] silenciosa fue la que se rompió el día que el médico me dijo lo que tenía. Tenía 51 años.

 Los síntomas habían empezado meses antes, casi sin que yo lo notara. Un hormigueo en los pies que al principio atribuía al cansancio. Una debilidad en las piernas que pensé que era por no dormir bien. Pero fue empeorando. Las manos empezaron a fallar. Me costaba agarrar cosas. [música] Me tropezaba sin razón. Había días que me levantaba y sentía que el cuerpo no era mío.

 Fui al médico, después a un especialista. después a otro y al final, después de pruebas y más pruebas, me dieron un nombre para lo que tenía. Una enfermedad neurológica crónica progresiva, neuropatía periférica severa con síndrome de dolor crónico incapacitante. No tenía cura, solo manejo. Me lo dijeron con mucha delicadeza.

 [música] El médico era un hombre bueno. Habló despacio, me explicó todo. Me dijo que con tratamiento podía mantener la calidad de vida. [música] fue profesional y amable, pero yo salí de ese consultorio sin saber quién era, porque si yo había construido mi identidad sobre la idea de que la obediencia produce salud, ¿qué decía de mí este diagnóstico? ¿Qué había fallado? ¿Qué había desobedecido? ¿Qué pecado no había confesado que ahora se manifestaba en mis nervios, en mis músculos, [música] en mi caminar? Esas preguntas no las formulé así de

claro en ese momento, pero estaban ahí enterradas bajo la superficie esperando. La comunidad respondió bien al principio. Hubo oración, hubo ayuno colectivo, hubo visitas, mensajes, llamadas. Me sentí arropado y en esas primeras semanas [música] pensé que iba a estar bien, que la comunidad me sostendría.

 Pasaron los meses, la enfermedad no mejoró, se estabilizó, sí, pero no retrocedió. Y ahí fue cuando algo empezó a cambiar, muy despacio, casi sin que yo lo pudiera nombrar. Las visitas se fueron espaciando, los mensajes se fueron haciendo más cortos [música] y en su lugar empezaron a llegar otras cosas. Comentarios disfrazados de consejo, preguntas que no eran preguntas, silencios que decían más que las palabras.

 Un hermano [música] con el que había servido por años me dijo un día con una sonrisa, Stefan, a veces Dios permite la enfermedad para llamar nuestra atención. ha revisado si hay algo que está deteniendo su sanidad. Otro me mandó [música] un texto con un versículo sobre fe y montañas, sin contexto, sin más, solo el versículo. Y una hermana mayor que yo había visitado cuando su esposo estaba enfermo me dijo casi susurrando, “Hermano, la fe que mueve montañas [música] no conoce diagnósticos médicos.

 Siga creyendo.” Yo sonreía, asentía. Les decía que sí, que estaba creyendo, que seguía confiando en Dios, pero por [música] dentro me estaba derrumbando. Porque si algo duele más que la enfermedad física, es cargar la enfermedad y encima cargar la culpa de tenerla. Es levantarte cada mañana con dolor y además preguntarte qué hiciste mal para merecerlo.

 Es ir a un lugar que se llama comunidad y sentirte más solo que en tu casa. Yo había pasado 20 años visitando a enfermos, les llevaba esperanza, presencia, compañía. Y ahora que yo era el enfermo, lo que me llegaba era una teología disfrazada de consuelo que me decía entre líneas que mi problema era yo mismo. Eso, pero eso no lo pude sostener. Durante esos meses.

Seguí sirviendo como pude. Seguí yendo a los estudios cuando las piernas [música] me lo permitían. Seguí siendo Stefan, el diácono confiable, el que siempre tiene una palabra de aliento, pero era una actuación por dentro. Cada domingo era una lucha para no gritar. ¿Dónde está la gracia para el que no mejora? ¿Dónde está Dios para el que ora y no sana? [música] ¿Qué pasa con los que siguen todas las reglas y de todas formas terminan con un bastón a los 51 años? Esas preguntas no tienen respuesta dentro de una teología que convierte la

salud en premio y la enfermedad en castigo. Y yo [música] las tenía todas atrapadas aquí en el pecho sin poder sacarlas hasta que [música] un día las saqué. Pero eso eso [música] viene en la siguiente parte de esta historia. Hubo una reunión de liderazgo un martes [música] por la noche, sala pequeña, mesa larga.

 Gente que yo conocía de memoria, caras familiares, años de historia compartida. [música] Y yo llegué con algo que había estado cargando solo durante meses. No llegué con rabia, eso quiero dejarlo claro. No llegué a pelear ni a acusar a nadie. Llegué cansado, llegué con preguntas genuinas que [música] ya no podía seguir callando.

 Pedí la palabra, me la dieron y dije algo más o menos así, que nuestra [música] comunidad no tenía un camino real para acompañar a los enfermos crónicos, que había mucha oración al principio, sí, pero que cuando la enfermedad no cedía, el enfermo quedaba solo, que el mensaje implícito que circulaba, sin que nadie lo dijera en voz alta, era que la falta de sanidad era señal de falta de fe y que Eso, eso no era pastoral, era crueldad disfrazada de espiritualidad.

El silencio que siguió fue largo. Nadie me atacó, nadie me gritó. Eso habría sido más fácil de alguna manera. Lo que hubo fue peor. Respuestas evasivas, miradas al suelo, frases vagas sobre seguir orando y confiar en el tiempo de [música] Dios. Un hermano dijo que tal vez había que estudiar el tema más a fondo.

 Otro dijo que era un asunto delicado y el que presidía la reunión cerró el tema con una oración y pasó al siguiente punto del orden del día. Yo me quedé sentado ahí con mis preguntas en la mano sin que nadie las hubiera recogido. Manejé de vuelta a casa en silencio. No lloré, no me enojé, [música] solo sentí algo que no supe nombrar en ese momento, pero que ahora sé que era el inicio del final.

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