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RELATO QUE ESTREMECE: El diablo confesó a una adventista que teme la intercesión de los santos

Pobrecitos, están engañados. Recuerdo cuando mi abuela materna católica murió. Mi madre lloró mucho, pero se negó a asistir al rosario. No voy a participar en necromancia, dijo. Deuteronomio 18 es clarísimo. No se debe consultar a los muertos. Rezarle a los santos es exactamente lo que Dios condenó. Yo, que adoraba a mi mamá, absorbí esa enseñanza como leche materna espiritual.

Los católicos no solo estaban equivocados, estaban practicando brujería sin saberlo. Mi adolescencia fue inmersión total en la identidad adventista, escuela sabatina todos los sábados, servicio hasta las 2 de la tarde, grupos juveniles donde cantábamos y estudiábamos profecías. Los viernes por la noche, la puesta del sol marcaba el inicio del sábado [música] y toda actividad secular se detenía.

Nada de televisión, tareas [música] escolares, actividades mundanas. Era tiempo santo dedicado a Dios. Yo me sentía especial, elegida, parte [música] de un remanente fiel, mientras el resto del mundo, especialmente los católicos, vivían en desobediencia ignorante. A los [música] 15 años comencé en las campañas evangelísticas.

Teníamos territorios asignados en barrios humildes de Celaya, Salamanca y Cortazar. Y cada sábado por la tarde salíamos a tocar puertas. Llevábamos folletos que advertían sobre la gran  del Apocalipsis. Los títulos todavía los recuerdo. ¿Quién cambió el sábado por el domingo? La verdad sobre la Virgen María.

 Los muertos no saben nada. Yo repartía esos folletos con el celo de quien rescata almas del engaño mortal. Mi especialidad era atacar [música] la veneración de santos. Visitábamos casas humildes con imágenes de la Virgen de Guadalupe, San Judas, el Sagrado [música] Corazón. Y yo decía con voz firme, hermana, ¿sabe lo que dice Deuteronomio 18? No debemos consultar a los muertos.

Cuando le reza a San Juditas o la Virgen, está haciendo lo que Dios condena como necromancia. Los muertos no saben nada, dice Eclesiastés 9:5. Solo Jesús puede escuchar sus oraciones. Recuerdo a doña Margarita en Salamanca que lloraba [música] mientras yo explicaba esto. Pero le rezo al Santo Niño desde niña, decía, y me ha ayudado muchas veces.

Yo respondía con la seguridad de mis 17 años. Hermana, son emociones, pero la Biblia es clara. Está orando a los muertos. Pecado grave. El único mediador es Cristo Jesús, dice Primero Timoteo 2:5, no necesita intermediarios muertos. Muchas familias católicas terminaban visitando nuestra iglesia. Llevaba un registro, 47 personas que dejaron el catolicismo entre mis [música] 17 y 25 años.

 Cada nombre era una victoria espiritual, un alma rescatada del engaño romanista. Me casé a los 22 con Roberto, ingeniero adventista devoto. Tuvimos dos hijas, Rebeca y Daniela, que crecieron en la misma atmósfera. Escuela sabatina, [música] escuela adventista durante la semana, campamentos en verano, cero contacto con el mundo.

 Mi vida era perfecta, esposa, madre, maestra [música] en la escuela adventista donde enseñaba historia bíblica y profecía, y sobre todo misionera [música] incansable. A los 28 fui nombrada líder del ministerio de evangelización. La más joven en ese puesto lo tomé con seriedad de misión divina. Organizamos campañas masivas en Celaya y pueblos circunvecinos.

Rentábamos salones, poníamos sillas, proyectábamos presentaciones con gráficos proféticos y yo predicaba 2 horas sobre Daniel 27, Apocalipsis 12 13 [música] 17, siempre llegando a la misma conclusión. La Iglesia Católica era el sistema apóstata que había corrompido el cristianismo y perseguiría al pueblo de Dios en los últimos días.

“La Iglesia Católica cambió el sábado por el domingo”, declaraba yo. Esa es la marca de su autoridad. En el tiempo del fin, quien adore en domingo recibirá la marca de la bestia. La gente escuchaba fascinada y aterrada. Decenas se bautizaban después, dejando rosarios, escapularios, estampitas de santos, todo lo que yo llamaba ídolos que Dios aborrece.

Recuerdo una campaña en Cortazar en 2019, donde la familia Ramírez completa dejó su fe. El señor Ramírez era coordinador de catequesis en su parroquia. Después de mi serie sobre las profecías reveladas, me dijo llorando, [música] “Hermana Yamilet, toda mi vida he sido católico, pero usted me [música] abrió los ojos.

 No sabía que adoraba a la bestia. Quiero bautizarme en la verdad.” Yo lo bauticé personalmente. Durante meses fue mi mayor testimonio. Miren, era católico devoto y ahora conoció la verdad. Lo que yo no sabía era que estaba destruyendo la protección espiritual que tenían. Mi hermana Edilma siempre fue diferente. 5 años menor.

 Desde adolescente mostraba menos convicción. No era rebelde, asistía a la iglesia, pero yo notaba su falta de fuego evangelístico. Cuando cumplió 23 en 2016, nos destrozó con la noticia. Estaba enamorada de Weneslao, un católico de Irapuato. Mis padres entraron en crisis. Mi padre le leyó a Corintios 6:14 con voz temblorosa. No os unáis en yugo desigual con los incrédulos.

Para nosotros los católicos eran incrédulos, igual [música] que ateos. Yo tuve una conversación de 3 horas con Edilma en su habitación. ¿Estás dispuesta a poner en riesgo tu salvación por este hombre? Le pregunté llorando. Los católicos adoran imágenes. Le rezan a muertos. Creen que un pedazo de pan se convierte en Dios.

 ¿Cómo vas a vivir con alguien en tinieblas tan profundas? ¿Qué pasará con tus hijos? ¿Los criarás en idolatría católica? Edilma lloró mucho, pero respondió, Yamilet. Puenceslao es el hombre más bueno que he conocido. Ama a Dios, lee su Biblia. [música] es honesto, trabajador, respeta a nuestra familia. No puedo creer que Dios lo condo, porque va a misa los domingos en lugar de guardar el sábado.

La boda en 2017 fue traumática. Se casaron por la Iglesia Católica en Irapuato, en la parroquia [música] del Señor del Hospital, una iglesia colonial llena de imágenes que a mí me parecían demonios disfrazados. Mis padres no asistieron. Mi [música] madre dijo, “No voy a entrar a un templo de Babilonia.

 No voy a presenciar cómo mi hija se une en yugo desigual. Yo tampoco asistí, aunque me dolió muchísimo. Edilma era mi hermana menor. La había visto nacer cuidado cuando éramos niñas. Pero mi lealtad a Dios tenía que estar por encima de lazos familiares. El que ama a padre o madre más que a mí no es digno de mí.

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