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RELATO INCREÍBLE: Pastora evangélica abandona púlpito ante 500 fieles gritando “¡Soy Católica!”

Vino a nuestro templo por curiosidad, porque una vecina la invitó después de escuchar mi sermón Guadalupe, sincretismo demoníaco o aparición verdadera, cayó llorando al altar. Pastora Lorena, me dijo entre soyosos, toda mi vida he estado adorando a una imagen en lugar de adorar a Cristo. Perdóname, Señor. Yo la abracé sintiendo una satisfacción inmensa, otra alma rescatada de las garras de Roma.

 Le hice quemar sus estampitas de la Virgen esa misma noche, renunciar públicamente a su idolatría mariana y bautizarla por inmersión en nuestro tanque bautismal de fibra de vidrio con luces LED azules. Marcela se convirtió en una de mis discípulas más fieles, trayendo a toda su familia extendida. En 6 meses, 15 personas de su clan habían dejado el catolicismo.

 Multiplicaba estas victorias. Las grababa en video, las subía a YouTube. Mis sermones anticatólicos se volvieron virales en círculos evangélicos de todo México. La pastora que le pone el dedo en la llaga a Roma me llamaban. Recibía invitaciones para predicar en iglesias de Monterrey, Tijuana, Ciudad de México. Mi canal de YouTube superó los 50,000 suscriptores.

Las vistas de mis videos sumaban millones. Mi iglesia explotó. De 150 personas pasamos a 300, luego 500, hasta estabilizarnos en 600 almas cada domingo distribuidas en tres servicios: 8 de la mañana, 11 de la mañana y 6 de la tarde. Compramos un terreno más grande en Zapopán. Construimos un auditorio con capacidad para 800 personas, oficinas administrativas, salones de escuela dominical.

 Teníamos presupuesto anual de casi 2 millones de pesos. Pagaba salarios a cinco pastores asociados, 10 maestros de niños, un equipo de medios audiovisuales de cuatro personas. Yo era una celebridad evangélica regional. Me invitaban a conferencias, escribidos libros, Libertad en Cristo, escapando del cautiverio católico. Hizo la escritura solo Cristo, refutando el magisterio romano.

 Ambos se vendieron bien en librerías cristianas de todo el país. Ganaba dinero, buen dinero. Vivíamos en una casa de tres pisos en una privada de Zapopan. Mi hija Isabella estudiaba en un colegio bilingüe caro. Daniel manejaba una sube último modelo, pero más que el dinero, lo que me embriagaba era el poder espiritual, la sensación de tener razón, de ser portadora de la verdad pura, de estar del lado correcto de la historia de la salvación.

 Cuando predicaba, sentía fuego en la lengua. Las palabras salían como espadas, cortando, demoliendo, conquistando. La gente gritaba, “¡Amén! ¡Gloria a Dios! Así se predica la verdad. Yo sudaba, caminaba de un lado a otro del escenario. Mi Biblia de estudio, Reina Valera en mano, marcada con miles de subrayados y notas al margen.

 Y mi blanco favorito, mi enemigo teológico número uno, era Nuestra Señora de Guadalupe. No podía ser de otra manera. Viviendo en Guadalajara, a pocas horas de la basílica, en una ciudad donde el 12 de diciembre prácticamente se para todo para honrar a la morenita del Tepeellac, era imposible ignorar esa devoción y yo no la ignoraba, la atacaba frontalmente con toda mi artillería bíblica.

 Hermanos, predicaba mi voz amplificada por micrófonos profesionales. ¿Dónde dice la Biblia que debemos orar a María? en ningún lado. ¿Dónde dice que María es corredentora, que intercede por nosotros? En ningún lado. La Biblia es clara en Primera de Timoteo 2:5. Hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo, hombre, uno solo.

 No María, no los santos, solo Cristo. Continuaba entrando en calor. Y esta supuesta aparición de Guadalupe en 1531, ¿qué es, hermanos? Es sincretismo. Los conquistadores españoles sabían que los aztecas adoraban a Tonanzin, la diosa madre, en el cerrito del Tepeellac. Entonces, ¿qué hicieron los astutos sacerdotes católicos? Pusieron una Virgen morena en el mismo lugar, le dieron rasgos indígenas y bautizaron el paganismo azteca como cristianismo.

 Eso es Guadalupe, una trampa romana para mantener a millones de mexicanos adorando a una imagen en lugar de adorar al Dios vivo y verdadero. La congregación estallaba en aplausos. Yo citaba más versículos. Éxodo 20 4 sobre los ídolos. Isaías 42 8 sobre no dar la gloria de Dios a imágenes talladas.

 Apocalipsis 19 10 donde el ángel rechaza la adoración de Juan. Cada versículo era un martillazo contra la devoción guadalupana. Y saben qué funcionaba. Mis videos más vistos en YouTube eran precisamente esos. La verdad bíblica sobre Guadalupe tenía casi medio millón de reproducciones. Los comentarios eran de agradecimiento.

Pastora, usted abrió mis ojos. Toda mi vida fui guadalupana y ahora veo que era idolatría. Gracias por predicar la verdad. Yo quemé mi imagen de Guadalupe después de ver esto, pero mi anticatolicismo no era solo teórico, no se quedaba en el púlpito. Lo llevaba a mi vida cotidiana, a mi familia, con una dureza que ahora recordándola me parte el alma de vergüenza, sobre todo con mi tía Conchita.

 La tía Conchita, hermana menor de mi mamá, era todo lo que yo despreciaba espiritualmente. Católica devota de hueso colorado. Vivía en la colonia moderna, cerca de la Basílica de Guadalupe, en esta ciudad. Su pequeña casa de dos cuartos era un santuario guadalupano. Cuadros de la Virgen en cada pared, veladoras encendidas día y noche, un altar con flores frescas frente a una imagen grande de la tilma de Juan Diego.

Rezaba el rosario tres veces al día. Asistía a misa diaria en la basílica. Era cooperadora de la parroquia. Organizaba peregrinaciones al Tepellac. Cada 12 de diciembre. Mi madre, aunque evangélica por matrimonio, mantenía una relación afectuosa con su hermana. le permitía visitarnos, especialmente en Navidades.

 La tía Conchita llegaba cada 24 de diciembre con tamales recién hechos a tole de arroz y siempre, siempre con su rosario de plata, bendecido por el arzobispo, colgando de su cuello y su escapulario del Carmen bajo la blusa. Yo la toleraba con una condescendencia insoportable. La saludaba de beso, aceptaba sus tamales porque estaban deliciosos.

Pero en cuanto ella intentaba hablar de religión, la cortaba. Tía, en esta casa adoramos a Dios en espíritu y en verdad. No hay imágenes le decía con una sonrisa fría. Ella bajaba la mirada, cambiaba de tema. Pero hubo una Navidad en diciembre de 2023 que crucé la línea de la simple grosería a la crueldad espiritual.

Estábamos cenando en familia. Mis padres, Daniel, Isabela, mi hermano menor con su esposa y la tía Conchita. Era una noche fría. Habíamos encendido el anafre de carbón en el patio para calentar el ambiente. La cena había sido alegre con villancicos evangélicos sonando de fondo en el estéreo. En un momento dado, Isabela, que entonces tenía 12 años, le preguntó inocentemente a la tía Conchita sobre su rosario.

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