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RELATO INCREÍBLE: Estudié a Lutero toda mi vida… y sus propias palabras me llevaron al catolicismo.

Mi tío Jorge, hermano menor de mi padre, era un católico sencillo que vivía en un pueblo cerca de Puebla. Cada vez que lo visitábamos en Navidad o Semana Santa, yo encontraba la manera de atacar su fe. Recuerdo una tarde de diciembre hace unos 5 años cuando toda la familia estaba reunida en su casa para la tradicional cena [música] navideña.

 El tío Jorge había colocado un pequeño nacimiento en la sala con figuritas de barro que su esposa había comprado en el mercado de Cholula. Junto al nacimiento había una imagen de Nuestra Señora de Guadalupe con veladoras encendidas y en la mesita de noche de su recámara un rosario de cuentas de madera que él rezaba todas las noches antes de dormir.

Mientras los demás conversaban y reían, yo me acerqué al nacimiento con una sonrisa irónica. “Tío Jorge”, dije en voz alta para que todos escucharan, “¿De verdad crees que estas figuritas de barro tienen algún poder espiritual? ¿De verdad crees que la Virgen de Guadalupe puede escuchar tus oraciones? La Biblia dice claramente que hay un solo mediador entre Dios y los hombres y ese es Jesucristo.

 No María, no los Santos, no el Papa, solo Cristo. Mi tío me miró con una tristeza que no supe interpretar en ese momento. Era un hombre de pocas palabras, de manos callosas por el trabajo en el campo, de fe sencilla, pero profunda. No tenía títulos académicos, ni había leído a los teólogos de la reforma. Solo tenía su rosario, su devoción a la Guadalupana y una paz interior que yo con todos mis conocimientos no poseía.

Sobrino, me respondió con voz suave, yo no adoro a la Virgen. Yo le pido que rece por mí, igual que tú le pides a tus hermanos de la iglesia que recen por ti. Ella está en el cielo, más cerca de su hijo que nadie. ¿Por qué no podría pedirle que interceda por nosotros? Su respuesta me irritó profundamente, no porque fuera ilógica, [música] sino porque tenía una sencillez que mis argumentos sofisticados no podían penetrar.

Eso es superstición, tío. Repliqué con dureza. [música] Esas cuentas que rezas todas las noches son cadenas de esclavitud espiritual. Repetir oraciones mecánicamente es exactamente lo que Jesús condenó cuando habló de las vanas repeticiones [música] de los paganos. Tú no necesitas a María para llegar a Cristo.

 ¿Puedes ir directamente a él? Eso es lo que Lutero nos enseñó. Mi tío no respondió, simplemente bajó la mirada, se persignó en silencio y se alejó hacia la cocina donde las mujeres preparaban la cena. Mi padre, que había escuchado todo desde el sofá, me lanzó una mirada de reproche, [música] pero tampoco dijo nada. En mi familia todos sabían que discutir conmigo sobre religión [música] era inútil. Yo tenía respuesta para todo.

 Yo era el experto. Esa noche, [música] mientras manejaba de regreso a la Ciudad de México con mi esposa María Elena y nuestra hija Ana Lucía, dormida en el asiento trasero, me sentí satisfecho conmigo mismo. Había defendido la verdad frente a la superstición católica. Había iluminado a mi familia con el conocimiento de la reforma.

No me di cuenta de que había herido profundamente a un hombre bueno, cuya fe, aunque diferente a la mía, era probablemente más auténtica que la mía. María Elena, que venía de una familia mitad católica y mitad evangélica, guardó silencio durante todo el viaje. Solo cuando llegamos a casa y acostamos a Ana Lucía, me dijo algo que en ese momento ignoré, pero que ahora recuerdo con claridad.

Rodrigo, ¿no crees que fuiste muy duro con tu tío? Él es un hombre bueno. Su fe lo hace feliz. ¿Por qué tienes que atacarlo siempre? Porque la verdad importa, respondí con impaciencia. No puedo quedarme callado mientras mis seres queridos practican una religión falsa. [música] Los amo demasiado para dejarlos en el error.

 Ella me miró con una expresión que no supe decifrar. Había algo de tristeza, algo de frustración, algo de resignación, pero no dijo nada más. Se fue a la recámara y yo me quedé [música] en mi estudio revisando notas para mi próxima conferencia sobre los errores mariológicos del catolicismo romano. Esa era mi vida, esa era mi misión.

 atacar, refutar, demoler, usar mi conocimiento de Lutero como un martillo para golpear todo lo que oliera a catolicismo. Me sentía parte de una élite espiritual e [música] intelectual, un guardián de la verdad reformada en un continente dominado por la superstición romana. Pero detrás de mi seguridad teológica se escondía un temor secreto que nunca confesé a nadie.

 Sabía que muy pocos de mis alumnos y casi ninguno de mis colegas leían a Lutero en serio. Tomaban frases sueltas, esanes, [música] citas de manual. Repetían lo que les habían enseñado sin verificar las fuentes. Sola escriptura, sola fide, sola gratia, decían como mantras, sin entender realmente lo que el reformador había enseñado sobre estos temas.

 Yo sí lo leía en alemán, me decía a mí mismo. Yo sí conocía sus textos completos. Yo sí entendía los matices de su teología. Esa supuesta superioridad académica alimentaba mi orgullo y me hacía sentir indispensable en el mundo evangélico. Era el Dr. Salazar, el hombre que podía citar a Lutero de memoria para demoler cualquier defensa católica.

Lo que no sabía era que esa misma erudición, esa misma capacidad de leer los textos originales sería el instrumento que Dios usaría para derrumbar todo mi edificio teológico. La crisis comenzó de manera inocente, como suelen comenzar las crisis más profundas. Una editorial protestante española me contactó para un proyecto ambicioso, preparar una nueva edición comentada de varios escritos de Martín Lutero sobre la Eucaristía.

El objetivo era claro y yo lo acepté con entusiasmo. Querían mostrar de una vez por todas que incluso el reformador alemán se habría opuesto al dogma católico de la presencia real de Cristo en la Eucaristía. El título tentativo del libro era provocador, Lutero contra la misa, [música] la verdadera cena del Señor.

 Mi misión era sencilla, o eso creía yo. Debía seleccionar los textos más relevantes de Lutero sobre el tema eucarístico, traducirlos al español con precisión académica y añadir comentarios que reforzaran la interpretación simbólica de la cena del Señor que predominaba en el mundo evangélico. era el proyecto perfecto para mi carrera.

 [música] Me consolidaría como la autoridad máxima en estudios luteranos en el mundo hispanohablante. Comencé el trabajo con la confianza de quien cree conocer el terreno. Había leído muchos textos de Lutero a lo largo de los años, especialmente aquellos donde atacaba el sacrificio de la misa y criticaba ciertos abusos del clero católico.

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