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RELATO EMOCIONANTE: Por que soy sacerdote católico y no un pastor protestante

 

” Los cultos duraban 2 horas y media, a veces tres. Comenzaban con 30 o 40 minutos de alabanza, las guitarras, el teclado, las voces elevándose en himnos tradicionales primero, luego en canciones contemporáneas que repetíamos hasta que el ambiente se cargaba de emoción. Yo cantaba con todo mi cuerpo, con las manos levantadas, con los ojos cerrados, sintiendo que cada palabra me acercaba más a Dios.

 Luego venían los anuncios, las ofrendas, los testimonios. Alguien compartía como Dios había provisto un trabajo, sanado una enfermedad, restaurado una relación. La congregación respondía con amenes y aleluyas. Finalmente, el sermón que podía durar entre 40 minutos y una hora. Mi padre tomaba notas meticulosamente. Yo intentaba prestar atención, aunque a los 11 años muchas cosas se me escapaban, pero captaba el tono, la urgencia, la convicción absoluta de que teníamos la verdad y el mundo necesitaba escucharla.

Después del culto venía el almuerzo comunitario. Las mujeres habían preparado comida durante la semana y todos compartíamos en el salón anexo. Empanadas, milanesas, ensaladas, tortas. Los hombres hablaban de trabajo y de fútbol, pero siempre volvían a la Biblia. Las mujeres conversaban sobre sus hijos, sus casas, pero intercalaban oraciones y promesas bíblicas.

 Los niños corríamos por el patio, jugábamos, formábamos amistades que asumíamos serían eternas porque todos éramos familia en Cristo. Yo tenía mi grupo Matías, hijo del pastor Lucas y Tomás, hermanos gemelos, cuyo padre era líder de alabanza. Y Daniela, la única chica que jugaba al fútbol con nosotros, mi abuela Teresa, la madre de mi mamá.

 Era la única nota discordante en esa armonía protestante. Vivía sola en un departamento pequeño cerca del parque Independencia. Y aunque la visitábamos cada dos semanas, había una tensión invisible que se instalaba cada vez que cruzábamos su puerta. Ella era católica, no de esas católicas que van a misa solo en Navidad, sino de las que rezaban el rosario todas las noches.

 Tenían estampitas de santos en cada rincón y hablaban de la Virgen como si fuera una presencia real en sus vidas. Recuerdo una visita específica cuando yo tenía unos 13 años. Mi madre había llevado facturas recién compradas y yo tenía que entregarle unos papeles de la obra social. Entramos al departamento y el olor a incienso me golpeó inmediatamente.

Mi abuela había estado rezando. Tenía el rosario todavía en las manos. “Perdón, Teresa,”, dijo mi madre. Interrumpimos. Mi abuela sonrió. guardó el rosario en el bolsillo de su delantal y dijo, “Nunca interrumpen, hija, pero yo había visto algo en sus ojos. No molestia, sino una especie de soledad, como si su momento más íntimo hubiera sido invadido.

 Nos sentamos en su pequeña mesa de cocina. Ella sirvió té y empezó a contarnos sobre su semana. Había ido a la parroquia para el grupo de viudas. habían organizado una colecta para una familia necesitada. El padre Miguel la había visitado para ver cómo estaba. Mi madre escuchaba con atención genuina, pero yo notaba su incomodidad cuando la abuela mencionaba al sacerdote, cuando hablaba de la misa, cuando se refería a nuestro Señor en el santísimo sacramento, eran códigos de un mundo que no compartíamos.

 En un momento, mi abuela me miró directamente y me preguntó cómo me iba en la escuela. Le conté sobre mis clases, sobre un examen de matemáticas que había salido bien. Ella asintió orgullosa. Luego preguntó si tenía novia. Me puse rojo. Mi madre rió. Todavía no, mamá. Está muy chico para esas cosas. Mi abuela sonrió con esa sonrisa cómplice de los abuelos y dijo, “Cuando tengas, tráela para que la conozca y si alguna vez necesitas consejo, acá estoy.

” Había algo en su forma de decirlo. No era solo cortesía, era una oferta real de presencia, de escucha, sin juicio. Mi padre nunca fue directamente grosero con ella, pero había comentarios pequeños, corteses, envueltos en preocupación pastoral. Una vez, cuando ella mencionó que había estado en una novena, mi padre preguntó con tono suave, Teresa, “¿Has pensado en leer la Biblia por ti misma sin intermediarios? Dios quiere que tengas una relación directa con él.

” Mi abuela no se inmutó, solo respondió, leo la Biblia, Marcos. Y también tengo una relación directa con Dios, pero no veo por qué eso significa que deba rechazar 2,000 años de sabiduría de la iglesia. Mi padre no insistió, pero intercambió una mirada con mi madre que yo interpreté.

 Como ya ves, está cerrada la verdad. Mi madre sufría esa división en silencio. Nunca la vi defender abiertamente la fe de su madre, pero tampoco participaba cuando mi padre o los ancianos de la iglesia hacían comentarios sobre las tradiciones humanas o el paganismo disfrazado. Había una lealtad dividida en ella que solo ahora, años después, puedo entender, amaba a su madre, pero también había construido toda su vida adulta en la iglesia protestante.

 Había criado a sus hijos. En esa fe había encontrado comunidad y propósito ahí, como podía validar el camino de su madre sin cuestionar el propio Yo aprendí a ver a mi abuela con una mezcla de cariño y lástima. La quería genuinamente. Disfrutaba sus visitas, sus historias sobre cuando mi madre era niña, sus bizcochos caseros que hacía especialmente para nosotros.

 Pero también creía que estaba equivocada, que seguía un sistema religioso corrupto que la alejaba de la verdad bíblica cuando oraba por ella, lo cual hacía ocasionalmente pedía que Dios abriera sus ojos antes de que fuera demasiado tarde. Nunca definí que significaba demasiado utargi, pero había una urgencia implícita.

El tiempo se acababa. En ella necesitaba ser salva. Y la salvación, yo creía firmemente, solo venía a través de una profesión de fe personal en Cristo, según la fórmula protestante que conocíamos. A los 17 años, durante un retiro juvenil en las sierras de Córdoba, sentí lo que todos llamaron el llamado al ministerio.

 Fue en un campamento organizado por nuestra denominación con jóvenes de varias iglesias de la región. éramos como si en Shikus instalados en un predio con cabañas rústicas, rodeados de naturaleza, completamente desconectados del mundo exterior. El tema del retiro era consagración total. Durante tres días escuchamos prédicas sobre entrega, sacrificio, servicio.

 Había testimonios de misioneros que habían dejado todo para ir a países lejanos. Había momentos de alabanza que duraban horas con fogatas bajo el cielo estrellado y guitarras que no paraban de sonar. La noche del segundo día fue particularmente intensa. Habían organizado una vigilia de oración desde las 10 de la noche hasta el amanecer nos dividieron en grupos pequeños y cada grupo tenía un espacio asignado en diferentes puntos del predio.

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