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RELATO CONMOVEDOR: Hija de pastor evangélico convierte a su PADRE en su lecho de muerte

 Está clarísimo en Éxodo 20. Mi tía, una mujer pequeña de apenas metro y medio, pero con un corazón del tamaño del universo, lo miraba con una paciencia que ahora reconozco como heroica. Mateo, hermano, respondía con esa voz suave que nunca se alteraba. No adoro a la imagen, venero lo que representa. Es como cuando tú guardas fotos de mamá, no adoras el papel, amas a quien está en la fotografía.

No es lo mismo”, rugía mi padre y yo asentía vigorosamente a su lado, mi joven corazón lleno de justa indignación. Las fotos no están en un altar con velas. No les rezas, no les pides favores. Tú oras a esa imagen como si tuviera poder. Eso es idolatría pura, Guadalupe, y va a llevarte al infierno. Yo observaba a mi tía palidecer.

 Vi muchas veces las lágrimas acumularse en sus ojos mientras mi padre continuaba su ataque teológico, citando versículo tras versículo, cada uno como una piedra arrojada contra su fe sencilla y hermosa. Y yo, Dios me perdone. Yo me sentía orgullosa de mi Padre por defender la verdad, por no ceder ante el sentimentalismo, por amar a su hermana lo suficiente como para confrontar su error.

Papá tiene razón, tía. Me atreví a añadir yo con la arrogancia de mis veintitantos años y mi título de instituto bíblico. La Biblia es clara porque hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo, hombre. Primera de Timoteo 2:5. Cuando le rezas a María, estás poniendo un mediador entre tú y Cristo.

Estás rechazando su obra completa en la cruz. Mi tía me miraba con una tristeza que yo interpretaba como convicción del Espíritu Santo, cuando en realidad era el dolor de ver a su sobrina querida tan ciega, tan llena de soberbia, disfrazada de celo religioso. Isabela, mi niña, me decía con una voz quebrada, “¿No te has preguntado por qué María apareció precisamente en el cerro del Tepeella? ¿Por qué eligió a Juan Diego, un indígena humilde, para traer un mensaje de amor a nuestro pueblo? Ella no vino a quitarle gloria a su

hijo, vino a llevarnos hacia él. “Falsas apariciones”, interrumpía mi padre golpeando la mesa con su mano grande y callosa. Trucos del para engañar a los sencillos. Si María quisiera hablarnos, lo habría hecho a través de la Biblia, que es la única revelación de Dios. Todo lo demás son tradiciones humanas que anulan la palabra de Dios, exactamente como Jesús reprochó a los fariseos.

Y así terminaban siempre nuestras reuniones familiares con mi tía Lupita saliendo de la casa de mi abuela con los hombros caídos y el rosario apretado entre sus manos temblorosas, mientras mi padre y yo nos felicitábamos mutuamente por haber defendido valientemente la fe verdadera, nos sentíamos como soldados de Cristo que acababan de ganar una batalla cuando en realidad éramos solo dos corazones endurecidos por el orgullo religioso.

incapaces de ver el amor genuino que brillaba en la fe sencilla de esa mujer. Mi vida transcurría con la precisión de un reloj suizo dentro de los confines seguros de nuestra comunidad evangélica. Cada día tenía su estructura sagrada. Despertar a las 5:30 de la mañana para la devoción personal, desayuno en familia, donde mi padre leía un capítulo de Proverbios, trabajo en el ministerio juvenil de nuestra iglesia, estudios en la Universidad Cristiana, donde me preparaba para ser maestra de Biblia y por las noches más estudios bíblicos y

preparación de sermones. Los domingos eran particularmente intensos, tres servicios, uno a las 8 de la mañana, otro a las 11 y el servicio de avivamiento a las 6 de la tarde. Yo participaba activamente en los tres dirigiendo la alabanza, dando testimonios y ocasionalmente predicando sermones cortos sobre la importancia de mantenerse firmes en la doctrina verdadera y no dejarse seducir por las herejías católicas que nos rodeaban.

Hermanos, predicaba yo con una pasión que ahora me avergüenza recordar. Vivimos en una ciudad donde en cada esquina hay una Iglesia católica tratando de seducirnos con sus rituales pomposos y sus imágenes coloridas. Pero nosotros conocemos la verdad. Dios es espíritu y los que le adoran en espíritu y en verdad es necesario que adoren.

Juan 4:24. No necesitamos incienso, no necesitamos velas. No necesitamos estatuas, solo necesitamos la palabra viva de Dios y la fe sencilla en Jesucristo. La congregación respondía con amenes entusiastas, con aleluyas que hacían vibrar las paredes de nuestro templo sencillo y funcional, tan diferente de las iglesias barrocas católicas con sus santos de mirada triste y sus vírgenes vestidas de tercio pelo.

 Yo me sentía poderosa, ungida, especial. era la hija del pastor, la predicadora joven más prometedora de nuestra región, la guerrera de Dios que un día liberaría a Puebla de sus cadenas católicas. Pero Dios, en su infinita misericordia y su sentido del humor divino, estaba a punto de desmoronar mi castillo de certezas soberbias, de una manera que nunca jamás hubiera podido imaginar.

Todo comenzó un martes lluvioso de noviembre, cuando el otoño pintaba de dorado las hojas de los árboles que bordeaban nuestra calle. Mi padre había predicado un sermón particularmente enérgico el domingo anterior sobre la idolatría católica, usando como texto el episodio del becerro de oro en Éxodo 32. había comparado directamente las imágenes católicas con aquel ídolo que provocó la ira de Moisés.

 Y varios miembros de la congregación que tenían familiares católicos habían salido del servicio con nuevas municiones teológicas para confrontar a sus parientes descarriados. Esa tarde mi padre llegó a casa más temprano que de costumbre, con el rostro pálido y una tos persistente que me preocupó inmediatamente. Es solo un resfriado, hija! Me dijo restando importancia con un gesto de su mano.

 Nada que un té caliente y una buena noche de sueño no puedan resolver. Pero no era solo un resfriado. Durante los siguientes tres días, la tos de mi padre se intensificó hasta convertirse en un sonido horrible, húmedo y profundo, que parecía arrancar pedazos de sus pulmones cada vez que tosía. Su temperatura subía por las noches hasta alcanzar los 39 ºC y sus labios comenzaron a adquirir un tono a su lado que me aterrorizaba cada vez que lo miraba.

Papá, tienes que ir al médico”, le rogaba yo mientras le ponía paños fríos en la frente y le preparaba tes que mi madre había aprendido de mi abuela. “Esto no es normal, por favor.” “No es nada, Isabela”, insistía él con esa terquedad masculina que confunde la prudencia con la debilidad. “Dios me va a sanar. Tengo fe.

 Además, tenemos el retiro de jóvenes este fin de semana. No puedo fallarles. Pero Dios tenía otros planes. El viernes por la mañana encontré a mi padre inconsciente en el piso de su habitación con la respiración tan superficial que tuve que poner mi mano frente a su nariz para confirmar que todavía respiraba. Llamé a la ambulancia con manos temblorosas, orando en lenguas mientras esperaba, suplicando a Dios que no me lo quitara, que no me dejara huérfana de padre cuando apenas tenía 28 años.

Los paramédicos llegaron en menos de 10 minutos, pero a mí me parecieron horas eternas. Observé aterrorizada cómo le ponían una máscara de oxígeno, cómo tomaban sus signos vitales con expresiones cada vez más preocupadas. ¿Cómo lo cargaban en la camilla con una urgencia que me helaba la sangre? ¿Qué tiene? ¿Está bien? ¿Vas a estar bien? Preguntaba yo atropelladamente, siguiéndolos por el pasillo mientras sacaban a mi padre de nuestra casa en esa camilla que parecía una profecía de muerte.

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