Posted in

Pedro Infante Encontró a Un Niño Llorando En La Calle, Lo Que Hizo Después Nadie Lo Esperaba

Un niño de 8 años forzado a abandonar la escuela, a convertirse en sostén familiar, antes siquiera de entender qué significaba eso. ¿Tu papá en qué trabajaba exactamente? Era mecánico de aviación. Arreglaba aviones en el hangar de Mexicana. Mi mamá dice que era el mejor, que los pilotos siempre pedían que mi papá revisara sus aviones porque confiaban en él.

 Pero la escalera se resbaló y él cayó desde muy alto. Pedro permaneció en silencio un momento. Y tú, Julián, ¿qué te gusta hacer? Cuando todavía iba a la escuela, ¿qué te gustaba más? El niño se limpió la nariz con el dorso de la mano. Me gustaba arreglar cosas. Mi papá me enseñaba. Teníamos un radio viejo que no servía y yo lo desarmé todo y lo volví a armar y funcionó.

Mi papá se puso muy contento. Dijo que yo tenía manos de ingeniero. ¿Todavía tienes ese radio? No, señor. Ayer mi mamá lo vendió con otras cosas para pagar el entierro de mi papá. Vendió casi todo. Solo nos quedó lo que traemos puesto y los muebles porque nadie los quiso comprar.

 Pedro se sentó completamente en la banqueta junto al niño, sin importarle ensuciar su pantalón. Julián, ¿me dejas preguntarte algo? Mírame bien. ¿Me reconoces? El niño lo observó con atención por primera vez. Usted es Pedro Infante, el actor, el que sale en las películas. Mi papá lo admiraba mucho. Decía que usted era mexicano de verdad, de los que no olvidan de dónde vienen.

Pedro sonrió tristemente. Tu papá tenía razón en eso. Nunca olvido de dónde vengo y por eso no puedo pasar de largo cuando veo a un niño llorando en la calle. Julián, ¿dónde vives? A dos cuadras en la vecindad de la esquina. El cuarto 14. Llévame con tu mamá. Quiero hablar con ella, pero tengo que vender.

 Si no vendo, no comemos hoy. Pedro sacó su cartera y extrajo un billete de 1 pes. Aquí está el dinero de todo lo que traes en esa caja y más. Ahora llévame con tu mamá. El niño miraba el billete como si fuera un objeto de otro planeta. Esto es muchísimo dinero, señor. No puedo aceptarlo así nada más. Claro que puedes. Y lo harás. Ahora vamos.

La vecindad era exactamente lo que Pedro esperaba. Un patio central rodeado de cuartos pequeños, ropa colgada en lazos atravesados, un baño compartido al fondo, olor a frijoles cocidos mezclado con humedad. El cuarto 14 era minúsculo, una sola habitación que servía como dormitorio, sala, cocina. Dos colchones en el suelo, una mesa desvencijada, una parrilla de petróleo en la esquina.

 En uno de los colchones estaba acostada una mujer delgada, tal vez de 30 años, pero con la mirada de alguien mucho mayor. Una niña pequeña estaba sentada junto a ella, abanicándola con un pedazo de cartón. “Mamá, ¿traje a alguien?”, dijo Julián tímidamente. La mujer se incorporó con dificultad. Julián, te dije que no trajeras extraños.

 No tenemos nada de valor que robar, señora dijo Pedro quitándose el sombrero. Soy Pedro Infante. Su hijo estaba llorando en la calle y me contó sobre su esposo. Lamento profundamente su pérdida. Vine a ver si puedo ayudar en algo. La mujer lo miró con desconfianza primero, luego con reconocimiento, finalmente con vergüenza. Señor infante, esto es No sé qué decir.

Perdone que lo reciba así. La casa está hecha un desastre. Hemos tenido días muy difíciles. No tiene que disculparse por nada, señora. ¿Cómo se llama usted? Esperanza. Esperanza Reyes. Señora Esperanza, su hijo me contó que era usted viuda reciente, que su esposo trabajaba en aviación. Así es. Roberto era mecánico de mexicana.

 Llevaba 12 años ahí. Era buen hombre, trabajador, nunca tomaba, nunca nos faltó nada. Hasta que esa escalera su voz se quebró. La niña pequeña comenzó a llorar también. Pedro esperó un momento antes de continuar. La compañía les dio alguna compensación. Esperanza rió amargamente. Me dieron 3,000 pesos y me dijeron que firmara un papel diciendo que no los demandaría.

3000 pesos por 12 años de trabajo por la vida de mi esposo. Tuve que aceptar porque necesitaba pagar el entierro. Ahora ese dinero ya se acabó. Gastamos 2000 en el entierro, 500 en deudas que teníamos, el resto en comida. Ya no queda nada. Y la renta debo dos meses. El dueño dice que si no pago para fin de mes, nos echa a la calle.

 Sus hijos van a la escuela. Ya no. No puedo pagar uniformes, útiles, inscripciones. Además, Ulián tiene que trabajar. Yo limpio casas cuando puedo, cuando no me siento tan mal, pero no es suficiente. La niña no habla desde que murió su papá. No ha dicho una palabra en tres días. Pedro miró a la pequeña Lupita. tenía los ojos enormes, asustados, la mirada perdida de quien ha visto demasiado dolor demasiado pronto.

“Señora Esperanza, ¿me permite hacerle una pregunta directa? ¿Cuánto necesita para salir adelante los próximos meses mientras se estabiliza?” La mujer negó con la cabeza. No puedo pedirle dinero, señor infante. No vine a eso. Ya sé suficiente de usted. Sé que ayuda a mucha gente. No quiero aprovecharme de su bondad. No me está pidiendo nada.

 Yo estoy ofreciendo. Necesito saber cuánto para poder ayudar apropiadamente. Esperanza calculó mentalmente, sus dedos moviéndose como si contara. La renta son 50 pesos al mes. Debo dos meses. Esos son 100. Para tener un colchón de 3 meses más serían otros 150. Comida para tres personas, unos 30 pesos por semana, serían como 400 pesos para 3 meses.

 La inscripción de los niños a la escuela, uniformes, útiles, tal vez 200 pesos para los dos. En total, necesitaría como 850 pesos para poder respirar 3 meses mientras busco más trabajo. Pedro sacó su cartera nuevamente, extrajo 1000 pesos. Esto es para 3 meses de estabilidad, pero no quiero que lo uses solo para sobrevivir. Quiero que una parte se destine a la educación de Julián y Lupita.

 Son inteligentes, puedo verlo. Merecen oportunidad de estudiar. Señor, esto es demasiado. No puedo aceptar tanta caridad. No es caridad, señora Esperanza, es inversión. Estoy invirtiendo en el futuro de sus hijos, pero hay una condición. ¿Cuál? Que Julián vuelva a la escuela inmediatamente. Nada de vender chicles en las calles, nada de trabajar.

Tiene 8 años. Su trabajo es estudiar. Pero, ¿y el dinero? Este dinero les da tiempo. En tres meses usted puede encontrar trabajo estable. Yo puedo ayudarle con eso. También tengo contactos, gente que necesita empleados confiables, pero los niños tienen que estar en la escuela. Esperanza comenzó a llorar, esta vez no de tristeza, sino de alivio abrumador.

Read More