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Pedro Infante cantó en una boda en Cuba — miró a la novia y lo que hizo después enfureció al esposo

 

 Pedro leyó la nota dos veces. En 1953, Pedro llevaba meses peleando en los tribunales para que reconocieran su matrimonio con Irmadorantes. Era un asunto delicado, privado, con el poder suficiente para destruir reputaciones si caía en las manos equivocadas. Castellanos lo sabía y al saberlo tenía todo lo que necesitaba.

 Pedro dobló la nota con cuidado, la guardó en el bolsillo interior de su chaqueta y se quedó sentado en el borde de la cama de su camerino mirando el suelo con esa expresión que Fortunato había aprendido a respetar sin interrumpir. Era la expresión de un hombre que estaba calculando, no con miedo, sino con la precisión fría de quien entiende perfectamente la dimensión de lo que tiene enfrente.

Tarde, Pedro tomó el teléfono, marcó el número que venía en el primer sobre, contestó una voz de hombre profesional. Sin acento marcado, Pedro no se presentó, solo dijo que quería hablar con castellanos. Hubo una pausa breve, luego la voz dijo que el señor Castellanos estaba disponible y entonces escuchó esa otra voz más grave, más pausada, con el peso de los hombres que no acostumbran a que nadie les diga que no.

 La voz le dijo que la boda de su hija sería el 15 de marzo, que quería Pedro Infante cantando esa noche, que su hija había crecido con su música, que era su artista favorito, que este sería el regalo más grande que un padre podía darle a su hija en el día más importante de su vida. La voz hablaba con la cadencia de alguien que sabe exactamente qué teclas tocar.

 Pedro escuchó todo sin interrumpir. Cuando Castellanos terminó, hubo un silencio y entonces Pedro habló. Dijo que agradecía la invitación. Dijo que entendía el cariño de un padre por su hija. Y luego dijo con la misma calma con que había escuchado, que su precio por una noche privada en La Habana era medio millón de pesos.

 Fortunato, que estaba sentado a 2 m, escuchando solo la mitad de la conversación, levantó la cabeza tan rápido que casi tiró el café. Medio millón de pesos. En 1953 era una cifra que no existía en el mundo de los contratos artísticos. Era el precio de varias casas en las mejores colonias de la Ciudad de México. Era más de lo que Pedro había ganado en sus mejores 2 años de cine sumados.

 Era en todos los sentidos posibles una cifra diseñada para ser rechazada. Pedro la pronunció con la serenidad de quien ofrece el precio del pan en el mercado, sin énfasis, sin dramatismo, como si fuera lo más natural del mundo. Del otro lado hubo silencio, un silencio que duró exactamente el tiempo suficiente para que Pedro pensara que la línea se había cortado.

 Y entonces la voz de castellanos dijo con esa misma calma que Pedro había usado, que aceptaba que el avión estaría en el aeropuerto de la Ciudad de México el 13 de marzo a las 10 de la mañana, que esperaba confirmar la asistencia antes del viernes y colgó. Pedro dejó el teléfono en su lugar sin decir nada.

 Fortunato lo miraba desde su silla sin atreverse a preguntar. Pedro se recostó contra el respaldo de la silla y dijo en voz baja, casi para sí mismo, que algo estaba muy mal. Fortunato tragó saliva. Pedro cerró los ojos y ambos supieron que iban a Cuba. El avión era privado, pequeño, con asientos de cuero. El vuelo fue tranquilo.

 Pedro durmió casi todo el trayecto o fingió dormir, que en él a veces era lo mismo. Cuando aterrizaron en La Habana, el aire olía diferente, [música] más denso, más salado, con ese perfume específico de los trópicos que mezcla el mar con la vegetación y con algo difícil de definir, la tensión de una ciudad que vive bajo una presión que nadie nombra en voz alta, pero que todos sienten.

 En la pista esperaban dos automóviles negros con los vidrios oscurecidos, un hombre de traje gris, sin expresión, se acercó y le dijo a Pedro que bienvenido a Cuba. No dijo su nombre. Pedro tampoco preguntó. La Habana duró media hora por las ventanillas, el malecón, las olas contra el muro de piedra, los edificios coloniales con la pintura descascarada por la sal y luego gradualmente la ciudad fue quedándose atrás.

 Las calles se volvieron caminos y los caminos se convirtieron en trochas de tierra bordeadas por cañaverales que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. El automóvil [música] siguió durante más de una hora por esas trochas de tierra roja bajo un sol que caía directo y sin misericordia. Cuando Pedro le preguntó al conductor cuánto faltaba, el hombre respondió sin voltear que ya casi llegaban.

 Era la primera vez que hablaba desde La Habana. La hacienda apareció de repente como aparecen las cosas en los sueños, sin aviso o sin transición, un portón de hierro negro entre dos columnas de piedra, guardias a ambos lados, un camino de gravilla blanca bordeado por flamboyanes en flor y al final del camino la casa grande blanca con columnas en la fachada y una escalinata de piedra que bajaba hasta el jardín.

 Pedro bajó del automóvil y se quedó un momento parado frente a esa fachada con el sol en la cara y el olor del campo en la ropa. Pensó que había construido muebles toda su vida y sabía leer la madera por su peso. Una casa como esa tenía el peso de alguien que nunca había necesitado pedir permiso para nada. Rodrigo Castellanos bajó la escalinata para recibirlo personalmente.

Era un hombre de unos 55 años. ancho de hombros, con el pelo canoso bien cortado y unos ojos oscuros que observaban todo con la atención de quien evalúa el valor de las cosas. guayavera blanca, pantalón de lino sin corbata, extendió la mano y le dijo a Pedro que era un honor tenerlo en su hogar, que su hija no sabía que él estaba allí, que era una [música] sorpresa, que mañana sería la boda.

 La voz era cálida, los modales impecables. Pedro le estrechó la mano y le sonríó. Y mientras sonreía, pensó que los hombres más peligrosos que había conocido en su vida siempre habían tenido muy buenos modales. En la cena de esa noche, Pedro conoció al novio, se llamaba Edmund Hargrobe.

 Llegó acompañado por dos hombres que parecían asistentes, pero que tenían la postura y la mirada de otra cosa. Era un hombre corpulento, de cara redonda y colorada por el sol, con esa seguridad que no viene del carácter, sino del dinero acumulado durante muchos años. Hablaba español con acento cerrado y con la lentitud [música] de quien no está acostumbrado a esforzarse por hacerse entender.

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