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PASTOR EXPLICA: ¿por qué tantos pastores se están convirtiendo al catolicismo?

 

 No necesitaba pruebas porque tenía frutos y los frutos eran visibles. Familias restauradas, adictos que dejaban las drogas, matrimonios que volvían a funcionar, jóvenes que encontraban propósito. Todo eso era real. No lo niego ahora ni lo negaré jamás. Pero había algo debajo de todo eso que yo no quería mirar.

 La primera señal fue el cansancio. No el cansancio normal del que trabaja mucho, sino una fatiga que no se curaba con descanso. Podía dormir 12 horas un sábado y despertarme el domingo con la misma sensación de peso, como si cargara una mochila invisible que nadie más podía ver. Mi esposa Valentina lo notó antes que yo. Me decía que me veía apagado, que ya no hablaba de la iglesia con la misma pasión, que cuando los líderes me llamaban por teléfono, yo respondía con monosílabos y después me quedaba mirando el techo del cuarto en silencio. Yo le decía que

estaba bien, que era solo una temporada difícil, que necesitaba unas vacaciones, pero las vacaciones nunca llegaban porque la iglesia no podía funcionar sin mí. Esa era la trampa. Yo había construido un sistema que dependía enteramente de mi presencia, de mi voz, de mi capacidad de generar algo cada semana.

 Y cuando esa capacidad empezó a secarse, no había plan B, no había liturgia que sostuviera el culto sin mi inspiración personal. No había un orden ancestral al que recurrir cuando yo no tenía nada que ofrecer. Solo había un escenario vacío esperando que yo lo llenara con algo. Recuerdo una noche de sábado, debió ser en marzo o abril de 2016, en la que me quedé sentado en mi estudio hasta las 3 de la madrugada con la Biblia abierta en el escritorio y una pantalla de computador en blanco frente a mí.

 Tenía que predicar sobre la fidelidad de Dios. Era el tercer sermón de una serie que yo mismo había diseñado, una campaña de seis semanas sobre las promesas divinas. Los dos primeros sermones habían salido bien. La gente había respondido. Varios se habían acercado al altar llorando. Todo parecía estar funcionando. Pero esa noche yo no tenía absolutamente nada.

 No es que me faltaran versículos o ilustraciones, me faltaba convicción. Miraba el pasaje de Lamentaciones 3, el que habla de las misericordias nuevas cada mañana. y sentía que las palabras estaban muertas en la página, no porque fueran falsas, sino porque yo ya no sabía cómo hacerlas vivir de una forma que no hubiera usado antes.

 Ya había predicado sobre ese pasaje por lo menos cuatro veces en 17 años. Ya había usado la ilustración del amanecer, la del padre que despierta su hijo, la del prisionero que ve luz por primera vez. ya había hecho llorar a la gente con cada una de esas versiones y ahora tenía que inventar una quinta, una sexta, una versión que fuera suficientemente original, suficientemente impactante, suficientemente distinta para que la gente no sintiera que estaban oyendo lo mismo de siempre.

 Esa noche escribí algo, no recuerdo exactamente qué, algo que funcionó lo suficiente como para salir del paso. Pero cuando terminé de predicar al día siguiente y la gente aplaudió y algunos vinieron a abrazarme y decirme que había sido una palabra muy fuerte, yo sentí algo que no había sentido nunca. Vergüenza. No porque hubiera dicho algo falso, sino porque sabía que lo que había dicho no había nacido de un encuentro genuino con Dios, sino de una técnica, de un oficio aprendido, de la capacidad de combinar palabras, pausas, inflexiones de voz y

silencios estratégicos para producir un efecto emocional predecible. Yo sabía exactamente cuándo bajar la voz para que la gente se inclinara hacia delante. Sabía cuándo hacer una pausa larga para que el silencio creara expectativa. Sabía cuándo subir el tono para que la banda empezara a tocar suavemente detrás de mí. Era un arte y yo lo dominaba.

Pero esa mañana, mientras la gente me agradecía por lo que había dicho, yo supe que algo se había roto. No en la iglesia. en mí. Lo que vino después fue un deterioro lento. No dejé de predicar, ni dejé de liderar, ni dejé de sonreír los domingos, pero por dentro empecé a funcionar con una especie de piloto automático que me permitía cumplir con todas mis funciones sin estar realmente presente en ninguna.

 Dirigía reuniones de líderes, aconsejaba matrimonios, visitaba enfermos en el hospital, preparaba enseñanzas para la escuela bíblica, grababa programas de radio, respondía mensajes de WhatsApp de miembros de la congregación que necesitaban orientación. Y en cada una de esas actividades yo hacía lo correcto, decía lo apropiado, oraba con las palabras justas, pero era como si hubiera una versión de mí que actuaba y otra versión que observaba desde atrás, cada vez más distante, cada vez más escéptica, cada vez más agotada.

Valentina fue la primera persona a la que le conté algo de lo que estaba sintiendo. No todo, solo una parte. Una noche, después de acosar a nuestros dos hijos, nos quedamos en la cocina y ella me preguntó directamente si estaba pensando en dejar la iglesia. La pregunta me tomó por sorpresa, porque yo no estaba pensando en eso, no conscientemente, pero la forma en que ella lo dijo con esa mezcla de preocupación y resignación me hizo darme cuenta de que lo que yo estaba viviendo era más visible de lo que yo creía. Le

dije que no, que no iba a dejar la iglesia, que solo estaba pasando por una temporada de sequía espiritual y que eso era normal, que todos los pastores pasaban por eso. Ella me miró de una forma que no voy a olvidar. No me contradijo, no insistió, solo me miró con esos ojos que decían que sabía que yo estaba mintiendo, pero que iba a respetar mi mentira hasta que yo mismo decidiera abandonarla.

 Esa mirada me dolió más que cualquier sermón que yo hubiera escuchado en mi vida. En la Iglesia evangélica, al menos en la tradición en la que yo crecí y me formé, no existe un mecanismo para lo que yo estaba viviendo. No hay un protocolo para el pastor que se seca. No hay una liturgia que funcione independientemente de la inspiración personal del líder.

Todo el modelo está construido sobre la premisa de que el pastor está conectado, de que recibe palabra fresca, de que tiene algo nuevo que dar cada semana y si no lo tiene, algo anda mal con él. Tal vez tiene pecado oculto, tal vez no está orando lo suficiente, tal vez ha dejado enfriar su primer amor. Las respuestas siempre apuntan hacia adentro, hacia una falla personal que el pastor debe corregir para volver a funcionar como se espera.

 Nadie se pregunta si el sistema mismo es el problema. Nadie cuestiona si es humanamente sostenible pedirle a una sola persona que genere una experiencia espiritual significativa para cientos de personas cada 7 días durante décadas. Esa pregunta no existe en el vocabulario de la mayoría de las iglesias evangélicas y yo tampoco me la hacía todavía no.

Lo que sí empecé a hacer fue leer, pero no leer lo que siempre leía. No los libros de liderazgo pastoral de autores americanos que me habían formado. No las conferencias de megapastores sobre crecimiento de iglesia. No los manuales de consejería bíblica ni los comentarios expositivos que usaba para preparar mis prédicas.

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