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Pastor EVANGÉLICO fue padrino de un bautizo católico… una ceremonia de 1 hora lo cambió todo

 

 El silencio que siguió fue denso, no incómodo, pero sí cargado de todo lo que no estábamos diciendo. Ignacio conocía mi posición sobre el catolicismo. Había escuchado mis sermones durante años cuando todavía venía ocasionalmente a visitarme. sabía que yo consideraba el bautismo infantil una desviación de la enseñanza bíblica que veía la sucesión apostólica como un invento medieval que había predicado docenas de veces sobre cómo la salvación es por fe, no por sacramentos.

 Y sin embargo allí estaba pidiéndome que participara en algo que mi denominación no solo desaprobaba. Sesino que consideraba teológicamente erróneo. Le dije que necesitaba pensarlo. No fue evasiva, fue honestidad. Ignacio era mi mejor amigo desde que teníamos 8 años. Habíamos crecido juntos en el mismo barrio de Valladolid.

 Habíamos sobrevivido juntos a la secundaria, a las primeras decepciones amorosas, a la muerte de mi madre cuando yo tenía 17 y sentía que el mundo se había terminado. Fue Ignacio quien me sostuvo durante esos meses oscuros. Fue él quien me llevó a caminar por el campo cada tarde, quien se sentaba en silencio conmigo cuando yo no podía hablar, quién simplemente estaba allí.

 Nuestra amistad había sobrevivido a mis años en el seminario, a su matrimonio, a mis críticas sobre el catolicismo que él escuchaba con paciencia y respondía con calma. Nunca habíamos discutido realmente y simplemente habíamos aprendido a existir en espacios diferentes, unidos por algo más profundo que nuestras diferencias doctrinales. Esa noche no dormí bien.

 Me quedé despierto pensando en lo que significaría aceptar. Mi iglesia tenía reglas claras sobre esto. Participar en ceremonias católicas, especialmente como padrino, se consideraba comprometer el testimonio evangélico. El pastor principal David Romero, había sido muy claro al respecto. En el último consejo pastoral había citado segunda de Corintios, “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos, para muchos en mi denominación.

Los católicos caían en esa categoría, no exactamente incrédulos, pero sí profundamente equivocados, atrapados en un sistema que mezclaba la gracia con las obras, la fe con la tradición. Pero Ignacio no era una abstracción teológica. Era la persona que conocía mis peores momentos, mis dudas más profundas.

 era quien me había visto llorar cuando nadie más lo había hecho y ahora me estaba pidiendo que estuviera presente en uno de los momentos más importantes de su vida. Durante los días siguientes, intenté encontrar una salida diplomática. Pensé en ofrecerme a ir a la ceremonia, pero no como padrino oficial.

 Pensé en hablar con David Romero para pedir una excepción. Pensé en explicarle a Ignacio por qué no podía hacerlo, confiando en que nuestra amistad sobreviviría a mi negativa. Pero cada vez que imaginaba esa conversación, cada vez que me veía diciéndole que no, sentía algo que me incomodaba profundamente. No era solo culpa, era la sensación de que estaba priorizando un sistema de reglas sobre una persona real.

Y eso contradecía todo lo que yo predicaba sobre el amor y la gracia. Dos semanas después le dije que sí. No se lo dije a nadie en la iglesia, simplemente acepté. Ignacio me abrazó con una intensidad que me sorprendió. Luego me explicó que necesitaría asistir a una reunión preparatoria con el párroco, el padre Tomás, para entender las responsabilidades del padrino.

 Asentí sintiendo que estaba cruzando una línea invisible, pero real. La reunión fue en la sacristía de la Iglesia de San Pablo, un edificio del siglo X con paredes de piedra y vitrales que filtraban la luz de la tarde en tonos azules y dorados. El padre Tomás resultó ser un hombre de unos 60 años con cabello completamente blanco y una manera de hablar que era a la vez firme y gentil.

 No parecía sorprendido cuando Ignacio le explicó que yo era pastor evangélico. Ah, simplemente asintió y comenzó a explicar el significado del bautismo en la tradición católica. Escuché con la actitud que había perfeccionado durante años. Atención, cortés, pero crítica interna activa. Mientras él hablaba sobre el bautismo como puerta de entrada a la vida cristiana, sobre el pecado original, sobre la gracia santificante, yo mentalmente iba marcando los puntos donde la teología católica divergía de la mía. cuando mencionó que el bautismo

imprime un carácter permanente en el alma, pensé en mi sermón sobre el bautismo como testimonio público de una fe ya existente. cuando habló de la importancia de la comunidad eclesial en la crianza del niño, pensé en nuestra enseñanza sobre la responsabilidad individual ante Dios, pero hubo un momento en que algo se detuvo en mi interior.

El padre Tomás estaba explicando por qué la iglesia bautiza a los infantes y dijo algo que no esperaba. No citó un versículo bíblico de manera aislada. como yo estaba acostumbrado a hacer. En cambio, habló de la práctica continua desde los primeros siglos, de cómo los padres de la Iglesia entendían el bautismo, de cómo la tradición apostólica había transmitido esta práctica de generación en generación.

habló de Ireneo de Lón en el siglo segundo, de orígenes de Cipriano de Cartago. Mencionó que si uno leía los escritos más antiguos del cristianismo, encontraría referencias constantes al bautismo de familias enteras, incluidos niños. No era que sus argumentos me convencieran de inmediato, era que presentaban algo que yo raramente había considerado seriamente, la posibilidad de que el cristianismo no comenzara con Martín Lutero y o que hubiera una historia rica y compleja mucho antes de la reforma y que quizás esa historia

tuviera algo que decir sobre cómo entender la fe. En mi formación teológica habíamos estudiado historia eclesiástica, por supuesto, pero siempre desde una perspectiva que veía la Iglesia primitiva como progresivamente corrompida, hasta que la reforma la restauró a su pureza original. Lo que el padre Tomás estaba sugiriendo era diferente.

 Estaba sugiriendo que quizás la iglesia nunca había dejado de ser la iglesia, que la tradición no era corrupción, sino continuidad. Me fui de esa reunión sintiendo algo extraño. No era convicción, era curiosidad. Y la curiosidad, descubriría después, puede ser más peligrosa que la duda. Los meses siguientes hasta el bautismo pasaron con una rapidez desconcertante.

 Elena tuvo un embarazo sin complicaciones. Ignacio me mantenía informado de cada ecografía, cada patada del bebé. Yo seguía con mi rutina pastoral. sermones los domingos, estudios bíblicos los miércoles, reuniones de consejo, visitas a hospitales, bodas, funerales, desde fuera todo seguía normal, pero algo estaba cambiando en mi interior de manera tan gradual que casi no lo notaba.

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