Posted in

Pastor EVANGÉLICO adoptó niña católica… y se convirtió por ella

 

 Yo mantenía una distancia cordial con Roberto, pero educada. Era simpático. Wi trabajaba en un banco, le gustaba el fútbol. Conversábamos cuando nos cruzábamos, pero nada profundo. Yo sabía que era católico y en mi cabeza eso lo colocaba en una categoría específica. Buena persona, probablemente sincera en su fe, pero equivocada en sus fundamentos teológicos.

Necesitaba, pensaba yo, una experiencia personal con Cristo que lo liberara de la dependencia de los rituales. Nunca se lo dije directamente, nunca intenté evangelizarlo de manera explícita. Pero estoy seguro de que en mis comentarios casuales, en mi manera de hablar sobre la fe, había una condescendencia que él probablemente percibía.

 Si la percibía, nunca lo demostró. Era amable, siempre, respetuoso. Y cuando hablábamos de temas espirituales, cosa que ocurría rara vez, lo hacía sin defensividad, como alguien que está cómodo en su propia piel. un recuerdo, una conversación específica que tuvimos un domingo por la tarde. Yo estaba lavando mi auto y Roberto pasó caminando con Beatriz.

 Se detuvieron a saludar y de alguna manera terminamos hablando sobre la fe. No recuerdo exactamente cómo comenzó, pero Roberto mencionó que había estado leyendo a los padres del desierto. Yo me sorprendí. No esperaba que un católico promedio leyera ese tipo de literatura. Le pregunté qué lo había llevado a eso y él respondió con una simplicidad que me desconcertó.

Busco aprender a orar mejor. Y ellos sabían de eso. En ese momento pensé que era una búsqueda noble pero equivocada. Ahora pienso en esa conversación y me duele. Me duele mi arrogancia silenciosa, mi convicción de que yo tenía algo que enseñarle cuando en realidad él estaba años luz adelante en su vida espiritual.

 Y Beatriz era una niña callada, pero observadora. Cuando venía a nuestra casa con su madre, se sentaba en el sofá con un libro o simplemente miraba por la ventana. Luciana intentaba hacerla hablar, le ofrecía jugos, galletas, le mostraba los conejos de cerámica que coleccionaba, pero Beatriz solo sonreía tímidamente y respondía con monosílabos.

Es muy reservada”, decía Estela con cariño, igual que su padre cuando era chico. “Nunca me pareció un problema. Era solo una niña tímida, nada más. El accidente ocurrió un martes de marzo a las 6:15 de la tarde. Yo estaba en la iglesia preparando el estudio bíblico de los miércoles cuando Luciana me llamó.

” Su voz era puro pánico comprimido. “Marcelo, ven a casa ahora.” Ya no preguntes, solo ven. Nunca había escuchado ese tono en su voz. Donde dejé todo y manejé a casa, rompiendo todos los límites de velocidad. Cuando llegué, había dos patrullas policiales frente a nuestra casa y una frente a la de Roberto y Estela.

 Luciana estaba en la puerta llorando, abrazada funiati a una vecina. Me vio, corrió hacia mí y solo entonces pudo hablar. Roberto y Estela. Hubo un accidente en la Rambla. Un camión perdió el control. Los dos murieron instantáneamente. No recuerdo con claridad los minutos siguientes. Recuerdo fragmentos. El sonido de las sirenas, la voz de un policía explicando detalles técnicos que no quería escuchar, el rostro de Luciana descompuesto por el llanto y sobre todo la pregunta que ella me hizo entre sollozos.

¿Dónde está Beatriz? La niña estaba en casa de su abuela materna, donde la habían dejado esa tarde antes del accidente. La abuela, doña Mercedes, Ore tenía 78 años y serios problemas de salud. Cuando fue informada de la muerte de su hija y su yerno, sufrió una crisis hipertensiva que la llevó al hospital. Beatriz quedó al cuidado temporal de una tía, hermana de Estela, que vivía en salto y que bajó a Montevideo esa misma noche.

 Los días siguientes fueron un borrón de funeral, trámites, abogados, familiares llorando y en el centro de todo, una niña de 8 años que no lloraba, que no hablaba, que simplemente miraba el vacío con esos ojos enormes que ahora parecían contener todo el dolor del mundo sin saber cómo liberarlo. El funeral fue en la parroquia Nuestra Señora del Carmen, donde Roberto y Estela habían sido feligreses.

Yo asistí con Luciana por respeto, aunque me sentía incómodo. Hacía años que no entraba a una iglesia católica. La misa fue larga, con rituales que no entendía completamente, con oraciones cantadas en latín, con incienso que llenaba el aire de un olor denso y antiguo. Pero lo que me impactó fue la cantidad de gente.

 El templo estaba lleno, no solo familiares, sino amigos, compañeros de trabajo, vecinos, personas de la comunidad parroquial y todos, absolutamente todos, lloraban con una sinceridad que me conmovió a pesar de mí mismo. El sacerdote, un hombre mayor de pelo blanco, habló sobre Roberto y Estela con un cariño evidente.

 mencionó como Estela coordinaba el comedor comunitario de la parroquia, cómo Roberto daba catequesis a los adolescentes los sábados por la mañana, cómo ambos eran ejemplo de fe vivida en el servicio. Yo no sabía nada de eso. Nunca les había preguntado qué hacían en su iglesia. Nunca me había interesado por su vida espiritual.

Y en ese momento, sentado en un banco de madera dura, escuchando al sacerdote hablar sobre dos personas que yo creía conocer, pero claramente no conocía, sentí algo que no esperaba. Vergüenza. Luciana no se separó de Beatriz en ningún momento. Durante el velorio, la niña se sentó en su regazo y se quedó ahí, rígida en silencio.

 Durante el entierro, Luciana la sostuvo de la mano mientras los dos ataúdes eran bajados a la tierra. Y cuando todos se fueron y la familia empezó a discutir qué hacer con Beatriz, Luciana ya había tomado una decisión. Nos la quedamos nosotros, me dijo esa noche en nuestras habitación. No era una pregunta, era una declaración.

Marcelo, esa niña no puede irse a salto con una tía que no conoce, que tiene tres hijos propios y que vive en un apartamento de dos dormitorios. Doña Mercedes está enferma y no puede cuidarla. Los otros familiares están peleando por quién se queda con la casa, con los ahorros. Nadie está pensando realmente en Beatriz.

Read More