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Pastor desheredó a su hija de $3 millones… ella eligió el bautismo católico en lugar de la herencia 

 

Lo reza seguido. Pregunté. Todos los días a las 3 de la tarde, desde que era niña, mi abuela me enseñó. Asentí sin decir más. No quería meterme en temas de religión con una paciente. Las primeras semanas fueron normales. Iba martes, jueves y sábado. Le ayudaba con la comida, con ir al baño, le ordenaba un poco la habitación, leía el periódico.

Teresa era amable. hablábamos de cualquier cosa. Me contaba de cuando trabajaba como maestra, de su esposo que había muerto hacía años, pero siempre a las 3 de la tarde sacaba el rosario y rezaba en voz baja. Al principio yo salía del cuarto esos 15 minutos. Inventaba alguna excusa, pero un día estaba lloviendo fuerte y me quedé sentada junto a la ventana mientras ella rezaba.

La observé sin que se diera cuenta. Movía los labios casi sin hacer ruido. Iba tocando las cuentas una por una. Sus manos arrugadas sostenían ese rosario como algo muy familiar. Dios te salve, María, llena eres de gracia. Alcancé a escuchar. Esa noche no pude dejar de pensar en eso.

 Mi padre había criticado esas oraciones mil veces. La gente en la iglesia siempre asentía cuando él hablaba de las vanas repeticiones católicas, pero en la boca de Teresa no sonaba vano. Yo vivía en un apartamento pequeño en el poblado. La mayoría de mi familia vivía cerca. Mi hermano Daniel con su esposa y sus hijos. Mi hermana Carolina, mis papás.

 Era cómodo, pero también significaba que todos sabían de todos. Si faltabas un domingo a la iglesia, te preguntaban por qué. Si llegabas tarde, querían saber dónde habías estado. Esa noche mi mamá me llamó, “Hija, papá pregunta si vas al ayuno del viernes. Había un ayuno mensual para líderes y familias de líderes. Yo técnicamente no era líder, pero igual se esperaba que fuera.

” Sí, mamá, ahí voy a estar. Perfecto. Y acuérdate que el próximo mes viene un predicador invitado de Estados Unidos. Tu papá quiere que toda la familia esté presente. Colgué y me quedé pensando en Teresa rezando, en sus manos moviendo las cuentas, en como se veía de tranquila haciéndolo. El jueves siguiente volví al hospital.

Teresa estaba despierta leyendo un libro viejo. Cuando entré, lo cerró. Buenos días, Marina. Buenos días. ¿Cómo amaneció? Con dolor, pero bien. Aquí seguimos. Le ayudé con el desayuno. Ya casi no comía nada, pero siempre intentaba comer un poco. Mientras le servía agua, me animé a preguntarle algo que me había estado dando vueltas.

Doña Teresa, ¿puedo hacerle una pregunta? Claro, hija. ¿Por qué reza el rosario todos los días? O sea, no se aburre de decir lo mismo siempre. Ella sonrió. No fue una sonrisa condescendiente, fue comprensiva. Tú le dices a tu mamá que la quieres. Me tomó por sorpresa. Sí, claro. Y tienes que inventar cada vez una forma diferente de decírselo para que sea real. Me quedé callada.

El rosario es así. Siguió. Son las mismas palabras, pero cada vez que las digo están llenas de lo que estoy viviendo ese día. A veces rezo con alegría, a veces con miedo, últimamente con dolor, pero siempre estoy ahí presente hablando con Dios y con su madre. Pero en mi iglesia nos enseñaron que Jesús dijo que no usáramos vanas repeticiones.

¿Y tú crees que le estoy hablando al aire? No supe que responder porque cuando la veía rezar definitivamente no parecía estar hablando al aire. Esa conversación se me quedó grabada. Empecé a quedarme en la habitación durante el rosario de las 3. Teresa nunca me pidió que rezara con ella. Solo rezaba y yo me quedaba ahí sentada, a veces leyendo, a veces mirando por la ventana.

 Pero empecé a escuchar las palabras. El Padre nuestro que también nosotros rezábamos en la Iglesia, el Ave María que tanto criticaban. Los misterios que Teresa iba anunciando antes de cada decena, misterios dolorosos, misterios gloriosos, misterios gozosos. Un jueves, mientras Teresa rezaba, me di cuenta de algo.

 Estaba meditando en la crucifixión y mientras repetía las Ave Marías, iba diciendo cosas entre dientes. Por los que sufren en los hospitales, por los que no tienen quien los acompañe, por mi marina que viene a cuidarme. Rezaba por mí. En medio de su cáncer, de su dolor, estaba rezando por mí. Sentí algo raro en el pecho. No sé si era emoción o incomodidad o qué.

 Pasaron las semanas. Abril terminó, llegó mayo. Teresa cada vez estaba más débil. Ya casi no podía levantarse de la cama. Los doctores dijeron que tal vez le quedaban un par de meses. Un sábado de mediados de mayo, cuando llegué a su habitación, Teresa me dijo algo que me cambió todo. Marina, quisiera pedirte un favor.

Claro, lo que necesite. Quisiera ir a misa una última vez antes de que ya no pueda salir de esta cama. Me quedé helada. Misa. Yo nunca había ido a una misa católica. Mi padre nos había prohibido expresamente entrar a iglesias católicas. Decía que eran templos de idolatría, que te podían confundir, que era mejor mantenerse alejados.

Yo no sé si pueda, dije. Teresa me miró sin juzgar. Entiendo, hija. No te preocupes. Pero yo me preocupé. Me fui del hospital ese día sintiendo algo pesado. Teresa me estaba pidiendo algo importante, probablemente una de las últimas cosas que iba a pedirle a alguien y yo le había dicho que no. Esa noche no pude dormir.

 Daba vueltas en la cama pensando, ¿por qué me daba tanto miedo llevarla a una misa? Solo era acompañarla. No tenía que participar, solo estar ahí con ella. Pero sabía porque me daba miedo. Porque si alguien de la iglesia se enteraba, habría problemas. Porque mi papá se enojaría. porque sería traicionar todo lo que me habían enseñado.

El lunes siguiente llegué al hospital decidida. Entré a la habitación de Teresa y antes de que pudiera decir nada, solté. La llevo a misa. Teresa me miró sorprendida. ¿Estás segura? Sí. Dígame cuándo y la llevo. Hay una misa el sábado a las 10 de la mañana en la parroquia que está a tres cuadras del hospital.

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