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Pastor adventista CANCELÓ su culto de domingo… para llevar a todos a misa católica

 

 Tenía cicatrices en las muñecas que, según contaba en cada reunión familiar, venían de las esposas oxidadas con las que lo habían arrastrado por las calles mientras la gente le escupía y le gritaba, “¡Protestante, hijo del enemigo de la Virgen.” Esas historias se contaban en nuestra mesa, como otros cuentan fábulas de héroes antiguos, pero no eran fábulas, eran nuestro evangelio familiar, la narrativa épica de sufrimiento y perseverancia que justificaba absolutamente todo.

 Nuestras restricciones alimentarias estrictas, nuestro aislamiento social deliberado, nuestra certeza inquebrantable de que éramos el remanente fiel mencionado en Apocalipsis. Los 144,000, los sellados con el sello del Dios vivo, los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo. Cada sábado escuchábamos estas historias, cada campaña evangelística las repetíamos.

 Se convirtieron en la médula de nuestra identidad. Cuando tenía 7 años, mi padre me llevó por primera vez a una campaña evangelística en Málaga. Era verano, hacía un calor infernal que hacía ondular el aire sobre el asfalto y el salón de actos estaba lleno de gente abanicándose con los folletos que repartíamos en la entrada. Debía haber unas 300 personas.

 Recuerdo el olor a sudor mezclado con perfume barato. Recuerdo las sillas de plástico que crujían cuando la gente se movía. Recuerdo que mi padre subió a la plataforma, se aflojó la corbata ligeramente, abrió su Biblia grande de cuero negro y comenzó a hablar sobre Daniel VI. Las bestias que suben del mar, los cuernos que representan reinos, el cuerno pequeño que habla grandezas y blasfemias contra el Altísimo.

 Su voz empezó suave, casi conversacional, pero fue creciendo. Describía cada bestia con detalle viseral, el león con alas de águila, el oso con tres costillas en su boca, el leopardo con cuatro cabezas y luego la bestia espantosa y terrible, diferente a todas. Y de esa bestia surgía el cuerno pequeño.

 Mi padre hacía pausas dramáticas, dejaba que el silencio se instalara y luego, con una voz que parecía venir de las entrañas de la tierra, señaló hacia el cielo con su dedo índice tembloroso y dijo, “Ese cuerno pequeño, hermanos y hermanas, ese poder que habla grandezas y blasfemias, ese poder que persiguió a los santos del Altísimo durante 1260 años, ese poder que cambió los tiempos y la ley, es el papado, es Roma.

 Es la Iglesia Católica Romana que persiguió a los verdaderos cristianos durante la Edad Media, la que cambió el santo sábado de Dios por el domingo pagano, la que tiene la marca de la bestia. La gente jadeó audiblemente. Algunos comenzaron a llorar. Una mujer en la tercera fila cayó de rodillas. Yo, sentado en la primera fila junto a mi madre, sentí un escalofrío recorrerme la espalda, no de miedo, sino de orgullo, un orgullo terrible y hermoso.

 Mi padre era un profeta. Nosotros éramos los elegidos, los que conocíamos la verdad que el mundo rechazaba. Y ellos, los católicos, los millones de católicos que llenaban las iglesias cada domingo, eran los perdidos, los engañados por el gran engaño de Satanás, los que llevaban la marca de la bestia sin siquiera saberlo, condenados al fuego eterno a menos que escucharan nuestra advertencia.

 Crecí predicando exactamente eso. A los 12 años ya daba estudios bíblicos a adultos en sus casas. Mi padre me entrenó meticulosamente. Me enseñó a usar las tarjetas de estudio, a memorizar los textos clave, a hacer las preguntas que guiaban a las personas hacia nuestras conclusiones. A los 15 dirigía grupos juveniles donde enseñábamos a los adolescentes que salir con católicos era peligroso, que asistir a bodas o funerales en iglesias católicas era comprometer nuestra fe, que incluso tener amigos católicos cercanos podía debilitar nuestra

convicción. A los 18, mi padre me llevó con todo orgullo a la Universidad Adventista de Sagunto en Valencia, una institución que él había ayudado a fundar años atrás, donde estudié teología durante 4 años intensos. Allí conocí a Rebeca, una chica de Zaragoza, de ojos oscuros y sonrisa tímida, hija de un colportor adventista que había vendido libros de Ellen White por toda la región de Aragón durante 30 años.

 Su padre, don Alberto, era una leyenda en los círculos adventistas. Había caminado miles de kilómetros tocando puertas, vendiendo el conflicto de los siglos y el deseado de todas las gentes a personas que ni siquiera sabían que era un adventista. Había sido amenazado, escupido, perseguido por perros, pero había bautizado a más de 100 personas a lo largo de su vida.

 Rebeca había crecido acompañándolo en sus rutas de colportaje durante los veranos. Conocía cada pueblo pequeño de Aragón. Nos casamos a los 22 en una ceremonia sabática hermosa en la iglesia central de Valencia. Mi padre ofició. El padre de Rebeca fue el padrino. Éramos la pareja modelo que todos admiraban, la siguiente generación de líderes adventistas en España, jóvenes, apasionados, comprometidos con la verdad presente.

 En las fotos de la boda sonreímos con esa sonrisa de quien está absolutamente seguro de estar en el lado correcto de la historia, del lado de Dios. Mi primera asignación pastoral fue en Huelva, una ciudad portuaria en la costa atlántica, conocida más por sus fresas y su jamón que por su vida religiosa. La congregación adventista era pequeña, apenas 40 miembros, la mayoría ancianos, que llevaban décadas guardando el sábado en una ciudad donde casi nadie sabía que era un adventista.

La iglesia era un edificio modesto en las afueras, pintado de blanco, con un letrero pequeño que decía Iglesia Adventista del Séptimo Día. Nada llamativo, nada que atrajera atención. Pero yo llegué con fuego en los ojos, con una visión. Quería crecer la iglesia, quería bautizar multitudes, quería ser como mi padre, como mi abuelo.

 Quería que mi nombre también fuera parte de esa narrativa heroica de la familia Navarro. Quería demostrar que la nueva generación podía ser igual de efectiva que la anterior. Organicé campañas evangelísticas cada tres meses. Repartí literalmente miles de folletos casa por casa. Tocaba puertas personalmente durante horas cada semana bajo el sol abrazador del verano onubense.

 Hice programas de radio en una pequeña emisora local evangélica que me daba 30 minutos todos los miércoles por la tarde y siempre invariablemente hablaba de la marca de la bestia. Mucho, constantemente, obsesivamente, porque eso era lo que llamaba la atención. La gente no venía o a escuchar sobre el amor de Jesús. Eso lo predicaban todos los pastores de todas las denominaciones.

 Pero el Apocalipsis, el fin del mundo inminente, el anticristo viviendo en el Vaticano, el Papa como la encarnación del mal, el domingo como día de apostasía universal, eso sí que llenaba sillas, eso sí que hacía que la gente hablara, eso sí que provocaba reacciones. Yo tenía un sermón que había perfeccionado a lo largo de meses.

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