Posted in

Pareja de pastores con 6 hijos… renovó su matrimonio y bautizó a todos en la Iglesia Católica

 

Era como un pacto silencioso. Seguimos funcionando como familia en público y en privado, cada quien en su espacio. Pero déjenme retroceder más, porque la verdad es que nuestro matrimonio no se descompuso en 8 meses, fue un proceso de años. Cuando Mariana y yo nos casamos teníamos 21 años. Éramos jóvenes, enamorados, llenos de celo por Dios y por el ministerio.

 Nos conocimos en el Instituto Bíblico. Ella estudiaba educación cristiana, yo estudiaba teología pastoral. Nos casamos tres meses después de graduarnos con esa mezcla de ingenuidad y valentía que solo tienen los muy jóvenes. Los primeros años fueron buenos, difíciles económicamente. Yo trabajaba medio tiempo en una librería cristiana y daba clases de Biblia por las noches.

 Mariana trabajaba en una guardería, pero buenos. Teníamos esa intimidad fácil de los recién casados. Orábamos juntos todas las mañanas. Leíamos la Biblia juntos. Soñábamos juntos sobre plantar una iglesia algún día. Sebastián y Sofía nacieron cuando teníamos 23 años, gemelos no planeados. De repente éramos padres de dos bebés con un ingreso que apenas nos alcanzaba para nosotros dos.

Mariana tuvo que dejar de trabajar. Yo tomé un segundo empleo. Las noches se volvieron un caos de pañales, biberones, llanto. Los tiempos de oración juntos se espaciaron. Las conversaciones profundas se redujeron a logística. ¿Quién cambiaría el siguiente? ¿Cuándo teníamos que comprar más fórmula? ¿Cómo íbamos a pagar el recibo de luz? Pero sobrevivimos y cuando los gemelos cumplieron 2 años, recibimos la oferta que había estado esperando.

 Una denominación evangélica en Querétaro buscaba una pareja joven para plantar una nueva iglesia. El salario era modesto, pero constante. Tendrían casa pastoral, nos darían un presupuesto inicial para renta de local y materiales. Era nuestra oportunidad. Nos mudamos a Querétaro llenos de emoción.

 Mariana estaba embarazada de Mateo. Yo tenía 26 años y estaba convencido de que iba a cambiar el mundo. Empezamos la iglesia en la sala de nuestra casa pastoral. 10 personas el primer domingo, después 15, después 20. El crecimiento era lento pero constante. Mateo nació. Mariana estaba exhausta cuidando tres niños pequeños y además siendo la esposa del pastor, lo cual significaba organizar las comidas compartidas, visitar a las hermanas enfermas, dirigir el ministerio de mujeres que apenas estaba comenzando.

 Yo [música] estaba constantemente fuera visitando familias, preparando sermones, buscando más miembros, reuniéndome con líderes de otras iglesias. Aquí fue donde empezó la grieta. tan pequeña al principio que ni la notamos. Yo llegaba a casa cansado de estar con gente todo el día y lo único que quería era silencio.

 Mariana había estado todo el día sola con tres niños demandantes y lo único que quería era conversación adulta, conexión conmigo. Yo me encerraba en mi estudio a preparar el sermón del domingo. Ella se quedaba con los niños sintiéndose sola. Empezamos a pelear por cosas pequeñas, que si yo no ayudaba suficiente con los niños, que si ella no entendía las presiones del ministerio, que si yo me importaba más los hermanos de la iglesia que mi propia familia, que si ella era demasiado demandante.

 Peleas que se volvían más frecuentes, [música] más amargas. Cuando las gemelas nacieron, otro embarazo no planeado, otra vez gemelas. [música] Yo tenía 29 años y la iglesia ya tenía 150 miembros. Habíamos pasado de la sala de nuestra casa a un local rentado. Teníamos equipo de adoración, ministerio de jóvenes, células de oración.

 Desde fuera todo se veía exitoso. Desde dentro de nuestro matrimonio, todo se estaba desmoronando. Mariana desarrolló depresión postparto después de que nacieron Regina y Valeria. No lo diagnosticaron formalmente. En nuestra iglesia no se hablaba mucho de salud mental. Se veía casi como falta de fe, pero mirando atrás es obvio lo que era.

 Ella lloraba sin razón aparente. No quería levantarse de la cama, apenas podía cuidar de las bebés. Mi mamá tuvo que venir a ayudar por tr meses. Yo no supe cómo apoyarla. Le decía que orara más, que leyera la Biblia, que confiara en Dios. cosas que técnicamente eran verdad, pero que no tocaban la realidad de lo que ella estaba viviendo.

 Ella me decía que no entendía, que nunca había entendido y tenía razón, no entendía. La depresión pasó eventualmente, pero dejó algo roto entre nosotros. Mariana empezó a distanciarse emocionalmente. Ya no me buscaba para conversar. Ya no iniciaba intimidad física. Respondía cuando yo iniciaba, porque eso era lo que se esperaba de una esposa cristiana.

Pero era mecánico, vacío. Yo lo sabía y me dolía, pero no sabía cómo arreglarlo. Y honestamente, parte de mí se sentía aliviado de no tener que lidiar con más demandas emocionales. Lucas nació cuando yo tenía 34, nuestro último hijo. El embarazo fue difícil. Mariana tuvo complicaciones y estuvo en reposo dos meses.

 Yo tuve que encargarme más de los otros niños y de pronto me di cuenta de lo agotador que era lo que ella hacía todos los días. Pero en vez de apreciarla más, me resentí. Me resentí porque sentía que mi ministerio estaba sufriendo, que no podía dedicarle el tiempo que necesitaba. La iglesia seguía creciendo. Llegamos a 200, después a 300 miembros.

 Construimos nuestro propio edificio. Yo predica cada domingo ante un santuario lleno. La gente me buscaba para consejería, para oración, para dirección espiritual. Me decían, “Pastor Daniel con reverencia. Me sentía importante, necesitado, valioso. En casa, Mariana me miraba con cansancio o con indiferencia o peor, ni me miraba.

 Pasaba junto a mí en el pasillo como si fuera un mueble. cocinaba, [música] limpiaba, llevaba a los niños a la escuela, ayudaba con las tareas, [música] los bañaba, los acostaba, todo funcionaba. Pero no había vida entre nosotros. Yo me refugiaba más y más en el ministerio, aceptaba más invitaciones para predicar en otras iglesias.

 Me ofrecía voluntario para más comités en la denominación, cualquier cosa para no tener que estar en casa, donde el silencio entre Mariana y yo era tan denso que casi se podía tocar. Sebastián empezó a tener problemas de conducta cuando tenía 12 años. Se peleaba en la escuela, le faltaba el respeto a Mariana.

Read More