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Lo que María Félix confesó sobre Pedro Infante después de 45 años

 

 Consuelo se sentó en la silla junto a la cama. Esa silla que en los últimos meses había tomado perfectamente la forma de su cuerpo. Esperó porque con María siempre se esperaba. Había aprendido que apurar a María era la manera más segura de perder lo que fuera decirse. Cuando la canción terminó y el locutor comenzó a hablar de otras cosas, María abrió los ojos, no miró a consuelo, siguió mirando el techo con la expresión de quien ve algo que los demás no pueden ver, algo que está al mismo tiempo muy lejos y dentro del propio pecho. “Llevo 45 años cargando algo.”

Dijo. Su voz era más baja que antes, gastada por la enfermedad, pero todavía inconfundible, todavía con esa densidad que había hecho temblar a directores y presidentes. Algo que no le conté a nadie, continuó. Ni a mis hijos, ni a las personas que creyeron conocerme, ni a los periodistas que se pasaron décadas intentando arrancarme confesiones.

Decidí que se moriría conmigo, [música] que era mío y que me lo llevaba. María se volvió hacia Consuelo. Sus ojos, aún oscuros y profundos, a pesar de los años y de la enfermedad, tenían una expresión que Consuelo no le había visto nunca en todo el tiempo que llevaban juntas. No era tristeza exactamente, era algo más difícil de nombrar, una mezcla de arrepentimiento y urgencia que la María de siempre nunca se habría permitido mostrar.

 Pero si me voy guardándolo, dijo María en voz más baja todavía, entonces Pedro se muere dos veces. Y eso no puedo permitirlo. Consuelo sintió algo moverse en su pecho. Llevaba 22 años escuchando a María hablar de 1 cosas, de arte y de política, [música] de hombres que la habían querido y de hombres que habían intentado poseerla, de películas y de ciudades y de la naturaleza exacta de la libertad.

 Pero nunca, ni una sola vez había escuchado a María Félix hablar de Pedro Infante en ese tono, como si existiera una línea invisible alrededor de ese nombre que María había decidido no cruzar nunca. “Cuéntame”, dijo Consuelo. María cerró los ojos [música] y comenzó. Todo empezó en diciembre de 1953, dijo.

 En los días que siguieron a la muerte de Jorge, Jorge Negreta había muerto el 5 de diciembre de ese año en Los Ángeles, 42 años. un hígado que había soportado demasiado y que al final no pudo más. María tenía 39 y llevaba poco más de un año casada con él. El tiempo suficiente para descubrir que debajo de todo el orgullo y la fuerza del charro cantor, debajo de esa voz que partía el mundo en dos, había un hombre que amaba con una profundidad que muy pocos conocían.

 El tiempo suficiente también para que la pérdida fuera una herida que no terminaba de cicatrizar. [música] Pedro fue a verme 10 días después del entierro”, dijo María. Yo no quería visitas, no quería condolencias, no quería nadie mirándome con esa expresión que la gente adopta frente a la viudez como si fuera un disfraz obligatorio.

Pero Pedro llegó de todas formas sin avisar con un ramo de flores blancas que había escogido él mismo porque sabía que a mí no me gustaban las flores rojas para el duelo. Me lo explicó sin que yo le preguntara, “Las flores rojas son para cuando uno quiere llamar la atención, las blancas para cuando uno quiere decir algo de verdad.

 María hizo una pausa afuera de la ventana. Un coche pasó y su ruido se fue alejando. Cuando lo vi en la puerta continuó. [música] Estaba a punto de decirle que no era buen momento que volviera otro día, pero él me miró con esa calma que tenía para los momentos serios, sin la sonrisa de siempre, y me dijo, “Vine porque Jorge era mi hermano y porque tú eres la mujer que él amó más en su vida y alguien tiene que estar aquí aunque no quieras que estén.” Y yo lo dejé entrar.

 Esa tarde fue distinta a todo lo que María había esperado. Pedro no la trató como una figura que necesitaba consuelo. No la envolvió en palabras vacías. No convirtió a Jorge en una estatua que ya no tenía nada de humano. Habló de Jorge como lo que había sido, un hombre brillante y complicado, lleno de contradicciones, que había amado a su manera, que era la única manera que tenía.

 Esa honestidad le dio a María algo que los elogios fáciles no podían darle, la posibilidad de llorar por el Jorge real y no por el mito. “Se quedó 3 horas esa tarde”, dijo María. Cuando se fue, yo me di cuenta de que era la primera vez desde la muerte de Jorge que había respirado de verdad. Pedro regresó varias veces ese invierno. Llegaba a veces con guitarra, a veces sin ella.

 Cuando traía la guitarra, tocaba sin anunciarlo, sin hacer de eso una actuación, simplemente porque la música era para él lo que el silencio era para María, la manera más honesta de estar presente en un cuarto. Otras noches solo conversaban de Jorge primero, luego de otras cosas, del [música] medio artístico que los dos conocían desde adentro y que los dos sabían leer con una lucidez que pocos tenían de México, de la vida que se construye detrás de las cámaras y que tan pocas veces se parece a la que se muestra delante de ellas. Poco a poco me

fui dando cuenta, dijo María, de que con Pedro no tenía que actuar. [música] Eso puede parecer poco, para mí era todo. El mundo conocía a María Félix como la doña, la mujer más bella e indomable del cine mexicano. Esa imagen era real, no era mentira, pero era solo una parte. Adentro había una mujer que cargaba cosas que nadie veía, que tenía miedo de cosas que nunca nombraba, que a veces [música] sentía el peso de ser una leyenda como si fuera una armadura demasiado pesada para quitarse.

 Con Pedro esa armadura se hacía más ligera. Los años pasaron, 1950 y 4,950 y 5,956. Pedro era una presencia constante en los márgenes de la vida de María, apareciendo y desapareciendo según los ritmos de las filmaciones y los compromisos de ambos cuando coincidían en eventos del [música] medio. Había entre ellos algo que nadie sabía cómo nombrar exactamente, una complicidad, un entendimiento tácito que no necesitaba palabras para existir.

 Cuando no se veían durante meses, María notaba su ausencia con una puntualidad que le resultaba incómoda examinar. ¿Desde cuándo supiste lo que sentías?, preguntó Consuelo con voz muy baja. María tardó un momento. Siempre lo supe respondió, pero me tomó tiempo permitirme pensarlo sin que me pareciera una traición.

 Pedro había sido el amigo de Jorge, el hombre que había llorado a Jorge de verdad, que lo había querido de verdad. Sentir algo por ese hombre me parecía cruzar una línea que yo no podía cruzar. Hizo [música] silencio. Pero el corazón no pide permiso dijo María al fin. El corazón simplemente siente. Fue en marzo de 1957.

Pedro estaba en la ciudad de México entre dos periodos de filmación en Mérida, donde rodaba Tisoc. Era la historia de un hombre que amaba a una mujer a la que no podía tener. Eso mismo me había dicho Pedro en alguna visita de ese invierno. [música] Hay partes de ese guion que siento que alguien escribió pensando en cosas que yo he vivido de verdad.

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