Sabía secretos que podían destruir reputaciones. Habían hombres que no debían salir a la luz y estaba a punto de hablar. Seis días después de que su matrimonio fuera anulado, Pedro Infante sube a un avión. No encuentra boleto en aerolíneas comerciales. Decide viajar en un avión de carga de Tamsa. Es un vuelo de último momento. Una decisión desesperada.
Necesita llegar a la capital. Necesita arreglar su vida. No sabe que está subiendo a su tumba. O tal vez si lo sabe. 15 de abril de 1957, 6:15 de la mañana. Pedro Infante baja al lobby del hotel Mérida. No durmió. Tiene ojeras profundas. Un hombre lo espera sentado en un sillón de cuero. Pedro no lo conoce.
El hombre se levanta, camina hacia él, sin saludar le entrega un sobre manila. Esto es para usted, señor infante. Pedro toma el sobre. ¿Quién lo envía? El hombre no responde. Sale del hotel caminando despacio. Pedro abre el sobre. Adentro hay fotografías. Fotografías comprometedoras. Fotografías que no deberían existir. Según César Augusto Infante, su abuela Lupita le contó que Pedro le confesó por teléfono esa mañana que alguien lo estaba chantajeando, que tenían pruebas de algo, que si no obedecía arruinarían todo. Pruebas de qué? El nieto no lo
especificó. Pero hay teorías, una de ellas involucra a una misuniverso francesa llamada Cristiane Martel. Según esta teoría, Pedro tuvo un romance secreto con ella en 1953. Cristiane estaba comprometida con Miguel Alemán Velasco, hijo del expresidente de México. Un hombre poderoso, un hombre con conexiones, un hombre que no perdona traiciones.
Según el nieto, Cristiane quedó embarazada de Pedro. La familia alemán se enteró. La obligaron a abortar. Amenazaron a Pedro. Le dijeron que se alejara de Cristiane, que olvidara lo que había pasado, que si abría la boca habría consecuencias. Pedro no obedeció. Pedro nunca obedecía. Y eso, según esta teoría, firmó su sentencia de muerte.
Otra teoría involucra negocios sucios. Pedro era socio de Tamsa, la aerolínea. Había invertido dinero, mucho dinero, pero también había deudas, deudas con gente peligrosa, gente que no acepta o no, gente que cobra de formas brutales. Hay quienes dicen que Pedro debía dinero a personas conectadas con el gobierno, que lo presionaron, que lo amenazaron, que cuando se negó a pagar decidieron eliminarlo.
7 de la mañana, Pedro llega al aeropuerto de Mérida. Un mecánico llamado Jesús Martínez lo ve llegar. Décadas después, Jesús dará una entrevista. Dirá algo escalofriante. El señor infante llegó muy nervioso. Sudaba, estaba pálido. Me miró y me dijo, “Rale a la Virgen por mí, muchacho.” Yo le pregunté por qué. Él solo sonrió y me regaló su camiseta.
Una camiseta de caracolitos. me dijo, “Ten para que eches tipo con las muchachas.” Luego subió al avión. No volteó atrás. ¿Por qué un hombre le pide a un desconocido que rece por él? ¿Por qué regala su ropa como si supiera que no la necesitará más? ¿Por qué no voltea atrás? Hay dos explicaciones. La primera es que Pedro presentía su muerte, que intuía que ese sería su último vuelo.
La segunda es más oscura, que Pedro sabía exactamente lo que iba a pasar, que sabía que el avión estaba saboteado, que sabía que no llegaría a la Ciudad de México, pero subió de todas formas. ¿Por qué alguien subiría a un avión sabiendo que va a estrellarse? Porque no tiene opción.
Porque lo amenazaron con algo peor. Porque si no subía, lastimarían a alguien que amaba, a Irma, a Lupita, a sus hijos. Hay quienes dicen que esa mañana Pedro Infante eligió morir para proteger a su familia, que subió a ese avión sabiendo que era una trampa, que aceptó su destino. 7:45 de la mañana. El avión Kensale Datid B24 Liberate despega de la pista número 10.
A bordo van tres hombres. El piloto Víctor Manuel Vidal Lorca, el mecánico Marciano Bautista y Pedro Infante sentado como copiloto. 5 minutos después, el avión cae, se desploma sobre el patio de una casa en la calle 54,87. Explota, arde. Mata a Rut Maabelchan, de 16 años. Mata a su hijo Isidro Baltazar de 13.
Los tanques de combustible estallan. El fuego consume todo. Cuando los equipos de emergencia llegan, encuentran cuerpos carbonizados, irreconocibles, destruidos por el fuego. No hay rostros, no hay huellas, no hay nada que permita identificar con certeza quién es quién. Encuentran dos brazaletes de oro entre los escombros.
Uno tiene grabado recuerdo de Pedro Infante para el capitán Vidal. El otro es de Pedro. Encuentran también una placa de platino incrustada en un cráneo destrozado. Esa placa se la pusieron a Pedro en 1949 después de su segundo accidente aéreo en Sitácuaro. Le colocaron platino para proteger su cerebro expuesto. La placa tiene un número de serie, coincide con los registros médicos.
Eso es suficiente para las autoridades. Declaran que Pedro Infante está muerto. Pero hay un problema. Según Teresa Vidal, hija del capitán Vidal, su madre le contó algo perturbador. Realmente era irreconocible. No se sabía diferenciar qué restos eran de Pedro y qué restos eran de mi papá, pero encontraron dos brazos entrelazados.
Uno era de Pedro y uno era de mi papá, de diferentes personas, como si se hubieran abrazado al caer. Dos hombres abrazados en el momento de la muerte, maestro y alumno, sabiendo que no había escapatoria. Esa imagen persigue. Pero aquí viene lo que César Augusto Infante reveló en 2019. Según el nieto, Irma Dorantes le confesó en privado a Lupita Torrentera algo que nunca dijo públicamente, que cuando llegó a Mérida para reconocer el cuerpo, no la dejaron verlo.
Le dijeron que estaba demasiado desfigurado, que era mejor recordarlo cómo era. La llevaron a un hospital. Vio a unos hombres con caretas y sopletes soldando una caja de lámina. Le dijeron que ahí estaban los restos de Pedro. Irma se volvió loca, gritó, exigió ver el cuerpo, no la dejaron, la sacaron del lugar, le dieron sedantes, le dijeron que era por su bien.

El féretro de Pedro Infante nunca se abrió en el velorio. Dijeron que era por respeto, que el cuerpo estaba demasiado quemado, que era mejor no verlo. Pero también era conveniente, muy conveniente, porque si nadie ve el cuerpo, nadie puede confirmar que sea él. El informe oficial de la Dirección General de Aeronáutica Civil determinó que el accidente se debió a error de maniobra.
Dice textualmente: “Error de maniobra consistente en ejecutar dos virajes hacia el rumbo de la Ciudad de México sin conformarse a las especificaciones de distancia y procedimientos, agravado por un probable corrimiento de carga debido a estiva incorrecta. En otras palabras, el piloto cometió errores graves y la carga estaba mal distribuida.
Pero aquí está el problema. Víctor Manuel Vidal Lorca tenía más de 11 horas de vuelo. Era instructor certificado, maestro de aviación, el hombre que le enseñó a Pedro Infante a volar. ¿Cómo un piloto con esa experiencia comete errores tan básicos? ¿Cómo no verifica la estiva antes de despegar? ¿Cómo ejecuta maniobras incorrectas que cualquier novato evitaría? No tiene sentido.
A menos que el error no haya sido error, a menos que algo más haya pasado en ese avión. César Augusto Infante lo dice sin rodeos. Mi abuelo fue asesinado. No fue un accidente. Alguien saboteó ese avión. Alguien quería a Pedro Infante muerto. Y lo lograron. ¿Quién? El nieto tiene una teoría.
Dice que su abuela Lupita le contó que Pedro recibió amenazas de personas conectadas con el gobierno que tenían miedo de que hablara, de que revelara secretos, de que destruyera reputaciones. ¿Qué secretos? Eso nunca lo especificó, pero hay pistas. Pedro Infante amaba volar. Era su obsesión, su escape, su libertad. Tenía licencia de piloto con 2989 horas de vuelo registradas, casi 3,000 horas.
Eso no es un hobby, eso es una adicción. Había sobrevivido a dos accidentes aéreos antes del fatal. El primero fue en 1947 en Wasabas, Sinaloa. Pedro terminó un show de noche. Quería volar de regreso esa misma madrugada. El problema, no había luz en la pista. Era noche cerrada sin luna. Sus amigos le dijeron que era una locura, que esperara al amanecer. Pedro no escuchó.
Pidió que iluminaran la pista con las farolas de los automóviles. Improvisaron luces con coches. Pedro despegó. no ganó suficiente altura. Se estrelló contra un campo de maíz. Solo tuvo una herida en el mentón. Una cicatriz pequeña. Nada grave. Pero fue una advertencia. Una advertencia que ignoró. El segundo accidente fue en 1949 en Citácuaro, Michoacán. Iba con Lupita Torrentera.
Volaban de Acapulco a la Ciudad de México. La brújula falló. Volaron sin rumbo durante horas. Se quedaron sin combustible. El avión cayó en un potrero. El impacto fue brutal. La cabeza de Pedro golpeó contra algo. Parte de su cerebro quedó expuesto. Los médicos trabajaron durante horas. Tuvieron que ponerle una placa de platino en el cráneo.
Le quedó una cicatriz enorme desde la frente hasta la oreja izquierda. Tuvo que usar bisoñé el resto de su vida, un postizo de pelo carísimo para ocultar la calvicie que le dejó la cirugía. Después de ese accidente, Pedro prometió frente a la Virgen de Guadalupe que nunca más volaría. Lo juró de rodillas. María Luisa León estaba presente.
Ella le pidió que no hiciera esa promesa, no porque quisiera que siguiera volando, sino porque sabía que no la cumpliría. Conocía a Pedro. Sabía que volar era su droga y tenía razón. Pedro no cumplió la promesa. Siguió volando hasta el 15 de abril de 1957. Pero aquí viene algo que el nieto reveló y que cambia todo.
Según César Augusto, su abuela Lupita le contó que Pedro le confesó algo días antes del accidente, que ya no disfrutaba volar, que sentía miedo cada vez que subía a un avión, que tenía pesadillas donde se estrellaba, que veía su propia muerte en sueños. “Entonces, ¿por qué sigues volando?”, le preguntó Lupita. Pedro respondió, “Porque si no vuelo, pierdo mi libertad y prefiero morir libre que vivir encadenado.
” ¿Encadenado a qué? ¿A quién? El nieto tiene una teoría. Dice que Pedro estaba siendo chantajeado, que alguien lo tenía agarrado por algo, que lo obligaban a hacer cosas que no quería, que volar era su única forma de escapar, aunque fuera por unas horas, aunque fuera arriesgando la vida. Hay quienes dicen que Pedro debía favores políticos.
que había aceptado dinero de personas conectadas con el gobierno, que le financiaron películas a cambio de lealtad, que cuando Pedro quiso salirse no lo dejaron. Otros dicen que el chantaje era más personal, que tenían pruebas de sus romances secretos, de sus matrimonios falsos, de sus hijos ilegítimos, que amenazaban con destruir su imagen pública si no obedecía.
Pedro Infante era el ídolo de México, el hombre más amado del país, pero también era el hombre más vigilado. Cada movimiento era noticia, cada escándalo era portada. Vivía en una jaula de oro y había quienes controlaban esa jaula. El funeral de Pedro Infante fue el más grande en la historia de México hasta ese momento.
Más de 200,000 personas en las calles de la Ciudad de México llenaban las avenidas, detenían el tráfico, lloraban sinvergüenza, hombres que nunca habían llorado en público, mujeres que se desmayaban, niños que no entendían, pero sentían la tristeza. Más de 50,000 personas en el panteón jardín. El cementerio estaba desbordado. La gente se subía a los árboles para ver, se trepaba a las tumbas vecinas, empujaba para acercarse, gritaba su nombre, Pedro, Pedro, Pedro.
El presidente envió condolencias oficiales. Los periódicos dedicaron portadas enteras durante días. La radio interrumpió su programación. Pusieron música de Pedro durante horas, sin comerciales, sin anuncios, solo su voz. Amorcito corazón, 100 años. No volveré. México lloró como nunca había llorado. Hubo reportes de suicidios, fans que no podían soportar la idea de vivir sin él.
Hubo desmayos masivos, crisis nerviosas, hospitalizaciones. El duelo fue colectivo, nacional, total. Cantinflas cargó el féretro, el comediante más famoso de México cargando al actor más amado. Sus hombros temblaban, sus ojos estaban rojos. El indio Fernández estuvo presente, hombre duro que no lloraba nunca.
Lloró ese día Silvia Pinal, María Félix, Tin Tán, toda la industria del cine llorando, despidiendo al ídolo, enterrando al hombre que los había hecho reír y llorar. Pero había algo extraño, algo que Irma Dorantes notó y que le confesó a Lupita Torrentera años después. Según el nieto César Augusto, Irma le dijo a Lupita, “Ese funeral no fue para Pedro, fue para callar a México.
” ¿Qué significa eso? Significa que el funeral fue una estrategia, una forma de cerrar el caso, de convencer a millones de mexicanos de que Pedro estaba muerto, de que no había dudas, de que no había misterio, de que todo había terminado. Pero Irma nunca creyó que Pedro estuviera en ese féretro. Nunca lo creyó y por eso nunca volvió a casarse.
Vivió el resto de su vida esperando, esperando que Pedro regresara, esperando que tocara su puerta. esperando que le dijera, “Perdóname, tuve que desaparecer, pero nunca dejé de amarte.” Irma Dorantes murió en 2023. Tenía 89 años. Nunca se volvió a casar, nunca tuvo otra pareja. Vivió sola guardando un secreto que se llevó a la tumba.
Pero antes de morir le dijo algo a su hija Irmita. Algo que Irmita nunca ha confirmado públicamente, pero que el nieto César Augusto dice que es verdad. le dijo, “Tu padre no murió en 1957. Lo vi en 1983. Era él, estoy segura. 1983, 26 años después del supuesto accidente. Un hombre aparece en la ciudad de México.
Se hace llamar Antonio Pedro. Dice ser imitador de Pedro Infante. Solo eso. Un imitador, un tributo. Se presenta en bares de Coyoacán, en cantinas del centro histórico. Canta las mismas canciones con la misma voz, exactamente la misma voz. Tiene la misma cara, los mismos ojos, la misma nariz, la misma sonrisa, tiene la misma estatura, 1,75.
Exactamente lo que meía Pedro. Tiene los mismos ademanes, la misma forma de mover las manos cuando canta, la misma forma de inclinar la cabeza cuando habla. Tiene la misma cicatriz en la barbilla. La cicatriz del primer accidente de 1947. Tiene la misma edad que Pedro tendría si estuviera vivo. 65 años en 1983.
La misma edad exacta. Y cuando le preguntan sobre detalles íntimos de la vida de Pedro Infante, los conoce todos, cosas que no están en ningún libro. Antonio Pedro conocía cosas que nadie sabía, nombres de amigos de la infancia que nunca fueron mencionados en biografías, direcciones de casas donde Pedro vivió que no estaban en ningún registro público.
Fechas de eventos familiares que solo la familia recordaba, detalles de filmaciones que nunca se hicieron públicos, anécdotas privadas que solo Pedro sabría. Un périto español analizó su caligrafía, comparó la letra de Antonio Pedro con documentos firmados por Pedro Infante antes de 1957. El resultado fue escalofriante. Era idéntica, no parecida, idéntica.
La misma presión del lápiz, los mismos trazos, las mismas características únicas. La caligrafía es como una huella digital. Nadie puede imitarla perfectamente, excepto si eres la misma persona. Antonio Pedro nunca admitió directamente que era Pedro Infante, pero tampoco lo negó. Jugaba con la ambigüedad.
Cuando le preguntaban directamente, “¿Usted es Pedro Infante?” Sonreía, cambiaba el tema, decía, “Pedro Infante murió en 1957.” No. Y luego se reía. Una risa que conocían millones de mexicanos. La risa de Pepe el Toro se dejaba fotografiar, se dejaba entrevistar, apareció en programas de televisión, actuó en películas junto a personas que habían trabajado con el verdadero Pedro Infante décadas antes.
Incluso trabajó con Cruz Infante, hijo de Pedro. Cruz lo miró a los ojos, actuó junto a él y nunca dijo públicamente si creía que era su padre. Ese silencio dice mucho. Según César Augusto Infante, el nieto Antonio Pedro era su abuelo. Lo dice sin dudar, sin vacilar. Lo secuestraron después del supuesto accidente. Lo llevaron a un lugar secreto.
Lo torturaron, le borraron la memoria, lo mantuvieron cautivo durante 26 años. Lo liberaron cuando murió el expresidente Miguel Alemán Valdés, el hombre que más odiaba a Pedro Infante. Miguel Alemán Valdés murió el 14 de mayo de 1983. Antonio Pedro apareció meses después. Coincidencia, el nieto dice que no. Dice que Pedro fue liberado porque el hombre que ordenó su secuestro ya estaba muerto, que ya no había razón para mantenerlo cautivo, que lo soltaron para que viviera sus últimos años en paz.
Pero con una condición que nunca dijera la verdad, que nunca confirmara que era Pedro infante, que viviera como una sombra, como un fantasma de sí mismo. Antonio Pedro murió en 2013 en Delicias, Chihuahua. Tenía 82 años. La misma edad que tendría Pedro Infante. Exactamente la misma. Y aquí viene lo más perturbador.
Nadie sabe quién era Antonio Pedro antes de 1983. No hay registros de su infancia, no hay fotos de su juventud, no hay compañeros de escuela que lo recuerden, no hay familiares que hablen de su pasado, no hay actas de nacimiento verificables. Es como si no hubiera existido antes de ese año, como si hubiera aparecido de la nada, como si hubiera nacido el mismo año que murió el expresidente alemán.
Irma Dorantes fue a verlo en secreto. Según el nieto, Irma fue a un bar de Coyoacán donde Antonio Pedro se presentaba. Se sentó al fondo con lentes oscuros, con un pañuelo en la cabeza para que nadie la reconociera. Antonio Pedro cantó esa noche, cantó Amorcito Corazón, la canción que Pedro le cantaba a Irma cuando eran jóvenes, cuando todo era perfecto, cuando no había escándalos, cuando no había vigamia, cuando solo había amor. Irma lloró.
Lloró durante toda la canción. Cuando terminó, Antonio Pedro la miró directamente a los ojos a través de la multitud, como si supiera que estaba ahí, como si la hubiera estado esperando. Irma salió corriendo, no pudo soportarlo. Días después, Irma le confesó a Lupita Torrentera lo que había visto, lo que había sentido.
Era él, Lupita, te lo juro por mis hijos. Era Pedro. Los mismos ojos, la misma voz, la misma forma de mirarme, como si me estuviera diciendo, “Aquí estoy, nunca me fui.” Lupita le preguntó por qué no se acercó a hablar con él. Irma respondió, “Porque tengo miedo.” Miedo de que sea verdad. Miedo de que todo lo que nos dijeron sea mentira.

Miedo de que Pedro haya estado vivo todo este tiempo y yo no hice nada por buscarlo. Esa conversación nunca fue pública, pero el nieto César Augusto la reveló en 2019. Dijo que su abuela Lupita se lo contó antes de morir, que era importante que la verdad saliera, que México merecía saber. Pero hay más. Hay algo que el nieto reveló y que nadie ha podido explicar.
En 1989, 6 años después de que Antonio Pedro apareciera, alguien depositó flores en la tumba de Pedro Infante en el panteón jardín. Flores caras, rosas rojas, con una tarjeta que decía, “Perdóname por no haber muerto contigo.” Sin firma, sin nombre, nadie sabe quién las dejó. Pero César Augusto dice que fue Antonio Pedro, que fue a despedirse de su propia tumba, que fue a pedirle perdón al hombre que todos creían que era, que fue a cerrar un ciclo.
Existe también un testimonio que nunca ha sido verificado. Un hombre llamado Esteban Mora, que trabajó como custodio en las Islas Marías entre 1957 y 1965, dijo antes de morir que vio a un prisionero sin nombre en una celda aislada. Un prisionero que cantaba todo el día. Canciones de Pedro Infante. Con la voz de Pedro Infante, Esteban le preguntó a un superior quién era ese hombre.
El superior le respondió, “Ese hombre no existe. No lo viste, no lo escuchaste. Y si hablas de esto, tu familia pagará las consecuencias. Esteban nunca habló. Hasta 2001, cuando ya estaba viejo y enfermo, cuando ya no tenía nada que perder.” dio una entrevista a un periodista local de Nayarit. La entrevista nunca se publicó en medios nacionales, solo circuló en fotocopias, en círculos pequeños, entre investigadores de teorías de conspiración.
Esteban murió tres semanas después de esa entrevista de un infarto. O eso dijeron, ¿por qué las Islas Marías? Porque era el lugar perfecto para esconder a alguien. Una prisión federal en medio del océano Pacífico, aislada, vigilada, controlada por el gobierno. Nadie entra, nadie sale sin testigos, sin prensa, sin preguntas. Si querías hacer desaparecer a alguien sin matarlo, las Islas Marías era el lugar ideal.
Pero hay una pregunta que nadie ha respondido. Si Pedro Infante fue secuestrado, si fue torturado, si fue encarcelado durante 26 años, ¿por qué? ¿Qué sabía que era tan peligroso? ¿Qué secreto valía la pena destruir al hombre más amado de México? El nieto César Augusto tiene una teoría. Dice que Pedro descubrió algo sobre personas poderosas, algo que involucraba corrupción, tráfico de influencias, dinero ilegal, tal vez incluso asesinatos.
Dice que Pedro amenazó con hablar, con denunciar, con exponer a esos hombres y ellos no podían permitirlo. No podían dejar que el ídolo de México destruyera sus carreras, sus fortunas, sus legados. Así que decidieron silenciarlo permanentemente, pero matarlo era arriesgado. Si Pedro Infante moría asesinado, habría investigaciones, habría preguntas, habría sospechosos.
Así que inventaron un accidente, un accidente perfecto, un avión que se estrella. Cuerpos carbonizados, imposibles de identificar. Una tragedia nacional que cierra el caso. Y mientras México lloraba, Pedro Infante era trasladado a una celda secreta. Lejos de todo. Lejos de todos. Nunca lo sabremos con certeza.
Los análisis de ADN que se intentaron hacer fueron bloqueados. Los documentos oficiales tienen inconsistencias que nadie puede explicar. Los testigos que podrían confirmar o negar las teorías ya murieron. Pero lo que sí sabemos es esto. Pedro Infante fue el ídolo más grande que México ha tenido. Actuó en más de 60 películas, grabó más de 300 canciones. Hizo reír a millones.
Hizo llorar a millones más. representó al mexicano común, al trabajador, al hombre que sufre pero no se rinde, al hombre que ama pero no sabe cómo, al hombre que comete errores pero tiene buen corazón. Y cuando murió o cuando dijeron que murió, México sintió que había perdido a uno de los suyos, no a una estrella distante, a uno de los suyos.
Han pasado casi 70 años desde aquel 15 de abril de 1957 y Pedro Infante sigue siendo inmortal. Sus películas se siguen transmitiendo, sus canciones se siguen cantando, su rostro aparece en murales, estatuas, camisetas. Cada año miles de personas visitan el lugar donde cayó el avión en Mérida.
Hay un busto dorado, una placa conmemorativa, murales con frases de sus películas. Y si vivo 100 años, 100 años pienso en ti. El nieto César Augusto Infante dice que su misión es revelar la verdad, que su abuelo merece que México sepa lo que realmente pasó, que las amenazas, el sobremanila, la llamada de la noche del 14 de abril, todo debe salir a la luz.
Pero la verdad es incómoda. La verdad destruye mitos. La verdad convierte ídolos en víctimas. Y tal vez México no está listo para eso. Tal vez México prefiere la leyenda, la leyenda del muchacho pobre de Sinaloa que conquistó al país con su voz, que salió de la miseria absoluta y se convirtió en el hombre más amado. La leyenda del hombre que amó demasiado, voló demasiado alto, arriesgó demasiado y pagó el precio.
La leyenda del hombre que murió joven, pero vive para siempre. Porque hay hombres que mueren y hay hombres que se vuelven inmortales. Pedro Infante se volvió inmortal. No por el accidente, no por las teorías de conspiración, no por Antonio Pedro. se volvió inmortal por su música, por su cine, por su sonrisa, por esa forma de mirar a la cámara que hacía sentir a cada mexicano que le estaba cantando solo a él, solo a ella, como si fueran los únicos en el mundo.
Y mientras haya alguien que cante Amorcito Corazón, seguirá vivo. Mientras haya alguien que vea nosotros los pobres, seguirá vivo. Mientras haya alguien que recuerde a Pepe el Toro, seguirá vivo. No en los documentos secretos, no en los testimonios contradictorios, en la música, en las películas, en la memoria de un pueblo que nunca lo olvidará.
Porque México no olvida a sus ídolos. México los guarda, los protege, los canta, los llora, los celebra, los convierte en leyenda. Y Pedro Infante es la leyenda más grande que México ha tenido. ¿Murió Pedro Infante el 15 de abril de 1957? Oficialmente sí. Fue asesinado. El nieto dice que sí.
¿Era Antonio Pedro realmente él? Nadie lo sabe. Pero lo que sí sabemos es que Pedro Infante le dio a México algo invaluable. Le dio identidad, le dio orgullo, le dio la certeza de que un muchacho pobre puede llegar a ser el hombre más amado del país. Y eso es inmortalidad, eso es legado, eso nunca muere. M.