Me enamoré de esa visión antes de enamorarme de él. O tal vez fue al mismo tiempo. No estoy segura. Nos casamos 8 meses después. Fue una ceremonia sencilla en la iglesia de mis padres con Rodrigo predicando parte de la ceremonia porque el pastor titular estaba enfermo. Firmamos los papeles en el Registro Civil una semana antes. Recuerdo que estábamos tan concentrados en los preparativos de la boda religiosa que el trámite civil nos pareció apenas [música] una formalidad administrativa.
Fuimos al registro. Esperamos en la fila, firmamos frente a un funcionario que ni siquiera nos miró a los ojos, nos dieron un certificado y salimos. Rodrigo bromeó diciendo que ahora éramos legalmente esposos, pero que la verdadera boda sería en la iglesia. Yo me reí. Ninguno de los dos le dio mayor importancia.
Los primeros años fueron intensos. Comenzamos la iglesia con 14 personas en la sala de mi casa. Mariana tocaba la guitarra. y dirigía los cantos. Yo predicaba sentado en un banquito de plástico. No teníamos dinero, pero teníamos convicción. Creíamos que Dios nos había llamado a de hacer algo grande y funcionó.
En 2 años éramos 150 personas, en 5 años 500. En 10 años 100. En 15 años habíamos construido el templo donde finalmente llegamos a congregar 3000 personas cada domingo. No fue suerte, fue trabajo, fue estrategia. Yo estudiaba todo el tiempo técnicas de comunicación, psicología de masas, marketing religioso, aunque nunca lo llamábamos así.
Leía a los grandes pastores estadounidenses. Adaptaba sus métodos a nuestra realidad argentina. Mariana coordinaba equipos de voluntarios con una eficiencia que muchas empresas envidiarían. Teníamos sistemas, protocolos, métricas de crecimiento. La iglesia funcionaba como una máquina bien aceitada y en medio de todo eso, nuestro matrimonio también funcionaba, o eso creíamos.
Teníamos dos hijos, Mateo y Sofía. Mateo nació cuando la iglesia tenía 3 años. Sofía cuando tenía seis. Crecieron viendo a sus padres trabajar juntos, predicar juntos, orar juntos. Éramos el modelo de matrimonio pastoral. Dábamos conferencias sobre matrimonio, aconsejábamos a parejas en crisis. [música] Escribí un libro titulado Dos en una carne, el matrimonio según el diseño de Dios. Se vendieron 20,000 copias.
Nunca en todos esos años nadie nos preguntó si nuestro matrimonio era un sacramento. Nadie porque en nuestra tradición el matrimonio no era un sacramento. Era una institución ordenada por Dios. Sí, era importante, sí, pero no era un sacramento en el sentido que los católicos le dan a esa palabra. Para nosotros los sacramentos eran conceptos católicos, tradiciones humanas agregadas a la simplicidad del evangelio.
Nosotros solo reconocíamos dos ordenanzas, el bautismo y la Santa Cena, y ni siquiera las llamábamos sacramentos, sino símbolos, memoriales. El matrimonio era un pacto civil bendecido por Dios, nada más, nada menos, o eso pensábamos. La primera grieta apareció hace 4 años. [música] No fue dramática, fue pequeña, casi imperceptible.
Fue durante un almuerzo familiar después del culto dominical. Habíamos invitado a un matrimonio nuevo que acababa de empezar a congregarse con nosotros. Él se llamaba Eduardo. Ella se llamaba Cecilia. Tenían unos 50 años. ¿Eran católicos o habían sido católicos hasta hacía poco. Bueno, Eduardo seguía siendo católico practicante, [música] pero Cecilia había empezado a venir a nuestros cultos porque una amiga la había invitado.
Eduardo la acompañaba por respeto, pero se notaba que no estaba cómodo. Durante el almuerzo, la conversación derivó hacia los temas obvios, las diferencias entre católicos y evangélicos. Rodrigo, como siempre estaba en su elemento. Explicaba con paciencia y firmeza las razones bíblicas de nuestra fe.
Eduardo escuchaba, asentía a veces, cuestionaba otras. [música] Era un hombre educado, tranquilo, sin pretensiones intelectuales, pero con una convicción profunda que yo no había visto en muchos católicos antes. En un momento hablábamos sobre los sacramentos. Rodrigo explicaba que para nosotros solo el bautismo y la comunión tenían base bíblica clara.
Eduardo preguntó, “¿Y el matrimonio?” “El matrimonio no es un sacramento,” respondió Rodrigo. Es una institución creada por Dios, pero no es un sacramento en el sentido católico. Es un pacto entre un hombre, una mujer y Dios. Eduardo me miró a mí, luego a Rodrigo y preguntó con una sencillez desconcertante. Si Cristo instituyó el matrimonio y si San Pablo dice que el matrimonio es imagen de Cristo y la Iglesia, ¿por qué ustedes se casaron solo con un papel del estado? Hubo un silencio incómodo.
Rodrigo sonrió, pero fue una sonrisa tensa. Nos casamos en la iglesia también, respondió. Tuvimos una ceremonia religiosa. Sí, pero ¿quién los casó? [música] Insistió Eduardo sin malicia, solo con curiosidad genuina. En la Iglesia Católica, el sacramento lo administran los esposos entre sí, pero ante un testigo cualificado de la Iglesia, que es el sacerdote.
¿Ustedes tuvieron algo así? El pastor de mi iglesia ofició la ceremonia, dije yo tratando de ayudar a Rodrigo. Pero, ¿en qué autoridad? preguntó Eduardo. Es decir, ¿quién le dio al pastor esa autoridad para validar el matrimonio ante Dios? Rodrigo empezaba a molestarse. Lo conocía lo suficiente para notar la tensión en su mandíbula.
“La autoridad viene de la palabra de Dios, respondió. No necesitamos una institución humana que medie entre nosotros y Dios.” Pero el matrimonio es más que un acuerdo privado”, dijo Eduardo sin alterarse. Es un acto público que afecta se insuocina a la comunidad. Por eso la Iglesia siempre ha insistido en que debe ser ante testigos y ante la autoridad que Cristo dejó, la Iglesia misma.
La conversación continuó por otros derroteros, pero esa pregunta quedó flotando en el aire. Esa noche en la cama no pude evitar pensarlo. Realmente estábamos casados. Obviamente lo estábamos legalmente. Obviamente habíamos hecho votos ante Dios. Pero algo en la pregunta de Eduardo me incomodaba. No era que dudara de mi matrimonio, pero era como si de repente hubiera notado una ausencia, un hueco que nunca antes había visto.
No le dije nada a Rodrigo esa noche. Él estaba cansado, frustrado por la conversación. Pero yo me quedé despierta mucho tiempo mirando el techo, preguntándome cosas que nunca antes me había preguntado. Ese almuerzo me molestó más de lo que quise admitir. No porque Eduardo fuera agresivo o irrespetuoso, al contrario, fue su tranquilidad lo que me irritó.
Hablaba como quien tiene una certeza profunda, no como quien defiende una posición. Y esa certeza me descolocaba. Yo estaba acostumbrado a debatir con católicos. Había tenido cientos de conversaciones apologéticas a lo largo de mi ministerio. Sabía todos los argumentos, sola escritura, sola fide, la suficiencia de Cristo, la corrupción de la institución católica, la idolatría mariana, podía recitar versículos bíblicos en contexto, podía desarmar objeciones, podía mostrar contradicciones en la doctrina católica.
Pero Eduardo no estaba debatiendo, estaba preguntando. Y su pregunta sobre el matrimonio me había tocado un nervio que no sabía que tenía porque él tenía razón en algo. Nosotros habíamos reducido el matrimonio a un acto civil seguido de una ceremonia religiosa opcional. En nuestra práctica pastoral aconsejábamos a las parejas que se casaran primero en el registro civil y después hicieran la ceremonia en la iglesia.
Muchas veces, por cuestiones económicas o logísticas pasaban meses entre una cosa y otra y nadie cuestionaba eso. Nadie pensaba que hubiera algo teológicamente problemático en estar casados ante el Estado, pero no ante Dios o viceversa. Pero cuando Eduardo preguntó en nombre de qué autoridad, algo se removió dentro de mí. Porque la verdad es que yo nunca me había hecho esa pregunta.
Había asumido que como pastor ordenado por mi denominación tenía la autoridad para oficiar matrimonios. Pero, ¿de dónde venía esa autoridad? de mi seminario bíblico, de mi denominación, que a su vez había sido fundada por un misionero estadounidense en los años 60, de la cadena de sucesión de iglesias evangélicas que se remontaba hasta hasta dónde exactamente.
Traté de olvidar el asunto. Tenía suficientes responsabilidades como para perder el tiempo en cuestiones teológicas abstractas, pero la pregunta no se iba [música] y lo peor es que Mariana también empezó a cambiar. No fue inmediato. No fue que después de ese almuerzo me levanté con dudas existenciales sobre mi matrimonio. Pero algo había cambiado.
Era como si alguien hubiera encendido una luz tenue en un rincón de mi mente que antes estaba oscuro. Y ahora, aunque la luz fuera débil, ya no podía dejar de ver lo que había ahí. Empecé a notar cosas, pequeñas cosas. En nuestros consejos matrimoniales, por ejemplo, cuando las parejas venían con problemas, nosotros siempre hablábamos del matrimonio como un pacto, como un compromiso voluntario que debía ser honrado y eso estaba bien.
Pero nunca hablábamos del matrimonio como algo que Dios hacía, sino solo como algo que Dios bendecía. Era una distinción sutil, pero importante. Un día estaba preparando un taller sobre matrimonio para mujeres jóvenes y decidí leer Efesios 5 con más atención. Este misterio es grande, más yo digo esto respecto de Cristo y de la Iglesia.
Pablo llama al matrimonio un misterio, no un símbolo, [música] no una metáfora, sino un misterio. En griego misterion. Y de repente recordé que en la tradición católica la palabra sacramento viene del latín sacramentum, que se usaba para traducir la palabra griega misterion. Era posible que Pablo estuviera diciendo que el matrimonio era un sacramento y nosotros simplemente lo habíamos pasado por alto? Busqué comentarios bíblicos, leí a teólogos reformados, a puritanos, a predicadores modernos.
Todos decían cosas hermosas sobre el matrimonio, pero ninguno llegaba a decir que era un sacramento. Algunos admitían que tenía un carácter especial, que era más que un contrato civil, que tenía una dimensión espiritual profunda, pero se detenían justo antes de llamarlo sacramento, porque eso sonaría demasiado católico. Y ahí estaba el problema.
Estábamos dejando que nuestra aversión al catolicismo dictara nuestra teología. No le dije nada de esto a Rodrigo. No todavía. Él estaba cada vez más ocupado con la iglesia. Habíamos iniciado un nuevo proyecto de expansión. Queríamos abrir una sede en Rosario. Eso significaba más reuniones, más viajes, más presión.
Yo seguía con mis responsabilidades, pero por dentro algo estaba cambiando. Empecé a observar a Eduardo y Cecilia con más atención. Cecilia había decidido quedarse en nuestra iglesia, pero Eduardo seguía yendo a misa los sábados por la tarde en su parroquia católica. Un domingo después del culto, me acerqué a Cecilia y le pregunté cómo manejaban esa diferencia.
Es difícil, admitió. A veces siento que estamos viviendo vidas religiosas separadas, pero Eduardo respeta mi decisión y yo respeto la suya. Nunca has considerado volver a la Iglesia Católica, pregunté. Cecilia dudó. A veces sí, sobre todo cuando Eduardo me cuenta sobre la misa, sobre la Eucaristía.
Él dice que cuando comulga realmente está recibiendo el cuerpo de Cristo, no solo recordándolo. Y hay algo en su convicción que me hace pensar. Y si tienes razón. Pero, ¿por qué viniste aquí entonces, Brinny? Pregunté. Porque me sentía sola en la parroquia. respondió. La misa es hermosa, pero es tan formal.
Aquí hay comunidad, hay calor, hay gente que se conoce por el nombre. Eso me faltaba. Entendí perfectamente. Era una de las fortalezas de nuestra iglesia, la comunidad, el sentido de pertenencia. Pero esa conversación me dejó pensando, ¿y si estábamos ofreciendo comunidad, pero sacrificando verdad? ¿O era al revés? Los católicos tenían verdad, pero sin comunidad.
Mariana cambió después de esa tarde, no de manera obvia, pero cambió. Estaba más callada, más reflexiva. En las reuniones de líderes, cuando antes ella era quien más participaba, ahora se quedaba en silencio escuchando. En nuestros momentos de oración juntos, sus oraciones se volvieron más cortas, menos elaboradas.
Le pregunté varias veces si estaba bien. Siempre decía que sí, que solo estaba cansada. Yo le creí porque quería creerle, porque admitir [música] que algo estaba mal significaba enfrentar a algo que no sabía cómo enfrentar. Un mes después, durante un desayuno de domingo antes del culto, ella finalmente habló. Rodrigo, necesito contarte algo.
Su tono era serio. Dejé mi café. Hace un mes fui a una misa católica. Me quedé mirándola, esperando que fuera una broma. No lo era. ¿Fuiste a una misa? ¿Por qué? Cecilia me invitó. Fue para la renovación de votos de su aniversario. Mariana, ¿cómo pudiste hacer eso sin decírmelo? Porque sabía que te opondrías, respondió con una calma que me desconcertó.
Y necesitaba ver por mí misma. Ver qué? Ver si lo que Eduardo decía era verdad. ver si realmente había algo diferente en el matrimonio sacramental. Y pregunté, aunque temía la respuesta. “Sí, lo hay”, dijo, y sus ojos se llenaron de lágrimas. Rodrigo vi a esas parejas renovar sus votos después de 50 años y había algo en ellos, una gracia, una paz que nosotros no tenemos.
Y me di cuenta de que todo este tiempo hemos estado viviendo una mentira. Una mentira. Repetí sintiendo que la rabia empezaba a subir. Nuestro matrimonio es una mentira, no nuestro amor, aclaró. Pero la forma, Rodrigo, nos casamos en un registro civil y luego hicimos una ceremonia religiosa que no tenía autoridad real.
No hay sacramento en lo que hicimos. No hay gracia sacramental sosteniéndonos. Mariana, esto es ridículo. Ahora vas a creer todo lo que los católicos dicen. No todo, respondió. Pero esto esto tiene sentido. Cristo instituyó el matrimonio. San Pablo lo llama misterio. La Iglesia siempre lo ha considerado sacramento. ¿Por qué nosotros decidimos que no lo era? Solo porque queríamos diferenciarnos de los católicos.
Nos diferenciamos porque ellos están equivocados. dije levantando la voz, porque agregaron tradiciones humanas a la palabra de Dios, porque convirtieron la fe en un sistema de rituales y jerarquías. O tal vez nosotros quitamos cosas que sí estaban en la palabra, respondió ella, también levantando la voz.
¿Alguna vez consideraste eso? Nos quedamos mirando, respirando agitados. Era la primera vez en años que teníamos una discusión así y no era sobre dinero o sobre los hijos o sobre la iglesia, era sobre algo más fundamental, era sobre la verdad. Necesito investigar esto dijo Mariana calmándose. Necesito leer, estudiar, entender y necesito que tú también lo hagas.
No voy a investigar herejías católicas, respondí. No te estoy pidiendo que te hagas católico”, dijo. “te estoy pidiendo que busques la verdad conmigo o tienes miedo de lo que podrías encontrar.” Esa pregunta me dolió porque tocó un nervio que no quería admitir, porque sí tenía miedo. Miedo de que si empezaba a cuestionar todo el edificio que había construido se derrumbara.
Fue Cecilia quien me invitó. Un sábado por la tarde me llamó y me dijo que Eduardo y ella estaban por celebrar su aniversario de bodas, 50 años de casados. La parroquia iba a hacer una misa especial donde varias parejas renovarían sus votos matrimoniales. Me preguntó si quería acompañarlos. Mi primera reacción fue rechazar la invitación.
Ir a una misa católica me parecía extraño, [música] casi inapropiado para una pastora evangélica. Pero había algo en la voz de Cecilia. una sinceridad, una vulnerabilidad y además había dejado de congregarse con nosotros. Había vuelto a la Iglesia Católica un mes antes después de muchas conversaciones con Eduardo y con su párroco.
Me sentí culpable por no haberla retenido, así que acepté la invitación como una forma de mantener el vínculo. No le dije a Rodrigo a dónde iba. Le dije que tenía una reunión con una hermana. No era exactamente mentira, pero tampoco era toda la verdad. Sabía que si le decía que iba a una misa católica, se opondría o querría acompañarme para protegerme de la influencia católica.
Fui sola. Era una tarde de octubre. El clima estaba agradable. La parroquia era pequeña, antigua, en un barrio tranquilo de Córdoba. Llegué temprano [música] y me senté en la última banca. El lugar estaba decorado con flores blancas. Había unas 15 parejas sentadas en las primeras filas, todas mayores, vestidas elegantemente.
Cuando empezó la misa, me sentí completamente fuera de lugar. No sabía cuándo sentarme, cuándo pararme, cuándo arrodillarme. La gente a mi alrededor se movía con una sincronización perfecta, [música] como si hubieran hecho esto 1000 veces. Probablemente lo habían hecho. Yo solo observaba tratando de no destacar.
El sacerdote era un hombre mayor de unos 70 años con una voz suave pero firme. Habló sobre el matrimonio, sobre la fidelidad, sobre el misterio de dos que se hacen uno. No fue una homilía emotiva o espectacular. No hubo gritos ni música emotiva de fondo, solo palabras sencillas dichas con una convicción tranquila que me recordó a Eduardo.
Después de la homilía, las parejas pasaron al frente. Eduardo y Cecilia estaban entre ellas. Los vi tomados de la mano de pie ante el altar. El sacerdote les pidió que renovaran sus promesas matrimoniales. Uno por uno, los esposos fueron diciendo las palabras: “Yo, Eduardo, te recibo a ti, Cecilia, como esposa, y me entrego a ti, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y hací amarte y respetarte todos los días de mi vida.
” Las palabras no eran diferentes a las que se dicen en las bodas evangélicas, pero había algo más. No sé cómo explicarlo. Tal vez era el contexto, tal vez era la solemnidad del momento, [música] tal vez era el peso de 50 años de matrimonio detrás de esas palabras. Pero sentí que no eran solo promesas humanas, sentí que había algo más grande sosteniéndolas.
Después el sacerdote bendijo a las parejas con agua bendita. Luego vino la Eucaristía. Yo me quedé sentada, obviamente, pero observé como la gente pasaba al frente, cómo recibían la con una reverencia que nunca había visto en nuestros servicios de Santa Cena. Para nosotros la comunión era un memorial, un acto simbólico, pero para ellos era otra cosa, algo real, algo presente.
Cuando terminó la misa, me acerqué a felicitar a Eduardo y Cecilia. Cecilia me abrazó con lágrimas en los ojos. “Gracias por venir”, dijo. “Sé que no fue fácil para ti.” Fue hermoso, respondí. y lo decía en serio. Eduardo me miró con esa mirada tranquila que ya conocía. ¿Sabes qué es lo más increíble, Yiji? Dijo, “que después de 50 años todavía siento que nuestro matrimonio no depende solo de nosotros.
Hay una gracia que nos sostiene, una gracia que viene del sacramento. No sé cómo explicarlo mejor.” No necesitas explicarlo, dije. Y era verdad, porque en ese momento yo había entendido algo que ningún argumento teológico me había logrado explicar. Había visto la diferencia entre un contrato y un sacramento, entre una promesa humana y una gracia divina, entre algo que nosotros hacemos y algo que Dios hace en nosotros.
Salí de esa parroquia con un nudo en la garganta. No era tristeza exactamente, era algo más profundo. Era la sensación de haber visto algo verdadero y darme cuenta de que yo no lo tenía. El proyecto de Rosario fracasó. Fue un golpe duro. Habíamos invertido mucho dinero, mucho tiempo, mucha energía, pero la sede nunca despegó.
Después de un año de intentos, tuvimos que cerrarla. Eso significó admitir el fracaso públicamente, devolver ofrendas, enfrentar críticas de algunos líderes que desde el principio habían dicho que era mala idea. Yo lo tomé como un revés temporal, aprendizaje, parte del proceso, pero Mariana lo tomó de otra manera.
Recuerdo una noche estábamos en la cama y ella me dijo, “¿Alguna vez te preguntas si estamos construyendo sobre fundamento correcto?” La pregunta me sorprendió. ¿A qué te refieres? A todo esto, dijo haciendo un gesto vago con la mano. La iglesia, el ministerio, nuestra vida. ¿Estamos seguros de que lo que enseñamos es verdad? Me senté en la cama.
¿De dónde viene esto, Mariana? No lo sé, respondió. Y había algo en su voz que no reconocí. No era duda exactamente, pero tampoco era certeza. Es solo que llevamos casi 20 años haciendo esto y de repente me pregunto, ¿qué hemos construido realmente? Almas salvadas o un espectáculo dominical. ¿Estás cansada? Dije tratando de ser comprensivo.
El fracaso de Rosario nos afectó a todos. No es solo eso, insistió Rodrigo. ¿Alguna vez te has preguntado si nuestro matrimonio es válido ante Dios? Me quedé helado. ¿Qué? Eduardo preguntó hace meses quién nos dio autoridad para casarnos y no hemos respondido esa pregunta. Mariana, por favor, no vamos a empezar con dudas existenciales sobre nuestro matrimonio.
Llevamos 17 años casados, tenemos dos hijos, [música] hemos construido un ministerio juntos. Ahora vas a dudar de todo eso por una pregunta de un católico. No estoy dudando de nuestro amor, dijo ella. Estoy dudando de si hicimos las cosas correctamente. Las hicimos como todos las hacen respondí empezando a frustrarme.
Nos casamos en el registro civil, tuvimos una ceremonia religiosa, hicimos votos ante Dios. ¿Qué más necesitas? No lo sé, dijo. [música] Y su voz se quebró un poco. Tal vez nada, tal vez todo. Esa noche no pude dormir. La pregunta de Mariana me perseguía. Nuestro matrimonio era válido ante Dios era una pregunta absurda, obviamente lo era, pero entonces, ¿por qué me molestaba tanto? Los siguientes meses fueron los más difíciles de nuestro matrimonio.
Rodrigo y yo seguíamos cumpliendo con nuestras responsabilidades pastorales, pero en casa había una tensión constante. Yo había empezado a leer sobre el catolicismo, no libros anticatólicos escritos por evangélicos, sino libros católicos escritos por católicos. Quería entender lo que realmente creían, no las caricaturas que nos habían enseñado.
Leí el Catecismo de la Iglesia Católica, leí a los padres de la Iglesia, leí sobre la historia de la reforma y cuanto más leía, más me daba cuenta de cuánto no sabíamos, o peor, cuánto habíamos malinterpretado deliberadamente. El tema del matrimonio se volvió una obsesión para mí. Descubrí que la Iglesia Católica siempre desde el principio había enseñado que el matrimonio era un sacramento, no era una invención medieval.
San Agustín [música] hablaba de ello, San Ambrosio. Santo Tomás de Aquino desarrolló la teología con más profundidad, pero la esencia estaba ahí desde los primeros siglos. Y lo más importante, descubrí que un sacramento no era simplemente un ritual, era un signo eficaz de la gracia, es decir, no solo simbolizaba algo, sino que realmente transmitía la gracia de Dios.
En el matrimonio sacramental, los esposos se convertían en canales de gracia el uno para el otro. Dios mismo actuaba en el sacramento para unir a la pareja de una manera que trascendía lo meramente humano. Cuando leía esto, pensaba en Eduardo y Cecilia en esos 50 años de matrimonio, en cómo habían superado crisis, enfermedades, pérdidas y pensaba, tal vez no fue solo su esfuerzo, tal vez fue la gracia sacramental sosteniéndolos.
[música] Y luego pensaba en nosotros. En nuestros 17 años, en las crisis que habíamos tenido, en los momentos de tensión, en las veces que habíamos considerado separarnos, pero nos habíamos quedado juntos. ¿Era solo nuestra voluntad? ¿O había gracia de Dios a pesar de la ausencia del sacramento? ¿Nos estaba sosteniendo Dios incluso en nuestra ignorancia? Compartí mis lecturas con Rodrigo.
Al principio se resistía, pero poco a poco empezó a leer también. No porque estuviera convencido, sino porque era un hombre intelectualmente honesto. Si iba a refutar algo, necesitaba conocerlo bien. Pero cuanto más leía, menos podía refutarlo. Una noche, después de que los niños se durmieran, estábamos en la sala.
Rodrigo había estado leyendo un libro sobre los sacramentos. Esto cambia todo, dijo de repente. ¿Qué cosa? Pregunté. Si el matrimonio es realmente un sacramento. Si realmente transmite gracia, entonces no podemos seguir como estamos. Mi corazón se aceleró. ¿Qué estás diciendo? Estoy diciendo que si esto es verdad, entonces nuestro matrimonio no es válido sacramentalmente.
Estamos viviendo juntos, tenemos hijos, tenemos una vida, pero ante Dios no estamos casados como deberíamos estar. Era la primera vez que Rodrigo admitía abiertamente la posibilidad. No era una concesión pequeña, era todo. ¿Y qué hacemos?, pregunté con la voz temblorosa. No lo sé, respondió. [música] Pero no podemos ignorarlo.
Esa admisión me costó más de lo que Mariana supo, porque no era solo admitir que tal vez habíamos cometido un error en nuestro matrimonio. Era admitir que tal vez toda mi vida ministerial estaba construida sobre un fundamento equivocado. Si el matrimonio era un sacramento, entonces como pastor evangélico no tenía autoridad para administrarlo.
ningún pastor evangélico la tenía, porque la autoridad para los sacramentos venía de la iglesia que Cristo fundó, la Iglesia con sucesión apostólica, la Iglesia Católica. Y si eso era verdad para el matrimonio, ¿qué más era verdad? La Eucaristía, la confesión, el sacerdocio, la autoridad del Papa. Era como si hubiera encontrado un hilo suelto en un tejido y al tirar de él todo el tejido empezara a deshacerse.
Intenté hablar con otros pastores sobre esto con discreción, obviamente. No podía decir abiertamente que estaba cuestionando toda nuestra teología, pero en conversaciones privadas con pastores en los que confiaba, empecé a plantear preguntas. ¿De dónde viene nuestra autoridad para oficiar matrimonios? De Dios, hermano, de la palabra.
Sí, pero específicamente, ¿quién nos autorizó? Nuestra denominación. ¿Y quién autorizó a nuestra denominación? La Biblia es suficiente. No necesitamos autoridades humanas. Pero alguien tiene que interpretar la Biblia, alguien tiene que administrar los sacramentos, las ordenanzas, Rodrigo, no sacramentos. Siempre terminábamos ahí en un callejón sin salida teológico y me daba cuenta de que nadie quería realmente explorar la pregunta a fondo, porque hacerlo significaba cuestionar todo.
Un día tomé una decisión. Le dije a Mariana, “Vamos a hablar con un sacerdote católico.” Ella me miró sorprendida. ¿Estás seguro? No, pero necesito escuchar el otro lado, no de un libro, sino de una persona. Quiero hacer preguntas difíciles y ver que responden. Mariana contactó al párroco de Eduardo y Cecilia.
El padre Miguel nos recibió una tarde de jueves en la parroquia. Era un hombre de unos 60 años con aspecto de haber visto y oído todo. No parecía sorprendido de que dos pastores evangélicos quisieran hablar con él. Gracias por recibirnos”, dije incómodo. “Es un honor”, respondió él con sencillez. “¿En qué puedo ayudarlos?” Durante 2 horas hice todas las preguntas que había acumulado [música] sobre la autoridad de la iglesia, sobre los sacramentos, sobre el matrimonio, sobre la salvación, sobre María, sobre los santos. El padre Miguel respondió
con paciencia, sin dogmatismo, sin tratar de convencernos. Solo explicaba, clarificaba, distinguía. Y lo que más me impactó fue que no trataba de ganar un debate, trataba de mostrar la verdad. Cuando le hacía objeciones basadas en la Biblia, él me mostraba cómo la Iglesia Católica también se basaba en la Biblia, pero no solo en la Biblia, también en la tradición apostólica, en los escritos de los padres de la Iglesia, en los concilios ecuménicos.
La Biblia no cayó del cielo completa, dijo en un momento. Fue la Iglesia la que discernió qué libros eran inspirados y cuáles no. Fue la Iglesia la que preservó y transmitió las Escrituras. Separar la Biblia de la iglesia es como separar un hijo de su madre. Era un argumento que había escuchado antes, pero nunca lo había considerado realmente, porque en nuestra tradición evangélica, la Biblia era el principio y el fin.
Pero, ¿quién decidió qué libros formaban la Biblia? La iglesia. ¿Y cuál iglesia? la iglesia anterior a la Reforma, la Iglesia Católica. Salimos de esa reunión en silencio. Durante el camino a casa, ninguno de los dos habló. Cuando llegamos, Mariana me tomó la mano. ¿Qué piensas?, preguntó. Pienso que estamos en un problema muy grande. Respondí.

Las semanas siguientes fueron de confusión absoluta. Rodrigo y yo seguíamos con nuestras responsabilidades pastorales, pero era como si estuviéramos interpretando papeles. Los domingos predicábamos, dirigíamos la adoración, aconsejábamos a la gente, pero por dentro estábamos cuestionando todo.
Yo había llegado a una convicción personal. Necesitábamos casarnos en la Iglesia Católica. Necesitábamos recibir el sacramento del matrimonio. Pero eso implicaba algo más grande, convertirnos al catolicismo. Porque no podía ser católica solo para el matrimonio. Si iba a aceptar que la Iglesia Católica tenía autoridad sobre el matrimonio, [música] tenía que aceptar toda su autoridad.
Pero, ¿cómo le dices eso a tu esposo? ¿Cómo le dices al pastor de una megaiglesia evangélica que quieres convertirte al catolicismo? Una noche reuní el coraje. Rodrigo, creo que necesitamos hacernos católicos. Él estaba [música] en su estudio rodeado de libros. Levantó la vista cansado. Ya lo sé, dijo.
Ya lo sabes, Mariana. Llevo semanas leyendo, orando, pensando [música] y sí, creo que la Iglesia Católica tiene razón en esto. Tal vez no en todo, pero en lo fundamental. Creo que tiene razón. No podía creer lo que estaba escuchando. Entonces, ¿qué hacemos? [música] No lo sé, respondió. Y por primera vez en años vi miedo real en sus ojos.
Porque si hacemos esto, perdemos todo. Perdemos la iglesia, perdemos nuestro sustento, perdemos nuestra comunidad, perdemos nuestra identidad, pero ganamos la verdad. Dije, “¿Y si la verdad no es suficiente para alimentar a nuestros hijos?”, preguntó. “¿Si la verdad nos deja solos?” No tenía respuesta para eso, porque él tenía razón.
Convertirnos al catolicismo significaba perderlo todo. No solo el trabajo, sino las amistades, la red de apoyo, el respeto de nuestra comunidad evangélica. Seríamos vistos como traidores, como personas que habían caído en el engaño. Durante dos meses más, Mariana y yo vivimos en una especie de limbo espiritual.
Íbamos a misa los sábados por la tarde en una parroquia lejos de nuestro barrio donde nadie nos conocía. Y los domingos predicábamos en nuestra iglesia evangélica. Era una doble vida insostenible. Un sábado después de la misa, el padre Miguel nos vio. ¿Están bien?, preguntó. No, respondí con honestidad. No, estamos bien. Nos invitó a su oficina.
Ahí por primera vez Mariana y yo hablamos abiertamente sobre lo que estábamos sintiendo, la confusión, el miedo, la culpa, la sensación de estar traicionando a toda la gente que había confiado en nosotros. El padre Miguel escuchó sin interrumpir. Cuando terminamos dijo algo que no esperaba. La verdad siempre tiene un costo y ustedes están descubriendo cuál es ese costo.
Pero déjenme preguntarles algo. ¿Pueden seguir viviendo en la mentira solo por evitar el sufrimiento? No es mentira lo que enseñamos, dije defensivo. Es solo incompleto. ¿Y qué diferencia hay entre una verdad incompleta y una mentira a medias? Preguntó él sin malicia. No supe qué responder. Ustedes tienen una responsabilidad, continuó, no solo con ustedes mismos, sino con las 3,000 personas que los escuchan cada domingo.
Si ustedes creen que la verdad está en la Iglesia Católica, pueden seguir guiando a esas personas lejos de ella. Era la pregunta que había estado evitando durante meses. Y la respuesta era no. No podía. Esa noche Mariana y yo tomamos la decisión. Íbamos a renunciar a la iglesia. Íbamos [música] a convertirnos al catolicismo y vamos a casarnos sacramentalmente.
Pero primero tenemos que decírselo a nuestros hijos. Mateo tenía 15 años. Sofía tenía 12. habían crecido en la iglesia, rodeados de amigos, de actividades, de un sentido de propósito. Para ellos, la iglesia no era solo el trabajo de sus padres, era su vida. Una tarde después de la escuela, los sentamos en la sala.
“Necesitamos hablar de algo importante”, dijo Rodrigo. Mateo inmediatamente se puso serio. Sofía se veía asustada. “¿Qué pasa?”, preguntó Mateo. ¿Se van a separar? No respondí rápidamente. No es eso. Es sobre la iglesia. Les contamos todo, o al menos [música] tanto como podían entender. Les explicamos las dudas que habíamos tenido, las preguntas sobre el matrimonio, lo que habíamos descubierto sobre la Iglesia Católica.
Les dijimos que habíamos tomado la decisión de convertirnos y que eso significaba dejar la iglesia evangélica. Mateo se quedó en silencio. Sofía empezó a llorar. ¿Y mis amigos? Preguntó Sofía. Ya no voy a verlos. Podrás verlo si ellos quieren dije, pero probablemente será difícil. ¿Por qué tenemos que hacer esto, porne?, preguntó Mateo con rabia.
¿Por qué no pueden quedarse callados y ya? Nadie tiene que saber lo que creen en privado. ¿Por qué no podemos vivir una mentira? Respondió Rodrigo. Y porque si realmente creemos que la Iglesia Católica es la verdadera Iglesia de Cristo, tenemos que unirnos a ella. Ustedes siempre dijeron que los católicos estaban equivocados”, dijo Mateo, que eran idólatras, que adoraban a María, que confiaban en obras y no en [música] gracia.
Ahora todo eso era mentira. No era mentira, respondí. Era ignorancia. No conocíamos realmente lo que la Iglesia Católica enseñaba. Entonces, todo lo que nos enseñaron era mentira”, insistió Mateo. “No todo”, dijo Rodrigo. Muchas cosas eran verdad. El amor de Dios, la salvación por gracia, la importancia de la fe, pero nos faltaban cosas, nos faltaba la plenitud.
Mateo se levantó y se fue a su cuarto. Sofía se quedó llorando en mis brazos. Fue uno de los momentos más dolorosos de mi vida. El domingo siguiente anuncié mi renuncia. No di todas las razones. Dije que sentía que Dios me estaba llamando a un nuevo camino, que necesitaba tiempo para reflexionar, que la iglesia necesitaba un nuevo liderazgo.
Nombré a uno de los pastores asociados como mi sucesor temporal. Hubo conmoción, hubo lágrimas, hubo gente que me suplicó que reconsiderara, pero me mantuve firme. Después del culto, un grupo de líderes me pidió hablar en privado. Querían saber la verdad. ¿Por qué realmente estás renunciando, Rodrigo? Dudé. Podía mentir, podía suavizar la verdad, pero decidí no hacerlo porque Mariana y yo nos vamos a convertir a la Iglesia Católica.
El silencio fue absoluto, luego el caos. ¿Cómo puedes hacer esto? Después de todo lo que has predicado contra el catolicismo, ¿qué le vas a decir a la gente? Esto es una traición. No traté de defenderme. No traté de convencerlos. Solo les dije que había llegado a la convicción de que la Iglesia Católica era la verdadera Iglesia fundada por Cristo y que no podía seguir negándolo.
La noticia se propagó como fuego. En dos días toda la comunidad evangélica de Córdoba sabía. Las redes sociales explotaron. Hubo artículos en blogs cristianos. Algunos me llamaban traidor, otros decían que estaba engañado. Algunos, pocos, expresaban respeto por mi honestidad. Aunque no compartieran mi decisión, perdimos amigos, gente que había cenado en nuestra casa, que había orado con nosotros, que nos había apoyado en momentos difíciles, dejó de hablarnos.
Fue como si hubiéramos muerto. El proceso de conversión llevó 6 meses. El padre Miguel nos guió con paciencia. Estudiamos el catecismo, leímos sobre la historia de la iglesia, participamos en las misas, aprendimos a rezar el rosario, hicimos nuestra primera confesión. Ese último fue uno de los momentos más liberadores de mi vida, confesarle a un sacerdote todos mis pecados, todas mis dudas, todos mis miedos y escuchar las palabras de absolución.
sentir que realmente estaba siendo perdonada no solo por Dios en el cielo, sino por Cristo presente en el sacerdote. Entendí entonces lo que significaba un sacramento. No era solo un símbolo, era Cristo actuando en mi vida de manera real, tangible, sacramental. Rodrigo y yo fuimos confirmados en la vigilia pascual.
Fue una ceremonia hermosa, llena de simbolismo y de historia. Y dos semanas después recibimos el sacramento del matrimonio. No fue una boda grande, no podía hacerlo. Habíamos perdido a casi todos nuestros amigos y familiares en el proceso. Solo estaban Eduardo y Cecilia, el padre Miguel, nuestros hijos y un puñado de personas de la parroquia que nos habían acogido con amor.
Pero cuando el padre Miguel nos preguntó si nos recibíamos mutuamente como esposo y esposa y cuando dijimos sí, sentí algo que nunca había sentido antes. Sentí que algo cambiaba, no solo en mí, sino entre nosotros, como si Dios mismo estuviera tejiendo nuestras almas de una manera nueva.
Después de la ceremonia, Rodrigo me tomó la mano. Ahora sí estamos casados, dijo con lágrimas en los ojos. Ahora sí, respondí. Los primeros meses como católicos fueron difíciles. Económicamente tuvimos que ajustarnos. Yo conseguí trabajo como profesor en una escuela. [música] Mariana empezó a dar clases particulares de música.
Vivíamos con mucho menos de lo que estábamos acostumbrados, pero estábamos en paz. Mateo tardó casi un año en aceptar nuestra decisión. Sofía fue más rápida, tal vez porque era más joven, tal vez porque era más abierta. Ambos se unieron a los grupos juveniles de la parroquia y encontraron nuevos amigos. Pero lo más difícil no fue la pérdida material, fue la pérdida de propósito.
Durante 20 años, mi vida había girado en torno al ministerio pastoral. Era mi identidad, mi razón de ser. Y de repente ya no era nada, era solo un católico más sentado en la banca escuchando la homilía de otro. Un día el padre Miguel me llamó a su oficina. Rodrigo, he estado pensando, tienes mucha experiencia en liderazgo, en enseñanza.
La parroquia necesita catequistas, necesita gente que pueda guiar a otros. ¿Estarías dispuesto a ayudar? Era una oferta pequeña comparada con lo que había tenido antes, pero era un propósito, era una manera de servir. Sí, respondí, me gustaría. Así que empecé a enseñar catequesis primero a niños, después a adultos. Descubrí que podía usar mi experiencia pastoral de una manera nueva, no como alguien que predica desde un púlpito elevado, sino como alguien que camina junto a otros en el descubrimiento de la fe.
Han pasado 3 años desde nuestra conversión, 3 años desde que recibimos el sacramento del matrimonio. Y puedo decir con total honestidad que nuestro matrimonio es más fuerte ahora que nunca. No porque no tengamos problemas. Los tenemos, [música] seguimos teniendo desacuerdos, seguimos teniendo momentos de tensión, pero hay algo diferente.
Hay una gracia que nos sostiene, que nos ayuda a perdonar, que nos impulsa a amar incluso cuando no tenemos ganas. A veces pienso en Eduardo y Cecilia en esos 50 años de matrimonio que presencié hace 4 años [música] y entiendo ahora lo que Eduardo quiso decir cuando habló de una gracia que lo sostenía. Porque yo la siento, no es algo emocional, no es algo que pueda medir o cuantificar, pero está ahí en los momentos difíciles, en las decisiones cotidianas, en el perdón que necesitamos darnos mutuamente.
Rodrigo y yo ahora ayudamos a preparar a parejas para el matrimonio sacramental. Es irónico porque durante años aconsejamos matrimonios sin realmente entender lo que era un matrimonio sacramental. Pero ahora podemos hablar desde la experiencia, podemos decirles, esto no es solo un contrato, no es solo una promesa humana, es un sacramento.
Es Dios uniéndolos de una manera que trasciende lo natural. La gente nos pregunta si nos arrepentimos, si valió la pena perder todo lo que perdimos y la respuesta es compleja. Sí, extraño cosas. Extraño la emoción de predicar ante miles de personas. Extraño la sensación de estar construyendo algo grande.

Extraño a algunos amigos que perdimos en el proceso. Pero no me arrepiento de haber buscado la verdad. No me arrepiento de haber tenido la valentía de cambiar cuando descubrí que estaba equivocado. Y sobre todo, no me arrepiento de haber recibido el sacramento del matrimonio con Mariana, porque ahora entiendo lo que significaba ese pasaje de Efesios.
que leímos mil veces sin comprenderlo realmente. Este misterio es grande, mas yo digo esto respecto de Cristo y de la Iglesia. El matrimonio no es solo una relación entre dos personas, es una imagen, un sacramento del amor de Cristo por su Iglesia. Y solo en la Iglesia Católica, con la plenitud de los sacramentos, pudimos experimentar esa verdad en toda su profundidad.
A veces me encuentro con ex miiembros de nuestra antigua iglesia. Algunos me evitan, otros me saludan con frialdad. Unos pocos, muy pocos. Me preguntan sinceramente por qué tomamos esa decisión. Cuando eso pasa, no trato de convencerlos, no trato de ganar un debate, solo les cuento nuestra historia, les cuento sobre la pregunta de Eduardo, sobre la misa de renovación de votos, sobre el padre Miguel, sobre el momento en que recibimos el sacramento del matrimonio.
Y les digo, busquen la verdad, aunque les cueste todo. Hay algo que no he mencionado todavía, pero que es importante. Cuando nos convertimos, muchas personas de nuestra antigua iglesia se sintieron traicionadas. sentían que habíamos invalidado todo lo que habíamos enseñado, que habíamos destruido su fe. Pero hubo otros, un pequeño grupo, que empezó a hacerse las mismas preguntas que nosotros, que empezó a Neris a investigar sobre la Iglesia Católica, sobre los sacramentos, sobre la autoridad apostólica.
Y en estos 3 años, cinco familias de nuestra antigua congregación se han convertido al catolicismo. No fue por nuestra influencia directa. No les predicamos, no los convencimos, simplemente vieron nuestra decisión y se preguntaron [música] y si tienen razón y buscaron por sí mismos. Una de esas familias es la de Pablo y Andrea, que habían sido líderes de jóvenes con nosotros.
Hace un mes, Rodrigo y yo fuimos testigos de su matrimonio sacramental. Ver a otra pareja pasar por lo que nosotros pasamos, ver su alegría al recibir el sacramento, fue una confirmación de que todo el sufrimiento había valido la pena, porque al final no se trata de nosotros, se trata de la verdad y la verdad siempre encuentra el camino.
Voy a ser honesto sobre algo más. A veces todavía tengo dudas, no sobre la validez de la Iglesia Católica, no sobre los sacramentos, pero sí sobre si tomamos la decisión de la manera correcta. Debimos haber sido más prudentes. Debimos haberlo manejado de forma que lastimáramos a menos personas. El padre Miguel me dijo algo que me ayudó.
me dijo, Rodrigo, la verdad no siempre es cómoda y el camino hacia la verdad no siempre es limpio, pero Dios puede usar incluso nuestros errores, incluso nuestras torpezas para llevar a otros hacia él. Y eso me da paz porque sé que no lo hicimos perfecto. Cometimos errores. Lastimamos a gente que no merecía ser lastimada, pero lo hicimos con sinceridad, buscando la verdad, dispuestos a perderlo todo por seguir a Cristo donde él nos llamaba.
Alguien nos preguntó hace poco, ¿qué le dirían a otros pastores evangélicos que están teniendo dudas similares? Y creo que les diría esto, no tengan miedo de buscar. No tengan miedo de hacer preguntas difíciles. No tengan miedo de que la verdad sea diferente a lo que siempre creyeron. Cristo prometió que la verdad nos haría libres.
No dijo que sería cómoda, no dijo que sería fácil, pero sí dijo que sería verdad. Y si descubren como nosotros que la plenitud de la verdad está en la Iglesia Católica, entonces tendrán que tomar una decisión. Una decisión que probablemente les cueste mucho, pero una decisión que vale la pena. Porque al final del día no se trata de defender nuestro orgullo o nuestra posición o nuestro ministerio.
Se trata de seguir a Cristo. Y si Cristo fundó una iglesia, [música] si Cristo instituyó sacramentos, si Cristo dejó autoridad apostólica, entonces tenemos que someternos a eso. No importa el costo. Hace un mes, Mariana y yo celebramos nuestro viésimo aniversario de bodas. Bueno, técnicamente llevamos 20 años viviendo juntos, pero solo 3 años casados sacramentalmente.
Fuimos a la misma parroquia donde nos casamos. El padre Miguel celebró una misa por nosotros. Eduardo y Cecilia estaban ahí. Nuestros hijos, algunas familias de la parroquia que se han convertido en nuestros nuevos amigos. Durante la humilía, el padre Miguel habló sobre la gracia del matrimonio, sobre como no es algo que recibimos una vez y ya está, sino algo que se renueva día a día en cada acto de amor, en cada acto de perdón, en cada momento en que elegimos el bien del otro por encima del nuestro. Y me di cuenta de algo. Durante
todos esos años como pastor evangélico, yo había enseñado sobre el amor de Cristo, había predicado sobre el sacrificio, sobre la gracia, sobre la entrega, pero nunca había experimentado esas verdades de manera tan profunda como las experimento ahora en mi matrimonio sacramental. Porque el sacramento no es solo un ritual, es una participación real en el amor de Cristo.
Es Cristo amando a Mariana a través de mí. y amándome a mí a través de ella. Es una gracia que trasciende nuestras capacidades humanas y nos permite amar de una manera que no podríamos por nosotros mismos. Quiero terminar con algo que me dijo Cecilia hace poco. Estábamos tomando café, [música] hablando sobre la vida, sobre el matrimonio, sobre la fe y ella me dijo, “¿Sabes, Mariana, cuando te invité a esa misa de renovación de votos, nunca imaginé que terminarías convirtiéndote.
Solo quería que vieras algo hermoso.” “¿Y lo vi?”, respondí. “Vi la verdad.” “¿Valió la pena?”, preguntó. “Sé todo lo que perdieron.” Valió la pena, respondí sin dudar, porque ganamos algo que no tiene precio. Ganamos la plenitud y es verdad, perdimos mucho, perdimos amigos, perdimos estabilidad, [música] perdimos una vida cómoda, pero ganamos la verdad, ganamos la iglesia, ganamos los sacramentos, ganamos un matrimonio que no depende solo de nosotros, sino de la gracia de Dios.
Y al final eso es lo único que importa. Si alguien me hubiera dicho hace 5 años que iba a convertirme al catolicismo, que iba a perder mi iglesia, mi ministerio, mi estatus, mi seguridad económica, todo por recibir el sacramento del matrimonio, me habría reído o me habría enojado, porque en ese momento yo era Rodrigo Castellanos, pastor de una megaiglesia, autor de libros, conferencista internacional.
No necesitaba nada de nadie, tenía todas las respuestas. Pero Dios en su misericordia me mostró que no tenía las respuestas, que había estado construyendo sobre arena, que había estado enseñando verdades a medias y que la plenitud de la verdad estaba en un lugar que yo había despreciado durante años.
Ahora soy solo Rodrigo, un católico más, un esposo, un padre, un catequista. No tengo multitudes que me escuchen, no tengo cámaras que me graben, no tengo influencia ni poder, pero tengo algo que antes no tenía. Paz. Paz que viene de saber que estoy en el lugar correcto, en la iglesia que Cristo fundó, recibiendo los sacramentos que Cristo instituyó, unido a Mariana de la manera que Dios quiere que estemos unidos.
Y eso después de todo es suficiente. Y así terminó un capítulo de nuestras vidas y comenzó otro. No sabemos qué nos depara el futuro. No sabemos si algún día volveremos a tener el tipo de ministerio que teníamos antes. Francamente, no importa. Lo que importa es que estamos donde debemos estar, en la iglesia que Cristo fundó, unidos por el sacramento que Cristo instituyó, sostenidos por la gracia que Cristo nos da.
Y eso después de todo lo que pasamos, después de todo lo que perdimos, después de todo lo que ganamos es suficiente. Es más que suficiente. Es todo. Hoy, mientras escribo esto, pienso en todas las parejas evangélicas que están viviendo sin el sacramento del matrimonio. No porque sean malas personas, no porque no amen a Dios, sino porque como nosotros no saben lo que no saben.
Y mi oración es que alguien en algún lugar tenga el valor de preguntarles lo que Eduardo nos preguntó. Si Cristo instituyó el matrimonio, ¿por qué ustedes necesitaron solo un papel del Estado? Porque esa pregunta tan simple, tan directa, tiene el poder de cambiar vidas. Cambió la nuestra. Y si este testimonio sirve para que aunque sea una pareja más busque la verdad, para que aunque sea un matrimonio más reciba el sacramento, entonces todo habrá valido la pena.
Porque al final no se trata de nosotros, se trata de Cristo, se trata de su iglesia, se trata de su amor manifestado en los sacramentos, sosteniéndonos, transformándonos, haciéndonos uno en él. Cuando salimos de la parroquia ese día, Rodrigo me tomó de la mano. ¿Sabes qué es lo más extraño? Me dijo. ¿Qué? que siento que recién ahora estoy empezando a entender lo que es el matrimonio después de 20 años. Sonreí.
Yo también, y era verdad, porque durante todos esos años habíamos estado viviendo una versión reducida del matrimonio, una versión que dependía solo de nosotros, de nuestra voluntad, de nuestro esfuerzo. Y había sido [música] bueno. Sí, habíamos amado, habíamos construido, habíamos criado hijos, pero faltaba algo.
Faltaba la gracia, faltaba el sacramento. Ahora, con esa gracia, con ese sacramento, todo es diferente, no más fácil necesariamente, [música] pero más profundo, más real, más lleno de la presencia de Cristo. Co?