Posted in

INCREÍBLE: Pareja de pastores evangélicos abandona todo y se casa en la Iglesia Católica

 

 Me enamoré de esa visión antes de enamorarme de él. O tal vez fue al mismo tiempo. No estoy segura. Nos casamos 8 meses después. Fue una ceremonia sencilla en la iglesia de mis padres con Rodrigo predicando parte de la ceremonia porque el pastor titular estaba enfermo. Firmamos los papeles en el Registro Civil una semana antes. Recuerdo que estábamos tan concentrados en los preparativos de la boda religiosa que el trámite civil nos pareció apenas [música] una formalidad administrativa.

Fuimos al registro. Esperamos en la fila, firmamos frente a un funcionario que ni siquiera nos miró a los ojos, nos dieron un certificado y salimos. Rodrigo bromeó diciendo que ahora éramos legalmente esposos, pero que la verdadera boda sería en la iglesia. Yo me reí. Ninguno de los dos le dio mayor importancia.

Los primeros años fueron intensos. Comenzamos la iglesia con 14 personas en la sala de mi casa. Mariana tocaba la guitarra. y dirigía los cantos. Yo predicaba sentado en un banquito de plástico. No teníamos dinero, pero teníamos convicción. Creíamos que Dios nos había llamado a de hacer algo grande y funcionó.

 En 2 años éramos 150 personas, en 5 años 500. En 10 años 100. En 15 años habíamos construido el templo donde finalmente llegamos a congregar 3000 personas cada domingo. No fue suerte, fue trabajo, fue estrategia. Yo estudiaba todo el tiempo técnicas de comunicación, psicología de masas, marketing religioso, aunque nunca lo llamábamos así.

 Leía a los grandes pastores estadounidenses. Adaptaba sus métodos a nuestra realidad argentina. Mariana coordinaba equipos de voluntarios con una eficiencia que muchas empresas envidiarían. Teníamos sistemas, protocolos, métricas de crecimiento. La iglesia funcionaba como una máquina bien aceitada y en medio de todo eso, nuestro matrimonio también funcionaba, o eso creíamos.

 Teníamos dos hijos, Mateo y Sofía. Mateo nació cuando la iglesia tenía 3 años. Sofía cuando tenía seis. Crecieron viendo a sus padres trabajar juntos, predicar juntos, orar juntos. Éramos el modelo de matrimonio pastoral. Dábamos conferencias sobre matrimonio, aconsejábamos a parejas en crisis. [música] Escribí un libro titulado Dos en una carne, el matrimonio según el diseño de Dios. Se vendieron 20,000 copias.

 Nunca en todos esos años nadie nos preguntó si nuestro matrimonio era un sacramento. Nadie porque en nuestra tradición el matrimonio no era un sacramento. Era una institución ordenada por Dios. Sí, era importante, sí, pero no era un sacramento en el sentido que los católicos le dan a esa palabra. Para nosotros los sacramentos eran conceptos católicos, tradiciones humanas agregadas a la simplicidad del evangelio.

Nosotros solo reconocíamos dos ordenanzas, el bautismo y la Santa Cena, y ni siquiera las llamábamos sacramentos, sino símbolos, memoriales. El matrimonio era un pacto civil bendecido por Dios, nada más, nada menos, o eso pensábamos. La primera grieta apareció hace 4 años. [música] No fue dramática, fue pequeña, casi imperceptible.

Fue durante un almuerzo familiar después del culto dominical. Habíamos invitado a un matrimonio nuevo que acababa de empezar a congregarse con nosotros. Él se llamaba Eduardo. Ella se llamaba Cecilia. Tenían unos 50 años. ¿Eran católicos o habían sido católicos hasta hacía poco. Bueno, Eduardo seguía siendo católico practicante, [música] pero Cecilia había empezado a venir a nuestros cultos porque una amiga la había invitado.

 Eduardo la acompañaba por respeto, pero se notaba que no estaba cómodo. Durante el almuerzo, la conversación derivó hacia los temas obvios, las diferencias entre católicos y evangélicos. Rodrigo, como siempre estaba en su elemento. Explicaba con paciencia y firmeza las razones bíblicas de nuestra fe.

 Eduardo escuchaba, asentía a veces, cuestionaba otras. [música] Era un hombre educado, tranquilo, sin pretensiones intelectuales, pero con una convicción profunda que yo no había visto en muchos católicos antes. En un momento hablábamos sobre los sacramentos. Rodrigo explicaba que para nosotros solo el bautismo y la comunión tenían base bíblica clara.

 Eduardo preguntó, “¿Y el matrimonio?” “El matrimonio no es un sacramento,” respondió Rodrigo. Es una institución creada por Dios, pero no es un sacramento en el sentido católico. Es un pacto entre un hombre, una mujer y Dios. Eduardo me miró a mí, luego a Rodrigo y preguntó con una sencillez desconcertante. Si Cristo instituyó el matrimonio y si San Pablo dice que el matrimonio es imagen de Cristo y la Iglesia, ¿por qué ustedes se casaron solo con un papel del estado? Hubo un silencio incómodo.

Rodrigo sonrió, pero fue una sonrisa tensa. Nos casamos en la iglesia también, respondió. Tuvimos una ceremonia religiosa. Sí, pero ¿quién los casó? [música] Insistió Eduardo sin malicia, solo con curiosidad genuina. En la Iglesia Católica, el sacramento lo administran los esposos entre sí, pero ante un testigo cualificado de la Iglesia, que es el sacerdote.

¿Ustedes tuvieron algo así? El pastor de mi iglesia ofició la ceremonia, dije yo tratando de ayudar a Rodrigo. Pero, ¿en qué autoridad? preguntó Eduardo. Es decir, ¿quién le dio al pastor esa autoridad para validar el matrimonio ante Dios? Rodrigo empezaba a molestarse. Lo conocía lo suficiente para notar la tensión en su mandíbula.

“La autoridad viene de la palabra de Dios, respondió. No necesitamos una institución humana que medie entre nosotros y Dios.” Pero el matrimonio es más que un acuerdo privado”, dijo Eduardo sin alterarse. Es un acto público que afecta se insuocina a la comunidad. Por eso la Iglesia siempre ha insistido en que debe ser ante testigos y ante la autoridad que Cristo dejó, la Iglesia misma.

 La conversación continuó por otros derroteros, pero esa pregunta quedó flotando en el aire. Esa noche en la cama no pude evitar pensarlo. Realmente estábamos casados. Obviamente lo estábamos legalmente. Obviamente habíamos hecho votos ante Dios. Pero algo en la pregunta de Eduardo me incomodaba. No era que dudara de mi matrimonio, pero era como si de repente hubiera notado una ausencia, un hueco que nunca antes había visto.

 No le dije nada a Rodrigo esa noche. Él estaba cansado, frustrado por la conversación. Pero yo me quedé despierta mucho tiempo mirando el techo, preguntándome cosas que nunca antes me había preguntado. Ese almuerzo me molestó más de lo que quise admitir. No porque Eduardo fuera agresivo o irrespetuoso, al contrario, fue su tranquilidad lo que me irritó.

Read More