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IMPACTANTE TESTIMONIO: Mi padre pastor me expulsó de casa… por arrodillarme ante el Santísimo

 ¿Por qué los católicos no adoran a Dios sino a un pedazo de pan? Generaban cientos de comentarios apasionados. Algunos católicos trataban de defenderse en la sección de comentarios. Pero yo los refutaba sistemáticamente con versículos bíblicos interpretados según nuestra hermenéutica reformada. Mi padre los leía en voz alta durante las reuniones de liderazgo, los martes por la noche, con esa mirada de satisfacción paternal que todo hijo busca desesperadamente, que yo perseguía con cada sermón, con cada artículo, con cada debate ganado.

Tobías tiene don de apologética, decía mi padre a los ancianos de la iglesia con su mano pesada descansando orgullosamente sobre mi hombro. Dios lo está preparando para grandes cosas. Será un defensor de la fe verdadera, un demoledor de fortalezas católicas. Tal vez incluso escriba libros, tenga un ministerio de alcance nacional.

 Los dones que Dios le ha dado son evidentes. Y yo me lo creía. Cada palabra, cada promesa, cada visión de futuro ministerial. Los miércoles por la noche teníamos estudios bíblicos especializados en el salón principal de la iglesia. Mi padre dedicaba al menos dos sesiones completas al mes exclusivamente a desenmascarar los errores católicos con luz bíblica.

Yo me sentaba siempre en la primera fila, tomaba notas meticulosas en mi cuaderno Molkin negro como un soldado que estudia el manual de combate antes de ir al campo de batalla. Subrayaba pasajes clave, dibujaba diagramas teológicos, creaba esquemas mentales que luego usaría en mis propias enseñanzas. La lista de herejías papistas que aprendí era interminable y devastadora.

La Eucaristía como blasfemia que convertía el sacrificio único de Cristo en un espectáculo repetitivo. La confesión auricular como usurpación idolátrica del papel exclusivo de Cristo como mediador, el rosario como vana repetición, expresamente condenada por Jesús mismo en Mateo 6. La veneración de María como politeísmo disfrazado de devoción que robaba la gloria que solo pertenecía a Dios.

 El papado como la manifestación misma del anticristo profetizado en Apocalipsis, la tradición como adición ilegítima a la palabra de Dios que contradecía la suficiencia de la escritura. Ven, hermanos, predicaba mi Padre con voz atronadora cada domingo desde el púlpito elevado de madera oscura que dominaba nuestro santuario. Los católicos se arrodillan ante estatuas de yeso pintadas con colores llamativos.

 ¿Qué dice claramente el segundo mandamiento que Dios mismo escribió con su dedo en las tablas de piedra? No te harás imagen ni ninguna semejanza de lo que está arriba en el cielo ni abajo en la tierra. Pero ellos, en su ceguera espiritual, que viene de siglos de tradición corrupta, besan los pies de estatuas de San Pedro.

 Le rezan a María como si fuera Dios mismo. Creen que un pedazo de pan horneado por manos humanas se convierte literalmente en el cuerpo de Cristo. Puede haber blasfemia mayor, puede haber idolatría más evidente. La congregación de más de 300 personas respondía con un amén colectivo ensordecedor que hacía vibrar las paredes del templo, que resonaba en mi pecho como confirmación de que estábamos del lado correcto de la historia.

 Los brazos se levantaban al cielo, las voces se elevaban en acuerdo apasionado, algunos lloraban de emoción al escuchar la verdad proclamada con tanta claridad. Y yo, sentado en primera fila con mi Biblia abierta y mi cuaderno de notas, asentía con fervor religioso, porque para mí no eran simplemente doctrinas abstractas que se debatían en seminarios teológicos lejanos, era mi identidad completa.

 Yo era el hijo del pastor reformado, el que nunca dudaría, el que defendería la fe verdadera hasta la muerte si fuera necesario. Mi relación con mi familia era hermosa, cálida, llena de momentos que atesoro incluso ahora, pero era condicionada. Ahora lo entiendo con dolorosa claridad. El amor de mi padre hacia mí estaba profundamente irrevocablemente entrelazado con mi obediencia doctrinal absoluta.

 Cada vez que yo predicaba en el púlpito juvenil y veía su rostro iluminarse con orgullo cada vez que refutaba algún argumento católico en las redes sociales y él compartía mi publicación con comentarios elogiosos. Cada vez que lideraba un estudio bíblico demoledor contra las herejías romanas y él me abrazaba después. Mi padre me decía con voz emocionada, “Ese es mi hijo, un verdadero soldado de Cristo, un defensor de la fe que no se avergüenza del evangelio.

Mi madre era más suave en sus expresiones, pero igualmente firme e inquebrantable en sus convicciones teológicas reformadas. Rebeca Mendizábal había sido criada en una familia católica tradicional mexicana, donde el rosario se rezaba diariamente después de la cena, donde las imágenes de la Virgen de Guadalupe decoraban cada habitación, donde las peregrinaciones a la basílica eran eventos anuales sagrados, pero se había convertido al evangelio verdadero a los 19 años al conocer a mi padre en una campaña evangelística que él lideró

en su pueblo. natal. Su testimonio de conversión era legendario en la congregación. Se repetía en casi todos los servicios testimoniales. Mi madre contaba con lágrimas en los ojos cómo había quemado sus imágenes de santos en el patio trasero de su casa mientras su familia católica lloraba y le suplicaba que reconsiderara cómo había renunciado al rosario que su abuela le había regalado en su primera comunión.

 como había encontrado la libertad genuina en Cristo al abandonar las pesadas cadenas de Roma que ataban su alma. Y yo era el fruto vivo de esa conversión, la prueba ambulante de que abandonar el catolicismo era el camino correcto, de que la decisión de mi madre 20 años atrás había sido validada por Dios al darle un hijo que defendía la fe reformada con tanto celo.

 Ester, mi hermana menor de 18 años, me admiraba con esa devoción casi religiosa que los hermanos menores tienen por los mayores que consideran héroes. Quiero ser como tú, Tobías. Me decía mientras estudiábamos juntos en la mesa del comedor, su Biblia abierta junto a la mía. Quiero conocer la Biblia como tú la conoces, versículo por versículo.

Quiero defender la fe como tú la defiendes, sin miedo a las críticas. Quiero tener tu valentía para enfrentar a los católicos con la verdad. Y yo me sentía profundamente responsable de ser su modelo espiritual, de no decepcionarla nunca, de mantener esa imagen de hermano mayor perfecto que ella había construido en su mente adolescente.

 Nuestra vida familiar giraba completamente, absolutamente alrededor del ministerio de mi padre y de nuestra identidad como familia pastoral. Los lunes por la tarde, reunión de planificación pastoral donde se diseñaban las estrategias de crecimiento de la iglesia. Los martes, visitas meticulosamente organizadas a miembros de la congregación que necesitaban consejería o que habían faltado a los servicios.

 Los miércoles, estudio bíblico profundo que duraba 3 horas. Los jueves, ensayo del coro y grupo de jóvenes donde yo frecuentemente enseñaba. Los viernes, reunión de oración intercesora que comenzaba a las 7 pm y terminaba cerca de la medianoche. Los sábados preparación intensiva del sermón dominical en el que mi padre invertía entre 8 y 10 horas.

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