mandamientos de Dios y tiene el testimonio de Jesucristo. Las cabezas asentían, los amén brotaban espontáneos de labios convencidos. Yo continuaba apasionado. ¿Ven ustedes como los católicos adoran imágenes? Cómo se arrodillan ante estatuas de yeso pintadas con colores brillantes. Eso es idolatría pura, hermanos.
El segundo mandamiento lo prohíbe claramente. No te harás imagen ni ninguna semejanza. Pero ellos en su ceguera llenan sus iglesias de ídolos. Mi voz subía de tono. Remedios me miraba desde la primera fila con esa expresión que conocía también. Admiración mezclada con un poco de preocupación. Ella siempre fue más suave, más compasiva, pero yo sabía que mi deber era defender la verdad sin concesiones.
Y hablemos de la Virgen María. Continué sintiendo como la indignación justa me invadía. Los católicos la han convertido en una diosa. Le rezan, le piden milagros, le atribuyen poderes que solo pertenecen a Cristo. Dicen que es Madre de Dios, reina del cielo, intercesora. Mentiras, hermanos. María fue una mujer bendecida, sí, pero solo eso.
Una mujer que cumplió su rol en el plan divino y luego descansó en el sueño de la muerte como todos los justos esperando la resurrección. Algunos miembros de la congregación comenzaron a levantar las manos en señal de aprobación. Don Perfecto, un anciano de casi 80 años que había sido católico en su juventud, gritaba, “¡Gloria a Dios! con lágrimas en los ojos.
Para él, cada sermón contra el catolicismo era una validación de su decisión de convertirse al adventismo décadas atrás. Y ese rosario escupí la palabra como si fuera veneno. Esas cuentas que los católicos manipulan mientras repiten las mismas oraciones una y otra vez. Cristo mismo dijo en Mateo 6:7, “Y cuando oren, no usen vanas repeticiones como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos.
” ¿Qué es el rosario sino exactamente eso? Van repetición, palabrería vacía. Una tradición humana que anula el mandamiento de Dios. Me sentía invencible ese día. Sentía que el Espíritu Santo fluía a través de mí, usando mis palabras para abrir los ojos de mi congregación. Terminé el sermón con un llamado apasionado. Hermanos, agradezcan a Dios por haberlos sacado de las tinieblas del catolicismo, por haberles mostrado la luz de su verdad.
Nosotros no necesitamos intermediarios, no necesitamos a María ni a santos muertos. Tenemos acceso directo al trono de la gracia a través de Jesucristo, nuestro único mediador. Esa es nuestra gloria, esa es nuestra victoria. El amén final resonó como un trueno en el pequeño templo. La gente se puso de pie aplaudiendo. Yo bajé del púlpito, sintiéndome más seguro que nunca de mi misión, de mi llamado, de mi verdad.
Pero lo que yo no sabía, lo que nunca pude haber imaginado, es que Dios tiene maneras misteriosas de quebrar el orgullo humano y que a veces usa a los más pequeños y vulnerables para enseñarnos las lecciones más profundas. En Tlaxiaco, ciudad pequeña donde todos nos conocemos, mi reputación como defensor de la verdad adventista era bien conocida.
Los católicos del pueblo, que eran mayoría, me miraban con una mezcla de respeto y recelo. Algunos me evitaban en el mercado, otros entraban en debates conmigo que podían durar horas bajo el portal de la plaza principal. Recuerdo especialmente a don Anastasio, un católico devoto que vendía artesanías de barro negro.
Era un hombre mayor de manos arrugadas por el trabajo y mirada serena. Cada vez que me veía pasar frente a su puesto, me saludaba con cortesía. “Buenos días, pastor Esteban”, me decía quitándose su sombrero de palma. “Buenos días, don Anastasio”, respondía yo, siempre con tono cordial, pero firme. No quería ser grosero, simplemente estaba del lado de la verdad.
Un día, don Anastasio se atrevió a más. “Pastor, con todo respeto,” me dijo cuando me detuve a admirar una de sus piezas de cerámica. “¿Por qué dice usted que nosotros, los católicos adoramos imágenes?” “No es cierto, pastor. Las imágenes son solo recordatorios, como las fotografías de su familia que seguramente tiene en su casa.
Usted no adora esas fotografías, ¿verdad? Solo le recuerdan a sus seres queridos. Me giré hacia él con una sonrisa que sé que no alcanzó mis ojos. “Don Anastasio”, le dije con esa voz que usaba cuando quería ser pedagógico. El problema no es tener recordatorios, el problema es arrodillarse ante ellos, besarlos, prenderles velas, pedirles favores.
Eso no es solo recordar, eso es adorar. y está prohibido por Dios mismo. Don Anastasio asintió lentamente, pero vi en sus ojos que no estaba convencido. Solo respetaba mi posición sin compartirla. Que Dios lo bendiga, pastor”, me dijo. Finalmente, volviendo a su trabajo, yo me alejé sintiéndome victorioso nuevamente. Había defendido la verdad.
Había cumplido mi deber pastoral de corregir el error donde quiera que lo encontrara. Mis hijos crecían en este ambiente de certeza teológica absoluta. Esaú ya predicaba sermones ocasionales en nuestra congregación. Tenía mi mismo fervor, mi misma convicción inquebrantable. Raquel componía himnos sobre la verdad del sábado y los errores del domingo católico.
Chitle, mi pequeña Shitle, memorizaba versículos bíblicos con una facilidad asombrosa. Papi me preguntó una noche mientras la arropaba en su cama. ¿Es verdad que los católicos van a perderse? La pregunta me tomó por sorpresa. Sus ojos color miel me miraban con inocencia genuina, esperando una respuesta que solo su padre podía darle.
Shochitel, le dije acariciando su cabello negro y brillante. Dios es justo. Él juzgará a cada persona según la luz que haya recibido. Pero nosotros tenemos una responsabilidad especial porque conocemos la verdad completa. Por eso debemos guardarla celosamente y compartirla con otros. Entonces, ¿podemos ayudar a los católicos a conocer la verdad?, preguntó ella con esa lógica infantil que a veces corta como navaja.
Sí, mi amor, ese es nuestro trabajo. Por eso papá predica cada sábado para que la gente conozca la verdad y sea libre. Ella sonrió satisfecha con la respuesta y cerró sus ojos. Yo salí de su habitación sintiendo que estaba criando a mis hijos en el camino correcto, en la verdad que los llevaría a la salvación eterna.
Pero Dios, en su sabiduría infinita tenía otros planes. Planes que romperían mi orgullo teológico en mil pedazos. Planes que usarían precisamente a esa niña de ojos color miel para enseñarme la lección más importante de mi vida. Los meses pasaban y mi ministerio florecía. Nuestra congregación había crecido de 95 a 120 miembros en solo 2 años.
La gente venía de comunidades vecinas para escuchar mis sermones. Me invitaban a predicar en otros templos adventistas de la región. Escribía artículos para revistas denominacionales sobre la apostasía católica y la verdad del sábado. Mi nombre se estaba haciendo conocido en círculos adventistas más amplios. Remedios me apoyaba en todo, pero a veces la sorprendía con una expresión pensativa que no lograba decifrar.
Una tarde, mientras preparaba tortillas en el comal, me atreví a preguntarle, “¿En qué piensas, amor?” Ella no levantó la mirada de sus manos, que expertamente daban forma a la masa de maíz. “¿Nunca te preguntas, Esteban, si tal vez somos demasiado duros con los católicos? Sus palabras me dejaron helado. Duros.
¿Llamas dureza a defender la verdad de Dios?” No, respondió ella rápidamente. No me refiero a eso. Solo me pregunto si si tal vez hay cosas buenas en su fe que no vemos porque estamos tan enfocados en lo que consideramos errores. Remedios. Le dije con tono firme, pero amoroso. No podemos comprometer la verdad por ser amables. O estamos en la verdad o en el error.
No hay punto medio. Ella asintió, pero su expresión me decía que la conversación no había terminado en su corazón, solo había terminado en palabras. La tensión entre adventistas y católicos en Tlaxiaco era palpable, pero controlada. No había conflictos abiertos, pero sí una clara división. Las familias mixtas, donde algunos eran adventistas y otros católicos, vivían en un equilibrio delicado.
Los sábados versus los domingos. La Biblia sola versus la Biblia más la tradición, el sueño de los muertos versus la intercesión de los santos. Yo me había convertido sin darme cuenta en el símbolo de esa división. El pastor que no tenía miedo de decir las verdades incómodas, el que llamaba al error por su nombre, el que defendía el sábado como si su vida dependiera de ello.
“Hermano Esteban,” me dijo una vez el anciano prudencio después de un servicio particularmente intenso. Su celo por la verdad es admirable, pero tenga cuidado, el orgullo espiritual es una trampa sutil. Sus palabras me molestaron más de lo que quise admitir. No es orgullo, hermano prudencio, es convicción, es fidelidad a lo que Dios nos ha revelado.
Él sonrió con esa sabiduría de quien ha vivido muchos años y visto muchas cosas. A veces, dijo suavemente, Dios tiene que quebrarnos para moldearnos. ore para que cuando llegue ese momento tenga la gracia de aceptarlo. No entendí sus palabras, entonces no podía entenderlas. Estaba demasiado seguro de mí mismo, demasiado convencido de que mi teología era perfecta, mi interpretación correcta, mi ministerio bendecido sin reservas.
Y entonces llegó agosto, el mes que cambiaría todo, el mes en que Dios mismo se encargaría de responder todas mis preguntas de la manera más inesperada y dolorosa posible. Fue un martes por la tarde. El calor de agosto en Tlaxiaco es intenso a pesar de la altitud. Shot Chittitle había llegado de la escuela quejándose de dolor de cabeza.
No era inusual. A veces los niños se quejan de dolores que desaparecen con un poco de descanso. Remedios le dio una aspirina infantil y la mandó a recostarse. Pero para la noche la situación había cambiado drásticamente. Esteban, la voz de remedios desde el cuarto de Shitle, tenía un tono que nunca le había escuchado.
Puro terror. Esteban, ven rápido. Corrí hacia la habitación y encontré a Shochitle convulsionando. Su pequeño cuerpo se sacudía violentamente mientras sus ojos giraban hacia atrás, mostrando solo el blanco. Remedios la sostenía tratando de evitar que se lastimara contra la cama de metal.
“Llama al doctor Ramírez!”, grité mientras tomaba a mi hija en brazos. Su cuerpo estaba ardiendo. La fiebre había subido a niveles peligrosos en cuestión de horas. El doctor Ramírez, el único médico del pueblo, llegó en 15 minutos que se sintieron como una eternidad. Examinó a Shochit con rostro cada vez más preocupado. “Pastor Esteban”, me dijo con voz grave, “esto no es bueno.
Creo que puede ser meningitis. Necesitamos llevarla inmediatamente al hospital general de Guahuapan de León. Aquí no tengo los recursos para tratarla. Meningitis. La palabra cayó sobre nosotros como una sentencia de muerte. Todos conocíamos casos de niños que habían muerto o quedado con secuelas terribles por esta enfermedad. En menos de media hora estábamos en la camioneta rumbo aapan, a casi 2 horas de distancia por caminos de montaña llenos de curvas.
Remedios sostenía a Shochitl en sus brazos llorando llorando en voz baja. Yo conducía con las manos apretando el volante hasta que los nudillos se me pusieron blancos, rogándole a Dios que nos diera tiempo. Señor, oraba mientras manejaba a velocidades peligrosas por esos caminos serpenteantes. Tú eres el gran médico.
Tú tienes el poder de sanar. Te pido en el nombre de Jesucristo que sanes a mi hija, que este sea solo un susto, que cuando lleguemos al hospital los doctores digan que no es nada grave. Pero Dios tenía otros planes. Planes que yo no podía entender. Planes que pondrían a prueba cada fibra de mi fe. Llegamos al hospital general de Guahuapan de León.
Cerca de las 11 de la noche. Shitle ya estaba inconsciente. Los médicos nos la arrebataron literalmente de los brazos y desaparecieron con ella detrás de puertas que se cerraron en nuestras caras. Esperamos. Dios santo, como esperamos. Cada minuto se sentía como una hora, cada hora como un día. Remedios lloraba en silencio con su rostro hundido en mis hombros.
Esaú y Raquel habían llegado con nosotros y estaban sentados en las sillas de plástico verde de la sala de espera, abrazados el uno al otro con caras de espanto. Finalmente, cerca de las 3 de la madrugada, salió un médico. Era joven, tal vez de unos 35 años con cara de agotamiento. se quitó la mascarilla quirúrgica y nos miró con esos ojos que solo los doctores que dan malas noticias tienen.
“Pastor cisneros”, comenzó y el hecho de que me llamara por mi título me asustó más. Significaba que alguien le había informado quién era yo. Significaba que esto era grave. Su hija tiene meningitis bacteriana fulminante. Es una de las formas más agresivas. Hemos comenzado tratamiento con antibióticos intravenosos, pero la palabra pero flotó en el aire como una guillotina suspendida.
Pero, continuó el doctor, y vi cómo tragaba saliva con dificultad. Hay complicaciones serias. La infección ha causado inflamación severa en el cerebro. Presión intracraneal elevada. Tuvimos que inducirle un coma para proteger su cerebro de más daño. Las próximas 48 horas serán críticas. ¿Vivirá? La pregunta salió de mis labios como un susurro desesperado.
El doctor miró al piso. Mal signo. Los médicos que tienen buenas noticias miran a los ojos. Los que no miran al piso. Francamente, pastor, no lo sé. Estamos haciendo todo lo médicamente posible, pero incluso si sobrevive se detuvo. Incluso si sobrevive, ¿qué? Exigí saber sintiendo como el pánico me subía por la garganta.
El daño cerebral es extenso en el mejor de los casos. Si logra sobrevivir, lo más probable es que quede en estado vegetativo permanente. No volverá a ser la niña que conocían. El mundo se detuvo. Literalmente sentí como si todo el aire hubiera sido succionado de la sala de espera. Remedios emitió un sonido que nunca olvidaré. No era un grito, era algo más profundo, el sonido del alma destrozándose.
¿Podemos verla?, preguntó mi esposa con voz rota. Por supuesto, los llevaré a la UCI pediátrica, pero prepárense, está conectada a muchas máquinas. Es difícil de ver. Nada nos podría haber preparado. Nuestra Shochitle, nuestra niña risueña de ojos color miel, estaba acostada en una cama que parecía tragársela.
Tubos salían de su boca, de sus brazos, de su pecho. Máquinas parpadeaban con números y gráficas que no entendíamos, pero sabíamos que representaban la línea entre la vida y la muerte de nuestra hija. Su cabeza estaba vendada. Su rostro hinchado e irreconocible. Remedios colapsó. Literalmente sus piernas dejaron de sostenerla y tuvo que ser llevada a una silla.
Esaú y Raquel lloraban abrazados y yo yo me quedé parado al lado de la cama de mi hija, sintiendo como todo mi mundo teológico se tambaleaba. Dios, susurré. ¿Por qué? Pero solo el pitido regular de los monitores cardíacos me respondió. Los días siguientes fueron una pesadilla de la que no podíamos despertar. La congregación se movilizó inmediatamente.
Los ancianos organizaron cadenas de oración las 24 horas. Grupos venían desde Tlaxiaco a turnarse en el hospital para acompañarnos. Ayunábamos, orábamos, cantábamos himnos en voz baja en la sala de espera, leíamos promesas bíblicas, reclamábamos sanidad en el nombre de Jesús. Pero Shitel no despertaba. Los días pasaban y los médicos nos daban informes cada vez más desalentadores.
El daño cerebral era peor de lo que habían pensado inicialmente. La presión intracraneal no bajaba a pesar de los medicamentos. Los signos vitales eran inestables. Al quinto día, el mismo doctor joven nos llamó a una reunión. Esta vez su rostro era aún más grave. Pastor comenzó sin rodeos.
Esta vez creo que deben prepararse para lo peor. El daño neurológico es irreversible. Incluso con las máquinas sosteniéndola, su cerebro está dejando de funcionar. En algún momento tendremos que hablar sobre medidas extremas y decisiones difíciles. Estaba hablando de desconectarla. Estaba preparándonos para decir adiós. Salí del hospital.
caminando como zombie. Necesitaba aire, necesitaba gritar, necesitaba entender por qué Dios nos estaba haciendo esto. Me encontré en el estacionamiento del hospital, solo bajo el cielo nocturno de agosto, lleno de estrellas indiferentes a mi dolor. Y allí, finalmente rompí. Dios grité al cielo sin importarme quién me escuchara.
Te he servido fielmente durante 18 años. He predicado tu palabra, he defendido tu verdad. He guardado tu sábado. ¿Por qué me haces esto? ¿Por qué castigas a mi hija inocente? El silencio de Dios fue ensordecedor. Respóndeme, continué gritando con lágrimas corriendo por mi rostro. He orado, he ayunado, toda mi congregación está orando.
¿Dónde estás? ¿Por qué no la sanas? Y entonces, en ese momento de quiebre absoluto, algo extraño sucedió. No una voz audible, no una visión celestial, solo un pensamiento que se plantó en mi mente con una claridad que no podía ignorar. ¿Has pedido ayuda a mi madre? Me quedé helado. ¿De dónde había venido ese pensamiento? Yo no creía en la intersión de María.
Había predicado contra eso durante años. María estaba muerta, dormida, esperando la resurrección como todos los santos. No podía interceder por nadie, pero el pensamiento persistió. Pídele ayuda a mi madre. No me dije a mí mismo en voz alta. Eso es tentación. Eso es el tratando de hacerme comprometer la verdad en un momento de debilidad.
Volví al hospital con esa batalla interna rugiendo en mi cabeza. Remedios me miró con ojos enrojecidos de tanto llorar. ¿Estás bien?, me preguntó, lo cual era absurdo. Ninguno de nosotros estaba bien. Sí, mentí. Solo necesitaba aire. Esa noche no pude dormir. Me quedé en la sala de espera mientras Remedios dormitaba incómodamente en una de las sillas.
Los pasillos del hospital estaban en silencio, salvo por el sonido ocasional de alguna máquina o pasos apresurados de enfermeras. Y fue entonces cuando la vi. Era una enfermera que no había visto antes, mayor, tal vez de unos 60 años, con rostro amable y ojos que brillaban con una luz extraña. Su placa decía Teófila, enfermera.
Se acercó a mí con una taza de café humeante. Pastor, me dijo con voz suave pero firme. Permítame ofrecerle un café. Ha sido una noche larga. Acepté agradecido. El café estaba demasiado dulce, pero lo necesitaba. Ella se sentó a mi lado sin pedir permiso, pero su presencia no era invasiva, era consoladora. “He estado observando su caso”, dijo después de un momento de silencio.
“Su hijita está muy grave.” Asentí sin confiar en mi voz para responder. “Sé quién es usted”, continuó. Soy de Teotitlán del Valle. He escuchado sus sermones cuando ha ido a predicar allá. Usted usted habla mucho contra mi fe católica. Me tensé inmediatamente. Era lo último que necesitaba, un debate religioso en medio de mi crisis. Pero ella levantó una mano.
No vine a pelear, pastor. Vine por qué. Porque he visto muchos casos como el de su hija en mis 35 años de enfermera. He visto milagros que la medicina no puede explicar y sé que hay un poder que está por encima de todos los médicos y todas las medicinas. Cristo, dije automáticamente. El poder de Cristo, sí, asintió ella, pero también el poder de su intercesión a través de su santísima madre.
Ahí estaba otra vez la Virgen María dos veces en una noche. Enfermera Teófila le dije con cansancio. Aprecio su amabilidad, pero yo no creo en la intersión de María. Ella está muerta, no puede ayudarnos. La enfermera me miró con una mezcla de compasión y tristeza. Pastor, yo no voy a debatir teología con usted, solo voy a decirle esto.

Voy a rezar el rosario por su niña. Voy a pedirle a Nuestra Señora de Guadalupe que interceda ante su hijo por la sanidad de Shitle. Y usted puede creer lo que quiera, pero yo he visto el poder del rosario demasiadas veces como para quedarme callada cuando una niña está muriendo. Antes de que pudiera responder, ella se levantó y comenzó a caminar hacia la UCI pediátrica.
La vi detenerse frente al gran ventanal que daba a la unidad donde estaba Sochitlle. De su bolsillo sacó un rosario, un rosario grande con cuentas de madera que brillaban bajo las luces fluorescentes del hospital y comenzó a rezar. Yo debería haberme levantado, debería haber protestado, debería haber defendido mi teología, pero estaba demasiado cansado, demasiado quebrado, demasiado desesperado.
Así que me quedé sentado en esa silla de plástico verde y simplemente observé. La enfermera Teófila rezaba con una concentración absoluta. Sus labios se movían en oraciones que yo no podía escuchar desde donde estaba. Sus dedos pasaban las cuentas del rosario con un ritmo que era casi hipnótico. Su rostro brillaba con una paz que yo no había sentido en días y no estaba sola.
De alguna manera, otras enfermeras católicas habían sido llamadas. Tres más se unieron a ella, formaron un semicírculo frente al ventanal de la UCI y rezaban el rosario completo. Podía escuchar fragmentos de sus oraciones. Dios te salve, María, llena eres de gracia. Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, por el misterio glorioso de la resurrección de tu Hijo.
Algo dentro de mí se quebró. No sé si fue el agotamiento, la desesperación o algo más profundo. Pero en ese momento, por primera vez en mi vida, no sentí rechazo hacia esas oraciones católicas. Sentí esperanza. Las enfermeras terminaron el rosario completo. Cinco décadas, 45 minutos de oración ininterrumpida. Cuando terminaron, la enfermera Teófila se acercó nuevamente a mí.
Ya está, me dijo simplemente. Ahora esperamos. La Virgen escuchó. Ella siempre escucha a las madres que sufren porque ella también sufrió viendo morir a su hijo. Y se fue tan silenciosamente como había llegado. Miré el reloj. Eran las 3 de la madrugada, la hora en que habían terminado el rosario y entonces sucedió.
Las alarmas comenzaron a sonar en la UCI pediátrica, un sonido agudo y constante que hizo que mi corazón se detuviera. Médicos y enfermeras corrieron hacia la habitación de Shitle. Remedios despertó sobresaltada. Esteban, ¿qué pasa? No sé. respondí sintiendo como el pánico me subía por la garganta. Las alarmas.
Corrimos hacia el ventanal. Podíamos ver el movimiento frenético de personal médico alrededor de la cama de nuestra hija. Pero algo era diferente. No era el movimiento desesperado de quienes están perdiendo a un paciente, era otra cosa. El mismo doctor joven salió corriendo de la UCI.
Su rostro estaba completamente pálido. Nos miró como si hubiera visto un fantasma. Pastor, señora, yo no entiendo lo que acaba de pasar. ¿Qué pasó? gritó Remedios agarrándolo del uniforme. Ella, Shitle, abrió los ojos, dijo él tartamudeando. Los monitores empezaron a mostrar actividad cerebral, actividad cerebral consciente, y entonces simplemente abrió los ojos.
El mundo se detuvo nuevamente, pero esta vez no de horror, de asombro. ¿Está está despierta? pregunté sin poder creerlo. “Sí”, respondió el doctor todavía en shock. Está despierta y y está preguntando por su mamá. Remedios emitió un grito que era mitad llanto, mitad risa. Corrimos hacia la UCI. Los médicos nos dejaron pasar, aunque técnicamente no era horario de visitas.
Y allí estaba nuestra shochitle con esos ojos color miel abiertos, todavía conectada a las máquinas, todavía con tubos, pero despierta, consciente, viva. “Mami”, susurró con voz débil cuando vio a remedios. Mi esposa se lanzó sobre la cama, abrazando a nuestra hija con un cuidado desesperado de no desconectar nada.
lloraba y reía al mismo tiempo. Esaú y Raquel entraron detrás de nosotros y se unieron al abrazo familiar. Yo me quedé parado al pie de la cama, sintiendo como todo mi mundo teológico se desmoronaba y reconstruía al mismo tiempo. Miré el reloj nuevamente. 3:15 de la madrugada, 15 minutos después de que terminaran el rosario.
Dios mío, susurré, ¿qué acabas de hacer? Los días siguientes fueron un torbellino de exámenes médicos. Los doctores no podían explicar lo que había sucedido. Las resonancias magnéticas que habían mostrado daño cerebral severo ahora mostraban nada. El cerebro de Sochitl estaba completamente normal, como si la enfermedad nunca hubiera existido.
“Médicamente imposible”, repetía el doctor una y otra vez. “He visto recuperaciones sorprendentes, pero nunca algo así. El daño que tenía no se revierte, no de esta manera, no en 15 minutos. Pero se había revertido. Shitle no solo había despertado, estaba hablando coherentemente, moviendo todas sus extremidades, recordando todo.
En 48 horas la desconectaron del ventilador. En 72 horas estaba comiendo sólidos. En una semana los médicos nos dijeron que podíamos llevarla a casa. Era un milagro. Incluso los doctores más escépticos usaban esa palabra, un milagro médico inexplicable. Pero yo sabía que había algo más, algo que necesitaba entender. El día antes de que nos dieran de alta, busqué a la enfermera Teófila.
Pregunté por ella en varios pisos hasta que finalmente alguien me dijo que trabajaba en el turno nocturno de pediatría. Esperé hasta que oscureció y entonces la encontré en la estación de enfermeras. Enfermera Teófila la llamé suavemente. Ella se volteó y sonrió al verme. Pastor Esteban, escuché que su niña está mucho mejor. Gloria a Dios.
Sí, asentí y quiero agradecerle por orar por el rosario. Su sonrisa se amplió. No me agradezca a mí, pastor. Agradézcale a la Virgen Santísima. Ella intercedió ante su hijo por su hijita. Necesito necesito hablar con usted, le dije. Necesito entender qué pasó realmente. Ella asintió y me llevó a una pequeña capilla que había en el hospital.
Una capilla católica con una imagen de la Virgen de Guadalupe en el altar. Me sentí incómodo entrando allí, pero mi necesidad de respuestas era más fuerte que mi incomodidad teológica. Nos sentamos en una de las bancas. La capilla estaba vacía, salvo por nosotros, y las velas parpadeantes frente a la imagen de la Virgen.
¿Qué quieres saber, pastor?, me preguntó Teófila con paciencia infinita. Todo respondí. Quiero saber sobre el rosario, sobre María, sobre por qué funcionó cuando todas nuestras oraciones parecían rebotar contra el cielo. Ella tomó mi mano con la ternura de una madre. Pastor, sus oraciones no rebotaban contra el cielo. Dios las escuchaba.
Pero a veces Dios responde de maneras que no esperamos. A veces usa instrumentos que hemos rechazado por orgullo o por doctrina malentendida. Pero María está muerta. Protesté débilmente. ¿Cómo puede interceder? Muerta, respondió ella con suavidad. Pastor, para Dios no hay muertos. Cristo mismo dijo que Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.
María no está muerta, está más viva que nunca, gozando de la presencia de su hijo en el cielo. Y desde allí intercede por todos nosotros, especialmente por las madres que sufren, porque ella sufrió como ninguna otra madre ha sufrido. Sus palabras resonaban en mi corazón de una manera que no podía negar. El rosario continúé.
Cristo dijo que no usáramos vanas repeticiones. Vanas me interrumpió gentilmente. Pastor, cuando usted le dice a su esposa, “Te amo cada día, ¿es vana repetición o es expresión constante de un amor profundo? El rosario no es vana repetición, es meditación profunda en los misterios de la vida de Cristo mientras pedimos la intercesión de su madre.
Cada objeción que levantaba, ella la respondía con una sabiduría que claramente no venía solo de ella. Era como si el Espíritu Santo mismo estuviera hablando a través de esta humilde enfermera mixteca. Pero las imágenes intenté una vez más. ¿Tiene fotografías de su familia, pastor?, me preguntó. Sí, por supuesto. Las mira para recordar a sus seres queridos.
Sí. ¿Adora esas fotografías? No, claro que no. Entonces, entiende perfectamente lo que son las imágenes sagradas para nosotros los católicos. No las adoramos. Son ventanas al cielo, recordatorios de aquellos que nos precedieron en la fe y ahora interceden por nosotros. Cada respuesta era un martillo que golpeaba el muro de mi orgullo teológico y ese muro estaba comenzando a agrietarse.
“Enfermera teófila”, le dije finalmente con lágrimas en los ojos. “¿Qué hago ahora? He pasado 18 años enseñando que todo esto es error. He atacado a la Iglesia Católica desde mi púlpito cada sábado y ahora, ahora mi hija está viva porque una católica rezó el rosario cuando mis oraciones adventistas no fueron suficientes.
¿Cómo reconcilio eso? Ella me miró con ojos llenos de compasión. Pastor, Dios lo está llamando a algo más grande, a la plenitud de la verdad. No le está pidiendo que renuncie a su amor por las Escrituras o su devoción a Cristo. Le está pidiendo que acepte todo lo que Cristo dejó, su iglesia, sus sacramentos, su madre, la verdad completa, no solo parte de ella.
Me quedé sentado en esa capilla católica por no sé cuánto tiempo después de que ella se fue, mirando la imagen de la Virgen de Guadalupe, esa imagen que había despreciado como idolatría tantas veces y por primera vez realmente la vi no como un ídolo, sino como la madre, la madre de Cristo. Y ahora, inexplicablemente, sentía que también era mi madre, que había intercedido por mi hija cuando yo estaba demasiado cegado por mi orgullo teológico para pedirle ayuda.
Al día siguiente nos dieron de alta. Shitle estaba completamente recuperada, sin secuelas, sin daños, como si los últimos 10 días de pesadilla nunca hubieran ocurrido, salvo que habían ocurrido. Y yo era un hombre diferente del que había entrado a ese hospital. Durante el viaje de regreso a Tlaxiaco, Remedios notó mi silencio.
¿En qué piensas? me preguntó mientras Shitle dormía plácidamente en el asiento trasero. En que tal vez, dije lentamente, eligiendo cada palabra con cuidado. Tal vez he estado equivocado durante mucho tiempo. Ella me miró sorprendida, pero no dijo nada. solo tomó mi mano y la apretó suavemente. Cuando llegamos a casa, Shitle corrió a su habitación para reunirse con sus juguetes que había extrañado.
Esaú y Raquel la siguieron, felices de tener de vuelta a su hermana menor. remedios comenzó a preparar cena y yo me encerré en mi estudio, el estudio donde había preparado tantos sermones contra el catolicismo, donde había escrito artículos atacando la veneración mariana, donde había defendido apasionadamente la sola escritura y la sola fide.
Me arrodillé junto a mi escritorio y por primera vez en mi vida hice algo que jamás pensé que haría. Santísima Virgen María, susurré con voz temblorosa. No sé si puedes escucharme. No sé si esto está bien, pero pero necesito agradecerte. Gracias por interceder por mi hija. Gracias por salvarle la vida cuando yo estaba demasiado orgulloso para pedirte ayuda.
No esperaba nada, ninguna voz celestial, ninguna visión. Pero lo que sentí fue algo mucho más profundo, una paz. Una paz que llenó mi corazón quebrado y comenzó a sanar heridas que ni siquiera sabía que tenía. Pero lo que no sabía, lo que aún no podía imaginar, era que Dios tenía preparada una revelación más, una que terminaría de destruir cada objeción teológica que me quedaba.
Una semana después de regresar a casa, cuando Shitle ya estaba completamente recuperada y correteando por la casa como si nada hubiera pasado, sucedió algo que cambiaría el rumbo de mi vida para siempre. Era un sábado por la mañana, día de reposo, día de culto. La congregación nos esperaba para dar gracias a Dios públicamente por el milagro de la sanidad de Shitle.
Yo había preparado un sermón sobre el poder de la oración y la fidelidad de Dios. Un sermón seguro, un sermón que no mencionaba rosarios ni intersción mariana. Pero mientras desayunábamos, Shitle dejó caer una bomba que explotó mi mundo teológico en mil pedazos. Papi, me dijo mientras untaba mermelada en su pan, necesito contarte algo importante.
Dime, mi amor. Respondí distraídamente, revisando las notas de mi sermón. Cuando estaba dormida en el hospital, comenzó con esa seriedad que a veces tienen los niños cuando hablan de cosas profundas. Yo no estaba realmente dormida, estaba en otro lugar. Remedios. dejó de servir café. Esaú y Raquel dejaron de comer.
Toda la familia se quedó en silencio absoluto. ¿Qué quieres decir, hijita?, pregunté, sintiendo cómo se me erizaba la piel. Estaba en un lugar muy hermoso”, continuó ella con sus ojos color miel brillando. Había mucha luz y flores de colores que nunca he visto y una música tan bonita que me hacía querer llorar de felicidad.
“¿Un sueño?”, sugerí, aunque mi corazón ya sabía que no era un sueño. No, papi, no era un sueño. Era más real que esta casa, más real que todo. Tomó un sorbo de su jugo de naranja y continuó. Y entonces ella apareció. Ella, susurré, aunque ya sabía la respuesta. Una señora hermosa. La señora más hermosa que he visto en mi vida.
Usaba un vestido precioso con estrellas, muchas estrellas doradas por todas partes y un manto azul verde como el color del mar, pero más bonito. Y brillaba papi. Brillaba con una luz que no lastimaba los ojos, pero que podía sentir hasta en el corazón. Remedios había llevado sus manos a la boca.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas. Esaú y Raquel se miraban entre sí con asombro. SH Chittle, le dije con voz temblorosa, ¿qué más tenía esa señora? Tenía manos juntas como cuando oramos y estaba parada sobre algo, como una luna. Sí, una luna. Y abajo había un angelito con alas que la cargaba y su rostro, ay papi, su rostro era tan amoroso.
Me miraba como me miras tú cuando me das las buenas noches. Con tanto amor que sentí que iba a explotar de felicidad. Cada detalle que describía era la Virgen de Guadalupe, cada maldito detalle. Y mi hija nunca jamás en su vida había visto una imagen de la Virgen de Guadalupe. En nuestra casa adventista eso estaba prohibido.
En nuestro templo no había imágenes católicas. Shitle no tenía manera humana de conocer esos detalles. ¿Y qué te dijo esa señora?, pregunté. sintiendo como mi mundo teológico completo se desmoronaba a mi alrededor, me dijo, “No temas, hijita. Voy a pedirle a mi hijo que te sane. Estás aquí porque tu papi necesita aprender algo muy importante.
” Shochitel me miró con esos ojos inocentes. Dile a tu papá que deje de pelear contra mí. Yo no soy su enemiga. Yo solo quiero llevarlos a todos a Jesús. Dile que me deje ayudarlo a conocer a mi hijo más profundamente. El silencio en la mesa del desayuno era tan profundo que podía escuchar mi propio corazón latiendo.
Y entonces continuó mi hija. Ella me tocó la frente con su mano. Era la mano más suave que he sentido. y me dijo, “Ahora regresa, pequeña. Tu familia te necesita, pero recuerda siempre que yo soy tu madre celestial y siempre estaré cuidándote.” Y después desperté y los doctores estaban todos asustados. Remedios estaba llorando abiertamente.
Ahora Esaú tenía los ojos como platos. Raquel susurraba, “Dios mío, Dios mío, una y otra vez.” Y yo yo me levanté de la mesa y caminé hacia mi estudio como en trance. Cerré la puerta, me arrodillé y allí, completamente solo, finalmente me quebré de verdad todo mi orgullo teológico. C desmoronó.
Durante 18 años había predicado que María estaba muerta, que no podía interceder, que venerarla era idolatría. Y ahora mi propia hija de 9 años, quien nunca había visto una imagen de la Virgen de Guadalupe, la describía con precisión perfecta y citaba palabras que partían mi corazón en dos. Dile a tu papá que deje de pelear contra mí, Dios santo.
Había pasado casi dos décadas peleando contra la madre de Cristo, atacándola, menospreciándola, enseñando a otros a rechazarla. Y ella en su infinita misericordia maternal había salvado a mi hija. Había intercedido cuando yo estaba demasiado cegado por mi doctrina para pedírselo. Lloré durante horas. Lloré por todos los años de orgullo.
Lloré por todos los sermones llenos de error. Lloré por todas las veces que había herido a católicos sinceros con mis ataques. Lloré por haber sido tan ciego, tan arrogante, tan convencido de que mi interpretación era la única correcta. Cuando finalmente salí del estudio, era un hombre diferente. Remedios me esperaba en la sala.
Esteban me dijo suavemente, tenemos que ir al templo. La congregación nos está esperando. Lo sé, respondí, y tengo que decirles la verdad. El camino al templo fue el más largo de mi vida. Cada paso sentía como si cargara el peso de 18 años de ministerio en mis hombros. Cuando llegamos, el templo estaba lleno.
No solo nuestra congregación de 120 miembros, sino gente de comunidades vecinas que habían venido a celebrar el milagro de Shitle. Subí al púlpito lentamente. Miré los rostros esperanzados de mi congregación. Don Perfecto en primera fila con su Biblia gastada. La familia Domínguez, que había dejado el catolicismo hace 5 años por mi predicación.
Los jóvenes que me veían como mentor espiritual, todos me miraban esperando un sermón victorioso sobre el poder de la oración adventista y yo les iba a partir el corazón como el mío había sido partido. Hermanos, comencé con voz temblorosa. Hoy no voy a predicar el sermón que preparé. Hoy tengo que contarles la verdad sobre lo que realmente pasó con Shitle.
Un murmullo de confusión recorrió el templo. Como saben, continué. Mi hija estuvo al borde de la muerte. Los médicos dijeron que no había esperanza, que aunque sobreviviera quedaría en estado vegetativo permanente. Oramos, ayunamos, clamamos a Dios día y noche y sin embargo, ella no mejoraba. Las cabezasían.
Todos lo sabían. Todos habían estado allí, pero entonces mi voz se quebró. Entonces una enfermera católica de Teotitlán del Valle se acercó a mí. Me dijo que iba a rezar el rosario por mi hija, que iba a pedirle a la Virgen de Guadalupe que intercediera ante Cristo por la sanidad de Shitle. El murmullo se convirtió en ruido audible.
Algunos rostros mostraban sorpresa, otros molestia. “Mi primer instinto fue rechazarla”, confesé. Después de todo, yo había predicado durante 18 años que María estaba muerta, que el rosario era vana repetición, que la intercesión de los santos era imposible, pero estaba tan desesperado, tan quebrado, que simplemente la dejé hacer. El silencio ahora era absoluto.
A las 3 de la madrugada continué sintiendo como las lágrimas comenzaban a correr por mi rostro. Exactamente cuando esas enfermeras católicas terminaron de rezar el rosario completo, las máquinas comenzaron a sonar. Shitle abrió los ojos y en cuestión de horas estaba completamente consciente. Los médicos no podían explicarlo.
El daño cerebral que habían visto en las resonancias había desaparecido. Médicamente imposible, dijeron. Pero sucedió. Remedios lloraba en silencio en la primera fila. Shochit la abrazaba. Pero eso no es todo. Dije, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano. Esta mañana Shitle me contó algo que destruyó cada objeción teológica que me quedaba.
Durante su coma, ella vio a la Virgen María, la Virgen de Guadalupe. Mi hija, quien nunca en su vida ha visto una imagen de la Virgen de Guadalupe, la describió perfectamente. El manto de estrellas, el vestido, el ángel, cada detalle exacto. Algunos miembros de la congregación comenzaban a llorar. Otros negaban con la cabeza incrédulos. Y la Virgen le dio un mensaje.

Mi voz se quebró completamente para mí. Me dijo que dejara de pelear contra ella, que solo quiere llevarnos a todos a Jesús. Don Perfecto se había puesto de pie con rostro de shock total. Hermanos, dije con todo el corazón destrozado y humillado, durante 18 años les he enseñado error. He atacado a la Iglesia Católica sin entender realmente lo que enseña.
He rechazado regalos que Cristo nos dejó, su madre como intercesora, la plenitud de los sacramentos, la autoridad de su Iglesia. Y Dios en su misericordia usó la enfermedad de mi hija para abrir mis ojos ciegos. Las lágrimas corrían libremente. Ahora no me importaba. Había pasado el punto de preocuparme por mi imagen.
He comenzado a estudiar en secreto, confesé, la verdadera teología católica. No las caricaturas que yo predicaba, sino lo que realmente enseñan los escritos de los padres de la Iglesia, la historia real de cómo se formó la Biblia, la sucesión apostólica. Y cada página me confirma lo que mi corazón ya sabe. estado equivocado.
El silencio era ensordecedor. Por eso dije con voz firme, ahora, tomando la decisión más difícil de mi vida, voy a entrar en plena comunión con la Iglesia Católica. Voy a buscar instrucción con el Padre Vicente en San Miguel Arcángel. Voy a aceptar la plenitud de la verdad que Cristo dejó en su iglesia. Les pido perdón a todos.
por haberlos guiado en error. Y entiendo si me rechazan, entiendo si me odian, pero no puedo seguir viviendo en la mentira ahora que he visto la verdad. El silencio continuó por lo que pareció una eternidad y entonces sucedió algo extraordinario. Remedios se puso de pie con lágrimas corriendo por su rostro, dijo con voz clara, “Yo voy contigo, Esteban.
Yo también he visto el milagro. Yo también quiero conocer la verdad completa. Mi corazón casi explota de gratitud. Y entonces, para mi absoluto asombro, doña Eusevia, la anciana más respetada de la congregación, se levantó lentamente, apoyándose en su bastón. Yo también”, dijo con voz temblorosa. “He sido adventista por 40 años, pero si la Virgen Santísima sanó a la niña Shochitle, entonces yo necesito reconsiderar lo que he creído.
” Don Crescencio, el diácono, se levantó después y yo he visto demasiados milagros católicos en mi vida como para seguir negándolos. Uno tras otro, como un efecto dominó espiritual, los miembros de mi congregación comenzaron a ponerse de pie. Algunos lloraban, otros parecían en shock, pero se levantaban.
Conté después. 87 personas de los 120 miembros se pusieron de pie ese día comprometiéndose a buscar la verdad conmigo. Los otros 33, incluyendo a don Perfecto, salieron del templo indignados, algunos gritando que yo era un traidor, otros llorando por lo que consideraban mi apostasía. Pero 87 almas habían sido tocadas por el mismo testimonio que me había tocado a mí.
El testimonio de que Dios es más grande que nuestras doctrinas, que la verdad es más importante que el orgullo y que a veces Dios usa los milagros más inesperados para llevarnos a casa. Los meses siguientes fueron intensos. El padre Vicente, párroco de San Miguel Arcángel, nos recibió con los brazos abiertos.
Era un hombre mayor de unos 70 años, con ojos bondadosos y paciencia infinita. Nos dio clases de catecismo a todos, no solo a mí, sino a los 87 que habían decidido caminar conmigo hacia Roma. Aprendí sobre la Eucaristía, la presencia real de Cristo en el pan y el vino consagrados y me di cuenta de cuánto había despreciado el regalo más grande que Cristo nos dejó.
Aprendí sobre los sacramentos, no solo símbolos, sino canales reales de gracia divina instituidos por Cristo mismo. Aprendí sobre la autoridad de la Iglesia, la sucesión apostólica ininterrumpida desde San Pedro hasta el Papa actual. La promesa de Cristo de que las puertas del infierno no prevalecerían contra su Iglesia.
Y aprendí sobre María, no como diosa, sino como la primera cristiana, la primera que dijo sí a Dios completamente. La madre que nos fue dada al pie de la cruz cuando Cristo le dijo a Juan, “He ahí, tu madre.” Cada lección era un bálsamo en mi corazón herido. Cada verdad que descubría era como encontrar piezas de un rompecabezas que finalmente comenzaba a tener sentido completo.
Dos años después, hoy soy catequista en la parroquia de San Miguel Arcángel. Cada domingo participo en la Santa Misa junto a 87 almas que dejaron el adventismo conmigo, unidos en la Eucaristía que antes despreciábamos, arrodillados ante Cristo realmente presente en el santísimo sacramento. Shitel, completamente sana, sin ninguna secuela, es monaguilla.
reza el rosario diariamente y me recuerda constantemente el mensaje que la Virgen le dio. Ella solo quiere llevarnos a todos a Jesús. Remedios es lectora en la parroquia. Esaú, quien iba camino a ser pastor adventista, ahora está discerniendo si Dios lo llama al sacerdocio católico. Raquel toca el órgano en nuestras misas con la misma destreza con que tocaba el piano en nuestro antiguo templo.
La relación con los 33 que se quedaron en el adventismo es complicada. Algunos me saludan fríamente en la calle, otros me evitan completamente. Don Perfecto cruzó al otro lado del camino cuando me vio hace unos meses. Duele, pero entiendo. Yo hubiera hecho lo mismo hace 3 años si alguien me hubiera dicho que me convertiría al catolicismo.
El antiguo templo adventista cerró. Sin pastor y con más de la mitad de la congregación yéndose, no era sostenible. Algunos de los que se quedaron se unieron a otras congregaciones adventistas en pueblos vecinos. El edificio ahora es una tienda de abarrotes. A veces paso frente a ese edificio y recuerdo el púlpito donde prediqué durante 18 años.
Los sermones llenos de convicción, pero también de error. Las veces que ataqué con tanta pasión, las verdades que ahora abrazo con todo mi corazón. Y cada vez que paso susurro una oración. Gracias, Señor, por haberme amado lo suficiente como para quebrar mi orgullo. Gracias, Virgen Santísima, por haberme amado incluso en mi hostilidad.
La comunidad católica de Tlaxiaco nos recibió con una mezcla de asombro y alegría. Don Anastasio, el vendedor de artesanías de Barro Negro, lloró cuando le conté toda la historia. “Pastor, perdón, hermano Esteban,” me dijo, “La Virgen nunca deja de sorprenderme. Ella alcanza incluso a los que más la rechazan. Ahora doy mi testimonio en diferentes parroquias de Oaxaca.
Cuento la historia de cómo un pastor adventista orgulloso aprendió humildad a través del milagro de su hija. Como la Virgen de Guadalupe intercedió cuando yo estaba demasiado cegado para pedirle ayuda. Como 87 almas siguieron a Cristo hasta su iglesia porque vieron el poder de la verdad. Y cada vez que termino mi testimonio digo lo mismo.
No vengo a atacar a mis hermanos adventistas, los amo. Viví 42 años como uno de ellos. Pero les invito a lo que yo encontré, la plenitud, la mesa completa que Cristo preparó para nosotros, no solo parte del banquete, sino todo. Los sacramentos, la Eucaristía, la intercesión de los santos y especialmente el amor maternal de María, quien nunca abandona a sus hijos, ni siquiera a los más rebeldes.
Chochitle cumplió 11 años el mes pasado. Está sana, feliz y más devota de la Virgen de Guadalupe que cualquier persona que conozca. Mantiene una imagen de la Virgen en su habitación. La imagen que antes hubiera sido prohibida en nuestra casa adventista. Papi, me dijo hace poco mientras rezábamos el rosario en familia, ¿crees que la Virgen sabía que yo iba a enfermarme? La pregunta me tomó por sorpresa.
¿Qué quieres decir, mi amor? Que si ella sabía que necesitabas ese milagro para conocer la verdad, que si yo tuve que enfermarme para que tú y muchos otros encontraran a Jesús en su iglesia. Me quedé sin palabras. La sabiduría de mi hija de 11 años me dejó sin aliento. No lo sé, Shitle. Respondí finalmente, pero sé que Dios usa todas las cosas, incluso las más dolorosas, para llevarnos a la verdad.
Y tu enfermedad, por terrible que fue, salvó no solo tu vida, sino potencialmente las almas eternas de 87 personas. Ella sonrió. Entonces, valió la pena. Hoy, cada vez que participo en la Santa Misa y me arrodillo ante Cristo en la Eucaristía, recuerdo mi viaje desde el orgullo hasta la humildad, desde la certeza arrogante hasta la apertura humilde, desde atacar a María hasta amarla como mi madre celestial.
Y le doy gracias. Gracias por no haberme abandonado en mi error. Gracias por usar a mi hija para enseñarme. Gracias por la enfermera Teófila y su rosario. Gracias por el padre Vicente y su paciencia. Gracias por los 87 hermanos que tuvieron el valor de seguir la verdad conmigo. Pero sobre todo le doy gracias a la Virgen María, a Nuestra Señora de Guadalupe, la madre que amó al hijo rebelde que la atacaba, la madre que intercedió cuando más lo necesitaba, la madre que me enseñó que su único deseo es llevarnos a todos a su hijo. Y
ahora como catequista católico en la misma ciudad donde fui pastor adventista durante 18 años, mi misión es la misma que siempre fue, llevar almas a Cristo. Solo que ahora lo hago con la plenitud de la verdad, con todos los regalos que él dejó, con su Iglesia, sus sacramentos y su madre, porque descubrí que el amor de una madre nunca abandona a sus hijos.
ni siquiera a los más rebeldes, ni siquiera a los que la atacan, ni siquiera a los que la rechazan durante décadas. Ella simplemente espera, ora, intercede. Y cuando llega el momento perfecto, cuando Dios decide que es hora, ella actúa. Y cuando lo hace, vidas enteras son transformadas, como la mía, como la de mi familia, como la de 87 almas que ahora conocen la plenitud de la verdad.
Y cada día, mientras rezo el rosario que antes llamaba vana repetición, susurro las palabras que ahora entiendo completamente. Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén. Porque finalmente entendí, ella no es competencia de Cristo, es el camino más seguro hacia él, como ella misma dijo en las bodas de Caná, “Hagan todo lo que él les diga.
” Y eso es exactamente lo que hace con cada uno de nosotros. nos lleva a su hijo siempre, sin excepción, incluso a los pastores adventistas orgullosos que pasan 18 años atacándola, especialmente a ellos. M.