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IMPACTANTE: Pastor adventista convierte toda su iglesia al catolicismo tras un MILAGRO

mandamientos de Dios y tiene el testimonio de Jesucristo. Las cabezas asentían, los amén brotaban espontáneos de labios convencidos. Yo continuaba apasionado. ¿Ven ustedes como los católicos adoran imágenes? Cómo se arrodillan ante estatuas de yeso pintadas con colores brillantes. Eso es idolatría pura, hermanos.

 El segundo mandamiento lo prohíbe claramente. No te harás imagen ni ninguna semejanza. Pero ellos en su ceguera llenan sus iglesias de ídolos. Mi voz subía de tono. Remedios me miraba desde la primera fila con esa expresión que conocía también. Admiración mezclada con un poco de preocupación. Ella siempre fue más suave, más compasiva, pero yo sabía que mi deber era defender la verdad sin concesiones.

Y hablemos de la Virgen María. Continué sintiendo como la indignación justa me invadía. Los católicos la han convertido en una diosa. Le rezan, le piden milagros, le atribuyen poderes que solo pertenecen a Cristo. Dicen que es Madre de Dios, reina del cielo, intercesora. Mentiras, hermanos. María fue una mujer bendecida, sí, pero solo eso.

 Una mujer que cumplió su rol en el plan divino y luego descansó en el sueño de la muerte como todos los justos esperando la resurrección. Algunos miembros de la congregación comenzaron a levantar las manos en señal de aprobación. Don Perfecto, un anciano de casi 80 años que había sido católico en su juventud, gritaba, “¡Gloria a Dios! con lágrimas en los ojos.

 Para él, cada sermón contra el catolicismo era una validación de su decisión de convertirse al adventismo décadas atrás. Y ese rosario escupí la palabra como si fuera veneno. Esas cuentas que los católicos manipulan mientras repiten las mismas oraciones una y otra vez. Cristo mismo dijo en Mateo 6:7, “Y cuando oren, no usen vanas repeticiones como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos.

” ¿Qué es el rosario sino exactamente eso? Van repetición, palabrería vacía. Una tradición humana que anula el mandamiento de Dios. Me sentía invencible ese día. Sentía que el Espíritu Santo fluía a través de mí, usando mis palabras para abrir los ojos de mi congregación. Terminé el sermón con un llamado apasionado. Hermanos, agradezcan a Dios por haberlos sacado de las tinieblas del catolicismo, por haberles mostrado la luz de su verdad.

 Nosotros no necesitamos intermediarios, no necesitamos a María ni a santos muertos. Tenemos acceso directo al trono de la gracia a través de Jesucristo, nuestro único mediador. Esa es nuestra gloria, esa es nuestra victoria. El amén final resonó como un trueno en el pequeño templo. La gente se puso de pie aplaudiendo. Yo bajé del púlpito, sintiéndome más seguro que nunca de mi misión, de mi llamado, de mi verdad.

Pero lo que yo no sabía, lo que nunca pude haber imaginado, es que Dios tiene maneras misteriosas de quebrar el orgullo humano y que a veces usa a los más pequeños y vulnerables para enseñarnos las lecciones más profundas. En Tlaxiaco, ciudad pequeña donde todos nos conocemos, mi reputación como defensor de la verdad adventista era bien conocida.

Los católicos del pueblo, que eran mayoría, me miraban con una mezcla de respeto y recelo. Algunos me evitaban en el mercado, otros entraban en debates conmigo que podían durar horas bajo el portal de la plaza principal. Recuerdo especialmente a don Anastasio, un católico devoto que vendía artesanías de barro negro.

 Era un hombre mayor de manos arrugadas por el trabajo y mirada serena. Cada vez que me veía pasar frente a su puesto, me saludaba con cortesía. “Buenos días, pastor Esteban”, me decía quitándose su sombrero de palma. “Buenos días, don Anastasio”, respondía yo, siempre con tono cordial, pero firme. No quería ser grosero, simplemente estaba del lado de la verdad.

Un día, don Anastasio se atrevió a más. “Pastor, con todo respeto,” me dijo cuando me detuve a admirar una de sus piezas de cerámica. “¿Por qué dice usted que nosotros, los católicos adoramos imágenes?” “No es cierto, pastor. Las imágenes son solo recordatorios, como las fotografías de su familia que seguramente tiene en su casa.

 Usted no adora esas fotografías, ¿verdad? Solo le recuerdan a sus seres queridos. Me giré hacia él con una sonrisa que sé que no alcanzó mis ojos. “Don Anastasio”, le dije con esa voz que usaba cuando quería ser pedagógico. El problema no es tener recordatorios, el problema es arrodillarse ante ellos, besarlos, prenderles velas, pedirles favores.

 Eso no es solo recordar, eso es adorar. y está prohibido por Dios mismo. Don Anastasio asintió lentamente, pero vi en sus ojos que no estaba convencido. Solo respetaba mi posición sin compartirla. Que Dios lo bendiga, pastor”, me dijo. Finalmente, volviendo a su trabajo, yo me alejé sintiéndome victorioso nuevamente. Había defendido la verdad.

Había cumplido mi deber pastoral de corregir el error donde quiera que lo encontrara. Mis hijos crecían en este ambiente de certeza teológica absoluta. Esaú ya predicaba sermones ocasionales en nuestra congregación. Tenía mi mismo fervor, mi misma convicción inquebrantable. Raquel componía himnos sobre la verdad del sábado y los errores del domingo católico.

Chitle, mi pequeña Shitle, memorizaba versículos bíblicos con una facilidad asombrosa. Papi me preguntó una noche mientras la arropaba en su cama. ¿Es verdad que los católicos van a perderse? La pregunta me tomó por sorpresa. Sus ojos color miel me miraban con inocencia genuina, esperando una respuesta que solo su padre podía darle.

Shochitel, le dije acariciando su cabello negro y brillante. Dios es justo. Él juzgará a cada persona según la luz que haya recibido. Pero nosotros tenemos una responsabilidad especial porque conocemos la verdad completa. Por eso debemos guardarla celosamente y compartirla con otros. Entonces, ¿podemos ayudar a los católicos a conocer la verdad?, preguntó ella con esa lógica infantil que a veces corta como navaja.

Sí, mi amor, ese es nuestro trabajo. Por eso papá predica cada sábado para que la gente conozca la verdad y sea libre. Ella sonrió satisfecha con la respuesta y cerró sus ojos. Yo salí de su habitación sintiendo que estaba criando a mis hijos en el camino correcto, en la verdad que los llevaría a la salvación eterna.

Pero Dios, en su sabiduría infinita tenía otros planes. Planes que romperían mi orgullo teológico en mil pedazos. Planes que usarían precisamente a esa niña de ojos color miel para enseñarme la lección más importante de mi vida. Los meses pasaban y mi ministerio florecía. Nuestra congregación había crecido de 95 a 120 miembros en solo 2 años.

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