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IMPACTANTE: Hijo de pastor evangélico entró a misa… y salió convertido a la Iglesia Católica

 Ella era la única católica devota en una familia que había abrazado el protestantismo hacía dos generaciones. Y su fe era motivo constante de tensión en nuestras reuniones familiares. Siempre llegaba con su rosario de madera enrollado en la muñeca, con su escapulario del Carmen asomando bajo la blusa y esa paz inexplicable en sus ojos que yo interpretaba como ignorancia espiritual.

Un domingo en particular quedó grabado en mi memoria con la vergüenza de un tatuaje permanente. Mi primo menor, Carlitos, apenas 8 años, había enfermado gravemente. Una fiebre altísima que no cedía con medicamentos, convulsiones que aterrorizaban a toda la familia. Los médicos del Hospital San Vicente hablaban de meningitis, de posibles secuelas neurológicas.

Mi abuela había convocado a toda la familia para orar por el niño. Llegamos todos, mis padres, mis tíos, mis [música] primos, todos dispuestos a clamar a Dios por sanidad. Mi padre dirigió la oración como siempre con esa autoridad pastoral que nunca cuestionábamos. Señor Jesucristo, en tu nombre poderoso reprendemos esta enfermedad, declaramos sanidad sobre Carlitos.

 Reclamamos la promesa de que por tus llagas fuimos curados. fuera espíritu de enfermedad. sale en el nombre de Jesús. Oramos en lenguas, pusimos manos sobre una fotografía del niño enfermo, ayunamos corporativamente. Pero mi tía Candelaria, sentada en una esquina de la sala hacía algo diferente. Con sus ojos cerrados y ese rosario entre sus dedos gastados, murmuraba bajito: “Dios te salve, María, [música] llena eres de gracia, el Señor es contigo.

 Bendita tú eres entre todas las mujeres [música] y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén. Una y otra vez, cuenta tras cuenta, misterio tras misterio. El sonido de su voz, aunque suave, cortaba el ambiente de nuestra oración pentecostal como una disonancia musical.

Yo la observaba con una mezcla de lástima y desprecio. Cuando terminamos de orar no pude contenerme. Me acerqué a ella, todavía temblando de la intensidad de nuestra intersión y le dije con ese tono pedagógico que usaba cuando evangelizaba, “Tía Candelaria, con todo respeto, pero lo que acabas de hacer es inútil.

 ¿No ves que estás orando a una mujer muerta? María no puede escucharte. está en [música] el cielo, pero no es Dios. La Biblia es clara. Hay un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo, hombre. Cuando repites esas ave Marías como el oro, estás perdiendo el tiempo. Eso es oración vana, lo que Cristo condenó en Mateo 6.

 ¿Por qué no oras directamente a Dios en [música] vez de molestar a los muertos? El silencio que siguió fue pesado, incómodo. Todos me miraban, algunos con aprobación silenciosa, otros con incomodidad. Mi tía Candelaria [música] levantó sus ojos hacia mí y vi en ellos una tristeza profunda que no era ofensa personal, sino dolor por mi ceguera.

Me miró fijamente con esa mirada que solo dan los años y el sufrimiento y me dijo con voz suave pero firme, Efraín, hijo, tú eres muy joven y muy inteligente. Has estudiado mucho la Biblia y eso es hermoso, [música] pero hay cosas que se entienden con el corazón, no solo con la mente. Yo no molesto a los muertos.

 Yo pido la intercesión de mi madre celestial, que está viva en la gloria de Dios. Ella no me quita nada a Jesús, al contrario, me lleva hacia él, como toda madre hace con sus hijos. Algún día lo vas a entender cuando Dios quiera mostrártelo. Y siguió rezando imperturbable, envolviendo esas cuentas gastadas con dedos que habían trabajado toda la vida en lavar ropa ajena para sobrevivir.

Yo resoplé sintiéndome victorioso en mi argumentación teológica, aunque incómodo por su respuesta. Mi padre desde el otro lado de la sala asintió con aprobación hacia mí. Había defendido la fe correcta. [música] Había señalado el error. Carlitos, para nuestra alegría, sanó completamente en dos días.

 Los médicos dijeron que la fiebre había cedido [música] misteriosamente y las pruebas de meningitis salieron negativas. Mi familia evangélica lo atribuyó a nuestras oraciones pentecostales. [música] Nadie mencionó el rosario de tía Candelaria. Nadie, excepto ella, que sonrió en silencio cuando supimos la noticia, besó su escapulario y murmuró, “Gracias, Virgencita.

Ese incidente reforzó mi convicción de que el catolicismo era superstición pura. Si Dios había sanado a Carlitos, había sido por nuestras oraciones bíblicas, no por cuentas y ave Marías. Mi orgullo espiritual crecía con cada año que pasaba. A los 18 años ingresé al Instituto Bíblico Pentecostal de Bogotá, una escuela reconocida en círculos evangélicos colombianos.

 Allí pasé 3 años estudiando teología sistemática, hermenéutica, omilética, apologética. [música] Memorizaba argumentos contra el catolicismo con la precisión de un cirujano. La infalibilidad papal era una invención medieval. La Inmaculada Concepción de María no tenía base bíblica. El purgatorio era un invento para vender indulgencias.

 [música] La transubstancia contradecía las leyes de la física y la razón. Podía citar a Lutero, a Calvino, a Wesley, a cualquier reformador que hubiera denunciado los errores romanos. Mis profesores me elogiaban. Mi padre lloraba de orgullo cuando predicaba en su púlpito. Yo estaba destinado a ser pastor, a fundar mi propia iglesia.

 a llevar almas a Cristo, sacándolas del catolicismo idólatra. Durante esos años universitarios conocí a Lida Marcela Torres, una joven metodista de Cali [música] que estudiaba trabajo social en la misma ciudad. Era hermosa con esos ojos verdes que parecían reflejar el alma misma, una sonrisa que iluminaba cualquier habitación oscura y una fe sincera que me atrajo desde el primer momento.

 Nos conocimos en un retiro juvenil interdenominacional evangélico en 19 las afueras de Bogotá, donde yo había sido invitado a predicar sobre la importancia de mantenernos firmes contra las doctrinas falsas. Ella dirigía las alabanzas con una guitarra y una voz que parecía abrir los cielos. Conectamos inmediatamente no solo por la química humana natural, sino por esa [música] convicción compartida de que servíamos al Dios verdadero, al Cristo bíblico, sin intermediarios humanos ni tradiciones inventadas.

Nuestro noviazgo fue el modelo perfecto de relación cristiana evangélica, puro, [música] con límites claros, centrado en Dios. Orábamos juntos antes de cada cita. Estudiábamos la Biblia los domingos por la tarde en parques de Bogotá. Asistíamos a conferencias de avivamiento donde líderes famosos predicaban sobre santidad y propósito divino.

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