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Hijo de pastor se hace católico… padre lo visita en secreto para aprender durante 2 años

 

 En serio, ¿vas a rezar eso ahora?”, le decía. Son como 50 ave Marías. Nos vamos a dormir a las 3 de la mañana. Ella se reía y me decía que me callara, que podía esperarla o irme a dormir, que ella iba a terminar igual. Y yo me quedaba ahí acostado, boca arriba, mirando el techo con manchas de humedad, escuchando el murmullo de su voz, pensando que era un poco ridículo, pero también tierno, como esas costumbres raras que tiene la gente que querés y que al final te terminan gustando porque son parte de ellos.

 Pero esa noche fue diferente. Esa noche la vi de verdad. Vi la forma en que sus hombros estaban relajados, completamente sueltos, sin la tensión que todos llevamos como una mochila invisible en la espalda. Vi la forma en que respiraba profundo entre misterio y misterio, como si estuviera tomando algo del aire que yo no podía ver.

 Vi la forma en que su cara no tenía esa tensión que yo estaba acostumbrado a ver en las caras de la gente cuando oraba. En la iglesia de mi papá, cuando la gente oraba, gritaba. lloraba, se sacudía, levantaba las manos con los ojos cerrados, fuerte y apretados, como si trataran de exprimir algo de Dios. Pedían, suplicaban, exigían, negociaban.

 Señor, si hacés esto por mí, yo voy a hacer esto por vos. Como si Dios fuera un vendedor ambulante con el que podías regatear. Pero Ana estaba ahí arrodillada en su departamento diminuto de Buenos Aires a las 2 de la madrugada en silencio y había algo en ella que yo nunca había visto en ningún lado. Paz. No felicidad, no euforia, no éxtasis pentecostal, paz.

Una paz que parecía venir de muy adentro, de algún lugar profundo que yo no sabía que existía en las personas. Me volví a acostar sin que ella me viera. Me metí entre las sábanas que olían a su perfume y a su avizante. Me puse de costado mirando hacia la pared y me quedé despierto hasta que terminó. hasta que la escuché levantarse con un pequeño quejido de rodillas, hasta que la sentí meterse en la cama a mi lado, hasta que su respiración se hizo lenta y profunda.

Y entonces yo seguí despierto mirando las sombras en la pared, preguntándome qué era eso que ella tenía y que yo no, preguntándome si era algo que se podía aprender o si nacías con eso, preguntándome si yo alguna vez había tenido paz de verdad o si toda mi vida había estado persiguiendo emociones fuertes creyendo que eso era lo que Dios quería.

 Mi papá es pastor de una iglesia evangélica en Villa Devoto. No una iglesia grande, no de esas con pantallas gigantes y bandas de alabanza con luces de colores y humo artificial. La nuestra es chica como 100 personas, un domingo lleno, 120 si contas a los chicos que corren por los pasillos durante el sermón. Funciona en un local que antes era un taller mecánico en la calle Sanabria, entre una verdulería y una casa de empanadas.

 Mi papá la fundó cuando yo tenía 6 años después de salirse de otra iglesia por diferencias teológicas que nunca entendí del todo, pero que en ese momento parecían ser cuestión de vida o muerte. Algo sobre la interpretación del hablar en lenguas, sobre si era necesario para la salvación o no. Mi papá decía que no. El otro pastor decía que sí y eso fue suficiente para dividir a 50 personas en dos grupos que dejaron de hablarse.

 Crecí ahí, en ese local con olor a aceite de motor que nunca se fue del todo. Crecí entre cultos de 3 horas los domingos por la mañana y por la noche, grupos de jóvenes los viernes donde tocábamos la guitarra y cantábamos canciones sobre la sangre de Cristo. Ayunos de madrugada, donde nos levantábamos a las 5 para orar en la iglesia vacía y oscura, campamentos de verano en Córdoba donde te hacían llorar con canciones sobre la cruz mientras el fuego de la fogata te iluminaba la cara.

Crecí sabiendo que yo era diferente, que nosotros éramos diferentes, que teníamos la verdad y que el resto del mundo estaba perdido o confundido o directamente engañado por el Había una jerarquía clara en nuestra cosmología. Arriba de todo estaban nosotros, los evangélicos que habían nacido de nuevo, los que habían aceptado a Jesús como su salvador personal.

Después venían otros evangélicos, los de otras denominaciones, que estaban bien, pero no entendían ciertas cosas con la claridad que nosotros las entendíamos. Después venían los que no eran cristianos, pero eran buena gente, confundidos, pero salvables. Y hasta abajo, casi tan abajo como los ateos declarados, estaban los católicos.

 Los católicos eran lo peor. Eso me lo enseñaron desde chico, no con palabras directas necesariamente, pero con el tono de voz que se usaba cuando se hablaba de ellos. Los católicos adoraban imágenes. Los católicos rezaban a santos muertos en lugar de hablar directamente con Dios. Los católicos le rezaban a María como si fuera una diosa.

 Los católicos habían corrompido el cristianismo verdadero con tradiciones paganas y rituales vacíos heredados del Imperio Romano. Los católicos creían que se podían ganar el cielo con obras. cuando la Biblia decía claramente que era solo por fe. Los católicos tenían un papa que se hacía llamar Santo Padre, un título que solo le pertenecía a Dios.

 Mi papá predicaba sobre eso cada tanto con ese tono de tristeza indignada que usaba para las cosas que le dolían de verdad. Hermanos, decía desde el púlpito que en realidad era un atril de madera que él mismo había construido. Hay millones de personas en este país que creen que son cristianos, pero están atados a una religión muerta, una religión de tradición sin relación, de ritual sin revelación, de religiosidad sin redención.

 Y hermanos, debemos orar por ellos. Debemos orar para que el Señor les abra los ojos, les quite las vendas de la tradición y les muestre el camino simple y puro del evangelio. Y nosotros orábamos. Yo crecí orando por los católicos. Crecí pensando en ellos como gente perdida que necesitaba ser rescatada, como víctimas de un engaño masivo que había durado siglos.

 Crecí sintiendo lástima por ellos y también, si soy honesto, un poco de superioridad. Nosotros sabíamos, ellos no. Era así de simple. Y después conocí a Ana, la conocí en el trabajo. Yo estaba haciendo una pasantía en una empresa de diseño gráfico en Palermo, cerca de la Plaza Serrano, y ella era la asistente del director creativo, un tipo grande, italiano, que gritaba mucho, pero en el fondo era bueno.

 Ana llevaba dos años trabajando ahí, yo acababa de entrar. Nos cruzábamos en la cocina, en las reuniones, en el ascensor que era viejo y lento y siempre se trababa entre el segundo y el tercer piso. Al principio no hablábamos mucho. Yo era tímido, especialmente con las mujeres, especialmente con las mujeres lindas, que parecían seguras de sí mismas.

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