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Familia evangélica se convierte al catolicismo al… recibir ayuda de una parroquia en la crisis

 

 Algunos compañeros empezaron a gritar preguntas. ¿Y si aceptábamos reducción de salario? ¿Y si trabajábamos más horas? ¿Y si aumentábamos la productividad? El gerente solo movía la cabeza. No había negociación posible. La decisión estaba tomada. Patricia lloró ese día en el camión de regreso. Yo traté de ser fuerte, de decirle que encontraríamos algo, que Querétaro tenía industria, que con nuestra experiencia no sería difícil, pero por dentro sentía pánico.

Teníamos tres hijos. Diego tenía 10 años, Fernanda 8, Mateo apenas cinco. Los tres en escuela privada porque la escuela pública del barrio tenía fama de ser violenta. La colegiatura se comía una cuarta parte de nuestro ingreso combinado. La renta era otra cuarta parte. Comida, servicios, ropa, transporte, todo calculado al milímetro con nuestros dos salarios.

 Si perdíamos uno, apretábamos el cinturón. Si perdíamos los dos, nos ahogábamos. La liquidación nos alcanzó para dos meses. Pensamos que sería suficiente. Yo tenía experiencia como supervisor. Patricia era buena en su área. Querétaro estaba creciendo. Había oportunidades. Eso nos dijimos. Pero no contábamos con que habría otros 200 trabajadores de la maquiladora buscando lo mismo que nosotros.

 No contábamos con que las empresas verían nuestros currículums y pensarían que éramos demasiado viejos, demasiado caros, demasiado especializados en procesos obsoletos. Agosto fue un mes de esperanza idiota. Imprimí 50 currículums en un cí 200 pesos en impresiones, otros 150 en pasajes para ir dejando solicitudes personalmente en empresas del parque industrial.

 Patricia hizo lo mismo por su lado. Nos dividimos las zonas. Yo cubría el norte, ella el sur. Nos levantábamos temprano como si todavía trabajáramos. Nos vestíamos formales. Salíamos con nuestras carpetas llenas de papeles. La mayoría de las recepciones ni siquiera recibían los currículums. Ahora todo es en línea decían. Entre a nuestra página, llene la solicitud ahí.

Pero cuando entrábamos a las páginas, los formularios pedían cosas absurdas, certificaciones que no teníamos, experiencia en software que nunca habíamos usado, disponibilidad para viajar al extranjero, inglés avanzado, maestrías. Al final del formulario, un botón que decía enviar y la sensación de que ese currículum iba directo a un archivo muerto digital donde nadie lo vería jamás.

Hubo tres entrevistas en agosto. La primera fue en una empresa de autopartes. Me citaron a las 3 de la tarde. Llegué a las 2:30. La recepcionista me hizo esperar una hora y cuarto. Cuando finalmente me pasaron, el entrevistador era un chavo de unos 25 años, recién egresado, con camisa de marca y lentes de diseñador.

 Me preguntó por mi experiencia. Le expliqué mis 11 años como supervisor, los logros que habíamos tenido en productividad, las mejoras que había implementado. Me interrumpió a medio camino. ¿Sabes usar SAP? No sabía. La maquiladora usaba un sistema propietario viejo. LIN Manufacturing. Sabía los principios básicos, pero no tenía certificación.

Six Sigma tampoco. El chavo cerró mi carpeta. Mire, don Carlos, su experiencia es valiosa, pero estamos buscando perfiles más actualizados. Alguien que no necesite capacitación, que pueda entrar directo a operar nuestros sistemas. Gracias por venir, don Carlos. Tenía 37 años y ese chavo me estaba tratando como a un viejo obsoleto.

 La segunda entrevista fue para Patricia en una empresa de electrónicos. le fue mejor. Inicialmente pasó dos filtros, hizo pruebas técnicas que aprobó con buenas calificaciones. La llamaron para una tercera entrevista ya con el gerente de operaciones. Llegó esperanzada. El gerente le explicó el puesto, las responsabilidades, el horario. Todo sonaba perfecto.

 Al final, casi de pasada, mencionó el salario. 6000 pesos mensuales. Patricia había ganado 11,000 en la maquiladora. le dijo al gerente que ese salario era muy bajo para alguien con su experiencia. El gerente se encogió de hombros. Es lo que hay. Tenemos 50 candidatos para este puesto. Si no le interesa, hay quien sí.

Contrató a una chava de 22 años recién egresada que cobraba menos y no iba a pedir aumentos pronto porque no tenía experiencia para comparar. La tercera entrevista fue mía en una empresa de logística. Me ofrecieron trabajo de almacenista moviendo cajas 8 horas diarias, 4,500 pesos al mes. Les dije que tenía experiencia como supervisor, que había manejado equipos de 50 personas.

 El reclutador me dijo, “Sí, pero eso te hace sobrecalificado para puestos de supervisión aquí. Nuestros supervisores son gente que creció dentro de la empresa. No podemos traer a alguien de fuera directo a ese nivel. Si quieres crecer, empieza desde abajo. 37 años, 11 años de experiencia y me estaban ofreciendo empezar desde abajo, ganando menos de la mitad de lo que ganaba antes, haciendo trabajo que había dejado atrás hace más de una década.

 No acepté. Patricia me dijo que debía haberlo hecho, que algo era mejor que nada. Discutimos esa noche. Le dije que no iba a humillarme así, que seguiría buscando algo digno. Ella me gritó que la dignidad no pagaba la renta. Los niños nos oyeron pelear desde su cuarto. Más tarde, cuando fui a taparlos, Fernanda me preguntó si nos íbamos a divorciar.

 Le dije que no, que papá y mamá solo estaban cansados, pero vi el miedo en sus ojos y me odié por haberle causado eso. Septiembre llegó con la colegiatura. 6,000 pes niños. Uniformes nuevos porque Diego había crecido tanto que el suyo le quedaba ridículo. Los pantalones a media pantorrilla, la camisa reventando en los botones. Otros 2,000 pesos.

 Útiles escolares porque cada maestro pedía su lista específica. Y Dios no permita que tu hijo llegue sin el cuaderno del color exacto o la marca exacta de pegamento. Más zapatos para Fernanda, porque los suyos ya tenían agujeros en la suela. 800es. Usamos las tarjetas de crédito, las dos que teníamos, ambas con límites ridículos de 12,000 pes, las llenamos en una semana.

 Después tuvimos que decidir, ¿pagamos la renta o compramos comida? Decidimos pagar la renta. Comida podíamos estirar, frijoles, arroz, huevo, tortillas, pero si perdíamos el departamento, perdíamos todo. Los niños empezaron a notar. Diego dejó de pedir cosas. Antes siempre estaba pidiéndome que le comprara esto o aquello, papitas, refrescos, juguetes.

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