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Ex pastor expone la MENTIRA de los 7 libros arrancados: “Nuestra Biblia está incompleta”

A los 30 ese grupo se había convertido en una pequeña congregación que se reunía en un local alquilado cerca del centro de Litz. Era una iglesia independiente, sin denominación, sin jerarquías, más allá de los diáconos que yo mismo había formado. Eso siempre me llenó de orgullo, aunque ahora entiendo que ese orgullo tenía más de arrogancia que de virtud.

 Me gustaba decir que no dependíamos de nadie más [música] que de la palabra de Dios, que no necesitábamos tradiciones humanas ni autoridades eclesiásticas, que bastaba con abrir la Biblia y dejar que el Espíritu hablara. [música] Mi congregación era humilde y trabajadora. Familias obreras, personas mayores que habían llegado desde otras iglesias buscando algo más profundo.

Algunos jóvenes universitarios que venían con preguntas difíciles [música] y se quedaban porque les gustaba que yo no esquivara las preguntas difíciles. [música] O al menos eso pensaba, porque lo que iba a descubrir más adelante es que sí las esquivaba, [música] solo que ni yo mismo lo sabía. predicaba de manera expositiva.

 Eso significa que no escogía temas para mis sermones según lo que la gente quería oír. Tomaba un libro de la Biblia, empezaba desde el primer versículo y avanzaba semana a semana, versículo [música] a versículo, sin saltarme nada. Eso me daba una reputación de rigor que yo valoraba mucho. La gente sabía que cuando venía a escucharme no iba a recibir motivación barata ni historias bonitas para sentirse bien.

 Iba a recibir exégesis seria, contexto histórico, análisis del texto original en griego y hebreo. Me había esforzado mucho para poder ofrecer eso y lo hacía con genuino amor por las escrituras. Uno de los temas que más me apasionaba enseñar era el periodo entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Lo llamaba en mis clases de teología básica, el periodo intertestamentario, aunque a veces usaba una expresión que a mí me parecía especialmente poderosa, los 400 años de silencio.

Era una frase que resonaba bien en los corazones de mi congregación. 400 años en los que Dios no habló. 400 años entre el último profeta del Antiguo Testamento y la aparición de Juan el Bautista en el desierto. Un silencio largo, oscuro, lleno de espera. Eso era lo que yo enseñaba y lo enseñaba con convicción total. La lógica para mí era impecable.

El Antiguo Testamento terminaba con el libro de Malaquías. Ese era el último profeta. Después, nada. Dios cerró su boca por 400 años hasta que llegó el tiempo de enviar a su hijo. Y eso, según yo lo explicaba, justificaba perfectamente por qué nuestra Biblia tenía esa estructura. [música] El Antiguo Testamento terminaba donde Dios había dejado de hablar.

 El Nuevo Testamento empezaba cuando Dios volvió a hablar. Nada [música] entre medio. 400 años de silencio, limpio, ordenado, perfecto. Lo que nunca me pregunté, y esto me duele admitirlo, es de dónde había sacado yo esa certeza. [música] No de un estudio profundo, no de haberme sentado a examinar las fuentes históricas con ojos [música] críticos.

Lo había aprendido en los libros de teología protestante que habían formado mi educación. Lo había escuchado de otros pastores. [música] Lo había repetido tantas veces que ya no lo cuestionaba. Era un dato dado, un axioma, una verdad que no necesitaba demostración porque todos a mi alrededor la daban por sentada.

 Así funciona a veces la certeza humana. No la construyes conscientemente, la [música] heredas, la respiras, la repites hasta que se convierte en parte de ti mismo. Y llega un momento en que ya no distingues entre lo que tú has estudiado y verificado y lo que simplemente has absorbido del ambiente en que creciste. Mis domingos tenían un ritmo que me gustaba.

 Llegaba temprano al local, revisaba mis notas una última vez, oraba en silencio antes de que llegara la gente. Me gustaba ese momento, la quietud. Antes del servicio, veía entrar a las familias, [música] a los ancianos que llegaban puntualmente, a los jóvenes que llegaban siempre justo a tiempo [música] o un poco tarde.

 Conocía a cada persona por su nombre, conocía sus historias, sus dolores, sus alegrías. Esa cercanía era lo que más valoraba del ministerio, no la plataforma. [música] No, el rol de autoridad, la cercanía. Después del servicio principal siempre había un tiempo de preguntas y respuestas. [música] Yo lo había instaurado desde el principio porque creía, y sigo creyendo, que la fe que no puede responder preguntas es una fe frágil.

 Invitaba a la gente a cuestionar, a dudar en voz alta, a traer sus conflictos. Me enorgullecía de eso. Creía que era la señal de una comunidad intelectualmente [música] honesta. Y durante años esos momentos de preguntas habían sido enriquecedores, confirmadores, ocasiones para profundizar en lo que ya sabíamos. Nunca imaginé que una de esas sesiones iba a ser el inicio del terremoto más grande de mi vida, pero no fue el único ingrediente.

 Antes de que David levantara la mano ese domingo, hubo algo más que fue preparando el terreno, aunque yo no lo reconocí en su momento. Fue la acumulación silenciosa de pequeñas incomodidades a lo largo de los años. [música] Había habido momentos, no muchos, pero suficientes, en que un versículo del Nuevo Testamento me remitía a una referencia del Antiguo Testamento y yo no la encontraba.

 No de manera obvia, sino como una alusión que parecía apuntar a algo que no estaba claramente en los textos que yo tenía. Siempre lo resolví buscando en los comentarios de mis autores de confianza [música] que invariablemente me daban una explicación satisfactoria, pero la incomodidad quedaba muy pequeña, muy al fondo, como una piedrita dentro del zapato que no duele, pero que sabes que está ahí.

 También había habido conversaciones con feligreses que habían tenido intercambios con católicos y siempre que esos intercambios llegaban a mí como pastor, yo daba las respuestas estándar, las mismas que había aprendido, las mismas que repetía sin examinar demasiado, que la Iglesia de Roma habían añadido tradiciones humanas a la fe, que los llamados libros de utero canónicos eran apócrifos, no inspirados, [música] no aceptados por los propios judíos y llenos de errores, que la Biblia verdadera era la que terminaba en Malaquías. y comenzaba en

Mateo sin nada en medio. [música] Lo decía con convicción, lo creía con convicción. Pero si soy completamente honesto conmigo mismo, nunca había estudiado esos siete libros directamente. Nunca me había sentado a leer el libro de la sabiduría, ni el eclesiástico, ni los libros de los Macabeos con mis propios ojos y mi propio criterio.

 Los conocía de oídas, los conocía por lo que otros habían dicho de ellos. [música] Los rechazaba de segunda mano. Y eso en un hombre que presumía de rigor académico y honestidad intelectual. Era una contradicción que llevaba años sin ver. Mi vida fuera de la iglesia era simple, no tenía grandes ambiciones materiales. Vivía con modestia en una casa pequeña, cerca del local donde pastoreaba.

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