A los 30 ese grupo se había convertido en una pequeña congregación que se reunía en un local alquilado cerca del centro de Litz. Era una iglesia independiente, sin denominación, sin jerarquías, más allá de los diáconos que yo mismo había formado. Eso siempre me llenó de orgullo, aunque ahora entiendo que ese orgullo tenía más de arrogancia que de virtud.
Me gustaba decir que no dependíamos de nadie más [música] que de la palabra de Dios, que no necesitábamos tradiciones humanas ni autoridades eclesiásticas, que bastaba con abrir la Biblia y dejar que el Espíritu hablara. [música] Mi congregación era humilde y trabajadora. Familias obreras, personas mayores que habían llegado desde otras iglesias buscando algo más profundo.
Algunos jóvenes universitarios que venían con preguntas difíciles [música] y se quedaban porque les gustaba que yo no esquivara las preguntas difíciles. [música] O al menos eso pensaba, porque lo que iba a descubrir más adelante es que sí las esquivaba, [música] solo que ni yo mismo lo sabía. predicaba de manera expositiva.
Eso significa que no escogía temas para mis sermones según lo que la gente quería oír. Tomaba un libro de la Biblia, empezaba desde el primer versículo y avanzaba semana a semana, versículo [música] a versículo, sin saltarme nada. Eso me daba una reputación de rigor que yo valoraba mucho. La gente sabía que cuando venía a escucharme no iba a recibir motivación barata ni historias bonitas para sentirse bien.
Iba a recibir exégesis seria, contexto histórico, análisis del texto original en griego y hebreo. Me había esforzado mucho para poder ofrecer eso y lo hacía con genuino amor por las escrituras. Uno de los temas que más me apasionaba enseñar era el periodo entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Lo llamaba en mis clases de teología básica, el periodo intertestamentario, aunque a veces usaba una expresión que a mí me parecía especialmente poderosa, los 400 años de silencio.
Era una frase que resonaba bien en los corazones de mi congregación. 400 años en los que Dios no habló. 400 años entre el último profeta del Antiguo Testamento y la aparición de Juan el Bautista en el desierto. Un silencio largo, oscuro, lleno de espera. Eso era lo que yo enseñaba y lo enseñaba con convicción total. La lógica para mí era impecable.
El Antiguo Testamento terminaba con el libro de Malaquías. Ese era el último profeta. Después, nada. Dios cerró su boca por 400 años hasta que llegó el tiempo de enviar a su hijo. Y eso, según yo lo explicaba, justificaba perfectamente por qué nuestra Biblia tenía esa estructura. [música] El Antiguo Testamento terminaba donde Dios había dejado de hablar.
El Nuevo Testamento empezaba cuando Dios volvió a hablar. Nada [música] entre medio. 400 años de silencio, limpio, ordenado, perfecto. Lo que nunca me pregunté, y esto me duele admitirlo, es de dónde había sacado yo esa certeza. [música] No de un estudio profundo, no de haberme sentado a examinar las fuentes históricas con ojos [música] críticos.
Lo había aprendido en los libros de teología protestante que habían formado mi educación. Lo había escuchado de otros pastores. [música] Lo había repetido tantas veces que ya no lo cuestionaba. Era un dato dado, un axioma, una verdad que no necesitaba demostración porque todos a mi alrededor la daban por sentada.
Así funciona a veces la certeza humana. No la construyes conscientemente, la [música] heredas, la respiras, la repites hasta que se convierte en parte de ti mismo. Y llega un momento en que ya no distingues entre lo que tú has estudiado y verificado y lo que simplemente has absorbido del ambiente en que creciste. Mis domingos tenían un ritmo que me gustaba.
Llegaba temprano al local, revisaba mis notas una última vez, oraba en silencio antes de que llegara la gente. Me gustaba ese momento, la quietud. Antes del servicio, veía entrar a las familias, [música] a los ancianos que llegaban puntualmente, a los jóvenes que llegaban siempre justo a tiempo [música] o un poco tarde.
Conocía a cada persona por su nombre, conocía sus historias, sus dolores, sus alegrías. Esa cercanía era lo que más valoraba del ministerio, no la plataforma. [música] No, el rol de autoridad, la cercanía. Después del servicio principal siempre había un tiempo de preguntas y respuestas. [música] Yo lo había instaurado desde el principio porque creía, y sigo creyendo, que la fe que no puede responder preguntas es una fe frágil.
Invitaba a la gente a cuestionar, a dudar en voz alta, a traer sus conflictos. Me enorgullecía de eso. Creía que era la señal de una comunidad intelectualmente [música] honesta. Y durante años esos momentos de preguntas habían sido enriquecedores, confirmadores, ocasiones para profundizar en lo que ya sabíamos. Nunca imaginé que una de esas sesiones iba a ser el inicio del terremoto más grande de mi vida, pero no fue el único ingrediente.
Antes de que David levantara la mano ese domingo, hubo algo más que fue preparando el terreno, aunque yo no lo reconocí en su momento. Fue la acumulación silenciosa de pequeñas incomodidades a lo largo de los años. [música] Había habido momentos, no muchos, pero suficientes, en que un versículo del Nuevo Testamento me remitía a una referencia del Antiguo Testamento y yo no la encontraba.
No de manera obvia, sino como una alusión que parecía apuntar a algo que no estaba claramente en los textos que yo tenía. Siempre lo resolví buscando en los comentarios de mis autores de confianza [música] que invariablemente me daban una explicación satisfactoria, pero la incomodidad quedaba muy pequeña, muy al fondo, como una piedrita dentro del zapato que no duele, pero que sabes que está ahí.
También había habido conversaciones con feligreses que habían tenido intercambios con católicos y siempre que esos intercambios llegaban a mí como pastor, yo daba las respuestas estándar, las mismas que había aprendido, las mismas que repetía sin examinar demasiado, que la Iglesia de Roma habían añadido tradiciones humanas a la fe, que los llamados libros de utero canónicos eran apócrifos, no inspirados, [música] no aceptados por los propios judíos y llenos de errores, que la Biblia verdadera era la que terminaba en Malaquías. y comenzaba en
Mateo sin nada en medio. [música] Lo decía con convicción, lo creía con convicción. Pero si soy completamente honesto conmigo mismo, nunca había estudiado esos siete libros directamente. Nunca me había sentado a leer el libro de la sabiduría, ni el eclesiástico, ni los libros de los Macabeos con mis propios ojos y mi propio criterio.
Los conocía de oídas, los conocía por lo que otros habían dicho de ellos. [música] Los rechazaba de segunda mano. Y eso en un hombre que presumía de rigor académico y honestidad intelectual. Era una contradicción que llevaba años sin ver. Mi vida fuera de la iglesia era simple, no tenía grandes ambiciones materiales. Vivía con modestia en una casa pequeña, cerca del local donde pastoreaba.
Estaba casado con una mujer extraordinaria que compartía [música] mi fe y que había estado a mi lado desde los primeros años del ministerio. Teníamos hijos ya crecidos que habían seguido sus propios caminos. Mi mundo era la congregación, los estudios, los libros, las visitas a los enfermos y a los necesitados de mi comunidad.
Era una vida que yo consideraba completamente entregada a Dios y en muchos sentidos lo era. No lo digo para vanagloriarme, lo digo para que entiendas que mi conversión no fue la de un hombre que estaba lejos de Dios, [música] fue la de un hombre que creía estar cerca, pero que tenía la ventana un poco empañada y que el día que alguien limpió un pedacito de esa ventana, lo que vio al otro lado lo cambió para siempre.
Leads en invierno tiene algo [música] de melancólico. Las tardes oscurecen temprano. El frío viene del norte con ganas. Y la ciudad tiene ese color gris de las ciudades [música] industriales inglesas que o te deprime o te da una especie de carácter. [música] A mí siempre me gustó ese color gris. Me hacía sentir que estaba en un lugar serio donde la gente no andaba con adornos, sino [música] con la realidad desnuda.
Quizás por eso me quedé en ladits toda mi vida adulta. Me parecía honesta. [música] Fue en una de esas tardes grises de invierno, cuando empecé a preparar la serie de mensajes que daría durante [música] las siguientes semanas sobre el contexto histórico del Nuevo Testamento. Quería que mi congregación entendiera bien el mundo en que Jesús nació, el mundo en que los apóstoles predicaron.
Para eso necesitaba hablar del periodo intertestamentario, [música] los 400 años de silencio. Mi tema favorito, el que me parecía que siempre generaba el impacto correcto, esa imagen de un pueblo esperando en la oscuridad hasta que llegó la luz. Preparé mis notas con el cuidado de siempre. Busqué en mis referencias habituales, organicé los puntos.
Me sentí bien con el material, seguro, informado, como siempre. El domingo llegó, el servicio fue bien. Prediqué sobre el silencio de Dios con la misma pasión de siempre. Vi en los rostros de mi congregación la misma atención de siempre. Todo estaba en orden y al llegar el tiempo de preguntas vi varias manos levantarse con las [música] dudas habituales y fui respondiendo una a una con la tranquilidad de quien conoce bien su territorio.
[música] Y entonces vi la mano de David. David era un muchacho de 22 años, estudiante de historia en la universidad local. Llevaba poco más de un año asistiendo a nuestra congregación. Era callado, observador, [música] de los que escuchan más de lo que hablan, pero que cuando hablan dicen algo que vale la pena escuchar. [música] Me caía bien.
Me recordaba a mí mismo a esa edad con esa hambre de entender las cosas a fondo. Pero ese domingo, cuando vi su mano levantada, [música] no anticipé nada especial. Era una más entre las otras. Le di la palabra y lo que salió de su boca fue tan simple, tan directo, [música] tan completamente lógico, que en el momento en que lo dijo, yo supe en algún lugar muy profundo de mi interior que mi respuesta iba a sonar hueca.
Aunque en ese momento no lo admití, ni siquiera lo reconocí conscientemente. Solo sentí algo raro en el pecho, como cuando caminas seguro y de repente el suelo se de un milímetro bajo tu pie. David dijo que había visitado a una amiga cuya familia era católica, que había visto su Biblia, que era más gruesa que la suya.
y que su amiga le había explicado que esa diferencia se debía a siete libros que estaban en la Biblia católica, pero no en la protestante, y que esos libros, según le había explicado su amiga, habían sido escritos precisamente en esos 400 años que yo llamaba el periodo de silencio divino. Y entonces David levantó los ojos hacia mí y preguntó con la voz tranquila y genuina de alguien que simplemente quiere entender, “Pastor Samuel, si Dios estuvo en silencio durante esos 400 años y no inspiró ninguna escritura sagrada, ¿por qué
existen libros escritos exactamente en ese periodo que otra tradición cristiana considera sagrados? ¿No debería el silencio de Dios ser igual para todos?” El local quedó quieto. Respondí, respondí bien. O eso creía en ese momento. Di la explicación que siempre daba. que esos libros eran apócrifos, [música] que no habían sido aceptados por los judíos de la Tierra Santa, que contenían errores históricos y teológicos, que la Iglesia de los primeros siglos los había reconocido como escrituras de valor, pero no de
autoridad canónica. Respondí con calma, con detalle, con la seguridad de siempre. David asintió con respeto, no insistió, se sentó. El tiempo de preguntas continuó y llegó su fin natural. Y la gente comenzó a dispersarse con las conversaciones de siempre sobre el café y los [música] niños y los planes de la semana, pero algo había quedado suspendido en el aire de ese local.
Algo que yo me llevé a casa esa tarde y que no me abandonó durante toda [música] la semana. No era la pregunta de David en sí, era mi propia respuesta. Era el momento en que yo había dicho esas palabras tan seguras sobre los libros apócrifos y había notado muy en el fondo que estaba repitiendo de memoria algo que nunca había verificado por mí mismo.
Eso no era propio de un hombre de rigor, eso no era propio de alguien que enseñaba la importancia de ir a las fuentes primarias, [música] eso no era propio de mí. Y así fue como la semilla cayó en la tierra. No en un momento de crisis ni de duda [música] espiritual dramática, sino en la incomodidad pequeña y persistente de un hombre honesto que se había sorprendido a sí mismo, siendo menos honesto de lo que creía.
La semana pasó, los días pasaron y esa incomodidad, en lugar de dispersarse [música] fue creciendo, fue haciéndose más concreta, fue tomando la forma de una pregunta que yo no podía dejar de oír dentro de [música] mi propia mente. ¿Cuándo fue la última vez que leí esos libros? ¿Cuándo fue la última vez que los abrí? [música] Que los examiné con mis propios ojos, que apliqué a ellos el mismo rigor que aplicaba a todo lo demás.
La respuesta era incómoda. Nunca, [música] nunca los había leído. Nunca había abierto el libro de la sabiduría. Nunca había leído el Eclesiástico. Nunca había estudiado los Macabeos con la misma dedicación con que había estudiado Romanos o el evangelio de Juan. los rechazaba sin haberlos leído, [música] los descartaba de segunda mano y eso, para un hombre que presumía de ir siempre a las fuentes, era una incoherencia que no podía seguir ignorando.
Ese fue el momento en que tomé la decisión que cambiaría todo. No fue una decisión de abandonar mi fe, ni de buscar otra iglesia, ni de cuestionar a Dios. Fue una decisión mucho más sencilla y al mismo tiempo mucho más poderosa. Decidí leerlos. Decidí sentarme con esos siete libros que yo siempre había descartado y leerlos.
con los mismos ojos con que leía el resto de la escritura, sin prejuicios previos, sin agenda, solo con la honestidad de un hombre que quiere saber la verdad. No sabía lo que iba a encontrar. No sabía que esa decisión aparentemente pequeña, esa decisión de simplemente leer, iba a ser el primer paso de un camino que me llevaría años más tarde a estar de rodillas en una catedral con lágrimas en los ojos, recibiendo por primera vez en mi vida la Eucaristía como un hijo que finalmente había encontrado el [música] camino a casa. No lo sabía todavía, pero Dios sí
lo sabía. Y la pregunta de un joven estudiante de historia [música] un domingo por la mañana en Leeds había sido, sin que ninguno de los dos lo supiera, el primer susurro de ese regreso. Hay algo que nadie te enseña sobre la honestidad intelectual. Nadie te advierte que el día que decides ser verdaderamente honesto contigo mismo es el día más incómodo de tu vida.
Porque la honestidad real no es solo reconocer los errores de los demás, es sentarte frente a un espejo y ver con claridad los tuyos propios. Y ese espejo, en mi caso, tuvo la forma de una Biblia que yo llevaba décadas rechazando sin haber abierto jamás. Tomé la decisión un miércoles por la mañana. Recuerdo bien el día porque tenía reunión de diáconos por la tarde y mis notas para el mensaje del domingo siguiente estaban a medias sobre el escritorio, pero algo dentro de mí no [música] me dejaba concentrarme en ninguna de esas cosas. La semana entera
había pasado con esa incomodidad [música] que te mencioné, esa piedrita dentro del zapato que no duele, pero que está ahí recordándote que algo no está del todo bien. Me levanté de la silla, me puse el abrigo y salí [música] a caminar. En Leeds, el frío de invierno tiene una manera de aclararte la cabeza si caminas lo suficiente.
Estuve cerca de una hora caminando por las calles, sin rumbo definido pensando y en algún punto de esa caminata me hice una pregunta que pareció pequeña, pero que en realidad lo cambiaba todo. ¿Qué es lo peor que puede pasar si los leo? Si esos siete libros [música] eran realmente lo que yo siempre había dicho, llenos de errores y teología equivocada, entonces leerlos solo iba a confirmar lo que ya sabía. Mi posición quedaría fortalecida.
La próxima vez que alguien como David me hiciera esa pregunta, yo podría responder no desde la memoria prestada, sino desde la experiencia directa. Podría decir con plena autoridad, “Los leí, los estudié y esto es lo que encontré. Eso me pareció razonable. [música] Eso me pareció lo propio de un pastor serio.
Así que cuando volví a casa tomé una decisión práctica. Necesitaba conseguir una Biblia católica. No tenía ninguna en casa. En más de 20 años de ministerio nunca había tenido una, [música] lo cual al pensarlo ahora me parece revelador. Rechazaba algo que nunca había tenido en mis manos, pero en ese momento lo vi simplemente como un hueco práctico que había que llenar para poder hacer el trabajo.
Fui a una librería del centro de Leads que tenía una sección de libros religiosos. Entré con la indiferencia calculada de quién no quiere que el librero piense demasiado en lo que está buscando. Encontré una Biblia católica de edición estándar con los deuterocanónicos incluidos y junto a ella, para ser más riguroso, una edición académica bilingüe de la Septuaginta, que es como se llama la traducción griega del [música] Antiguo Testamento, que se usaba en los tiempos de Jesús y los apóstoles.
Salí de la librería con ambos libros bajo el brazo y caminé de regreso a casa con la mezcla extraña [música] de quien ha comprado algo que le genera curiosidad y resistencia al mismo tiempo. Esa tarde, después de la reunión de diáconos, me senté en mi escritorio con las dos Biblias [música] frente a mí. Las de mis libros habituales seguían en sus lugares de siempre, en los estantes detrás de [música] mí, mis comentarios, mis diccionarios bíblicos, mis concordancias, todo lo familiar, todo lo que me daba seguridad intelectual.
Pero esa noche les di la espalda y abrí la Biblia católica en la sección que durante tantos años había descartado. Decidí empezar por el libro de la sabiduría. Era el que más conocía de nombre, el que más había mencionado en mis clases para explicar [música] por qué no era canónico. Parecía el punto de partida más lógico.
Lo primero que me sorprendió fue el estilo, no era el estilo torpe [música] y contradictorio que yo siempre había descrito cuando hablaba de estos libros. Era poético, denso, profundo. [música] La prosa tenía una belleza que yo no anticipaba. Me detuve al final del primer capítulo con una sensación difícil de describir.
No era todavía convicción. Era más bien una advertencia que me lanzaba mi propio cerebro. Esto no es lo que esperabas. Seguí leyendo y entonces llegué al capítulo 2. Necesito que entiendas lo que significa leer algo por primera vez cuando ese algo lleva décadas en el mundo sin que tú [música] lo hayas visto.
Significa que no tienes filtros, no tienes capas de interpretación heredada, lo lees directamente en estado puro. Y tu reacción es honesta porque no sabes lo que se supone que debes sentir. Lo que leí en ese capítulo segundo del libro de la sabiduría me produjo un frío en la espalda que no tenía nada que ver con el invierno de Litz.
Ahí estaba escrito en un texto redactado siglos antes del nacimiento de Cristo. Una descripción de un hombre justo que es perseguido por los impíos. Un hombre que molesta a quienes lo rodean porque su sola presencia [música] los condena. Un hombre que dice ser hijo de Dios. Un hombre al que sus enemigos deciden condenar a una muerte vergonzosa para ver si Dios verdaderamente lo libra.
Un hombre que sus verdugos llaman impostor [música] porque afirma que Dios es su padre. Me quedé paralizado. Leí el pasaje tres veces, cuatro veces. Seguí leyendo y volviendo atrás. No podía creer lo que mis ojos estaban viendo, porque lo que estaba leyendo era, con una precisión que me resultaba incómoda, una [música] prefiguración de la pasión de Cristo, no una prefiguración vaga, de esas que requieren mucha imaginación para verse, una prefiguración directa, específica, casi como si alguien hubiera escrito el
guion antes de que ocurriera el evento. Y ese texto estaba en un libro que yo llevaba 20 años llamando Apócrifo, un libro que yo había descartado a veces en público y desde el púlpito sin haberlo leído jamás. Me levanté de la silla, caminé hasta la ventana, miré la calle oscura y silenciosa [música] y me dije a mí mismo con esa voz interior que a veces es más honesta que cualquier cosa que digamos en voz alta.
Samuel, [música] tienes un problema. No era todavía un problema de fe, era un problema de coherencia. Si yo era el hombre que siempre exigía ir a las fuentes primarias, que siempre enseñaba a no aceptar nada de segunda mano, ¿cómo era posible que yo hubiera rechazado durante décadas un [música] texto que contenía esto sin haberlo leído? Volví a la silla, seguí leyendo.
El libro de la sabiduría continuaba desplegando una teología que yo, sin ningún eufemismo, solo conocía del Nuevo Testamento. La inmortalidad del alma, la idea de que las almas de los justos están en las manos de Dios. La distinción entre la muerte aparente y la vida verdadera que espera a los que mueren en justicia. Conceptos que yo en mis clases había presentado como frutos plenos de la revelación neotestamentaria estaban aquí en este texto escritos en el periodo que yo llamaba el silencio de Dios. Silencio. ¿Qué clase de silencio
era este? Esa noche no dormí bien. Seguí leyendo hasta pasada la medianoche con el café frío al lado y las notas del [música] domingo cada vez más lejos de mi mente. Pasé al eclesiástico, que también conocemos como el libro de Sirácida, y encontré allí una sabiduría práctica y espiritual de una riqueza que me dejó sin palabras, [música] una reflexión sobre la familia, sobre el respeto a los padres, sobre la amistad, sobre la prudencia, sobre la oración, [música] que tenía la misma densidad moral que los grandes textos proféticos de Isaías
o de los Salmos. ¿Por qué nadie me había dicho esto? mejor dicho, porque yo nunca lo había verificado por mí mismo. Los días siguientes fueron una inmersión [música] total. Me excusé de algunos compromisos menores y dediqué todas las horas que pude a ese estudio que había comenzado como una misión de refutación y que se había convertido en algo completamente distinto.
[música] Llegué a los libros de los Macabeos y ahí encontré algo que me sacudió de una manera diferente. En el segundo libro de los Macabeos, en el capítulo 12, hay una escena que describe a Judas Macabeo, [música] ordenando hacer una colecta entre sus soldados para ofrecer un sacrificio expiatorio por los caídos en batalla.
El texto dice explícitamente que Judas hizo esto porque creyó en la resurrección y porque pensó que era un bien y una gracia orar por los muertos para que fueran liberados de sus pecados. Leí ese pasaje y me quedé con el libro abierto sobre la mesa, sin mover un músculo por un tiempo que no sé cuánto duró, porque lo que tenía frente a mí era, escrito en negro sobre blanco en un texto anterior a Cristo, la base teológica de la doctrina del purgatorio que yo siempre había llamado una invención medieval, la oración por los muertos, [música] la creencia en que los
difuntos pueden recibir ayuda espiritual de los vivos. Eso que yo había descartado como superstición católica sin fundamento bíblico estaba aquí en un texto que se leía en las sinagogas de los judíos de la diáspora siglos antes de que existiera la Iglesia Católica. Y entonces comprendí algo que cambió completamente mi manera de ver el debate sobre el canon [música] bíblico.
Cuando yo decía que estos libros no tenían base para estar en la Biblia porque la doctrina que contenían era no bíblica, estaba haciendo un razonamiento circular. Decía que la doctrina era no bíblica porque no estaba en mi Biblia y decía que no estaba en mi Biblia porque la doctrina era equivocada. [música] Me mordía la cola.
El argumento era hermético, impenetrable, porque estaba diseñado para no poder ser cuestionado desde adentro. Pero desde afuera, desde la perspectiva histórica, la lógica se [música] invertía completamente. Me puse a investigar la historia del canon bíblico con la [música] misma intensidad con que me había puesto a leer los libros mismos.
Necesitaba saber cuándo y cómo se había decidido qué libros entraban en la Biblia y cuáles no. Y lo que encontré fue que esta historia era mucho más complicada y mucho más reveladora de lo que yo jamás había enseñado a mi congregación. Los judíos del tiempo de Cristo no tenían un canon uniforme. Eso fue lo primero que me quedó claro.
Había dos tradiciones principales. Los judíos que vivían en la tierra de Israel tendían a usar un conjunto más restringido [música] de textos sagrados en hebreo y arameo. Pero los judíos que vivían dispersos por el mundo mediterráneo, especialmente [música] los que vivían en Alejandría de Egipto, usaban la traducción griega del Antiguo Testamento, que es la Septuaginta, [música] y esa traducción incluía los siete libros adicionales.
Esto por sí solo ya era importante, pero lo que me resultó verdaderamente decisivo [música] fue lo que descubrí cuando empecé a examinar las citas del Antiguo Testamento en el Nuevo Testamento. Tomé mi concordancia y empecé a rastrear sistemáticamente las citas y alusiones del Antiguo Testamento [música] que aparecen en los escritos de los apóstoles y en los propios dichos de Jesús, tal como están registrados [música] en los evangelios.
y encontré algo que tendría que haberme resultado obvio hace años [música] si hubiera prestado atención a lo que estaba leyendo. La gran mayoría de esas citas del Antiguo Testamento en el Nuevo Testamento no [música] vienen del texto hebreo, vienen de la Septuaginta, la versión griega que incluye los deutero cananónicos.
[música] Los apóstoles citaban la Septoaginta, Pablo citaba la Septoaginta. El evangelio de Mateo, que fue escrito para una audiencia judía que conocía las escrituras, [música] citaba la Septoaginta. Y la Septo incluía esos siete libros que yo llevaba décadas llamando apócrifos. Eso significaba algo que yo tardé varios días en dejar que se asentara completamente en mi mente.
Si los apóstoles usaban la Septoaginta y la Septuaginta incluía esos [música] libros, entonces los apóstoles consideraban esos libros parte de las escrituras sagradas. Y si los apóstoles los consideraban sagrados, ¿con qué autoridad los había alguien excluido de la Biblia más tarde? Esa pregunta me llevó a otra.
¿Cuándo exactamente habían sido excluidos esos siete libros de la Biblia que yo usaba? Porque yo siempre había dado por sentado que existía desde el principio una Biblia original de 66 libros y que los católicos habían añadido los siete libros extra después. Eso era lo que yo había enseñado, eso era lo que yo [música] creía.
Pero mientras investigaba, empezaba a darme cuenta de que esa narrativa era exactamente al revés. No era que la Iglesia Católica hubiera añadido libros, era que alguien en algún momento posterior a los primeros siglos del cristianismo los había quitado. La pregunta era, ¿quién y cuándo y por qué? Pasé varios días buscando la respuesta histórica a esa pregunta.
[música] Leí documentos sobre los concilios de los primeros siglos del cristianismo, donde se había discutido el cánon. encontré que los cánones bíblicos de esos concilios incluían los siete libros, no como una adición posterior, sino como parte normal del conjunto que la Iglesia había recibido de los apóstoles. Y entonces la investigación me llevó inevitablemente al siglo XV y a la figura que más iba a sacudir mi manera de ver la historia [música] del protestantismo.
Hasta ese momento yo había estudiado la reforma con la lente habitual de [música] mi tradición. La narración que yo conocía era la del hombre que recuperó el evangelio, que limpió la fe de las capas de tradición humana que la habían oscurecido durante siglos, que devolvió a la palabra de Dios su lugar central. Era un relato heroico, un relato que yo había absorbido completamente y que nunca había examinado con ojos críticos.
[música] Pero ahora, con las preguntas que tenía sobre los siete libros, me veía obligado a examinar con mucho más cuidado exactamente qué había ocurrido con el canon bíblico durante la reforma. y lo que encontré no encajaba con el relato heroico. [música] No voy a adelantar todo lo que descubrí porque eso merece contarse con la profundidad que merece.
[música] Pero en esos días de investigación comenzó a dibujarse ante mí una imagen muy diferente de la que yo había tenido durante toda mi vida adulta. Una imagen en la que la Biblia de 66 libros que yo consideraba la Biblia original [música] y completa no era en realidad ni original ni completa. Y esa imagen tenía consecuencias que yo no estaba seguro de poder manejar.
Recuerdo una tarde en particular sentado en mi escritorio con los libros abiertos a mi alrededor y el té de las 4 ya frío en que levanté los ojos del texto que estaba leyendo y me quedé mirando la pared. Me pregunté qué diría mi congregación si supiera lo que estaba estudiando. Pensé en David, el estudiante de historia, que había hecho la pregunta que detonó todo esto.
Pensé en las [música] familias que venían cada domingo confiando en que su pastor les enseñaba la palabra de Dios en su forma completa e íntegra. Y me pregunté, con una sinceridad que me produjo vértigo, si yo llevaba años predicando una Biblia completa [música] o una Biblia a la que le faltaban piezas importantes.
No era una pregunta que pudiera responder esa tarde, pero era una pregunta que ya no podía ignorar. Esa noche, antes de dormir, hice algo que hacía siempre desde niño, pero que esa noche tenía un peso diferente. Oré. Ore con la sencillez de quien no tiene respuestas y las [música] necesita. Ore sin teología elaborada, sin la estructura de los sermones, sin el lenguaje académico de los comentarios bíblicos.
Oré como cuando era niño y le pedía a Dios que lo ayudara con las cosas que no entendía. Le dije, “Señor, si hay algo que me falta saber, muéstramelo. [música] No tengo miedo de la verdad. Tengo miedo de haberla enseñado mal. Y eso pesa más que cualquier otra cosa. No hubo voz del cielo, no hubo señal dramática, solo el silencio de la noche de Leds y la sensación quieta de que algo había comenzado a moverse dentro de [música] mí, no todavía hacia ningún destino claro, pero sí lejos del lugar en que había estado parado toda la vida. Los
días siguientes continué la investigación con una intensidad creciente. Ya no lo hacía para refutar a David. Ya no lo hacía para fortalecer mis argumentos de cara al domingo. Lo hacía porque algo dentro de mí necesitaba saber la verdad con la desesperación callada de quien empieza a sospechar [música] que ha estado viviendo en una habitación a la que le falta una ventana.
Y cada cosa que encontraba en esa investigación no reducía esa sospecha, [música] la aumentaba. Los libros deuterocanónicos no eran lo que yo siempre había dicho. No eran textos marginales llenos de errores. Eran documentos ricos, teológicamente coherentes, que no solo no contradecían el Nuevo Testamento, sino que en muchos puntos parecían prepararlo, anticiparlo, prefigurarlo con una precisión que resultaba difícil de explicar como mera coincidencia histórica.
Y la Septoaginta, la Biblia griega que usaban los apóstoles, los incluía. Eso no lo podía ignorar. Era un dato histórico, no una opinión. era verificable, consultable, presente en cualquier estudio serio del periodo apostólico. Mi Biblia de 66 libros, la que yo había predicado toda mi vida como la palabra completa e íntegra de Dios, no era la Biblia que los apóstoles habían usado, era otra Biblia, una Biblia diferente, una Biblia que alguien había construido después y yo necesitaba saber quién y por qué y si había tenido autoridad real para hacerlo. Estas
preguntas eran las que me llevarían a la etapa más difícil y más reveladora de toda [música] esta búsqueda, porque las respuestas que iba a encontrar no solo iban a cuestionar mi biblioteca, [música] iban a cuestionar el fundamento mismo de todo lo que yo había enseñado, de toda la tradición a la que yo había entregado mi vida adulta.
Pero eso lo cuento en la siguiente parte de mi historia. Por ahora solo quiero decirte esto. Si hay algo que aprendí en esas primeras semanas de investigación es que la verdad no teme ser [música] examinada. La verdad puede soportar cualquier pregunta. Lo que no puede soportar una pregunta honesta no es la verdad.
Y yo llevaba décadas dando por sentadas cosas que al primer examen serio comenzaban a mostrar grietas que yo nunca había querido ver. El silencio que yo siempre había llamado el silencio de Dios, [música] empezaba a aparecerse a cada página que leía a algo muy diferente. Empezaba a aparecerse al silencio de alguien que había tapado sus propios oídos y ese alguien, me dolía admitirlo, era yo.
Hay momentos en la vida en que descubres que la historia que te contaron no es la historia que ocurrió. No porque alguien te haya mentido deliberadamente, sino porque la historia que te contaron era conveniente, era ordenada, encajaba bien con todo lo demás que te enseñaron. [música] Y cuando una historia encaja demasiado bien con todo lo que ya crees, eso debería ser motivo de sospecha, no de tranquilidad.
Yo llevaba semanas estudiando con una intensidad que no había sentido desde mis primeros años de ministerio. Esa hambre de los comienzos, cuando todo era nuevo y cada descubrimiento bíblico [música] te parecía un regalo, había vuelto. Pero esta vez tenía un sabor diferente. [música] Ya no era el hambre de confirmar lo que creía, era el hambre más incómoda y más honesta de descubrir lo que no sabía.
Me había comprado un cuaderno nuevo para este proceso. Lo sé, parece un detalle pequeño, pero para mí tenía significado. Desde joven usaba cuadernos diferentes para estudios diferentes. El hecho de abrir un cuaderno nuevo para este tema era mi manera de decirme a mí mismo que lo estaba tomando en serio, que no era una curiosidad de paso, sino una investigación real.
En ese cuaderno fui anotando cada cosa que encontraba que no coincidía con la narrativa que yo había manejado toda mi vida. Y a medida que las páginas se llenaban de notas, la imagen que emergía era cada vez más clara y cada vez más perturbadora para alguien que había construido toda su identidad ministerial sobre ciertos supuestos.
El primero de esos supuestos era el de los 400 años de silencio. Ya en la parte anterior de mi historia te conté como los libros deuterocanónicos comenzaron a desafiar esa narrativa. Pero lo que encontré en esas semanas de estudio fue mucho más profundo que simplemente descubrir que esos libros existían [música] y tenían valor. Lo que encontré fue que la conexión entre esos libros y [música] el Nuevo Testamento era tan densa, tan específica y tan consistente que resultaba imposible de ignorar para alguien que se preciara de estudiar la escritura con honestidad.
Déjame contarte con detalle lo que encontré, porque creo que es importante que lo entiendas, no como una lista de [música] argumentos académicos, sino como lo que fue para mí, una serie de golpes sucesivos [música] a una certeza que yo creía inamovible. Estaba leyendo la carta de Pablo a los romanos una mañana, un texto que conocía de memoria, que había predicado múltiples [música] veces, que podía recitar en pasajes completos sin necesitar abrir la Biblia.
Y me detuve en un verso del capítulo 11, donde [música] Pablo habla de la profundidad de las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios y de cómo sus juicios son insondables y sus caminos incomprensibles. [música] Es un pasaje bellísimo, uno de mis favoritos, lleno de adoración espontánea.
Ese día, con mi cuaderno abierto y la Biblia católica al lado, busqué en el libro de la sabiduría un pasaje que había leído días antes y [música] que me había resonado. Lo encontré en el capítulo noveno, donde hay una reflexión casi idéntica [música] sobre la incapacidad humana de conocer los designios divinos, sobre la pequeñez del hombre frente a la sabiduría de Dios, sobre la necesidad de recibir esa sabiduría desde arriba, porque el hombre no puede alcanzarla por su propio esfuerzo.
Las dos ideas no eran simplemente parecidas, usaban el mismo lenguaje, el mismo marco conceptual, [música] la misma estructura de pensamiento. Era como si Pablo hubiera tenido el libro de la sabiduría abierto cuando escribió esas palabras. o como si ambos hubieran bebido de la misma fuente. Anoté eso en mi cuaderno y seguí.
encontré conexiones similares en la carta a los hebreos que contiene una de las teologías más elaboradas del sacerdocio de Cristo en todo el Nuevo Testamento. Hay pasajes en esa carta que [música] describen a Cristo como el sumo sacerdote eterno, que ofreces el sacrificio perfecto, que intercede por nosotros ante el Padre, [música] que es a la vez víctima y oferente.
Esa teología del sacerdocio y del sacrificio que yo siempre había considerado como una revelación exclusivamente neotestamentaria tenía raíces claras en el eclesiástico, en pasajes que alababan el sacerdocio de Aarón y que describían la liturgia del [música] templo en términos que prefiguraban exactamente lo que la carta a los Hebreos desarrollaría siglos más tarde.
Seguí buscando, seguí encontrando. En el evangelio de Mateo, en el sermón de la montaña, [música] Jesús habla de los pobres de espíritu que heredarán el reino. En el libro de la sabiduría hay una teología de la pobreza espiritual [música] como virtud, del alma humilde como la que está más cerca de Dios, que suena con un eco directo de las bienaventuranzas.
No como si Mateo hubiera copiado la sabiduría, sino como si la sabiduría fuera parte del sustrato teológico sobre el que Jesús construyó su enseñanza. [música] Y eso era exactamente lo que yo estaba descubriendo, que los libros deuterocanónicos no eran textos extraños e irrelevantes insertados caprichosamente [música] en la Biblia católica.
Eran parte del sustrato teológico del mundo judío en que Jesús nació, creció, enseñó y murió. Eran parte del aire que respiraban los apóstoles, eran parte de la formación religiosa de quienes escribieron el Nuevo Testamento. Y yo los había llamado apócrifos durante 20 años sin haberlos leído. Eso me pesaba cada vez más, [música] no como culpa paralizante, sino como la incomodidad honesta de quien descubre que ha hablado con demasiada autoridad sobre algo que desconocía.
Pero el descubrimiento más grande de esas semanas no fue el contenido de los libros en sí, fue algo que encontré cuando profundicé en la historia de la Septuaginta y en su relación con el Nuevo Testamento. La Septointa, [música] para quien no esté familiarizado con el término, es la traducción del Antiguo Testamento al griego que fue realizada varios siglos antes de Cristo para los judíos que vivían fuera de la tierra de Israel y que ya no hablaban hebreo como lengua [música] cotidiana.
Era su Biblia, era el texto sagrado con el que se formaban espiritualmente los judíos de la diáspora, que eran una parte enorme y culturalmente influyente del pueblo judío en la época de Cristo. Esa traducción griega incluía los siete libros que mi Biblia no tenía. Pero lo que me resultó verdaderamente decisivo fue rastrear con detalle las citas del Antiguo Testamento en el Nuevo Testamento.
Tomé mi concordancia, tomé distintas ediciones académicas del Nuevo Testamento [música] griego y empecé a comparar las citas una por una. El resultado fue inequívoco y documentado por cualquier estudioso [música] serio del tema. La gran mayoría de las citas del Antiguo Testamento en el Nuevo Testamento siguen la versión de la Septoaginta, no el texto hebreo.
En algunos casos los dos [música] textos son prácticamente idénticos, pero en otros casos hay diferencias. Y cuando el Nuevo Testamento cita, cita el griego de la Septuaginta, [música] no el hebreo. Esto era crucial porque significaba que los autores del Nuevo Testamento, los apóstoles, los discípulos de Jesús, los primeros predicadores del evangelio, usaban la Septuaginta como su Biblia de referencia [música] y la Septuaginta incluía los siete libros deuterocanónicos.
No había manera de esquivar esa conclusión sin distorsionar los hechos. O la Septoaginta era la Biblia que los apóstoles consideraban sagrada. en cuyo caso sus siete libros adicionales también lo eran, [música] o los apóstoles usaban una Biblia que no era del todo sagrada, lo cual es una conclusión que ningún cristiano honesto puede [música] sostener.
Anoté eso en mi cuaderno con letras más grandes que el resto de las notas, lo subrayé, lo encerré en un rectángulo y me quedé mirándolo un rato. Mi Biblia de 66 libros no era la Biblia de los apóstoles, era una versión reducida. Era la Biblia de alguien que había tomado la Biblia de los apóstoles y le había quitado siete libros.
Esa conclusión me llevó directamente a la pregunta que ya no podía posponer [música] más. ¿Quién los había quitado y por qué? Dediqué varios días completos a investigar esa pregunta con la misma meticulosidad con que había investigado todo lo anterior. Leí [música] documentos históricos, estudié las actas de los concilios de los primeros siglos, busqué en las fuentes más serias que tenía acceso, tanto de autores protestantes como [música] católicos y académicos seculares, porque quería tener el panorama más completo posible, sin
depender de una sola perspectiva. Y lo que fui encontrando fue construyendo una imagen histórica que [música] me resultaba cada vez más difícil de reconciliar con la narrativa que yo había manejado toda mi vida. En los primeros concilios de la iglesia donde se había discutido formalmente el canon [música] de las escrituras, los documentos históricos muestran que los libros de utero canónicos estaban incluidos no como un añadido posterior, no como una decisión controversial, sino como parte natural del conjunto de
escrituras que la Iglesia había recibido desde los apóstoles y que leía en su liturgia desde los primeros siglos. Eso destruía otra narrativa que yo había repetido en mis clases, que los primeros cristianos habían rechazado esos libros. No [música] era verdad. Los documentos históricos decían exactamente lo contrario.
Entonces, ¿cuándo habían sido excluidos y quién lo había hecho? Mientras buscaba la respuesta a esa pregunta, me encontré con algo que me produjo una incomodidad nueva y diferente, porque esta vez la incomodidad no venía de un descubrimiento que ponía en [música] cuestión una doctrina, venía de un descubrimiento que ponía en cuestión a una persona, a una figura histórica que para mi tradición era casi un héroe fundacional.
Fui encontrando [música] en fuentes que no podía descartar por ser académicamente serias que en el siglo XV durante el proceso de la reforma hubo una decisión de adoptar un canon bíblico diferente al que había usado la Iglesia durante más de 1000 años. Un canon más restringido que coincidía [música] con el canon que usaban los judíos rabínicos de la tierra de Israel y que excluía los siete libros deuterocanónicos.
[música] y fui encontrando con creciente claridad cuáles eran los libros que más molestaban desde una perspectiva doctrinal. El libro de los Macabeos con su validación de la oración por los muertos. El libro de la sabiduría con su rica teología sobre la inmortalidad del [música] alma y la intersión. El eclesiástico con su teología sobre la gracia y las obras no era una coincidencia, era un patrón.
Los libros que fueron excluidos eran precisamente los que contenían las bases escriturísticas de doctrinas que la reforma rechazaba. La oración por los muertos, el valor de las obras junto a la fe, la mediación, la intersión de los santos. Si esos libros permanecían en la Biblia, constituían un problema doctrinal serio para la nueva teología que se estaba construyendo.
Si se los excluía, el problema desaparecía. Eso no era recuperar la Biblia original, eso era editar la Biblia para que coincidiera con una teología. Me detuve un momento cuando esa conclusión tomó forma clara en mi mente, porque era una conclusión de gran peso. No la estaba sacando de fuentes católicas que tuvieran interés en desprestigiar la reforma.
La estaba sacando de documentos históricos verificables, de cartas y escritos de los [música] propios reformadores, de las actas de los debates del siglo X que están disponibles para cualquiera que quiera estudiarlos. Había un escrito del periodo reformado que encontré en esa investigación y que me afectó de una manera particular.
Era una referencia [música] directa al segundo libro de los Macabeos, en la que el reformador lo descartaba argumentando que no debía tomarse como autoridad normativa, [música] pero lo descartaba precisamente en el contexto de debatir la doctrina de la oración por los muertos [música] que ese libro respaldaba.
El argumento circular era transparente para cualquiera que lo leyera con ojos honestos. El libro no tiene autoridad porque contradice lo que yo creo y lo que yo creo es correcto porque el libro no tiene autoridad. Escribí eso en mi cuaderno y subrayé la circularidad del argumento. [música] Y luego me quedé sentado en silencio durante un tiempo largo, porque lo que estaba escribiendo en ese cuaderno [música] era la demolición de algo que yo había considerado un pilar indestructible de mi fe.
Yo siempre había creído que mi Biblia era la Biblia, la original, la completa, la que había existido desde siempre y [música] que nadie había tocado ni alterado. Y ahora los documentos históricos me estaban diciendo sin ambigüedad posible [música] que eso no era verdad. Mi Biblia había sido construida en el siglo X.
Había sido construida tomando la Biblia que la Iglesia usaba desde los [música] apóstoles y quitándole siete libros. Y la razón para quitarlos no había sido una evidencia histórica o manuscrita que los invalidara. La razón había sido doctrinal. Se quitaron porque contradecían la nueva teología. Eso me parecía con toda la honestidad de que era capaz exactamente lo opuesto de lo que yo siempre había defendido.
Yo siempre había criticado lo que yo llamaba tradiciones humanas que se habían añadido a la palabra de Dios. Pero ahora descubría que lo que había ocurrido en la historia que yo reverenciaba no era remover tradiciones humanas de la palabra de Dios, era remover partes de la palabra de Dios que no encajaban con las tradiciones teológicas humanas que se estaban construyendo.
La paradoja me resultó insoportablemente clara, pero había [música] algo más, algo que me costó más tiempo procesar, pero que era quizás lo más importante de todo lo que había descubierto. Si alguien había podido tomar la Biblia y quitarle siete libros en el siglo X [música] porque no le gustaba la teología que contenían, ¿qué garantizaba que el resto de los libros estaba [música] intacto y seguro? ¿Qué garantizaba que no se había aplicado el mismo criterio selectivo a otros pasajes, a otras doctrinas, a otras verdades incómodas? Esa pregunta abrió
algo [música] en mi mente que nunca había considerado seriamente. La doctrina que era el eje de toda mi tradición, la base sobre la que yo había construido 20 [música] años de ministerio, era la sola escritura. Solo la escritura. La Biblia como única autoridad, la Biblia como suficiente, completa, sin necesidad de ninguna otra fuente de verdad.
[música] Pero la sola escritura tenía un problema que yo nunca había querido ver, un problema que ahora me saltaba a los ojos con una claridad brutal. La Biblia no tiene una tabla de [música] contenidos inspirada. La Biblia no contiene dentro de sí misma una lista de los libros que deben formar parte de ella.
Ningún libro del Nuevo Testamento dice, “Estos son exactamente los libros que pertenecen al canon sagrado y ningún otro.” Esa decisión, la decisión de cuáles libros entran y cuáles no, requirió una autoridad externa a la Biblia misma. Alguien tuvo que decidir qué libros eran la palabra de Dios. Alguien tuvo que discernir qué escritos tenían autoridad divina y cuáles no.
Y ese alguien no podía ser la Biblia misma, porque la Biblia aún no [música] existía como tal hasta que alguien tomara esa decisión. ¿Quién había tomado esa decisión originalmente? La historia era clara, la había tomado la Iglesia, la comunidad de los creyentes [música] bajo la autoridad de sus obispos, reunidos en concilios, discerniendo cuáles escritos venían de Dios y cuáles no.
Esa decisión se había tomado en los primeros siglos del cristianismo [música] y el resultado había incluido los siete libros deuterocanónicos. Lo que eso significaba era devastador para la sola escritura, tal como yo la había enseñado. Si la Iglesia tenía la autoridad de discernir y definir el canon de la escritura, [música] entonces la Iglesia tenía una autoridad real, concreta, que no se derivaba de la escritura, sino que en cierto sentido era anterior a ella, al menos en el sentido de que había sido necesaria para que la escritura llegara a nosotros en
[música] su forma definida. Dicho de otra manera, la Biblia no había llegado a mí desde el cielo directamente [música] con su tabla de contenidos incluida. Había llegado a mí a través de la iglesia que la había discernido, preservado y transmitido. Y si yo rechazaba la autoridad de esa iglesia, estaba rechazando la mano que me había dado la Biblia.
Ese pensamiento me produjo el vértigo más serio de todo el proceso, porque yo había construido toda mi teología sobre la idea de que bastaba con la Biblia, que la Iglesia era irrelevante como autoridad. [música] que cualquier tradición humana era sospechosa y ahora descubría que sin la iglesia no habría [música] Biblia, que la Iglesia no era un añadido posterior a la escritura, que la Iglesia era la madre de la escritura en el sentido de que había sido la comunidad de fe la que había reconocido, preservado [música] y transmitido los textos sagrados.
Rechazar a la iglesia mientras abrazabas la Biblia era como rechazar a tu madre mientras presumías de haber nacido solo. Esa imagen me vino a la mente de manera espontánea mientras caminaba [música] una tarde y me detuvo en seco en medio de la acera. Un señor que venía detrás de mí casi chocó conmigo y me miró con extrañeza.
Yo le pedí disculpas de manera automática, pero mi mente estaba en otro lugar completamente. [música] Seguí caminando, pero más despacio, dejando que ese pensamiento se asentara. Yo había pasado 20 años predicando la suficiencia de la escritura frente a la autoridad de la Iglesia [música] y ahora descubría que esa posición contenía una contradicción interna que nunca había resuelto ni siquiera intentado resolver.
Si la escritura es suficiente para definir todo lo que debemos creer, ¿por qué no define su propio contenido? ¿Por qué necesita una iglesia que le diga cuáles libros la componen? No había respuesta satisfactoria dentro de los parámetros de la sola escritura. [música] Era un círculo vicioso que comenzaba y terminaba en el mismo punto.
En esas noches empecé a releer con ojos nuevos los pasajes del Nuevo Testamento que hablan de la iglesia. Textos que yo conocía de memoria, pero que ahora leía en un contexto diferente, con preguntas diferentes. Y encontré algo que también había estado ahí siempre, también sin que yo lo hubiera visto con claridad.
La iglesia en el Nuevo Testamento no es una institución secundaria que sirve de apoyo logístico al mensaje bíblico. [música] Es el cuerpo de Cristo. Es el pilar y fundamento de la verdad. Es la comunidad que recibe el Espíritu Santo como guía permanente. [música] Es la que tiene la autoridad de atar y desatar.
Es la que Cristo prometió que las puertas del infierno no prevalecerían contra ella. Yo había leído todos esos pasajes docenas de veces, los había predicado y, sin embargo, nunca había extraído de ellos la conclusión que ahora me parecía obvia, que la iglesia visible, concreta, [música] histórica, con sus líderes y su autoridad doctrinal tenía un papel que yo nunca le había reconocido, porque sí lo reconocía.
Toda mi estructura teológica [música] necesitaba ser revisada desde los cimientos y eso era exactamente lo que estaba comenzando a ocurrir. No llegué a esa conclusión [música] en un solo momento de iluminación. Llegué a ella de manera paulatina a través de semanas de lectura, de estudio, [música] de notas en ese cuaderno que se iba llenando de preguntas y de respuestas que generaban nuevas preguntas.
Era un proceso intelectual, [música] sí, pero también era algo más profundo que lo meramente intelectual. Era el proceso de un hombre que descubre que el mapa con el que ha estado navegando toda su [música] vida tiene errores y que ahora tiene que decidir qué hacer con esa información. Una noche, después de un tiempo largo de lectura y reflexión, cerré todos los libros, cerré el cuaderno, apagué la lámpara del escritorio y [música] me quedé sentado en la oscuridad de mi estudio durante un rato.
No estaba en pánico, no estaba en desesperación, estaba en algo que es más difícil de describir que cualquiera de esas cosas. [música] Estaba en el momento en que un hombre honesto reconoce que ha llegado a un punto sin retorno, que ya sabe lo que sabe, que ya no puede desaprender lo que ha aprendido, que las preguntas que tiene ya no caben en el espacio donde vivía antes.
¿Qué significaba todo esto para mi fe? ¿Qué significaba para mi ministerio? ¿Qué significaba para las personas que confiaban en mí cada domingo? No tenía respuestas para esas preguntas todavía, [música] pero sabía que la honestidad que me había llevado hasta ese punto me exigía seguir adelante. No podía quedarme a mitad del camino.
No podía descubrir lo que había descubierto y actuar como si nada. Un hombre que conoce la verdad y elige no seguirla no es un hombre de Dios, es un hombre de sí mismo. Y yo llevaba toda mi vida adulta intentando serlo primero. Esa noche, en la oscuridad de mi estudio, [música] tomé una decisión que en ese momento me pareció simplemente razonable, pero que meses más tarde entendería como el primer paso real del camino que me traería hasta donde estoy hoy.
Decidí que necesitaba conocer a la iglesia que había guardado esos siete libros, [música] no para atacarla, no para debatir con ella, sino para ver desde adentro, con mis propios [música] ojos, qué era lo que yo había estado rechazando sin conocer. De la misma manera que había rechazado siete libros sin leerlos, había rechazado una tradición de 2000 años sin haberla examinado honestamente y ya había aprendido bastante bien lo que ocurría cuando rechazaba cosas sin examinarlas.
Había una catedral no muy lejos de donde yo vivía. La había visto cientos de veces al pasar. Había entrado una vez de turista hace muchos [música] años para admirar la arquitectura. Nunca había entrado como alguien que buscaba algo, pero eso estaba a punto de cambiar. Nunca pensé que entrar a un templo pudiera hacerme sentir tanto miedo.
Y no era un miedo de los que conoces bien, [música] ese miedo al peligro o al dolor, era otro tipo de miedo. El miedo silencioso de quien sabe que si entra a cierto lugar y [música] encuentra lo que teme encontrar, ya nada va a poder ser igual que antes. Pasé frente a la catedral tres veces antes de entrar. [carraspeo] La primera vez caminé de largo mirando al frente como si no estuviera ahí.
La segunda vez me detuve en la acera de enfrente y la miré desde lejos durante un minuto con las manos en los bolsillos y el viento frío de leads moviéndome el abrigo. Era un edificio antiguo de piedra oscura, con torres que subían contra el cielo gris de la mañana. Había visto ese edificio cientos de veces, pero ese día lo miraba de otra manera.
Lo miraba como alguien que lleva semanas estudiando un mapa y que finalmente está parado frente al lugar al que el mapa señalaba. La tercera vez crucé la calle y entré. Era una mañana de entre semana, no domingo, porque quería evitar multitudes y quería entrar sin que nadie me conociera, sin que ningún miembro de mi congregación pudiera verme y llevar de vuelta a la iglesia la [música] noticia de que el pastor Samuel había entrado a la Catedral Católica.
Me daba vergüenza reconocer ese miedo, pero era real. Todavía no sabía qué estaba buscando. Todavía no podía ponerle nombre a lo que me llevaba hasta ahí. Solo sabía que la honestidad intelectual que me había llevado a leer los libros que nunca había leído me exigía ahora hacer lo mismo con la tradición que nunca había examinado de cerca.
Empujé la puerta pesada de madera y entré. [música] El primer golpe fue sensorial. El olor de las velas, la penumbra cálida del interior, el silencio que era de una calidad diferente al silencio de la calle. Era un silencio [música] habitado, no el silencio de un lugar vacío, sino el silencio de un lugar donde algo ha estado ocurriendo [música] durante siglos y donde sigue ocurriendo aunque en ese momento no haya nadie, como el silencio que queda en una habitación donde alguien estuvo orando hace poco. Me quedé parado cerca de la
entrada durante un momento, dejando que mis ojos se acostumbraran [música] a la luz. Había algunas personas desperdigadas en los bancos, sentadas en silencio, algunas con la cabeza inclinada. Una señora mayor encendía una vela frente a una imagen. Un hombre de mediana edad leía algo en un librito pequeño.
Nadie me [música] prestó atención. Caminé despacio por uno de los laterales, mirando la arquitectura, las vidrieras, [música] las imágenes. Tenía la guardia levantada, que es una manera de decir que tenía activa esa parte del cerebro que desde mi tradición estaba entrenada para ver idolatría en cada imagen y superstición en cada vela encendida.
Pero intenté hacer lo que me había propuesto, mirar con honestidad, no con el filtro de lo que me habían enseñado a ver. Y lo que vi fue a personas orando. No era más complicado que eso en ese momento. Eran personas en un lugar sagrado buscando a [música] Dios con la sencillez de quien no tiene más recurso que ponerse de rodillas. Lo mismo que yo veía cada domingo en mi congregación, lo mismo que yo mismo hacía desde niño.
[música] La forma era diferente, el fondo era el mismo. Me senté en un banco cerca del fondo, no para rezar, no todavía, solo para estar, [música] para observar, para dejar que el lugar me hablara sin interponer demasiados filtros. Estuve ahí cerca de media hora esa primera mañana, sin hacer nada especial, sin hablar con nadie, solo sentado en ese banco de madera vieja, en ese silencio habitado con mis pensamientos y mis preguntas.
[música] Cuando salí de regreso a la calle, el frío de Lits me recibió con su honestidad [música] de siempre. Caminé de vuelta a casa sin saber exactamente qué había ocurrido, pero sabía que iba a volver. Volví al domingo siguiente. Esa vez llegué para la misa. Me había informado de los horarios en la semana. Llegué un poco tarde, a propósito, cuando la gente ya estaba sentada y el servicio había comenzado y me deslicé en un banco del fondo sin que nadie me notara especialmente.
Necesito ser honesto contigo sobre lo que ocurrió en esa primera misa. Una parte de mí estaba en modo de análisis continuo. Estaba observando, catalogando, comparando con lo que yo conocía, buscando los elementos que desde mi tradición habíamos señalado siempre como problemáticos. Era inevitable. [música] 20 años de formación teológica no se apagan como un interruptor.
Y había momentos en esa misa en que mi mente hacía exactamente eso, [música] señalar un gesto, una fórmula, una postura y etiquetarla automáticamente con la crítica que había aprendido. Pero había otra parte de mí que estaba haciendo algo completamente diferente y esa parte era más silenciosa, más profunda y era imposible de ignorar.
Esa parte estaba reconociendo cosas. Cuando se hizo la liturgia de la palabra [música] y el sacerdote tomó el libro de las lecturas, lo primero que leyó fue un pasaje del Antiguo Testamento. Y el pasaje era del libro del Eclesiástico, uno de los libros que yo había estudiado en las semanas [música] anteriores, uno de los libros que no estaban en mi Biblia.
Lo escuché con una atención diferente a cualquier atención que hubiera puesto en un servicio antes, [música] porque ahora conocía ese texto, lo había leído, lo había estudiado, sabía de qué hablaba [música] y lo que contenía. Y escucharlo ahora en la boca de un sacerdote en el contexto de una liturgia que llevaba siglos haciéndose de la misma [música] manera, me produjo algo que no esperaba.
Me produjo una sensación de continuidad. Es difícil de explicar si no lo has experimentado, pero intentaré hacerlo. Cuando yo predicaba en mi iglesia, usaba la Biblia de 66 [música] libros y a veces, cuando llegaba a ciertos temas del Nuevo Testamento, sentía que algo faltaba en el fondo teológico, como cuando escuchas una melodía que presientes que tiene una nota antes de donde empieza lo que tú conoces, la nota que completa el acorde, esa sensación de que hay algo justo antes que no estás oyendo. Escuchar ese pasaje del
eclesiástico en la misa. Fue como escuchar esa nota que faltaba. La liturgia continuó. Vinieron los salmos, el pasaje del Nuevo Testamento, [música] el evangelio. Y en el evangelio estaba Jesús citando conceptos que yo ahora reconocía de los deuterocanónicos. Estaba el lenguaje de la sabiduría resonando en las palabras del Señor.
Estaba la continuidad de lo que había [música] estudiado durante semanas haciéndose visible y audible en ese servicio, [música] de una manera que en mi iglesia nunca había experimentado. Cuando llegó el momento de la homilía, el sacerdote habló con una sencillez que me sorprendió. No era el discurso elaborado y académico que yo había esperado.
Era un hombre de unos 60 años [música] de hablar pausado, que conectaba la lectura del Antiguo Testamento con el Evangelio, con la naturalidad de quien ha estado haciendo esa conexión toda [música] su vida, porque sus escrituras se lo permiten sin cortes ni saltos. Eso también me golpeó de una manera específica, porque una de las cosas que yo más valoraba de mi propia predicación era precisamente esa capacidad de conectar el Antiguo con el Nuevo Testamento, [música] de mostrar la unidad del relato bíblico.
Y yo lo había hecho siempre con 66 libros, saltando el periodo intertestamentario como un abismo que había que cruzar rápido. Ese sacerdote lo hacía con 73 libros [música] y el abismo no existía. La conexión era fluida, sin saltos, sin el vacío de 400 años que yo siempre había tenido que explicar y justificar.
No había silencio de Dios en su Biblia, había continuidad. Cuando llegó el momento de la Eucaristía, me quedé sentado. No iba a comulgar, no era el momento para eso, ni era lo que yo iba a hacer en ese estado de búsqueda. Pero observé, observé con esa atención nueva que me habían dado las semanas de estudio. [música] Y lo que vi no era lo que yo había descrito tantas veces desde mi púlpito cuando hablaba del error del catolicismo sobre la cena del Señor.
[música] Lo que vi era una comunidad reunida alrededor de una mesa, creyendo con toda su fe que lo que recibían era el cuerpo y la sangre de Cristo. leyendo lo que Jesús había dicho literalmente en el evangelio de Juan, [música] capítulo 6, un pasaje que yo siempre había interpretado de manera simbólica, pero que esa gente tomaba al pie de la letra desde los primeros siglos del cristianismo.
[música] ¿Quién tenía razón? No iba a resolver esa pregunta esa mañana, pero lo que no podía negarme a mí mismo era que la posición de ellos tenía una antigüedad y una consistencia que la mía no tenía. Ellos llevaban 2000 años creyendo lo mismo. Yo llevaba cinco siglos creyendo otra cosa. [música] Salí de la misa sin hablar con nadie.
Caminé a casa con la cabeza llena y el corazón en un estado que no sabía cómo clasificar. No era conversión todavía. Era algo más parecido al momento en que un explorador llega a un territorio que había tenido en su mapa marcado [música] como peligroso y desierto y descubre que el mapa estaba equivocado. Volví varios domingos más, siempre al fondo, siempre observando.
Seguía pastoreando mi propia congregación los domingos por la mañana con la misma dedicación [música] de siempre y por las tardes, cuando podía, volvía a la catedral. No me sentía hipócrita por hacer eso. Me sentía como el buscador honesto que era, un hombre que no podía dejar de buscar la verdad, aunque la búsqueda lo llevara a lugares incómodos.
En esas semanas de asistencia discreta a la misa, empecé a notar algo que al principio tomé como un detalle menor, pero que con el tiempo comprendí que era fundamental. La estructura de la misa era antiquísima, no era algo inventado en la Edad Media ni en el Concilio de Trento. [música] Los escritos de los primeros siglos del cristianismo describían una forma de culto que tenía los mismos elementos esenciales [música] que yo estaba viendo en esa catedral.
La lectura de las escrituras, incluyendo [música] los deutero cananónicos, la predicación, la fracción del pan, la oración comunitaria. Era el mismo esquema que los padres de [música] la iglesia de los siglos segundo y tercero describían cuando explicaban a los no creyentes [música] qué hacían los cristianos cuando se reunían.
Mi forma de culto, en cambio, la que yo había presentado siempre como la más fiel al Nuevo Testamento, era en realidad bastante reciente. [música] Tenía sus raíces en el siglo XV y había sido reformada y modificada muchas veces desde [música] entonces. La congregación más antigua de mi tradición era joven comparada con lo que yo estaba viendo en esa catedral.
Eso no significaba automáticamente que una fuera correcta y la otra no. [música] La antigüedad por sí sola no prueba la verdad, pero sí significaba algo para alguien como yo. Que tanto valoraba la conexión histórica con los orígenes del cristianismo. Significaba que la continuidad visible, verificable, [música] que unía a esa iglesia con los primeros siglos era real.
Y la de mi tradición no tanto. Fue en una de esas visitas cuando tuve el encuentro que llevaría toda esta búsqueda intelectual a un plano diferente. Era un martes por la mañana, [música] no un domingo. Había llegado a la catedral no para la misa, sino simplemente para estar en ese silencio que me resultaba cada vez más necesario. Había tomado asiento cerca del centro, un poco más adelante que de costumbre, y estaba sentado con el cuaderno en la rodilla, no tomando notas, sino simplemente teniéndolo ahí como una costumbre. Un hombre se sentó en el
banco de al lado, mayor que yo, de cabello blanco, [música] con el alzacuellos del clero visible bajo el abrigo. Me miró con una sonrisa tranquila y me saludó con la voz baja que se usa en los lugares sagrados. respondí el saludo. Hubo un silencio breve, de esos que en ciertos contextos [música] no son incómodos, sino simplemente naturales.
Y entonces, sin que yo lo hubiera planeado, sin que hubiera pensado hacerlo ese día, [música] me escuché a mí mismo diciendo en voz baja, “Soy pastor protestante. Llevo varias semanas viniendo aquí. Tengo [música] preguntas.” El hombre me miró durante un momento con una expresión que no era sorpresa. Era algo más parecido al reconocimiento, como si no fuera la primera vez que alguien se sentaba a su lado con esas palabras.

[música] Me dijo, “Las preguntas son el principio del camino. ¿Tiene tiempo ahora? Tenía tiempo. Pasamos más de una hora sentados en ese banco hablando en voz baja. No fue un debate, no fue una clase de catequesis, fue una conversación entre dos hombres que amaban las escrituras y que tenían perspectivas diferentes [música] sobre ellas.
El sacerdote escuchó todo lo que yo había descubierto sobre los deuterocanónicos, sobre la Septuaginta, sobre la historia del [música] canon con una atención que me pareció genuina. No me interrumpió, no me corrigió mientras hablaba, dejó que yo terminara y cuando terminé dijo algo que fue sencillo, pero que se me quedó grabado para siempre.
[música] Dijo, “Nosotros no añadimos libros a la Biblia. Nosotros simplemente no los quitamos.” [música] No lo dijo con triunfalismo, no lo dijo como un argumento ganador, lo dijo con la calma de quien declara un hecho verificable y tenía razón. Eso era exactamente lo que yo había descubierto en mi investigación.
Pero escucharlo dicho de esa manera, con esa sencillez me produjo un impacto diferente a haberlo leído en un libro. Seguimos hablando. Le pregunté sobre la autoridad de la iglesia, sobre los concilios, sobre cómo la Iglesia Católica entendía su propia relación con las Escrituras. Me explicó con paciencia [música] y con claridad.
No fue una explicación agresiva ni apologética en el sentido combativo. Fue la explicación de alguien que vive su fe desde adentro [música] y que la describe desde la experiencia, no desde el debate. Me habló de la tradición no como algo opuesto a la escritura, sino como el río vivo dentro del cual la escritura había nacido y dentro del cual debía ser interpretada.
me habló del magisterio no como una jerarquía [música] humana que se imponía sobre la palabra de Dios, sino como la función de guardianes que Cristo había confiado [música] a su iglesia para preservar la integridad de la revelación a través del tiempo. Nada de lo que me dijo era nuevo para mí en términos académicos.
[música] Yo había leído sobre estas cosas, pero había una diferencia enorme entre leer sobre algo y escucharlo de alguien que lo vive. El sacerdote no me estaba dando argumentos, me estaba describiendo su casa desde adentro y yo me di cuenta en algún punto de esa conversación de que nunca había tenido esa experiencia antes.
[música] Yo había discutido sobre el catolicismo muchas veces, pero siempre desde afuera, siempre con la caricatura que mi tradición había construido de lo que era la fe católica, no con la realidad vivida de quienes la habitaban. [música] Era otra vez el mismo error que había cometido con los libros deuterocanónicos.
rechazar sin haber examinado directamente. Antes de despedirnos, el sacerdote me preguntó una cosa. [música] Me preguntó con gentileza si yo creía que Cristo había fundado una iglesia que duraría hasta el [música] fin de los tiempos y que el Espíritu Santo guiaría hacia toda la verdad. Le dije que sí, [música] que eso lo creía con toda certeza porque estaba en el evangelio con palabras que yo no podía reinterpretar.
Entonces me dijo, “Si eso es verdad, esa iglesia existe [música] hoy. Y si existe hoy, tiene que ser posible reconocerla.” ¿Qué señales esperaría usted de una iglesia que lleva 2,000 años siendo guiada por el Espíritu hacia toda la verdad? Me fui a casa con esa pregunta. Era la mejor pregunta teológica que alguien me había hecho en años.
Y lo que me perturbaba no era que no tuviera respuesta, era que cuando intentaba responderla honestamente, las características que yo listaba en mi mente, la unidad doctrinal a través del tiempo, [música] la continuidad con los apóstoles, la preservación íntegra de las Escrituras, la coherencia del depósito de la fe desde los primeros siglos, apuntaban en una dirección que yo no estaba listo del todo para [música] seguir, pero que ya no podía ignorar.
Esa noche volví a mi escritorio, abrí el cuaderno y en la última página que había escrito estaban mis notas sobre la sola escritura y el círculo vicioso del [música] canon. Releí todo lo que había anotado durante esas semanas. Las conexiones entre los deuterocanónicos [música] y el Nuevo Testamento, el uso de la Septuaginta por los apóstoles, la historia del canon en los primeros concilios, la exclusión de los siete libros y sus razones doctrinales, la contradicción interna de una sola escritura que necesitaba una iglesia para definir qué era la escritura. Y al
final de todo eso, con la pregunta del sacerdote todavía resonando en mi cabeza, escribí algo en el cuaderno que nunca había escrito antes, algo que para alguien que había sido [música] pastor durante 20 años era una frase de un peso enorme. Escribí, si la iglesia que Cristo fundó existe hoy con todas esas características, yo sé dónde está.
Y si sé dónde está, tengo que decidir qué hago con eso. Cerré el [música] cuaderno, me quedé sentado en el silencio de mi estudio con el peso de esa frase encima. Porque una cosa era descubrir verdades académicas sobre el canon bíblico. Una cosa era encontrar que la historia no era como me la habían contado.
Una cosa era reconocer que mi Biblia tenía siete libros menos de los que debía tener. Otra cosa completamente diferente era lo que esa conclusión implicaba para mi vida concreta, para mi congregación, para mi identidad, para el sustento de mi familia, para las amistades de décadas, para la reputación que había construido durante 20 años como pastor fiel y teólogo serio.
Si la fe basada en la Biblia completa [música] me llevaba a la iglesia que había guardado esa Biblia completa, ¿estaba yo dispuesto a pagar el precio de seguir esa [música] conclusión hasta su destino lógico? Esa era la pregunta que la inteligencia no podía responder por sí sola. Esa era la pregunta del corazón.
Y mi corazón todavía necesitaba tiempo, pero ya sabía la respuesta. La sabía con esa claridad incómoda de las verdades que no puedes desaprender. La sabía con la misma claridad con que un hombre que ha estado caminando en la dirección equivocada reconoce el momento en que tiene que darse la vuelta.
No porque el camino anterior hubiera sido caminado de mala fe, [música] lo había caminado con todo el amor y toda la sinceridad de que era capaz. Pero la sinceridad no cambia la dirección del camino. [música] Solo la verdad puede hacer eso. Y la verdad que yo tenía ahora en las manos, escrita en mi propio cuaderno con mi propia letra, era más grande que mi comodidad, más grande que mi miedo, más grande que 20 años de identidad construida sobre un fundamento que resultaba ser incompleto.
Una Biblia incompleta genera una fe incompleta. Lo había pensado muchas veces en [música] esas semanas, pero esa noche lo sentí de una manera diferente, no como un argumento intelectual, como una verdad que me atravesaba. Porque yo había predicado durante 20 años el amor de Dios con toda mi alma. Había predicado la salvación, la gracia, la misericordia.
Había predicado a Cristo crucificado y resucitado. Y todo eso era verdad. Todo eso seguía siendo verdad. Pero lo había predicado desde una escritura a la que le faltaban piezas, desde una tradición que había nacido de una edición, desde una fe que tenía la ventana empañada. Y yo quería la ventana limpia, [música] quería la fe completa.
No sabía todavía exactamente cómo iba a llegar hasta ella ni lo que me iba a costar. Eso lo descubriría en los meses que [música] siguieron con un dolor que no había anticipado y con una paz que tampoco había anticipado. Pero esa noche en mi escritorio de ladits, con el cuaderno cerrado sobre la mesa y el silencio de la casa a mi alrededor, sentí por primera vez en muchos años que estaba caminando en la dirección correcta y eso, en medio de toda la incertidumbre de lo que me esperaba, era suficiente para seguir. Hay un momento
en la vida de un hombre en que dejar de buscar ya no es una opción. No porque alguien te obligue a seguir, sino porque ya conoces suficiente verdad como para que el silencio se vuelva insoportable. Puedes cerrar los libros, puedes dejar de ir a la catedral, puedes volver a tu rutina de siempre y actuar como si nada hubiera cambiado.
Pero lo que ya sabes no desaparece porque le des la espalda. Se queda ahí quieto, esperándote cada vez que bajas la guardia. Y tarde o temprano tienes que mirarlo a los ojos y decidir qué haces con ello. Yo llegué a ese momento en las semanas que siguieron a mi primera conversación con el sacerdote, las semanas en que lo que había sido una investigación [música] intelectual comenzó a convertirse en algo que le pertenecía no solo a mi mente, sino también a mi alma.
Y ese es un territorio diferente, mucho más complicado, mucho más costoso. Seguí yendo a la catedral, ya no con el sigilo nervioso de los primeros [música] días, aunque todavía llegaba pronto para sentarme al fondo y todavía evitaba los horarios en que podía cruzarme con alguien de mi congregación, eso me pesaba.
La necesidad de ocultarme me recordaba que lo que estaba haciendo tenía consecuencias que todavía no estaba listo para enfrentar, pero la necesidad de seguir era más fuerte que la incomodidad de esconderme. El sacerdote y yo nos encontramos varias veces más, no de manera formal, no como director espiritual y catecúmeno, que es una relación que vendría después, sino como dos personas que habían tenido una conversación que había quedado abierta y que de manera natural continuaban cuando coincidían.
Era un hombre de pocas palabras innecesarias y muchas palabras útiles, [música] que es una combinación que yo siempre he respetado profundamente. No me presionaba, no me lanzaba argumentos como si estuviéramos [música] en un debate que él necesitaba ganar. Simplemente estaba disponible cuando yo tenía preguntas y mis preguntas en esas semanas eran muchas y llegaban rápido.
Una de las conversaciones que más me afectó ocurrió una tarde en que yo le planté algo que me había estado rondando la mente durante [música] días. Le dije que una de mis mayores dificultades para dar el paso que comenzaba a vislumbrar era la sensación de que estaría traicionando a quienes me habían enseñado la fe.
Mi padre con su Biblia de noche en la mesita, [música] los pastores que me habían formado, los hermanos que habían caminado conmigo durante años con genuina devoción y amor [música] a Cristo. Sentía que moviéndome hacia la Iglesia Católica les estaba diciendo que todo lo que habían vivido era mentira y eso no lo podía sostener porque no lo creía.
El sacerdote me escuchó con atención [música] y luego me hizo una distinción que cambió completamente mi manera de ver ese conflicto. Me dijo que la gracia de Dios no está limitada por los errores humanos de las [música] instituciones. Que un hombre que ama a Cristo con toda su alma desde una tradición incompleta está siendo alcanzado por la misma gracia que alcanza a todos los que buscan a Dios [música] de verdad.
que lo que yo estaba haciendo al buscar la plenitud no era negar la fe de mi padre, era honrar esa fe, llevándola hasta donde ella misma señalaba si se la seguía con honestidad hasta el final. [música] Me dijo algo que me pareció hermoso y que anoté en el cuaderno esa misma noche. La fe que te dieron fue un regalo real.
El camino que te trajo hasta aquí fue [música] real. Dios estuvo en cada paso de ese camino, incluso en los pasos que te llevaron en la dirección equivocada, porque te estaba preparando para reconocer la dirección correcta cuando la encontraras. [música] No llegas aquí a pesar de tu historia, llegas aquí a través de ella. Eso me dio una paz que no esperaba, una paz que necesitaba.
[música] Porque una de las cosas que más me había costado en esas semanas era la sensación de que estar cuestionando mi tradición era una especie de ingratitud hacia los que me habían amado y enseñado dentro de ella. Y lo que el sacerdote me ofreció fue una manera de ver que no había traición en buscar la verdad, que el mismo amor a Cristo que mis hermanos me habían transmitido era el que me estaba llevando más lejos de lo que ellos habían ido, no contra ellos, más allá de donde ellos se habían detenido.
Esa noche en casa le conté a mi esposa todo lo que había estado [música] ocurriendo. no le había dicho nada hasta ese momento, no por falta de confianza en ella, sino porque mientras el proceso había sido puramente intelectual, me había parecido prematuro involucrarla en algo que todavía no sabía a dónde iba. [música] Pero ya no era solo intelectual, ya era personal, ya tenía consecuencias que nos afectarían a los dos y guardar ese peso solo ya no era justo para ninguno de los dos.
Me senté con ella en la sala después de cenar [música] y le conté todo desde el principio. La pregunta de David, los libros que había comprado, las noches [música] de estudio, la septuaginta y las citas del Nuevo Testamento, el canon y su historia, la catedral y el sacerdote, [música] todo. Ella me escuchó sin interrumpirme durante un tiempo largo.
La conocía bien y sabía que cuando escuchaba así, en ese silencio atento, era porque estaba procesando algo importante y necesitaba hacerlo sin interferencias. Cuando terminé de hablar, hubo un silencio entre nosotros que duró varios minutos. [música] Luego me preguntó una sola cosa, “¿Tú crees que esto es de Dios?” Le dije que sí, sin duda y sin dramatismo, que creía que la honestidad con que había comenzado todo ese proceso era la misma honestidad que Dios me había pedido siempre y que si esa honestidad me había traído hasta donde
estaba, entonces Dios estaba en cada paso del camino. Ella asintió despacio, me tomó la mano y me dijo, “Entonces, sigamos juntos. No voy a describir lo que sentí en ese momento, porque [música] hay emociones que no le hacen justicia a las palabras. Solo diré que en ese instante comprendí que el precio que se avecinaba iba a ser alto, pero que no lo iba a pagar solo.
Y eso cambiaba todo. Esa noche, después de que mi esposa se fue a dormir, me quedé sentado en la sala en la oscuridad durante un rato. No por tristeza, sino porque necesitaba ese silencio para procesar la dimensión de lo que comenzaba a tomar forma. Estaba empezando a entender que lo que había comenzado como una investigación académica sobre siete libros de la Biblia estaba a punto de convertirse en la decisión más grande de mi vida.
adulta. Volvía a la catedral el domingo siguiente con una conciencia diferente. [música] Ya no solo iba a observar, ya no era solo un explorador que tomaba notas, era un hombre que estaba empezando a reconocer en ese [música] lugar algo que tenía un nombre, un nombre que todavía me costaba decir en voz alta, pero que en la intimidad de mi mente ya resonaba [música] con claridad, hogar.
Durante la misa de ese domingo presté una atención particular a la liturgia eucarística. Era el momento que más me había costado en mis primeras visitas, [música] el que más resistencia interna me generaba, el que más activaba los reflejos críticos de mi formación protestante. [música] Pero ahora lo miraba con los ojos de todo lo que había estudiado y comprendido en esas [música] semanas.
El sacerdote tomó el pan y pronunció las palabras de la consagración con una solemnidad que no era teatral, sino que venía claramente de una convicción [música] profunda y antigua. Y mientras lo hacía, yo tenía en la mente el capítulo 6 del Evangelio [música] de Juan, que conocía de memoria. tenía las palabras de Jesús diciendo que su carne era verdadera comida y su sangre verdadera bebida.
Tenía la reacción escandalizada de muchos de sus discípulos que se marcharon porque no podían aceptar esa enseñanza. [música] Tenía la pregunta de Jesús a los 12 que se quedaron, “¿También ustedes quieren marcharse?” Y tenía la respuesta de Pedro, “¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.” [música] Yo siempre había interpretado ese pasaje de manera simbólica.
Siempre había enseñado que Jesús hablaba en lenguaje figurado. [música] Pero sentado en ese banco, viendo lo que veía con todo lo que llevaba semanas estudiando, me hice por primera vez la pregunta con honestidad real. Y si no era lenguaje figurado y si Jesús lo decía exactamente como sus discípulos lo entendieron, literalmente. Y por eso muchos se escandalizaron y se fueron.
Y si la iglesia que llevaba 2,000 años tomando esas palabras al pie de la letra era la que las había entendido correctamente desde el principio esa pregunta me acompañó durante días. La llevé al sacerdote en nuestra siguiente conversación se la planteé directamente sin rodeos, porque esa era la manera en que yo funcionaba [música] mejor.
Le dije que el simbolismo eucarístico había sido siempre uno de los pilares de mi teología y que ahora ese pilar estaba temblando. Le pregunté cómo la Iglesia entendía ese pasaje y qué base [música] histórica tenía esa interpretación. Lo que me contó en esa conversación duró casi 2 horas. me habló de los escritos de los primeros seguidores de los apóstoles, los hombres que habían conocido a los apóstoles en persona o que habían sido formados por los discípulos directos de los apóstoles.
me describió como esos hombres que vivían en el siglo primero y el siglo segundo del cristianismo escribían sobre la Eucaristía y la manera en que escribían sobre ella no era la de personas que estaban hablando de un símbolo o de un memorial, era la de personas que [música] describían la presencia real de Cristo en el pan y el vino, consagrados con la misma naturalidad con que describían cualquier otro hecho que consideraban real y concreto.
Me dijo algo que se quedó grabado en mí con una precisión [música] especial. me dijo, “Si la presencia real de Cristo en la Eucaristía hubiera sido una invención medieval, como algunos afirman, tendría que existir algún documento de los primeros siglos donde algún cristiano discutiera esa nueva enseñanza, se sorprendiera de [música] ella, la criticara o la rechazara como una novedad.
Pero no existe ese documento. Lo que existe [música] desde los primeros escritos cristianos posteriores a los apóstoles es una unanimidad total en creer que la Eucaristía es el cuerpo y la sangre de Cristo, [música] no como símbolo, como realidad. Eso me impactó de una manera que no esperaba, porque yo era un hombre que valoraba la evidencia histórica y la evidencia histórica en ese punto [música] era inequívoca.
La iglesia que yo había descartado durante 20 años tenía en su favor algo que yo no había podido negarle a lo largo de todo ese proceso. La continuidad histórica real, verificable, documentada, que unía lo que creía y practicaba en el siglo XXI con lo que los primeros discípulos de los apóstoles creían y practicaban en el siglo primero. No era perfecta.
Ninguna institución humana lo es. Había habido momentos oscuros en su historia, errores, fallos humanos. El sacerdote nunca me pidió que cerrara los ojos a eso. Pero los errores humanos dentro de una institución no niegan la verdad que esa institución guarda. Un custodio imperfecto puede guardar un tesoro perfecto.
Y el tesoro que esa iglesia había guardado, la escritura [música] completa, la fe eucarística, la continuidad apostólica, era real, independientemente de las imperfecciones de sus custodios a lo largo del tiempo. En esas semanas también profundicé en algo que me había llamado la atención desde mis primeras visitas a la misa. pero que no había examinado con detalle hasta ese momento.
Era el papel de María en la fe católica. Este era el punto que más resistencia me generaba, quizás más que ningún otro, porque en mi tradición el honor que la Iglesia Católica daba a María se clasificaba directamente como idolatría. [música] Era uno de los argumentos más fuertes que yo había esgrimido siempre contra el catolicismo.
Y ahora que estaba examinando todo lo demás con honestidad, tenía que examinar también esto. [música] Volví a los textos. Volví a los escritos de los primeros siglos y encontré algo que de nuevo no era lo que yo había esperado. Los primeros cristianos hablaban de María con un respeto y una veneración [música] que no tenía nada de accidental.
La llamaban Madre de Dios. Un título que al principio a mí me resultaba excesivo, pero que al estudiarlo entendí que no era una exaltación de María, sino una afirmación de Cristo. [música] Si Jesús es Dios, que yo creía con toda certeza, y María es su madre, que el evangelio afirma sin ambigüedad, entonces María es la madre de Dios, no la madre de la divinidad en sentido abstracto, la madre del Dios que se hizo hombre y [música] que creció en su vientre y al que ella cargó en sus brazos. El reconocimiento de ese título
no elevaba a María al nivel de Dios. proclamaba que Jesús era verdadero Dios, hecho verdadero hombre. Era una defensa de la encarnación, no una amenaza a la adoración exclusiva de Dios. [música] Y el honor que la Iglesia le daba a María, la intercesión que los creyentes le pedían, tampoco era lo que yo había descrito tantas veces.
Era la misma lógica que cualquier creyente aplica cuando le pide a un hermano que ore [música] por él. No porque ese hermano tenga poder propio, sino porque la oración de los que están cerca de [música] Dios tiene valor. Y si eso es cierto para un hermano vivo en la tierra, ¿por qué no sería cierto para los que están con Dios en el cielo? donde la cercanía a Dios es incomparablemente mayor.
Esa lógica que [música] yo antes habría descartado como sofisma, ahora me parecía perfectamente coherente con lo que el libro de los Macabeos ya había establecido, que la comunión entre los vivos y los muertos en Dios es real y que la oración tiene valor a través de esa comunión. [música] Todo se conectaba.
Esa era quizás la cosa que más me impresionaba de todo el proceso, que cada hilo que tiraba se conectaba con otro, que los deuterocanónicos iluminaban el nuevo testamento, que el nuevo testamento confirmaba la Eucaristía, [música] que la Eucaristía se conectaba con la encarnación, que la encarnación fundamentaba el papel de María, que todo eso se sostenía en la misma fe que la Iglesia había recibido de los apóstoles y guardado a través de los siglos con los mismos libros completos.
Era [música] un sistema coherente, íntegro, que se sostenía por dentro, mientras que lo que yo había predicado durante 20 años, ahora que lo veía desde afuera con ojos más honestos, [música] era un sistema que tenía puntos de tensión que siempre había resuelto mirando hacia otro lado. Preguntas que había respondido con la tradición heredada en lugar de con el examen directo de las fuentes.
[música] silencios que había llenado con interpretaciones convenientes en lugar de con la honestidad de decir, “Aquí hay algo que no entiendo del todo. Una Biblia incompleta genera una fe incompleta. Ya no era solo un pensamiento, era una certeza vivida. Llegué entonces a uno de los momentos más difíciles de todo este proceso.
No difícil [música] intelectualmente, difícil humanamente. El momento en que la conclusión a la que había llegado necesitaba dejar de ser privada y convertirse en acción concreta. Yo seguía siendo pastor de mi congregación, seguía predicando cada domingo, seguía visitando a los enfermos, aconsejando a las familias, siendo para mi comunidad lo que había sido durante dos décadas.
Y lo hacía con amor genuino, con ese amor que no había disminuido ni un gramo a lo largo de todo este proceso. Esas personas me importaban profundamente. [música] Sus vidas, sus familias, sus dolores y alegrías seguían siendo sagrados para mí. Pero había una fractura entre lo que yo sabía ahora y lo que seguía haciendo.
Y esa fractura, por pequeña que todavía fuera en la práctica, era una falta de honestidad que no podía sostener indefinidamente. [música] Una noche después de un servicio del miércoles donde había predicado con la misma pasión de siempre sobre la fidelidad de Dios, llegué a casa y me senté con mi esposa y le dije que era tiempo, que no podía seguir posponiendo lo que ambos sabíamos que tenía [música] que ocurrir, que no era justo para mi congregación que su pastor estuviera en ese proceso sin decírselo y que no era justo para mí seguir
predicando desde una Biblia que yo ahora creía incompleta sin hacer algo concreto al respecto. [música] Mi esposa me tomó las dos manos, me miró con esos ojos que conocía desde hacía décadas y que nunca me habían mentido [música] y me dijo, “Yo sé que tienes miedo. Yo también lo tengo.
” Pero los dos sabemos que Dios no nos llamó a la comodidad, nos llamó a la verdad. [música] tenía razón, siempre la tuvo. En los días siguientes hablé con el sacerdote sobre los pasos formales del proceso de recepción en la Iglesia Católica, no como una conversión súbita, sino como la conclusión natural de un camino que había tomado meses de [música] estudio honesto.
Él me habló con calma de lo que implicaba. me explicó los sacramentos de iniciación, [música] la importancia de la preparación, el significado de cada paso. Me trató no como alguien que había sido ganado en un debate, sino como alguien que había encontrado su camino a casa y que merecía ser recibido con dignidad [música] y con tiempo.
Quise entender todo lo que podía antes de dar ese paso, no por desconfianza, sino por respeto a la seriedad de lo que estaba haciendo. [música] Un hombre que toma una decisión de esta magnitud sin entender lo que está abrazando, no está siendo honesto consigo mismo ni con la fe que recibe. Así que estudié, seguí estudiando, leí sobre los sacramentos, sobre la doctrina de la gracia, sobre la eclesiología, sobre la teología del sacerdocio.
Y cada cosa que estudiaba no añadía confusión, sino claridad. Era como si cada pieza nueva que aprendía encontrara su lugar natural en un rompecabezas que llevaba siglos esperando ser completado. Había noches en que me sentaba en mi escritorio con todos esos libros abiertos a mi alrededor, el cuaderno ya casi lleno de notas y sentía algo que no sabía del todo cómo llamar, pero que reconocía porque [música] lo había predicado muchas veces.
Era esa paz que sobrepasa todo entendimiento de la que habla Pablo en su [música] carta a los filipenses. La paz que no depende de las circunstancias, la paz que se asienta en el alma cuando el alma sabe que está en el lugar correcto, aunque todavía no haya llegado a donde va. Yo sabía que el camino que me faltaba por delante iba a ser doloroso.
[música] Sabía que la conversación con mis diáconos no iba a ser fácil. Sabía que perder la comunidad de mis hermanos de décadas iba a costarme más de lo que podía anticipar. Sabía que el sustento de mi familia iba a quedar en el aire. Sabía que habría personas que me mirarían con incomprensión, con tristeza y tal vez con algo parecido a la traición.
Todo eso lo sabía. Pero también sabía algo más. Sabía que Dios, que me había llevado a leer siete libros que nunca había leído, era el mismo Dios que iba a estar en cada paso del camino que faltaba. que la honestidad intelectual con que había comenzado todo este proceso era la misma honestidad que Dios me había pedido [música] desde niño y que un hombre que le tiene miedo al costo de la verdad no es un hombre que realmente crea en ella.
Yo creía en ella con cada página del cuaderno llena, con cada misa en que había escuchado los deutero canónicos proclamados como escritura viva con cada conversación en ese banco de la catedral, donde dos hombres que amaban a Dios habían hablado con honestidad, con cada vez que había visto al sacerdote levantar el pan consagrado y había sentido, [música] no con la razón, sino con algo más profundo que la razón, que lo que ocurría ahí era real.
Una tarde, [música] antes de que comenzara la tormenta que estaba por venir, fui solo a la catedral, no para la misa, no para ver al sacerdote, solo para sentarme en ese silencio que ya [música] conocía bien y que ya reconocía como sagrado. Me senté en el banco donde me había sentado tantas [música] veces. El edificio estaba casi vacío.
La luz de las tardes de invierno entraba oblicua por las vidrieras [música] y ponía colores sobre las piedras viejas. En el altar había velas encendidas y el sagrario, ese lugar donde la fe católica dice que Cristo [música] está presente, tenía su pequeña lámpara roja ardiendo con esa quietud de lo que no se apaga.
Me quedé mirando esa lámpara durante un tiempo que no me di, en ese silencio, [música] sin palabras elaboradas ni estructuras teológicas, le hablé a Dios con la misma sencillez del niño que fui. Le dije que había empezado este camino queriendo tener razón y que [música] había terminado simplemente queriendo la verdad.
Le dije que lo que había encontrado al final del camino era más grande de lo que había anticipado y que me daba cuenta de que él lo había sabido desde el principio. Le pedí que me diera la valentía que me iba a hacer falta para dar los pasos que venían. [música] No la valentía del que no tiene miedo, sino la valentía del que tiene miedo y da el paso de todas formas porque sabe que la verdad vale más que la comodidad.
Cuando me levanté de ese banco para salir, noté que sin haberlo planeado me había puesto de rodillas. [música] en algún momento de esa oración silenciosa. No lo había decidido conscientemente. Había ocurrido solo con la naturalidad de algo que el cuerpo hace cuando el corazón finalmente reconoce dónde está.
Caminé hacia la salida, empujé la puerta pesada, salí al frío de Elits y comencé a prepararme para la conversación más difícil de mi vida. Dicen que el momento más oscuro de la noche es el que viene justo antes del amanecer. Yo no lo entendí del todo hasta que viví la semana que precedió a la conversación con mis diáconos.
[música] Era una oscuridad extraña, diferente a cualquier oscuridad que hubiera conocido antes. No era la oscuridad de la duda, [música] porque yo ya no dudaba. era la oscuridad del umbral, la oscuridad del hombre que ya sabe lo que tiene que hacer y que todavía no lo ha hecho. [música] Y esa oscuridad tiene un peso particular, porque no es el peso de no saber, es el peso de saber demasiado bien.
Pasé esa semana con una calma exterior que yo mismo me sorprendía de mantener. [música] Prediqué el domingo con la misma entrega de siempre. Visité a una señora mayor de mi congregación que llevaba semanas enferma y oré con ella junto a su cama con [música] toda la sinceridad que tenía. Atendí las preguntas y los mensajes de mis hermanos con el mismo cuidado de siempre.
Por fuera todo seguía igual. Por dentro era la última semana de una vida que había construido durante 20 años. La reunión con los diáconos la convoqué para un jueves por la noche. Éramos cinco, incluyéndome a mí. Hombres buenos, [música] hombres que yo respetaba profundamente, que habían dado años de su vida a esa pequeña congregación de leads con una fidelidad que nadie les había pedido y que nadie les pagaba.
[música] Los conocía bien a todos. Conocía sus familias, sus historias, sus miedos y sus esperanzas. Los quería y saber que lo que iba a decirles esa noche les iba a doler era lo que más peso tenía en mi pecho durante esa semana de umbral. Llegaron al local uno a uno con la puntualidad de siempre. Me preguntaron qué era lo urgente que quería tratar.
Dije que prefería esperar a que estuviéramos todos. [música] Cuando el último entró y cerró la puerta, nos sentamos en el círculo de sillas donde tantas veces habíamos orado y discutido y tomado decisiones juntos. Y les conté todo, no de manera abreviada, no con eufemismos ni con la diplomacia de quien quiere suavizar el golpe a costa de la claridad.
Les conté todo desde el principio, desde la pregunta de David. Con la misma honestidad con que me [música] lo había contado a mí mismo en las páginas de ese cuaderno que llevaba meses llenando, les conté los siete libros y la septuaginta. Les conté la historia del canon y lo que había encontrado. Les conté la catedral y el sacerdote y las conversaciones.
Les conté la Eucaristía y los escritos de los primeros siglos. Les conté a María y a los santos y los Macabeos y [música] la oración por los muertos. Les conté todo con el mismo amor con que les había enseñado la palabra de Dios durante [música] años. Y al final les dije que había llegado a una conclusión que ya no podía ignorar, que la Biblia con que habíamos trabajado juntos todos esos años no era la Biblia completa, que la tradición en que nos habíamos formado había nacido de una edición del siglo XV [música] que había quitado libros por
razones doctrinales, no históricas, y que la fe completa a la que esos libros apuntaban [música] me llevaba a la misma iglesia que los había guardado durante 2,000 años sin quitarles ni una sola página. Les dije que los amaba, que lo que habíamos construido juntos había sido real y había tenido valor, que cada sermón, cada oración, cada visita a los enfermos, cada momento de comunidad genuina había sido obra del Espíritu de Dios y que nada de eso perdía su valor porque yo estuviera tomando esta [música] decisión, que ellos eran mis

hermanos y que eso no iba a cambiar, aunque nuestros caminos se separaran en este punto. Y luego me callé. El silencio que siguió fue el más largo que he experimentado en una habitación con otras personas. [música] Podía oír el ruido del tráfico en la calle afuera. Podía oír mi propia respiración. Uno de los diáconos, el mayor de todos, un hombre de casi 70 años que había estado conmigo desde el primer grupo [música] de estudio en mi sala, me miró durante un momento largo antes de hablar.
Cuando habló, su voz [música] no tenía rabia, tenía tristeza. me dijo que no podía seguirme en ese camino, que respetaba mi honestidad, [música] pero que no compartía mis conclusiones, que para él la fe que habíamos vivido juntos era suficiente y que así iba a seguir. [música] Los otros tres dijeron algo similar, con palabras diferentes, pero con el mismo fondo.
No hubo gritos, no hubo acusaciones, solo el dolor tranquilo de un grupo de hombres buenos que se querían y que se daban cuenta de que el camino que habían caminado juntos llegaba a una bifurcación. El quinto diácono, el más joven, un hombre de unos 40 años que había sido el primero en hacer preguntas difíciles en mis clases desde siempre, me miró con una expresión que yo no supe del todo cómo leer en ese momento.
Me dijo que necesitaba tiempo para pensar, [música] que lo que yo había compartido no le era indiferente, que tenía preguntas propias que quería examinar. Meses después, [música] ese hombre comenzó su propio proceso de estudio. Pero esa es su historia para contar, no la mía. Al final de la reunión, uno de los diáconos me preguntó directamente si yo pensaba continuar como pastor de la congregación.
Le dije que no, que no podía en honestidad seguir pastoreando desde una Biblia que creía incompleta, que lo más justo para ellos era que buscaran [música] un pastor que compartiera plenamente su fe y que lo más honesto para mí era dejar de ocupar un lugar que ya no me correspondía. Me levanté, nos despedimos. Algunos me dieron la mano.
El mayor me abrazó brevemente y en silencio. Salí del local por última vez como su pastor. Caminé a casa bajo la lluvia fina que Ledits suele tener en esa época del año. No me puse la capucha. Dejé que la lluvia me cayera en la cara. No porque fuera dramático, sino porque necesitaba sentir algo físico y concreto mientras procesaba lo que acababa de ocurrir.
Había perdido mi pastorado. Había perdido la comunidad de hermanos que habían sido mi familia espiritual [música] durante dos décadas. Había perdido el sustento de mi trabajo porque pastorear esa congregación era mi fuente de ingresos, modesta, pero real. Había perdido la reputación local que había construido con tanto [música] esfuerzo, la de ser el pastor serio, el teólogo riguroso, el hombre fiel.
Todo eso lo había perdido en una hora. [música] Y sin embargo, caminando bajo la lluvia de Lits con el abrigo empapado y los zapatos mojados, lo que sentía no era el vacío que había anticipado. [música] Era algo que no encajaba del todo con las circunstancias, pero que era absolutamente real. Era una ligereza, como cuando cargas un peso durante tanto tiempo que ya no [música] lo sientes como peso, sino como parte de ti.
Y de repente te lo quitan y la ausencia te resulta casi extraña porque no recuerdas cómo era caminar sin él. El peso era el de la fractura entre lo que sabía y lo que hacía. El peso de predicar desde una Biblia incompleta, sabiendo que era incompleta, [música] el peso de la honestidad diferida. Y ese peso ya no estaba.
Llegué a casa, mi esposa me esperaba despierta. No pregunté cómo sabía que algo importante había ocurrido. Solo me miró y abrió los brazos. Y yo, que llevaba más de 20 años siendo el que sostenía a los demás, [música] me permití por un momento ser el que necesitaba ser sostenido. Los meses que siguieron fueron los más difíciles y al mismo tiempo los más ricos de toda mi vida adulta.
Difícil es porque las consecuencias prácticas de lo que había decidido [música] eran reales y cotidianas. Tuvimos que reorganizar nuestra vida económica con la sobriedad que exigen las decisiones de principio. Algunos vecinos que eran también miembros de mi antigua congregación [música] dejaron de saludarme. Hubo quien habló de mí con palabras que me llegaron de tercera mano y que no repetiré aquí.
Hubo quien dijo que me había vuelto loco, [música] quien dijo que me había vendido a Roma, quien dijo que había traicionado el evangelio. Ese último comentario era el que más me dolía, no porque me hiciera dudar, sino porque venía de personas que genuinamente me querían [música] y que genuinamente creían lo que decían.
Y el dolor de que alguien que te quiere piense que has traicionado lo más sagrado que tienes es un dolor que no se describe bien con palabras, pero que se siente en un lugar muy hondo. Pero ricos, porque en esos meses me preparé para la recepción en la iglesia con una profundidad [música] de estudio y de oración que superó todo lo que había hecho antes.
Estudié la doctrina de los sacramentos con la misma meticulosidad con que había estudiado el canon. [música] Estudié la teología de la gracia, la del pecado original, la de la redención, la de los últimos tiempos. Y cada cosa que estudiaba me confirmaba lo mismo que ya había sentido desde [música] el principio del proceso, que esta fe era completa de una manera que mi fe anterior no lo había sido, que tenía una coherencia interna y una profundidad histórica que se [música] sostenían desde los cimientos.
Me reuní muchas veces con el sacerdote durante esa preparación, ya no en los bancos de la catedral, sino en su oficina parroquial con libros y café y conversaciones largas que a veces terminaban con la noche ya entrada. Ese hombre fue para mí en ese periodo lo que un buen maestro es para quien aprende, a alguien que no te da las respuestas, sino que [música] te ayuda a encontrarlas tú mismo, que confía en que tienes la capacidad de llegar a la verdad si se te da el espacio correcto para buscarla. Una tarde, cerca del
final del periodo de preparación, le pregunté algo que llevaba tiempo queriendo preguntarle. Le pregunté si él creía que yo había estado desperdiciando mi tiempo durante los [música] 20 años de ministerio que habían precedido a todo esto. Me respondió sin dudar un segundo. Me dijo que no. Me dijo que Dios no desperdicia nada.
que los 20 años de amor a las Escrituras, de búsqueda sincera de Dios, de servicio honesto a una comunidad, habían sido exactamente la preparación que Dios necesitaba hacer en mí para que cuando llegara el momento de ver más lejos, yo tuviera los ojos entrenados para ver. Que un hombre que no amara profundamente la Biblia nunca habría prestado [música] atención a la pregunta de David.
Que un hombre que no valorara la honestidad intelectual nunca habría salido a comprar esa Biblia católica. Que Dios había usado exactamente lo que yo era para llevarme exactamente [música] a donde necesitaba llegar. Eso me lo llevé guardado en un lugar muy adentro. Y sigue ahí. La vigilia pascual llegó con esa solemnidad tranquila [música] que tienen las fechas que uno sabe que van a ser definitivas.
Mi esposa estaba conmigo. Habíamos llegado juntos a ese momento, aunque su propio proceso formal de recepción vendría después, [música] con el tiempo que ella necesitaba para recorrer su propio camino con la misma honestidad con que yo había recorrido el mío. La catedral esa noche tenía una atmósfera diferente a las de los domingos ordinarios que yo había frecuentado durante meses.
Era la noche más antigua del calendario cristiano, la noche en que la Iglesia celebra la resurrección con la misma estructura litúrgica que los primeros cristianos usaban en el siglo segundo, [música] la noche en que el fuego nuevo se enciende en la oscuridad y la llama se pasa de persona en persona hasta que la oscuridad cede.
Yo estaba entre los que esa noche iban a ser recibidos. éramos varios de historias y edades diferentes, cada uno con su propio camino a cuestas, [música] pero en ese momento éramos simplemente personas que habían buscado y habían encontrado y que estaban dispuestas a decirlo en voz alta delante de Dios y de su Iglesia durante la liturgia de la palabra, que esa noche es especialmente larga y hermosa, porque recorre toda la historia de la salvación desde la creación hasta la resurrección.
Escuché pasajes que conocía de memoria y pasajes de los deuterocanónicos que ahora también conocía de memoria. Y los escuché sin la fractura de antes, sin el hueco del periodo intertestamentario, sin el salto sobre 400 años de silencio que en realidad [música] nunca había existido.
Los escuché como un relato continuo, entero, sin cortes. La voz de Dios que nunca había callado. Cuando llegó el momento de la profesión de fe y el sacerdote me dirigió a las preguntas del rito, respondí con la voz de un hombre que sabe lo que dice, no con la voz del que repite una fórmula, con la voz del que ha verificado cada palabra de esa fórmula contra la evidencia de la historia, de los textos, [música] de los primeros siglos, de su propia experiencia y que puede decir que cree porque ha examinado y ha encontrado razón para creer. Y cuando recibí por
primera vez la Eucaristía, ese pan que la Iglesia llama el cuerpo de Cristo con la misma certeza con que lo llamaron los discípulos de los apóstoles, no voy a decirte que el cielo se abrió ni que escuché música celestial. Lo que sentí fue más sencillo y más profundo que cualquiera de esas imágenes.
[música] Sentí que había llegado. Sentí que el camino que había comenzado con la pregunta de un estudiante de historia un domingo [música] por la mañana terminaba aquí en este momento, con ese pan en mis manos, en esa iglesia que llevaba 2000 años haciendo exactamente lo que Jesús había pedido que hiciera.
Sentí que era completo. [música] Esa palabra que había llevado meses girando en mi mente como una promesa completo [música] ya no era un argumento intelectual, era una realidad vivida. Esa noche de vuelta en casa, abrí el cuaderno por última vez. Lo ojeé desde el principio, desde [música] las primeras notas de esas semanas de estudio inicial hasta las últimas páginas llenas de reflexiones de los meses de preparación.
Era la historia de un hombre que había empezado queriendo tener razón y que había terminado encontrando la verdad, [música] que había empezado solo con su Biblia de 66 libros y su certeza heredada y que había terminado con la fe más antigua, más documentada y más completa que el mundo cristiano había conocido.
[música] Cerré el cuaderno y esta vez lo cerré con paz. Hoy trabajo como catequista en la parroquia donde me recibieron. No tengo plataforma grande ni nombre conocido. Tengo una sala de catequesis, un grupo de personas que vienen con preguntas [música] y la misma vocación de siempre de ayudar a otros a entender la palabra de Dios.
Solo que ahora lo hago con la Biblia completa, con los 73 libros, con El eclesiástico y la sabiduría y los Macabeos en mi mesa junto al Evangelio de Juan y la carta a los romanos. Todos hablando el mismo idioma, todos contando la misma historia, [música] sin huecos ni silencios artificiales. Y ahora quiero decirte algo directamente a ti que has escuchado mi historia hasta aquí.
No te digo esto para que abandones lo que amas. [música] No te digo esto para que le des la espalda a quienes te enseñaron a amar a Cristo. Esos hermanos que te enseñaron a rezar, que estuvieron contigo en los momentos más difíciles de tu vida, que lloraron contigo y oraron por ti, son un regalo de Dios. Su amor era real.
Su fe era sincera. Nada de eso desaparece ni pierde valor porque la historia tenga más profundidad de lo que te contaron. Te digo esto porque si hay algo que aprendí en todo este proceso es que la verdad no teme las preguntas. La verdad puede soportar cualquier examen, cualquier duda, cualquier investigación honesta.
Lo que no puede soportar un examen honesto [música] no es la verdad, por mucho que se parezca a ella desde afuera. Y la Iglesia que guarda los 73 libros, que celebra la Eucaristía con las mismas palabras de los primeros siglos, que une el Antiguo Testamento con el nuevo sin cortes ni silencios, que tiene la continuidad apostólica documentada desde los apóstoles hasta hoy, esa iglesia no teme tus preguntas.
Lleva 2,000 años respondiendo preguntas y seguirá respondiéndolas. Te digo también esto. Si estás leyendo o escuchando mi historia y algo dentro de ti, reconoce lo que describes. Esa incomodidad pequeña que a veces sientes cuando algo no encaja del todo, [música] ese eco que queda después de ciertos versículos, esa sensación de que el mapa que tienes una zona marcada como vacío que quizás no lo sea.
No le tengas miedo a esa incomodidad. No la tapes con más certeza prestada. Síguele la pista con honestidad. Hazte las preguntas que te dan miedo a hacer. Lee los libros que te dijeron que no leyeras. [música] Entra a los lugares que te dijeron que eran peligrosos y mira con tus propios ojos lo que hay adentro. Porque la fe que no puede soportar tus preguntas honestas [música] no merece tu vida entera.
Y la fe que sí puede soportarlas, la fe que crece más onda cuanto más la examinas, [música] la fe que se vuelve más luminosa cuanto más la estudias. Esa fe sí merece que le des todo lo que tienes. Yo gasté 20 años predicando que Dios había estado en silencio durante 400 años y me tomó un muchacho de 22 años con una pregunta sencilla [música] para que yo empezara a descubrir que Dios nunca había callado, que Dios nunca deja de hablar, que lo que faltaba no era la voz de Dios, sino mis oídos dispuestos a escucharla en los lugares donde yo había decidido [música]
de antemano que no iba a estar. Dios estaba en los siete libros que yo nunca había leído. Dios estaba en la catedral de Piedra Oscura, a la que yo había pasado frente cientos de veces sin entrar. Dios estaba en la pregunta del estudiante de historia que levantó la mano un domingo por la mañana en Leads. [música] Dios estaba en cada paso del camino que me trajo hasta aquí, incluso en los pasos que di en la dirección equivocada, porque estaba preparando en mí el hombre que sería capaz de reconocer la dirección correcta cuando
finalmente la viera. [música] Y hoy con la Biblia completa sobre mi mesa y la Eucaristía cada semana en mis manos, puedo decirte algo que durante 20 años no podía decir, aunque creía estar muy cerca de poder decirlo. Hoy sé lo que es la fe completa. No la fe perfecta, no la fe sin preguntas ni sin momentos de oscuridad, sino la fe que no tiene piezas faltantes.
[música] La fe que no necesita saltar por encima de 400 años de silencio, porque esos años nunca fueron silencio. La fe que conecta sin interrupciones desde el Génesis hasta el Apocalipsis, desde la creación hasta la redención, desde el primer profeta hasta el último sacramento. La fe que Dios siempre quiso que tuviéramos entera, sin cortes, [música] sin silencios, que no son de Dios, sino nuestros.
Si algo de lo que te conté hoy resuena en algún lugar de tu corazón, no lo ignores. Las cosas que resuenan en lo profundo no lo hacen por accidente. Resuenan porque algo en ti ya las [música] reconoce. Y lo que tu corazón reconoce como verdad merece que le des el tiempo, la honestidad y el valor de seguirlo hasta el final.
Aunque el final esté en un lugar que todavía no puedes [música] imaginar, yo tampoco podía imaginarlo. Y resultó ser el lugar más parecido a casa que he conocido en mi vida. M.