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Entré a una parroquia en pleno Viernes Santo y el silencio destrozó mi orgullo evangélico.

 Eso me lo dieron mis hermanos evangélicos y nadie me lo va a quitar. Lo guardo en el corazón. Pero también había algo más que recibí de ese mundo, algo que tardé muchos años en ver con claridad. Recibí una historia incompleta. Me enseñaron que la Iglesia verdadera existió en el tiempo de los apóstoles, luego desapareció o se corrompió y que Dios la restauró siglos después a través de personas que volvieron a la Biblia.

 Lo que pasó en el medio, los 2,000 años de historia cristiana que hay entre el libro de los Hechos y el siglo en que vivimos era básicamente una zona oscura, una mezcla de errores, corrupciones y desvíos. Y dentro de esa zona oscura, la Iglesia Católica ocupaba un lugar central como símbolo de todo lo que había salido mal. Yo lo creí con toda sinceridad.

 Lo creí no porque fuera tonta, sino porque era lo único que conocía. Y cuando alguien te enseña algo desde la infancia, con amor y con convicción, lo recibes como verdad, sin siquiera preguntarte si hay algo más que no te están contando. El problema empezó cuando a los 23 años decidí estudiar historia. No fue una decisión religiosa, fue una decisión académica.

 Siempre me gustó leer, siempre me fascinó el pasado y cuando llegó el momento de elegir qué estudiar, la historia fue lo que más sentido tuvo. Entré a la universidad sin ninguna intención de cuestionarme la fe. Al contrario, pensaba que estudiar la historia del cristianismo antiguo iba a confirmar lo que siempre me habían enseñado.

 Las primeras semanas fueron exactamente así. estudiamos el Nuevo Testamento, las cartas de Pablo, la comunidad de Jerusalén, todo me sonaba familiar. Pensé, “Bien, esto es lo que yo conozco. Estoy en el lugar correcto.” Pero en el segundo año llegó algo que cambió todo. Empezamos a estudiar los documentos de los padres de la iglesia, las cartas de los obispos de los primeros siglos, los escritos de los primeros teólogos, los registros de las primeras comunidades cristianas fuera de la Palestina del primer siglo.

 Y ahí fue cuando el suelo empezó a moverse debajo de mis pies. No de golpe, no como un terremoto que lo destruye todo en un segundo. Fue más bien como cuando una pared tiene una grieta pequeña y tú la ves todos los días y te dices que no es nada, que es solo la humedad, que con el tiempo se va a cerrar sola. Pero la grieta no se cierra, la grieta crece.

 La primera cosa que me desconcertó fue encontrar descripciones de la misa. No la llamaban misa todavía, pero era la misma estructura. Reunión el domingo, lectura de las escrituras, oración, fracción del pan. y no como un símbolo, no como un memorial sentimental, sino con una seriedad y una solemnidad que dejaba muy claro que para esos primeros cristianos lo que estaba pasando en ese momento con el pan y el vino era algo real, algo sagrado, algo que no podía tomarse a la ligera.

 Los textos hablaban de guardarse, de recibir ese pan de manera indigna. Hablaban de presidir la oración. Hablaban de obispos, presbíteros, diáconos. Yo leí eso y pensé, esto suena muy católico. Y mi primera reacción no fue curiosidad, fue defensa. Me dije, los católicos tomaron estas prácticas de los primeros cristianos y las deformaron.

 No es que esto sea prueba de que la Iglesia Católica es verdadera. Es prueba de que los católicos copiaron el vocabulario de los primeros y lo llenaron con otro contenido. Era una explicación razonable. Me la repetí muchas veces. Durante meses me la repetí, pero los documentos seguían llegando y seguían siendo incómodos.

 Hubo una tarde en que leí una descripción del ayuno del viernes. Era un texto del segundo siglo, tan antiguo que ni siquiera tenemos certeza del nombre exacto de quien lo escribió. y describía la práctica de ayunar los viernes como algo que venía de la tradición apostólica, como algo que los primeros creyentes hacían, porque ese era el día en que el Señor había muerto.

 El viernes era sagrado, el viernes era diferente. Me quedé un rato larga mirando esa página. En mi congregación, el viernes era un día normal. Si acaso se mencionaba la Semana Santa, era para decir que los católicos hacían cosas raras esa semana. Pero nosotros no necesitábamos eso porque Cristo ya resucitó y cada domingo era una celebración de esa resurrección.

 El ayuno del viernes no existía en nuestra práctica y sin embargo ahí estaba en un documento del segundo siglo como algo que los primeros seguidores de Cristo hacían. Naturalmente, eso no encajaba con la historia que me habían contado. Empecé a buscar más, no porque quisiera salirme de mi congregación.

 Lo juro, en ese momento lo último que quería era cambiar de iglesia. Lo que quería era encontrar la explicación que resolviera la contradicción. quería poder decir, mira, sí hay documentos que describen esas prácticas, pero aquí está la prueba de que los católicos las corrompieron en tal siglo, en tal momento específico, y por eso no son válidas.

 Busqué esa prueba durante meses. Leí todo lo que pude. Pedí bibliografía adicional a mis profesores. Me quedaba estudiando mucho más allá del horario de clase. Y lo que encontré no fue la prueba que buscaba, lo que encontré fue una continuidad histórica que nadie me había mencionado nunca. Los símbolos que en mi congregación llamaban paganos, el cordero, el pan sin levadura, el sirio, la vigilia nocturna, tenían raíces que venían del judaísmo y de la Pascua judía.

 El cordero de la Pascua era una imagen que el apóstol Pablo usaba explícitamente para hablar de Cristo. El pan sin levadura era parte del ritual hebreo de la Pascua. La vigilia nocturna era lo que los primeros cristianos hacían esperando la resurrección. Nada de eso era una invención medieval. Nada de eso había entrado a la iglesia en el siglo IV para contaminarla.

 Todo eso estaba ahí desde el principio, enraizado en la historia del pueblo de Dios que venía del Antiguo Testamento. El documento que terminé escondiendo debajo de mi cama describía una celebración de la vigilia pascual del segundo siglo. Ayuno, vigilia, lectura de las escrituras, fracción del pan al amanecer del domingo.

 Era lo mismo que yo había visto pasar frente a mis ventanas cada año en la ciudad donde vivía. procesiones, sirios encendidos, campanas al amanecer del domingo de Pascua. Las mismas cosas que mi congregación describía como idolatría pagana eran exactamente las mismas cosas que los primeros seguidores de Cristo hacían 2000 años atrás.

 Lo guardé debajo de la cama porque no sabía qué hacer con eso. No lo podía borrar. Era un hecho histórico, era un documento, era verificable. No era una opinión de nadie ni una interpretación de alguien con agenda, era historia. Pero tampoco podía simplemente cambiar todo lo que había creído toda mi vida por una tarde de lectura.

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