Posted in

En México, la Virgen se incendió de repente… y un milagro ocurrió ante todos

La verdad es que nuestra congregación no pasaba de 90 personas, mientras que la parroquia católica dedicada a Nuestra Señora de los Dolores llenaba su nave cada domingo. La Iglesia Católica dominaba la plaza principal. Era un edificio antiguo de piedra rosa, con una torre alta donde colgaban dos campanas de bronce.

 Cada mañana a las 6 y cada tarde a las 6 las campanas repicaban con un sonido profundo que se extendía por todo el pueblo. Para muchos era un llamado al consuelo, a la costumbre, a la oración. Para mí era el recordatorio diario de lo que consideraba un error masivo. El sonido de la confusión murmuraba mientras me servía café en la cocina pastoral, una pequeña habitación detrás del templo donde Lucía pasaba buena parte del día.

 Ella me miraba por encima del borde de la taza. Son solo campanas, Mateo decía con suavidad. La gente busca a Dios como sabe. Lo buscan mal, respondía yo casi sin pensar. Y nosotros estamos aquí para enderezar eso. El párroco católico se llamaba Hilario Méndez. Era un hombre de unos 60 años de barba blanca corta y manos suaves de esas manos que nunca han empuñado una pala ni han cargado costales.

 Siempre iba vestido con su sotana negra y un rosario colgando del cuello. Cuando nos cruzábamos en la plaza o en la tienda de don Eusebio, él me saludaba con cortesía. Buen día, pastor Mateo. Que el Señor lo guarde. Yo levantaba apenas la cabeza, lo saludaba con un gesto y seguía de largo. No era odio, me decía a mí mismo. Era convicción.

 No podía ser amable con quien, según yo, mantenía las almas atrapadas en la idolatría. Lucía, en cambio, le respondía con una sonrisa tímida. y un buenas tardes, padre, que a mí me irritaba más de lo que estaba dispuesto a admitir. Mi guerra contra las imágenes comenzó, como casi todas las guerras con algo pequeño. Primero fueron los sermones.

Empecé a dedicar más y más tiempo a explicar por qué las estatuas eran un engaño. Citaba mandamientos historias del Antiguo Testamento, advertencias del Apocalipsis. Cada vez que mencionaba la palabra ídolo, subía la voz. Algunos hermanos asentían con entusiasmo, otros miraban al suelo. Los niños, incluyendo los míos, escuchaban con una mezcla de fascinación y miedo.

La chispa que encendió algo más grande llegó a través de una persona a la que yo apreciaba Rosa Aguilar. Rosa era viuda desde hacía 4 años. Su marido, Julián había muerto en un accidente en las obras de una carretera. Ella se había quedado con dos hijos adolescentes y una pequeña tienda de abarrotes donde vendía de todo, desde frijol hasta jabones de olor.

 Era una de las primeras en llegar a los cultos y una de las últimas en irse. Siempre sonreía, aunque se le notara el cansancio en la mirada. Una tarde de febrero calurosa y polvosa, como casi todas en San Isidro, yo iba pasando frente a la parroquia católica camino a la farmacia. Normalmente evitaba mirar hacia adentro, pero ese día no sé por qué lo hice y la vi.

 Rosa estaba de rodillas frente a una imagen de la Virgen de Guadalupe con un pañuelo apretado entre las manos y los hombros temblando. A un lado, una veladora encendida dejaba la cera chorrear sobre un pequeño plato de metal. La luz temblorosa iluminaba el rostro de la Virgen pintado con ese gesto de ternura que tantos conocen.

 Sentí como si a alguien me hubiera abofeteado. Rosa una de mis ovejas arrodillada ante una imagen. Mi garganta se cerró la sangre me subió a la cara. Me alejé casi corriendo con el corazón golpeando contra el pecho. Esa noche no pude dormir. Al día siguiente, después de luchar horas con mi orgullo y mi enojo, fui a buscarla a su casa.

 Vivía cerca del arroyo seco en una construcción de adobe con techo de lámina y un pequeño patio donde colgaba ropa recién lavada. “Pase, hermana”, dije cuando abrió la puerta. Pase, pastor”, respondió ella un poco nerviosa. Me hizo pasar a la sala un cuarto sencillo con un par de sillas de plástico y una mesa de madera marcada por los años.

 Lucía siempre decía que el café de rosa era el mejor del pueblo. Esa tarde me ofreció una taza. Sus manos temblaban un poco cuando la dejó frente a mí. Rosas y Rosa empecé sin rodeos. Ayer lo vi. La vi en la parroquia de rodillas frente a una imagen. Ella cerró los ojos un momento como si estuviera reuniendo valor. “Sí, pastor”, dijo.

“Por fin, he ido algunas veces, ¿por qué la palabra me salió más dura de lo que pretendía? No le basta con Cristo.” Con la palabra, con la oración en la iglesia, Rosa tomó aire hondo. Sus ojos se humedecieron. Pastor, desde que murió Julián hay días en que siento que me hundo, oro aquí, oro en la iglesia, pero a veces, no sé, cuando voy frente a la Virgencita me siento acompañada.

 Es como si una madre me abrazara. No sé si está bien o mal, solo sé que ahí encuentro un poquito de paz. Sus palabras me dolieron, pero en lugar de intentar entender, sentí que tenía que corregirla. Era como si todo mi ministerio estuviera siendo puesto a prueba en esa sala pequeña de adobe Rosa dije inclinándome hacia ella.

 Eso que usted siente no viene de Dios. Esa figura no la escucha. Es solo yeso. El enemigo usa esas cosas para confundir. Usted es parte de nuestra congregación. No puede servir a dos señores. Por un instante vi algo diferente en sus ojos. Rosa siempre había sido sumisa respetuosa, pero ese día, por un segundo, vi una chispa de algo más.

Pastor, susurró con la voz quebrada. Cuando estoy en el culto últimamente, solo escucho que Dios está enojado, que castiga, que aborrece. Cuando me arrodillo frente a la Virgencita, siento que alguien me entiende. No puede ser que Dios también se muestre en la ternura, no solo en el juicio. Sus palabras se clavaron en mí, pero las rechacé de inmediato.

 No podía permitir que una oveja me enseñara algo sobre Dios, o al menos eso pensaba en ese momento. Me levanté tan rápido que la silla chirrió contra el piso. Eso es peligroso, hermana. muy peligroso. Le pido en el nombre de Jesús que no vuelva a ese lugar y que saque cualquier imagen de su casa. Mientras hablaba, mi mirada se desvió a una repisa donde había una pequeña estampa de la Virgen enmarcada con flores de plástico.

 La señalé. Empiece por ahí. Rosa se quedó callada. Bajó la mirada. No dijo que sí, pero tampoco se defendió. Salí de su casa con la sensación de haber cumplido mi deber. Pero en el fondo, una inquietud pequeña semejante a un zumbido empezó a instalarse en mi pecho. En los días siguientes, esa inquietud se transformó en otra cosa.

Read More