Posted in

El día que Pedro Infante encontró a su DOBLE en una cantina, hizo algo que nadie esperaba

 La ciudad entonces era otra cosa completamente. Era una ciudad que todavía se podía caminar y que todavía tenía ese olor a tierra mojada después de la lluvia, a pan recién hecho, a flores de mercado y a humo de copal los días de fiesta. El centro era el corazón de todo. Las cantinas abrían temprano y cerraban tarde, y en ellas se mezclaban sin problema el abogado y el albañil, el artista y el tendero, el que tenía mucho y el que no tenía nada.

 Había algo en esas cantinas de madera. oscura y espejos empolvados que igualaba a los hombres. Un tequila servido en vaso de vidrio grueso era el mismo para todos y las canciones que salían del tocadiscos o del trío que tocaba en el rincón llegaban igual al corazón del rico y del pobre. Pedro Infante adoraba esos lugares.

 No porque fuera borracho, eso hay que dejarlo claro desde el principio. Pedro tomaba sí, como cualquier hombre de su tiempo, pero lo que le gustaba de las cantinas no era tanto el alcohol, sino [música] el ambiente, la gente, el ruido de las conversaciones mezcladas, la risa que estalla de repente en una mesa y contagia a las demás, el olor a botana, a chile, a limón, el momento en que el mariachi afina sus instrumentos y la cantina entera se detiene un segundo antes de que empiece la primera [música] nota. Pedro era un hombre de pueblo,

aunque ya era una estrella, y eso no era actuación, era genuino. Era algo que venía de sus huesos, de sus raíces en Mazatlán, de su infancia humilde en Huamuchil, Sinaloa, donde aprendió a trabajar antes de aprender a soñar. Había nacido el 18 de noviembre de 1917, hijo de Felipe de Jesús Infante Anguiano, músico, aficionado y trabajador de lo que se pudiera y de refugio Cruz.

 Aó, una mujer de carácter fuerte y corazón grande que crió a sus hijos con lo que había y con mucho amor. Pedro fue el mayor de varios hermanos y desde chico entendió que en su casa el que podía ayudar ayudaba. En Huamuchil no había mucho. Era un pueblo caliente, polvoriento, con ese sol sinaluense que no pide permiso.

 Pero había música, siempre había música. Y Pedro la absorbió desde antes de poder explicar lo que era. Su padre tocaba, sus vecinos tocaban en las fiestas, en los velorios, en las tardes de domingo. La música era el idioma común de todos. A los 10 años, Pedro ya cantaba, no como entretenimiento, sino como quien respira, como quien necesita hacer algo con lo que lleva adentro.

 Su voz era distinta desde entonces. No era la voz más técnica ni la más entrenada, eh, pero tenía algo que las voces técnicas y entrenadas muchas veces [música] no tienen, ¿verdad? Cuando Pedro cantaba, uno sentía que lo que decía la canción era cierto, que ese dolor era real, que [música] ese amor era real, que esa alegría era real.

 La familia se mudó a Culiacán cuando Pedro tenía alrededor de 12 años y después siguieron los movimientos, las mudanzas, la búsqueda del trabajo y el sustento que marcabas a las familias humildes de aquella época. Pedro aprendió varios oficios, fue carpintero, fue mecánico, trabajó con las manos y no se quejó nunca, pero la música lo seguía como sombra.

 Llegó a la ciudad de México siendo prácticamente un muchacho. Tenía los ojos abiertos de par en par y el corazón lleno de ganas. La ciudad lo deslumbró y lo asustó al mismo tiempo, pero como le pasa a todo a todo el que llega de provincia y de repente se encuentra en medio de ese torbellino de gente, de ruido, de posibilidades y de peligros.

 Pero Pedro no era de los que se paralizan, era de los que se lanzan. Cantó donde pudo, en la radio, [música] en eventos pequeños, en lugares donde el público era poco y el pago era menos. Aceptó lo que le ofrecieron porque sabía que el camino se construye paso a paso y que la paciencia no es resignación, sino estrategia. fue acumulando experiencia, puliendo su voz, aprendiendo a pararse frente a un micrófono, aprendiendo a leer a un público, a saber cuándo acelerar y cuándo quedarse quieto.

 Y entonces llegó la oportunidad que cambió todo. La radio en México de esos años era lo que hoy es la televisión, el internet y las redes sociales juntos. era el medio. La voz que salía por ese parlante entraba a cada se estaba a cada casa, a cada cocina, a cada recámara donde una familia se sentaba a escuchar [música] después de cenar.

 Tener presencia en la radio era tener presencia en la vida cotidiana de millones [música] de personas. Pedro entró a la radio y algo pasó, algo que la gente sintió de inmediato. Esa voz que salía por el altavoz no era la voz de un artista ensayado y perfecto. Era la voz de alguien que les hablaba a ellos, que entendía lo que no que era trabajar todo el día y llegar cansado, que sabía lo que era querer a alguien con desesperación y que conocía la alegría de las fiestas y la tristeza de las despedidas.

 México lo adoptó casi de inmediato y después vino el cine. Sus primeras películas fueron sencillas, papeles pequeños, apariciones breves. S, pero Pedro tenía algo frente a la cámara que pocos actores tienen. Presencia natural. No actuaba como actuaba la gente que había estudiado actuación, simplemente estaba ahí siendo él. Y eso era suficiente, más que suficiente.

 Las películas fueron llegando una tras otra y con ellas llegó la fama, una fama que no tiene equivalente fácil hoy en día, porque en esa época, sin internet, sin televisión en los hogares, sin redes sociales, el cine era la ventana al mundo de sueños de la gente. Y Pedro Infanté se convirtió en el habitante más querido de esa ventana.

 Para mediados de los años 40, Pedro ya era una estrella de primera magnitud, pero seguía siendo Pedro. Seguía yendo a las cantinas de barrio, seguía hablando con los músicos callejeros, seguía parándose a platicar con los fans que lo reconocían en la calle, no por obligación, sino porque esas personas eran su gente y él nunca lo olvidó.

 Y fue precisamente esa costumbre, la de salir sin [música] guardaespaldas, sin asistentes, sin el circo que rodea a los famosos. la que lo llevó a esa cantina. Esa noche había terminado una larga jornada de filmación. [música] Las jornadas en los estudios eran agotadoras. 10, 12, 14 horas de trabajo, ensayos, tomas repetidas, diálogos memorizados, [música] emociones que había que encender y apagar a voluntad como si el corazón fuera un interruptor.

 Pedro salía de esas jornadas físicamente cansado, pero mentalmente acelerado, con esa [música] energía nerviosa que no te deja dormir, aunque el cuerpo te lo pida. Esa noche había salido con un par de amigos músicos de su confianza, hombres con los que podía ser él mismo, sin tener que cuidar cada palabra ni cada gesto.

 Ah, habían caminado por el centro, habían entrado a un lugar a comer algo y después, como pasaba siempre en esas noches sin prisa, habían terminado en una cantina. No era un lugar elegante. Era de esos lugares con piso de madera que cruje, con mesas de madera manchada de años, de vasos [música] y platos, con un foco colgando del techo que daba una luz amarilla y cálida que hacía que todo se viera un poco mejor de lo que era.

Read More