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CONMOVEDOR: Esposa de pastor dejó 15 años de protestantismo por amor a la Virgen María

No es apropiado. Susurró molesta a mi tía. La gente va a pensar que era de esas católicas fanáticas. Porro, mi abuelo, que había permanecido en silencio durante todo el velorio, habló con una firmeza que no le conocía. Déjala en paz, mujer. Ese rosario fue su compañero durante 60 años. Que se lo lleve. Antes de que cerraran el ataúd, mi abuela pareció despertar por un instante.

 Sus ojos, nublados por la edad y la enfermedad, me buscaron entre la multitud con una fuerza que no parecía de este mundo. Levantó su mano y me hizo señas para que me acercara. Me arrodillé junto al ataúd mientras todos observaban en silencio incómodo. Mi abuela tomó mi mano con dedos fríos como el hielo y me acercó a su rostro.

 Su aliento olía a medicina y a algo dulce que no pude identificar. “Miita me susurró con voz rasposa que apenas podía escucharse. Cuando estés perdida, cuando todo se derrumbe, acuérdate de ella.” Sus ojos brillaron con una intensidad extraña. La Virgen Morena nunca abandona a sus hijos. Nunca. Mi madre me jaló del brazo bruscamente.

 No le hagas caso a esas supersticiones. Me regañó. mientras me arrastraba lejos del ataúd. Tu abuela está confundida. Nosotros no rezamos a estatuas. Jesús es el único camino, pero yo nunca olvidé esas palabras. Se quedaron grabadas en algún rincón profundo de mi memoria, esperando el momento para salir a la superficie EOS Dispus.

 Cuando estaba ordenando las cosas de mi abuela que nadie había querido, encontré una cajita de madera tallada escondida en el fondo de un baúl viejo. Adentro, envuelto en un pañuelo de encaje amarillento por el tiempo, estaba su rosario. Las cuentas de madera estaban gastadas por el uso constante, pulidas por décadas de oraciones.

 Lo tomé en mis manos y sentí algo inexplicable. No era miedo ni rechazo, sino una nostalgia profunda por algo que nunca había conocido. Lo escondí entre mi ropa interior, en el fondo de mi cajón y durante años fue mi secreto más oscuro. Los años pasaron y me convertí en exactamente lo que se esperaba de mi aní. A los 18 años ya tocaba el piano en la iglesia, dirigía el coro juvenil y enseñaba escuela dominical a los niños.

 Era la joven modelo de nuestra congregación. Conocí a Galdino cuando tenía 22 años. Él acababa de graduarse del seminario bautista y había llegado a nuestra iglesia como pastor asistente. Era alto, de voz potente, con esos ojos oscuros que parecían ver directo al alma. Cuando predicaba el templo entero temblaba con su pasión.

 Me enamoré de él rápidamente o tal vez me enamoré de la idea de ser la esposa de un pastor, de tener un rol importante en el reino de Dios. Es difícil separar una cosa de la otra después de tanto tiempo. Nuestra boda fue la celebración del año en la comunidad bautista de Tulancingo. El templo estaba lleno hasta el último rincón.

 Gdino me esperaba en el altar con una sonrisa radiante, vestido con su mejor traje. Yo caminaba por el pasillo central con mi vestido blanco sencillo, sintiendo las miradas de aprobación de toda la congregación. Qué bendición, susurraba la hermana Lucía desde su banca. Un siervo de Dios, casándose con una sierva de Dios a Narán grandes cosas para el Señor.

 Y durante los primeros años parecía que tenían razón. Galdino fue llamado como pastor principal de la Iglesia, Bautista Manantial de Aguas Vivas cuando teníamos apenas 2 años de casados. Yo me convertí automáticamente en la primera dama de la congregación. Mis días se llenaron de actividades ministeriales.

 Los lunes visitaba a las hermanas enfermas. Los martes dirigía el estudio bíblico de mujeres. Los miércoles ensayaba con el coro. Los jueves preparaba la comida para las reuniones de oración. Los viernes organizaba los eventos juveniles, los sábados limpiaba el templo y los domingos, por supuesto, estaba en cada servicio desde las 7 de la mañana hasta las 9 de la noche.

 Era una vida de servicio constante, una coreografía perfecta de actividades espirituales que no dejaba tiempo para pensar, para sentir, para cuestionar. Caldino prosperaba en su rol de pastor. Cada domingo su predicación era más apasionada, más elocuente, más poderosa en la iglesia crecía. Familias nuevas llegaban cada semana traídas por su carisma y su mensaje claro y contundente.

 Pero había un tema que Galdino predicaba con especial fervor en la denuncia del catolicismo, sus sermones favoritos. Los que más aplausos y amenes recibían eran los que dedicaba a desenmascarar las herejías católicas. Cada vez que anunciaba un sermón sobre este tema, el templo se llenaba más que de costumbre. La gente venía de congregaciones vecinas para escuchar al pastor Galdino demoler los argumentos católicos.

 Recuerdo cada uno de esos domingos como si fueran cuchillos enterrándose lentamente en mi pecho germanos gritaba Galdino desde el púlpito con el rostro rojo de indignación y las venas del cuello marcadas. El catolicismo romano es una religión de muerte. Adoran estatuas de yeso y madera. Le rezan a una mujer como si fuera Dios mismo.

 Han reemplazado a Cristo con María, al evangelio con la tradición, a la gracia con las obras. La congregación respondía con amenes a tronadores que hacían vibrar las ventanas. Las manos se levantaban hacia el cielo. Las voces se unían en un coro de aprobación que parecía subir directo al trono de Dios.

 Y yo, sentada al piano en la plataforma sonreía y asentía con la cabeza como se esperaba que hiciera. Pero por dentro algo se encogía y lloraba el rosario. Continuaba Galdino con desprecio visible en cada sílaba, escupiendo la palabra como si fuera veneno. Es vana repetición condenada por Cristo mismo. En Mateo 6, ames hipnosis pagana.

 Es brujería disfrazada de oración. Ningún verdadero cristiano, ningún hijo genuino de Dios debería tocar esas cuentas malditas. Yo pensaba en el rosario escondido en el fondo de mi ropero. Pensaba en las manos de mi abuela deslizando esas cuentas con devoción. Pensaba en sus palabras finales que nunca pude olvidar. Había sido mi abuela una bruja.

 Había estado mi abuela Yustolia con su sonrisa dulce y sus manos suaves que me acariciaban el pelo, perdida en la idolatría. Mi mente decía que sí, que Gaudino tenía razón, que todo lo que nos habían enseñado era verdad bíblica, incuestionable, pero mi corazón, mi corazón no podía aceptarlo. Un domingo particularmente doloroso, Gaudino dedicó todo el sermón Atacar la devoción Mariana.

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