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Confesiones de un ex pastor: Cómo intenté destruir la fe guadalupana y terminé rindiéndome a ella.

[música] personas que amaban a Dios a su manera y no tengo ninguna palabra de rencor [música] ni de desprecio hacia ellos. Eso es importante que lo escuches desde el principio, porque lo que voy a contar no es una historia de odio, es una [música] historia de error. Mi error, solo mío, porque con el tiempo ese camino de fe que comenzó [música] con humildad fue transformándose en algo que ya no reconozco como fe.

 se fue convirtiendo en certeza absoluta, en la convicción de que yo tenía la verdad completa, la verdad pura, [música] y que todo lo que no encajara en mi esquema teológico era simplemente error, herejía, [música] idolatría. Esa palabra se volvió mi favorita. Idolatría. La usaba para todo lo que no comprendía [música] y lo que más no comprendía, lo que más me molestaba, lo que sentía [música] como una piedra en el zapato de mi evangelización en los barrios latinos de Lil.

 Era la devoción a la Virgen de Guadalupe. Los barrios latinos de esta ciudad [música] tienen algo especial. Hay una mezcla de culturas, de generaciones, de memorias que cruzan el Atlántico [música] en forma de olores de cocina, de música, de imágenes religiosas pegadas en las paredes de [música] los apartamentos. Y entre todas esas imágenes, ninguna era más frecuente que ella.

 La mujer del [música] manto estrellado, la tilma con los colores que no se explican, la imagen que millones de personas en el mundo llevan en el corazón como si fuera parte de [música] su propia sangre. Yo la veía por todas partes, en las cocinas, en los llaveros, en los tatuajes, en [música] las medallas que colgaban del cuello de los niños.

 Y cada vez que la veía [música] sentía algo que hoy identifico como miedo disfrazado de teología. Porque el orgullo religioso tiene esa particularidad. Convierte el miedo en argumento. Cuando algo te desafía profundamente, [música] cuando algo que no puedes explicar te incomoda, el orgullo te da una salida fácil. [música] Lo llamas falso, lo llamas peligroso, lo llamas obra del engaño y así te libras [música] de tener que mirarlo de frente.

Yo pasé años mirando la imagen de Guadalupe como un problema que resolver, como un obstáculo para lo que yo llamaba la fe verdadera. dedicaba mis [música] noches, noches enteras, a escribir panfletos, páginas y páginas que imprimía y doblaba a mano, que distribuía en los buzones de correo de los edificios latinos [música] del barrio, que dejaba en los bancos de los parques, que entregaba en [música] mano a personas que no me los habían pedido.

En esos panfletos, con una pluma que creía inspirada y que hoy reconozco como arrogante, llamaba a la Virgen de Guadalupe [música] una falsa diosa azteca. Decía que su imagen era un sincretismo pagano, que venerar [música] su manto era adorar a un ídolo, que quienes la amaban estaban siendo engañados.

 ¿Puedes imaginar eso? ¿Puedes imaginar poner esas palabras en un papel y distribuirlas [música] entre personas que en esa imagen ven a su madre, a su consuelo, a la presencia que los acompañó [música] en sus momentos más oscuros? Yo lo hacía y lo hacía convencido de estar haciendo el bien. No voy a intentar [música] justificarme demasiado porque no hay justificación suficiente.

 Pero sí [música] quiero que entiendas el mecanismo de ese error, porque es un mecanismo que muchos conocen, aunque no todos lo reconocen. Cuando construyes [música] tu identidad religiosa sobre la diferencia, sobre el nosotros tenemos la verdad y ellos no, entonces necesitas mantener ese muro [música] en pie a cualquier costo. Porque si el muro cae, no solo cae una doctrina, cae todo lo [música] que tú eres.

 Y eso da un miedo que no tiene nombre. Yo había construido mi identidad entera sobre ese muro. Era el pastor, el que sabía, el que enseñaba, el que corregía. [música] Mis miembros me miraban con respeto, con esa mezcla de afecto y deferencia que se le tiene al líder espiritual de una comunidad pequeña. Mi palabra era autoridad.

 [música] Cuando yo decía que algo era pecado, era pecado. Cuando yo decía que algo era falso, era falso. No porque yo fuera un tirano, no así lo percibía nadie, sino porque esa era simplemente la estructura [música] que habíamos construido juntos, sin darnos cuenta a lo largo de los años. Y en esa estructura, [música] la devoción mariana y especialmente la Guadalupana ocupaba el lugar del enemigo principal.

 No porque yo hubiera estudiado [música] a fondo su historia, no porque hubiera investigado con honestidad intelectual el origen [música] de esa imagen, la historia del Tepeellac, los análisis científicos que décadas de investigación han acumulado sobre la tilma. No, [música] mi rechazo no venía del conocimiento, venía del prejuicio.

 Y el prejuicio, como todo buen mentiroso, siempre se disfraza [música] de argumento. Recuerdo una tarde en particular. Había una señora en el edificio de al lado, una mujer mayor [música] de origen mexicano que me había recibido varias veces en su apartamento para hablar de fe. Era una mujer [música] dulce, de esas que tienen la bondad inscrita en los gestos, en la manera de ofrecerte un café, en la forma en que [música] escuchan sin interrumpir.

 En su sala había una imagen grande de Guadalupe [música] iluminada por una velita rodeada de flores de papel. Yo la miraba cada vez que iba y [música] sentía una irritación que intentaba disimular. Un día no pude más. Con toda la delicadeza que era capaz de fingir, [música] le dije que esa imagen me preocupaba, que la Biblia era clara sobre los ídolos, que ella era [música] una mujer inteligente y merecía conocer la verdad. Ella me miró en silencio.

 No se enojó, no me rebatió con argumentos, solo me dijo con una calma [música] que ahora entiendo como sabiduría. Pastor, esa señora me salvó la vida dos veces. No necesito que usted me explique quién [música] ella es y me dio las gracias por la visita. Yo salí de ese apartamento pensando que ella estaba perdida.

 [música] Hoy salgo de ese recuerdo pensando que ella me tenía lástima y tenía razón. Así pasaron los años. Mis panfletos siguieron [música] circulando, mis sermones siguieron siendo encendidos. Mi congregación siguió siendo [música] pequeña pero leal. Y en medio de todo eso había una persona que era el centro real de mi vida, [música] aunque yo no siempre lo manifestara con la ternura que merecía.

Mi hija, mi única hija, ella había [música] nacido aquí en Francia, hija de padre latinoamericano y madre francesa. Tenía [música] 18 años cuando comenzó todo esto. Era una chica de una inteligencia particular, de esas que hacen preguntas que los adultos no saben [música] responder, que leen lo que nadie les pidió que leyeran.

 que tienen opiniones propias desde pequeñas. Creció escuchando mis sermones, creció en esa pequeña congregación [música] familiar, pero nunca fue una creyente pasiva. Era curiosa, era cuestionadora. A veces, con la honestidad [música] brutal de los jóvenes, me decía cosas que me ponían incómodo.

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