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Pedro Infante vio al comisario ponerle el candado a la carpintería en 1954 — y pagó en efectivo

grandes, callosas, con las uñas, siempre con rastros de barniz que el jabón no terminaba de sacar. Tenía también una cicatriz gruesa [música] en el pulgar derecho de cuando una sierra resbaló en 1939. Su padre, don Timoteo Rentería, había construido ese taller con esfuerzo de brasero.

 Tres temporadas en los campos de tomate de Nabolato, [música] sin faltar un día. Ese dinero fue el taller. Don Timoteo murió de pulmonía en enero de 1947. Esa misma semana, don Eusebio abrió el taller al amanecer como siempre, porque era lo único que sabía hacer para no derrumbarse. Había mantenido viva la carpintería en los años del racionamiento, en los inviernos, cuando los encargos tardaban meses enteros.

 En el año que doña Consuelo tuvo el dengue grave. Los remedios del médico costaron lo que ganaba en un mes. Los pagó de a poco, un sobre a la vez. Mandó a su único hijo Rodrigo a estudiar [música] ingeniería a la Universidad en Culiacán. Rodrigo era el primer rentería en pisar una universidad. La colegiatura eran 120 pesos por semestre, el cuarto y la comida otros 80.

 Don Eusebio los pagaba con lo que entraba de la carpintería sin quejarse nunca, sin que Rodrigo supiera del esfuerzo que había detrás de cada mensualidad. En marzo de ese año, el precio de la madera subió de golpe. Los envíos al norte se habían llevado la mayor parte del material de la región. En abril, don Eusebio no pudo cubrir la primera mensualidad del préstamo.

 Era un préstamo que había pedido al señor Arnulfo Galab en 1952 para comprar una sierra nueva. En mayo no cubrió la segunda mensualidad. En julio llegó una carta en papel membretado. Traía la firma del señor Galav y un sello notarial en tinta roja. Aviso de ejecución de garantía. Carpintería rentería. Calle Ángel Flores número 42.

Todas las operaciones deben cesar en la fecha señalada. Los bienes pasan como garantía a nombre del acreedor. Ese mediodía de septiembre, el señor Arnulfo Galab llegó en un carro negro. Los vidrios subidos a pesar del calor de Sinaloa. Era un hombre de ciudad, traje gris, zapatos de punta con brillo, una panza generosa que demostraba que jamás había doblado el lomo bajo el sol.

 bajó sin apresurarse, [música] no saludó a nadie en la calle, caminó directo al interior del taller y puso una carpeta sobre el banco de trabajo de Luego leyó en voz alta con [música] la entonación de quien cierra un negocio cualquiera un martes por la tarde. Ejecución de garantía. Fecha de [música] hoy, el inmueble y las herramientas quedan bajo custodia hasta liquidación de la deuda.

El comisario se quedó parado en la entrada con el candado en la mano. Era un hombre de 60 años. Había puesto ese mismo candado en 16 propiedades a lo largo de su vida y nunca había encontrado la manera de que ese gesto se sintiera distinto. Siempre pesaba igual. Rodrigo salió de la parte trasera del taller con el overall puesto y la llave inglesa en la mano.

 Era un muchacho de 21 años, delgado, con los mismos ojos oscuros de su padre, con esa seriedad de los jóvenes que han aprendido pronto que la vida no siempre espera. Escuchó todo desde la puerta que daba al patio. No dijo nada. puso la llave inglesa con cuidado sobre el banco de trabajo, con muchísimo cuidado, como si ese acto pequeño fuera lo único que podía controlar [música] en ese momento.

 Don Eusebio pidió 8 días más, solo ocho. Rodrigo regresaba a Culiacán en 8 días, le explicó la voz apenas sostenía el peso de esas palabras. El señor Galab cerró su carpeta, no respondió, se dio la vuelta y caminó hacia su carro. El comisario seguía en la entrada con el candado, mirando el suelo de tierra apisonada.

 [música] Rodrigo salió al patio trasero, se quedó de espaldas al taller, miraba hacia los árboles de Huamuchil que le daban nombre al pueblo, esos [música] árboles chuecos y flacos que sobrevivían el calor de Sinaloa con una terquedad que a veces parecía una lección. El sol de mediodía caía vertical sobre el patio y el olor a tierra caliente se mezclaba con el cedro del taller.

 Rodrigo no se movió de ahí por un buen rato. [música] En la entrada de la carpintería, un hombre que hasta ese momento no había dicho nada dejó de apoyarse en su camioneta. Tenía sombrero charro de ala ancha, camisa de trabajo con las mangas dobladas hasta el codo, botas polvorientas de quien ha manejado muchas horas en carretera sin asfalto.

Llevaba semanas en Guamuchil. Había venido a visitar a su familia, a doña Refugio, su madre, a los hermanos que todavía vivían en la misma casa de adobe donde él había crecido, a unas cuadras de ahí. No era la primera vez que pasaba por la calle Ángel Flores. No era la primera vez que se detenía en esa carpintería a comprar una pieza de madera o a pedir que le ajustaran algo del camión.

 Había llegado esa mañana por eso, por un ajuste menor. Llevaba casi una hora parado en esa entrada. Había escuchado todo. Se llamaba Pedro Infante. Tenía 37 años. Para el mundo entero era el ídolo de México. El cantante de 100 años de Amorcito Corazón, de Cucurrucu Paloma, el actor de nosotros los pobres, de ustedes los ricos, el Pepe el toro que toda la gente humilde del país sentía como suyo, el hombre cuyo rostro ocupaba la mitad de los anuncios del cine de la carretera.

 Para Guamuchil era otra cosa. Para Guamuchil era el muchacho que había crecido en esas mismas calles de tierra, el que había aprendido carpintería en un taller del barrio, el que había hecho su primera guitarra con madera rescatada de un cajón de fruta porque no había dinero para comprar una. Su madre, doña refugio, todavía vivía en la misma casita de siempre.

 Pedro conocía ese olor a cedro y barniz mejor que casi cualquier otra cosa en el mundo. Conocía lo que significaba trabajar con las manos cada día desde los 12 años. Conocía, [música] con exactitud de quién lo ha vivido, lo que pesaba una carpeta con sello notarial sobre un banco de trabajo. Se quitó el sombrero, pasó la mano por el cabello, lo volvió a poner.

 Luego caminó hacia el carro negro [música] del señor Galabí. No se apresuró, no levantó la voz, caminó como camina un hombre que va a hacer una pregunta sencilla y todavía no sabe si va a querer la respuesta. El señor Galab tenía ya el motor encendido. Pedro se paró junto a la ventanilla del conductor, no tocó el vidrio, solo se quedó ahí.

 El señor Galabó el vidrio 2 cm. Pedro le preguntó cuánto era la deuda. El total exacto. El señor Galab le dijo que eso era un asunto privado. Pedro repitió la pregunta. Igual de tranquilo, igual de directo. El señor Galab lo miró entonces con atención por primera vez y en ese momento ocurrió lo que siempre ocurría con Pedro Infante. El reconocimiento llegó por la voz antes que por el rostro.

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