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JOAN SEBASTIAN hizo que RAÚL VELASCO sufriera su PEOR HUMILLACIÓN… Se llevó la REGAÑADA de SU VIDA

Lo que pasó aquella tarde entre Joan Sebastian y Raúl Velasco fue uno de los que se quedan grabados en la memoria de un país entero. Pero para entenderlo todo, para que les llegue en el pecho como les llegó a los que estaban ahí, hay que empezar desde el principio, desde mucho antes, desde las montañas de Guerrero, desde un niño que caminaba a lomo de burro por los cerros con leche que entregar y una melodía que no podía sacarse de la cabeza.

Porque esta historia no empieza en un foro de Televisa. Esta historia empieza en el barro, en la sierra, en la pobreza digna de Juliántla Guerrero. José Manuel Figueroa Figueroa nació el 8 de abril de 1951 en ese pueblo pequeño, sin bullicio ni ruido de coches, como él mismo lo cantaría después. Un pueblo con un sol que de luces lo baña y una luna que alumbra sus noches.

Su padre se llamaba Marcos Figueroa. Su madre Celia, gente de tierra, de trabajo, de pocas palabras y mucha dignidad. Desde los 7 años el niño componía. No aprendió, no estudió, simplemente le salía. Como le sale el agua. a un manantial que no sabe que es un manantial, solo sabe que mana. Y mientras caminaba al lomo de burro por esos caminos empinados de la sierra guerrerense, cargando la leche que tenía que entregar en tasco antes de que el sol calentara demasiado.

En su cabeza ya nacían esas melodías que décadas después iban a hacer llorar a millones de personas en toda América Latina. A los 8 años lo mandaron internado a Guanajuato, lejos de su casa, lejos de sus montañas. Y ahí, en ese internado, en vez de extrañar a su familia con el silencio de los que no saben qué hacer con el dolor, el niño empezó a modificar las letras de las canciones, a inventar versos, a construir su propio mundo con palabras.

A los 12 internado, esta vez en Morelos con el padre David Salgado, un sacerdote que vio en ese muchacho algo especial y que durante años lo guió con mano firme. Bajo su influencia, el joven José Manuel consideró seriamente convertirse en cura. incluso compuso una misa completa toda, con sus partes, con su estructura, con su devoción puesta en cada nota.

Y fue precisamente en ese ejercicio donde entendió que no era el sacerdocio su camino, que lo que sentía al componer no era fe hacia Dios, sino algo distinto, algo que no cabía en una iglesia, algo que necesitaba un escenario. A los 14 entró al seminario conciliar de San José en Cuernavaca. A los 17 lo abandonó.

Su padre, don Marcos, que había reconocido el talento de su hijo antes que nadie, se opuso siempre a que se metiera a cura y al final la música ganó. Pero ganar aquí no quería decir que la vida se volviera fácil. Para nada. El joven que salió de esas montañas con una guitarra y un sueño llegó a la ciudad de México a golpear puertas y lo que encontró fue exactamente eso, puertas.

Puertas cerradas, puertas que no se abrían, puertas detrás de las cuales había personas que miraban a ese muchacho norteño con cara de sierra y le decían sin decirlo, “Tú no eres lo que buscamos. Él mismo lo contó años después con esa honestidad que nunca le abandonó. Empecé a caminar por la capital, a todas las disqueras, tocaba las puertas, nadie me escuchaba.

Pasaron tres meses y se me acabó el dinero. Empecé a dormir en el parque, me quedaba la noche en vela y ya al amanecer me quedaba dormido en la banca. Tres meses durmiendo en parques, con hambre, con frío, con la carpeta de canciones bajo el brazo, porque era lo único que no podía perder, porque en esas canciones estaba todo lo que era.

Disco Sorfeón lo rechazó sin siquiera escucharlo bien. Varias disqueras más hicieron lo mismo. Hasta que un viernes, casi al filo del hambre y la desesperación, sus pasos lo llevaron a discos Capitol. Y ahí estaba el productor Chucho Rincón, que en un principio tampoco le hizo caso. Pero la desilusión que vio en la cara de ese muchacho fue tan evidente, tan real, tan desprovista de toda actuación, que algo en él se movió.

y le dio una cita para el día siguiente. Y al día siguiente le escuchó cuatro canciones y seis meses después salió el primer disco. Se llamaba Sueño y lucha, pero las cosas todavía no eran fáciles. El primer disco vendió 12000 copias, un número decente para un desconocido, pero no suficiente para vivir de la música.

Y así comenzó una época de supervivencia que muy poca gente recuerda cuando habla de Joan Sebastián. Chicago, el invierno de los vientos del lago Michigan y un muchacho de guerrero que nunca había visto nieve tratando de sobrevivir. Lavaplatos en restaurantes, mesero por una semana hasta que no aguantó más. Cocinero de ensaladas en un restaurante irlandés porque era lo único que conseguía.

vendedor de autos de segunda mano en los patios helados del medio oeste americano, haciendo comerciales de radio por unos cuantos dólares, cantando de vez en cuando en algún bar por 50 la noche. 50 por noche. Un hombre que tenía más de 1000 canciones en la cabeza. un hombre que las había compuesto todas en esas montañas y esos parques y esos pasillos cerrados, 50 por noche para cantar su alma.

Dicen que el dinero que juntó en esos primeros años de Estados Unidos no lo metió en un banco porque no sabía cómo funcionaba eso. Lo envolvía en papel aluminio y lo guardaba en el refrigerador como si el frío pudiera protegerlo, como si la nevera fuera la forma más segura que conocía de guardar algo valioso.

¿Se imaginan eso? los billetes de un futuro millonario metidos en papel de aluminio en un refrigerador de Chicago. Y mientras todo eso pasaba en la vida de Joan Sebastian, en la Ciudad de México había un hombre que estaba construyendo su propio imperio. Un imperio de domingo en domingo, un trono que ningún artista de este país podía ignorar.

Raúl Velasco Ramírez. Nacido en Celaya, Guanajuato, el 24 de abril de 1933. un hombre que también venía de abajo, que también había trabajado de lo que fuera para llegar a donde quería llegar, de mensajero a contador en el Banco Nacional de México, de periodista deportivo a crítico de cine, de locutor de radio a conductor de televisión, un hombre con un olfato periodístico innegable y una ambición que le consumía cada célula del cuerpo.

El 14 de diciembre de 1969 se transmitió por primera vez siempre en domingo. Canal 4 de Telesistema Mexicano. Un programa de variedades que duraba más de 3 horas y media cada domingo, que combinaba artistas consagrados con talentos emergentes, que llegaba a toda la familia reunida frente al televisor en esa tarde de descanso dominical.

Y en cuestión de años ese programa se convirtió en algo que nadie había visto antes en la televisión mexicana. se convirtió en poder, en poder absoluto, incondicional, sin contrapeso. 350 millones de espectadores cada semana en México, en Estados Unidos, en Centro y Sudamérica, en Europa, en Asia, el programa más visto del continente, la ventana a través de la cual todo el mundo hispanohablante miraba la música, la moda, el entretenimiento.

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